Jean Lartéguy y Yasmina Khadra – Antagónicos literatos combatientes

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Los momentos más grandes de nuestra vida son aquellos en que por fin tenemos el valor de declarar que el mal que llevamos en nosotros es lo mejor de nosotros mismos.

Nietzsche

A través de la lectura de Yasmina Khadra, he recordado otra crónica de Argel desde la óptica contraria, la de Jean Lartéguy. Son veredas opuestas de la misma realidad, la una independentista, la otra colonialista, y en verdad me pregunto si el pueblo argelino ha salido favorecido con alguna de ellas.

El mismo Yasmina Khadra, (que ha luchado en el bando de los independentistas), nos cuenta en  «El otoño de las quimeras» que los campos siempre estaban sembrados en el período colonial, (a pesar de que el pueblo pasaba necesidades y los sembrados eran ajenos), y que posteriormente, (con el advenimiento de la «revolución»), llegó otro tipo de corrupción, y los traidores de siempre comenzaron a manejar los hilos de la economía, los destinos del país y el hambre del pueblo fue de mal en peor.

¿Cómo no vibrar con el intelectual capitán Philippe Esclavier, el imperturbable capitán Julien Boisfeuras, el duro coronel Pierre Raspeguy, el aristócrata capitán Jacques De Glatigny cuando, defendiendo los que creen son los «valores franceses» llegan a poner orden en los levantamientos de Argel que, posteriormente, devienen en revolución libertadora del yugo francés para constituírse en yugo de su pueblo.

Lartéguy nos plantea, en la figura del oficial argelino Mahmudi al luchador por la independencia de  su país, a aquél que ha luchado por la fusión e integración de la colonia con la metrópoli francesa, con aquella Francia por la que él ha combatido, ha caído prisionero y ha sobrevivido. A cambio de ello, su gente ha sufrido el oprobio, la humillación, segregación, racismo y la opresión de la corrupta administración colonial, por tanto, y en oposición a la misma, optaron por una revolución de «carácter contrario», la ligada al comunismo de extracción soviética. Mahmudi es un romántico, y el romanticismo ya no tiene cabida en las guerras revolucionarias.

La trilogía de Jean Lartéguy, (Los Centuriones, Los Pretorianos y Los Mercenarios), nos narra los sucesos hasta los «Acuerdos de Evián» de 1962 y el reconocimiento de la Independencia de Argel. Antes de escritor, combatiente y Caballero de la Legión de Honor de Francia.

La cuestión es que, cuando leemos a Yasmina Khadra, combatiente también, pero en las antípodas políticas de Jean Lartéguy, nos encontramos con que las condiciones de vida para el ciudadano común dieron un vuelco de 360º, fue un cambio netamente gatopardista, hicieron realidad aquello de «cambiemos todo para que nada cambie». y simplemente el opresor pasó de ser un extranjero a ser un coterráneo.



No se puede reprochar a los combatientes que todo lo han dado por servir a su patria, cuyos gobiernos, por lo general, son los que terminan traicionándolos. Ambos autores coinciden en ésto, de hecho, Jean Lartéguy comienza “Los Centuriones” con esta cita, dejando en claro que la traición es tan vieja como el género humano:

Nos habían dicho, al abandonar la tierra madre, que partíamos para defender los derechos sagrados de tantos ciudadanos allá lejos asentados, de tantos años de presencia y de tantos beneficios aportados a pueblos que necesitan nuestra ayuda y nuestra civilización.

Hemos podido comprobar que todo era verdad, y porque lo era no vacilamos en derramar el tributo de nuestra sangre, en sacrificar nuestra juventud y nuestras esperanzas. No nos quejamos, pero, mientras aquí estamos animados por este estado de espíritu, me dicen que en Roma se suceden conjuras y maquinaciones, que florece la traición y que muchos, cansados y conturbados, prestan complacientes oídos a las más bajas tentaciones de abandono, vilipendiando así nuestra acción.

No puedo creer que todo esto sea verdad, y, sin embargo, las guerras recientes han demostrado hasta qué punto puede ser perniciosa tal situación y hasta dónde puede conducir.

Te lo ruego, tranquilízame lo más rápidamente posible y dime que nuestros conciudadanos nos comprenden, nos sostienen y nos protegen como nosotros protegemos la grandeza del Imperio.

Si ha de ser de otro modo, si tenemos que dejar vanamente nuestros huesos calcinados por las sendas del desierto, entonces, ¡cuidado con la ira de las Legiones!

                                  MARCUS FLAVINIUS

Centurión de la 2* Cohorte de la Legión
Augusta, a su primo Tertullus, de Roma.

A estos valerosos combatientes los ha ganado la desazón, y así lo hacen saber a través de sus personajes, (¿reales o ficticios?, ¡qué más da!), que en definitiva, al salir de su pluma, son su propia voz.

