«Diles que eres libanés» – Emilio Sánchez Mediavilla

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Emilio Sánchez Mediavilla vuelve con la segunda parte de «Apuntes desde el Líbano» donde recorre la realidad fragmentada y fragmentaria del Líbano actual. Aquí os ofrecemos un adelanto de «Diles que eres libanés».

Si hay un barrio con mezcla confesional, ese es el barrio armenio, y lo es más por necesidad que elección. Es uno de los barrios con mayor densidad de población de Oriente Medio, dice la guía, posiblemente exagerando. «Es el barrio que más me recuerda al viejo Beirut de preguerra» me dijo un druso ateo, excesivamente melancólico de una ciudad que sólo conoció por los relatos de su padre. Fue el asentamiento de barracones creado en los años 20 por los refugiados armenios que huían del genocidio o, como diría Al Jazeera, con esa falsa objetividad cómplice, de «las inestabilidades de la Primera Guerra Mundial». Una matanza étnica jerarquizada y perfectamente planificada: «inestabilidad».

Ya no viven tantos armenios porque muchos de ellos volvieron a emigrar y porque muchos otros emigrantes de otros países han ido llegado desde entonces: indios, filipinos, etíopes y una última oleada de refugiados sirios. En ningún otro sitio de Beirut se percibe semejante energía comercial, desordenada, primigenia, caótica. El barrio es un pueblo grande de calles estrechas saturadas de cables de electricidad, que a veces tejen una red tan densa como un parterre de plástico. En las balcones —ese millón de terrazas que trazan el único hilo de continuidad visible a lo largo de toda la ciudad—, y en las paredes se despliega un confuso paisaje geopolítico de banderas armenias, banderas sirias progubernamentales, fotos de combatientes de Hizbullá, pintadas contra Turquía. Por sus calles pasean ancianas rigurosas, jóvenes macarras que juegan a milicianos y chicas escotadas con zapatillas fosforitas, pelo teñido y pantalones vaqueros rotos que a veces se cruzan con una mujer con hiyab caminando en dirección contraria con una bolsa de frutas en la mano.

El centro cultural Badague es un edificio de fachada rosa, con un pequeño museo y un restaurante con manteles de ganchillo en el que un viejo con gorra juega a backgammon con una camarera vestida con traje tradicional y una anciana lee con la cabeza ladeada un periódico en armenio. Es el canon de abuela cariñosa, de mujer luchadora optimista, de refugiada que hizo suyo su país de acogida, de anciana que sigue leyendo libros y periódicos con ferocidad adolescente, de libanesa que no cree en divisiones sectarias. Es tan educada que insiste en sentarse ella —caminando encorvada a pasitos— a nuestra mesa en vez de movernos nosotros a la suya. ¿De verdad te interesa mi vida?, pregunta incrédula. Y nos habla en un inglés casi perfecto, pero a veces apenas audible, sobre la insalubridad de los terrenos cenagosos sobre los que nació el barrio, sobre su aprendizaje de mecanografía que le abrió las puertas a trabajar para la Royal Air Force británica, para una empresa petrolífera iraquí y para Harris Spinneys, el hombre de negocios británico que creo una cadena de supermercados que aún sobrevive en Líbano. Marie cuenta episodios del genocidio armenio difíciles de seguir, Marie recuerda con preocupación a sus sobrinos sirios que, en vez de emigrar a Australia como el resto de la familia, prefirieron quedarse en Aleppo. «Nunca fui indiferente a la vida, siempre participé, siempre luché.»

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«Aquí envenenan mucho», dice Michel Elefteriades muy despacio y con voz congestionada mientras remueve la cuchara en la taza de té. «Aquí» no es necesariamente el salón de la casa contigua al Music Hall que Elefteriades posee en el centro de Beirut. «Aquí» es Líbano desde antes de la guerra hasta hoy mismo, y en ese mundo la referencia al veneno suena casi a licencia poética, a sublimación teatral para describir la violencia de coches bombas, bombardeos, disparos. Como si Beirut fuera una sofisticada ciudad italiana del Renacimiento.

Al general Chamel Roukoz, dice Elefteriades, le envenenaron durante la guerra. Uno de sus soldados le echaba un poco de arsénico todos los días en el café, una dosis muy pequeña casi imposible de detectar; tan pequeña que no logró matar al general, pero no tan pequeña como para pasar desapercibida: al «traidor» lo descubrieron a tiempo, sonríe Elefteriades, y el general Roukoz será el próximo presidente de Líbano, sonríe de nuevo Elefteriades, que me enseña en la pantalla de su móvil la foto de Roukoz, vestido de uniforme, junto a una leyenda escrita en letras góticas: Übermensch («superhombre» en alemán).

A Elefteriades le gustan los militares, la jerarquía y las armas. Antes de convertirse en productor musical y empresario de la noche, Elefteriades fue guerrillero en las milicias de Michel Aoun, una facción mayoritariamente cristiana, con tendencias seculares e izquierdistas (aunque en Líbano no conviene tomarse demasiado en serio las etiquetas políticas). En los 90, Elefteriades estuvo exiliado en Cuba, donde aprendió el español con el que ahora charla conmigo, el español con el que pronuncia «aquí envenenan mucho».
(…)

Con información de: Altaïr

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