Ajedrez, juego de espacio, personajes y alteridad

SI PODEMOS HABLAR DE UNA ALTERIDAD QUE SE CREA EN ESTAS IMÁGENES, ¿EN QUÉ CONSISTE? ¿A QUÉ O A QUIÉNES SE REFIERE? ¿QUÉ O QUIÉN ES EN REALIDAD EL OTRO DE ESTAS IMÁGENES?

Tras señalar algunas de las peculiaridades del espacio y la arquitectura, cabe dar nombre a la alteridad, o a la condición de ser otro, que se crea en las presentes miniaturas. A pesar de las características físicas que se emplean para indicar la religión o grupo étnico de los personajes, y aunque en muchos casos está claro a qué grupo pertenece una figura determinada, sería difícil identificar a un otro.

En la miniatura en el fol. 12v (figura 3), por ejemplo, si bien dice G. Menéndez Pidal que, en efecto, los jugadores son clérigos, como revela su tonsura, que llevan sobre-túnicas transparentes, ¿por qué llevan esa extraña indumentaria y además hay un alfanje a la izquierda de la miniatura? 9

Además, si el tablero es el elemento central y si como ya se ha visto, predomina el eje horizontal en nuestro códice, ¿por qué el hombre, sea un clérigo o un joven cristiano, mira hacia arriba a la doncella (ni siquiera una reina o princesa) en lugar de al tablero de ajedrez? Quedan en el aire preguntas similares respecto a otras miniaturas.

Figura 7
Figura 7

En la miniatura del fol. 47v (figura 7), por ejemplo, un príncipe de la Casa de Castilla (como revela la heráldica de su capillo) está reclinado con un libro abierto. Juega con una dama vestida con ropa sencilla, con una toca que podría identificarse como la de una monja, pero cuyo manto no corresponde. Steiger observa que es curioso que la mujer, bien musulmana, bien cristiana, no presente ninguna indicación de riqueza o de alta posición, ¿Por qué elegiría el rey a esta compañera, sin ningún signo de alto rango, que se sienta a la manera musulmana, pero que, al mismo tiempo, según sus características físicas, no parece ser musulmana? 10



En el fondo hay arquerías, en el centro una cúpula y, a la izquierda, delante de las arquerías, y a espaldas del príncipe, hay una cortina verde, la cual, a diferencia de lo que parece ser su función separadora en el 48r (figura 4), aquí podría ser una marca de dignidad, formando parte de un espacio simétrico, en que la cúpula señala el enfoque central: el tablero.

Desde luego, no es que no haya nada reconocible, o por otro lado, alfonsí, en estas miniaturas. Alfonso X mismo se ve representado tres veces, dictando el Libro de ajedrez, el Libro de los dados, y el Libro de las tablas. Además, queda claro que los miniaturistas tenían la intención de representar a órdenes militares específicas, como por ejemplo a los caballeros de Santiago identificados por la espada roja que aparece en el costado izquierdo de sus mantos en elf. 27r (figura 8).

Figura 8
Figura 8

Estos caballeros juegan al ajedrez en uno de los espacios más sintéticos de estas miniaturas, el interior de un edificio que podría ser un convento o una fortaleza de dichos caballeros, con la torre a nuestra derecha y el ábside –en el que se abre la puerta– a la izquierda. Al mismo tiempo, aunque la combinación de estilos árabes, góticos, y románicos no necesariamente represente un elemento inverosímil, no existen en este manuscrito composiciones arquitectónicas evocadoras de realidades muy concretas. También cabe notar, como ya lo hecho G. Menéndez Pidal, que muchos de los personajes podían ser conocidos directamente por los miniaturistas.

El libro se elaboró en Sevilla, que sirvió de puerto para personajes de muy diversa tierra. Al mismo tiempo, parece dudoso que los miniaturistas no consultaran otros códices de temática similar, pero origen diverso, y viendo algo exótico, lo pintaran. Esta hipótesis, tomando en cuenta las observaciones que se han hecho sobre el espacio y las arquitecturas, es mucho más plausible que la idea de que estas miniaturas representen un retrato de la vida de la corte de Alfonso X, o que nos faciliten evidencia de que había una convivencia en ésta, o por otro lado, como ha propuesto Constable, que «al mirar el manuscrito, los observadores, hasta cierto punto, se observaban a sí mismos y sus propias vidas en la corte castellana». 11

Cabe señalar, para citar un ejemplo, la presencia de persas y de tártaros en las miniaturas, que obviamente es impensable en la corte alfonsí, y que concuerda, en cambio, con la casi segura utilización por parte de los colaboradores alfonsíes de manuscritos ajedrecísticos árabes miniados de procedencia oriental.