Declaraciones como la del capitán Esclavier , en “Los Pretorianos”:

Mi tío se equivocó, señor Donadieu; no es por cansancio por lo que he dejado el Ejército, sino porque este Ejército no podía llegar a ser el que habíamos soñado entre unos cuantos en un campo de prisioneros de Indochina. Hemos llegado muy lejos, hemos pasado incluso el Rubicán, como hubiera dicho el tío Paul. Sólo que, mire usted: el hombre a quien pusimos en el poder no es de los nuestros. Es de otro ejército y de otra historia. Uno de mis amigos, Boisfeuras, ha caído en el combate, otros se han resignado y hasta se han entendido con el poder, los más locos se han comprometido en complots sin esperanza. Yo he preferido marcharme”.

Porque, a diferencia de los magnates del imperialismo, ellos habían comprendido que hacer la gue­rra y conquistar tierra no era suficiente. Para cons­truir un reino, importaba ante todo tener al pueblo de su parte”. Lección que aún no han comprendido los saqueadores Libia y del Oriente Medio, que aún siguen derramando sangre inocente y generando odio en aquellos a los que pretenden llevar su modo de vida “occidental y cristiano”.

Porque en definitiva, así se trate del “amor” o  la política, las palabras del médico Día, (de la trilogía de Lartéguy), aplican perfectamente:

“El amor tiene un olor, el del sudor de la pareja y su deleite. Está hecho de esa lucha del hombre y la mujer, incesante, cruel, porque cada uno quiere imponer al otro su sueño y destruir el que no es el suyo».

Por eso mismo, en Argelia, el ejército francés, para ganar y para convencer, había llegado a emplear los mismos métodos de tortura que los inquisidores y los comisarios. Pero a causa de sus escrúpulos, no había erigido esta tortura en sistema, y tampoco había mostrado la discreción que debe rodear a este género de prácticas y que al mismo tiempo les confiere un horror casi sagrado.

Lartéguy, en boca del capitán Jacques de Glatigny nos cuenta:

“Quise a una chica jellouze y la obligué a entregar a sus amigos. Me repugna que por causa mía traicionara a sus camaradas para nada. «Cuando voy a Argel, siempre me acerco a ver a Aicha. Ya no la toco: ella me habla de su país,-pues ha seguido siendo nacionalista. Con ella fui a hacer una visita a su hermano, el capitán Mahmudi, que ha sido trasladado desde París. Continúa recluido en la fortaleza de Fort-l’Empereur.

«A veces doy la razón a Aicha y a su hermano. Me digo que es imposible conservar un país contra la voluntad de quienes lo habitan. Ya no soy entonces más que el defensor de un caduco orden colonial. Otras veces, cuando estoy entre los colonos junto a quienes combatí en Italia, les doy la razón por haber des­brozado esta tierra y encuentro inadmisible que se les abandone. Han pagado el doble precio del sudor y de la sangre.

«En otras ocasiones, también sueño con un entendimiento entre las dos comunidades. Aicha me dijo un día: «La única paz po­sible será la de los combatientes. Si se me pidiera que hiciese un cuartel para unir a los hombres del maquis, exhibiría un paracaidista y un jellouze, cada uno con la mano del otro, pero conservando sus metralletas, y como divisa «Juntos haremos la Argelia nueva». Desde luego, habría que empezar por fusilar a algunos colonos gordos y a unos cuantos bachagas bien cebados.

Y así Lartéguy nos describe la guerra, su guerra, su particular visión de la realidad, (su realidad), desde un punto de vista más marcial. Sin embargo Khadra lo hace más desde el llano en la Trilogía de Argel, tanto en la sencilla y sapiente filosofía pueblerina del comisario/escritor Brahim Llob , como en la fascinante galería de personajes que lo circundan.

En la adolescencia, la lectura de la trilogía de Jean Lartéguy mostróme el universo particular de los paracaidistas franceses, de sus códigos de honor, espíritu de cuerpo, de esa Stirps Virilis, (Lema de la gloriosa Agrupación de Comandos Anfibios (APCA), la Fuerza de Operaciones Especiales de la Infantería de Marina Argentina, de destacada actuación en la Guerra de Malvinas en 1982). Una trilogía que comienza en Corea, sigue por Indochina y termina en Argel. La historia de siempre, de gobiernos que exigen a sus grupos de élite el máximo sacrificio para luego, abandonarlos a las manos de Dios y las garras de una justicia vengativa y desmemoriada que olvida que sus sueños fueron velados por esos mismos hombres que hoy condena.

