Leticia Tirado,una española que adoptó el niqab

Leticia Tirado
Leticia Tirado

Es media tarde y una procesión de egipcias cruza el pequeño jardín que conduce al salón de belleza Leticia, plantado en el árido extrarradio de El Cairo. Su propietaria, la española Leticia Tirado, las recibe sentada junto a la puerta. Quien cuida de su aspecto optó hace algunos años por el niqab, la prenda que oculta todo el cuerpo salvo los ojos y cuyo uso ha desatado la polémica en media Europa.

«Cuando me lo puse me sentí más segura y feliz porque fui capaz de cumplir lo que satisface más a mi Dios», comenta en el rellano del negocio que regenta. «Si te incomoda mi vestimenta, el problema lo tienes tú», advierte sin titubeos antes de relatar el azaroso viaje desde su Logroño natal hasta la ciudad de los mil minaretes. «La mía era una familia española normal y corriente, cristiana no practicante. Con 18 años empecé a hacerme preguntas sobre Jesús. No buscaba nada en particular pero me percaté de que la Biblia no tenía ningún sentido. En una biblioteca encontré el Corán. Lo que leí en aquel libro me pareció lógico e interesante».

Después de aquel primer flechazo, el siguiente escenario de su conversión sucedió entre los muros de una mezquita, instalada en un garaje cerca de casa. «Fui a la iglesia del párroco que me había bautizado. No lo encontré. Me dijeron que regresara al día siguiente. Me decepcionó la respuesta. No volví y decidí acudir a la mezquita. Me costó entrar. El concepto que tenemos del Islam como una religión machista me asustaba. Al acceder, me recibió el imam egipcio que la dirigía. Y sentí que sus palabras, extraídas directamente de un libro con 1.600 años de antigüedad, me llegaban. Tras una temporada de reflexión, me hice musulmana».

Con 22 años, un buen trabajo y un techo recién comprado, la riojana mudó de piel y se lanzó a la aventura. «Quería vivir», explica, «en un país musulmán. En Egipto hallé el equilibrio. No buscaba ni el Islam radical ni el libertinaje radical». Su cambio de vestuario comenzó en la tierra de los faraones. «Primero fue el hiyab (pañuelo islámico). Me lo compré una tarde y las chicas de la tienda me enseñaron cómo colocarlo. Empecé a comprar ropa más holgada y larga. Fue un proceso lento desde el sentimiento, jamás desde la obligación o la imposición. No hay un hombre en mi vida que me forzara. Cuando vives libre y vas por el camino de la fe, lo haces porque confías en Dios», insiste Leticia, consciente de los comentarios y recelos que provoca su indumentaria.

«El niqab vino cuatro años más tarde. Mi valor soy yo, no la imagen que proyecto. En los países occidentales se habla mucho de los derechos de las mujeres pero se les quita valor. Se las desnuda», dice la joven mientras su hijo corretea por los alrededores. Su principal argumento para enfundarse la prenda que ha suscitado prohibiciones, debates e incluso incidentes en toda Europa es también el más repetido en las calles egipcias. «Piénsalo de un modo lógico. Si tienes oro, joyas o dinero, ¿qué haces con esa fortuna? La guardas en la caja fuerte de un banco y no la exhibes delante de todo el mundo para que la pueda tocar. Lo que hace el Islam es precisamente proteger a la mujer. No es cuestión de machismo ni de degradarnos ni de retroceder en el tiempo».

Leticia, que ofrece servicios de spa, manicura y limpieza facial, no está dispuesta a dar su brazo a torcer. «No digo que todo el mundo tenga que ser como yo sino que debe haber libertad. ¿Acaso sólo puede existir libertad para desnudarse y hacer topless y, en cambio, no para taparse? Mi elección no es un ataque a los derechos de las mujeres que tanto costó conquistar», apunta.

Si de algo no alberga dudas esta «pasajera a la que le ha tocado vivir desde 1984 hasta la fecha que Dios haya elegido», es de que regresar a España sería un problema. «Aunque queramos hacernos los modernos, los españoles somos un poco tradicionales. En la situación en la que está España no me veo trabajando allí. No están preparados para aceptar hablar con una persona que profesa una religión diferente. ¿Qué debería importarle a la gente que no comas cerdo o que reces hacia La Meca o en una iglesia?». Con el recuerdo de su propia travesía, la esteticista que defiende que «el alma reside en los ojos, no en la cara» duda de la fe de quienes emigran al califato proclamado por el Estado Islámico a caballo de Siria e Irak. «No puedo creer que una persona se convierta al Islam buscando paz interior y luego se vaya a un país en guerra para matar gente. Estoy segura de que no son musulmanes. Eso no es Islam».

Leticia Tirado
Leticia Tirado

Su lema: «La vida puede ser más sencilla, sin tantos lujos, placeres y estereotipos. ¿Por qué luchamos en esta vida si no es para la otra que nos espera al morir?»


Por Francisco Carrión
Con información de El Mundo

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