Más que gracia, genera bronca ver al pueblo francés declamar por los derechos humanos, rasgarse las vestiduras por la historia reciente del Tercer Mundo, las redes exhibiendo pancartas con el “Je suis”, sin el menor asomo de autocrítica, ni del gobierno, ni del pueblo. La ocupación francesa de Argel ha hecho escuela en el Tercer Mundo, las prácticas de tortura se han exportado en los setentas, han viajado para enseñarlas. Y no hace falta ser agricultor para saber que, “si siembras vientos… recogerás tempestades”. En aquellos años, USA y Francia se repartían la enseñanza, unos apadrinaban una fuerza y otros otra. Fue famoso en aquellos años cierto librito de métodos para “recabar información” recopilado por la CIA que competía en “efectividad” con la experiencia argelina de Francia. No debemos olvidar tampoco que, ambas naciones venían de guerras en el sudeste asiático, en las cuales, su bagaje de métodos “disuasivos” se había incrementado enormemente al incorporar los brutales empleados por el enemigo.

¿Qué les acontece a los gobiernos, los imperios, las revoluciones, que terminan traicionando a los hombres que les ayudaron a ascender y mantenerse en el poder? ¿Qué los lleva a abandonar a aquellos que confiaron ciegamente en ellos? ¿Qué ocurre con las promesas dadas al pueblo que puso su cuerpo, sus sueños e ideales en sus manos que, al final de cuentas, volverán a estar vacías? ¿Qué valor tienen las revoluciones que forjan millonarios mandatarios de pueblos hambreados y empobrecidos? ¿Con qué derecho se arrogan la potestad de matar el sueño de los justos, el futuro de los niños, el bienestar de los ancianos?

Quizás sea como nos dice Khadra en boca del viejo Da Achur:

«Es un proceso biológico. El mundo está padeciendo el metabolismo de su senilidad. Entramos en una era extática, el milenio de los gurús. Las civilizaciones van a ser barridas a lo bestia y vamos a volver a los principios. Las fronteras se van a hacer añicos, igual que las razas y los valores fundamentales. Ya no habrá patrias, ni himnos nacionales, sino cofradías y encantamientos. Las sectas tentaculares gangrenarán la tierra, que estará infectada de fakires y de profetas colgados, y hasta los rellanos de las casas se convertirán en tierra de nadie. Se acabaron sus majestades, se acabaron sus señorías, se acabaron los escrutinios y las leyes electorales: la gente elegirá, entre aprendices de morabitos, a sus propias divinidades y practicarán rituales estúpidos y exaltaciones suicidas. El integrismo ya ha convertido la fe en un culto a la charlatanería. Las religiones del mundo no podrán resistir mucho tiempo al vértigo de las demonizaciones. Las iglesias serán sustituídas por templos heréticos. Las mezquitas ya no se atreverán a alzar sus minaretes frente al palco de los mutantes… El tercer milenio será fundamentalmente místico, Llob. El Apocalipsis será percibido como el orgasmo de los encantamientos…»

Si Lartéguy representa al brazo ejecutor del colonialismo francés, Khadra es la otra cara de la moneda, es el representante de la resistencia argelina que puso fin al mandato francés a costa de su propia sangre. Es el mismo que nos cuenta como se degradó la revolución. Que nos cuenta como la revolución perpetrada por muchos fue para beneficio de unos pocos. (Como fue en el pasado y seguramente repetirá el futuro). Las revoluciones las pergeñan los del medio, cuyo fin es llegar arriba, valiéndose de los de abajo. En la revolución francesa, la burguesía azuzó al pueblo para derrocar a la aristocracia y quedarse con sus negocios. En Libia ocurrió lo mismo, en busca del petróleo. En definitiva, el fin siempre es el mismo, (así lo hagan por “derechas” o por “izquierdas”), enriquecerse, obtener y ostentar mayor poder y dominación.



Hoy, (como en las décadas anteriores en Latinoamérica y el Tercer Mundo), vemos a líderes enriquecidos, (millonariamente enriquecidos), dirigiendo masas juveniles fanatizadas, (que en el caso del yihadismo occidental y pro-sionista de Daesh), esperan acceder a un paraíso al que jamás van a acceder. Es hora de que la juventud deje de ser rebaño de estos depredadores y entienda que, (como dice el teniente Lino): “la manera más razonable de servir a una causa no consiste en morir por ella, sino en sobrevivirle”.

Como bien dice Yasmina Khadra: “Una vez arriba, ya nada hay que envidiar a los dioses. Al carácter más horrible se le califica de singular, y los antecedentes infamantes se presentan como hazañas bélicas. Cuando se tiene el dinero en una mano y el poder en la otra, el cielo importa un bledo”.

Justamente por ello, elijo cerrar con las palabras del comisario Brahim Llob:

“La auténtica carrera de un hombre, Lino, es su familia. Tiene éxito en la vida quien tiene éxito en su casa. La única ambición justa y positiva es la de sentirse orgulloso en el propio hogar. Lo demás, todo lo demás, (promoción, consagración, vanagloria), no es sino pura fachada, huída hacia adelante, engañifa… “

Por Moro
Para Páginas Árabes

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