¿QUÉ INFORMACIÓN NOS PUEDEN FACILITAR ESTAS IMÁGENES?

Lo que queda y lo que nos sirve como prueba son figuras de determinados grupos religiosos y étnicos, que parecen estar todas, incluso las figuras de los cristianos, fuera de todo lugar y momento, con la sola excepción del momento creado en una miniatura en particular. La manera en que se enfatizan ciertas características de las arquitecturas, junto con los jugadores de diverso origen étnico es más bien una indicación de querer crear un catálogo y, más importante, una muestra de información de ajedrez, arquitecturas, y personajes.

En este sentido, son, en parte, una serie de imágenes para mirar y captar el interés, cuya presencia en este códice es fundamental si no por otra razón, porque demuestra el aprendizaje, la consideración, y también el control, por parte del rey y sus colaboradores, de una gran variedad de información. Gran diferencia hay, pues, en decir que nuestras imágenes derivan de la corte alfonsí y los intereses intelectuales de las personas que la compusieron, y, por otro lado, que las imágenes reflejan la realidad, o incluso una serie de aspiraciones o esperanzas sociales para dicha corte.

Por lo que respecta a posible convivencia o espíritu de multiculturalismo que estas imágenes podrían comunicar, en particular en relación con los musulmanes, es obvio que Alfonso respetaba y apreciaba la cultura árabe intelectual. En ello, mostraba, aparte de su interés en el ajedrez, una clara voluntad de traducir obras árabes de astronomía, matemática, medicina, historia, incluso literatura, tales como el Calila e Dimna, y los Bocados de Oro.

García Fitz, que advierte sobre el uso poco crítico de los términos «tolerancia» y «convivencia» nos recuerda en su análisis de pertinentes pasajes de la Séptima Partida, título XXV, que mientras que había un principio de respeto y de protección regia hacia los musulmanes, contra fuerza y maltrato, los matrimonios mixtos y la fornicación estaban prohibidos y estaban bajo el poder del monarca sus edificios religiosos.

Los judíos, por otro lado, no fueron «tolerados» por los cristianos, sino que el cristiano los tenía que «sufrir»: “siempre sufrieron que biuiessen entre ellos», «sufrieron [la Iglesia, los Emperadores, los Reyes, y los Príncipes] a los judios, que biuiessen entresi, e entre los cristianos es esta por que ellos biuiessen, como en cautiuerio para siempre: porque fuessen siempre en remembrança a los omes que ellos venían del linaje de los que crucificaron a nuestro Señor Iesu Christo». 12



Al mismo tiempo, sin embargo, también es indudable que mientras entre los sabios, traductores y colaboradores, que tenían relación con Alfonso X, figuran judíos, cristianos, y un converso de Islam, Bernardo el Arábigo, no tenemos documentación de ni siquiera un musulmán. En este sentido, parece muy sensato el mismo erudito al decir:

… resulta un error identificar los procesos de intercambio cultural con los de convivencia o tolerancia. Los intercambios y préstamos culturales, las influencias mutuas, incluso los más complejos fenómenos de simbiosis cultural o de aculturación, no requieren casi nunca de la existencia previa de aceptación social en plano de igualdad o de respeto entre las partes. 13

No se niega aquí, pues, que podría haber sido una verdadera cultura de respeto, o incluso amistades entre determinados musulmanes y cristianos o judíos y cristianos en la corte alfonsí, pero nuestras miniaturas no facilitan las pruebas de ésta. Alfonso X mismo y los suyos tratan el tema del interés por lo nuevo y por el control y coherencia que se hacen posibles al jugar un «iuego contado» en el texto que precede al primer problema de ajedrez:

Pues que acauado auemos el iuego mayor del açedrex de como se iuega complidamientre, queremos dezir delos iuegos departidos, que assacaron los omnes en el que son como cosas nueuas e estrannas de oyr e por esso se pagan d’ellas, e otrossi porque se iuegan mas ayna. Ca son iuegos contados e sabudos, e saben a quantas uegadas depues que iogaren s’an d’acabar (5r).

Lo ideal pues, según lo que expresa en esta cita, es acceder a lo nuevo, o mejor dicho, información que tiene el mismo efecto de «cosas nueuas e estrannas», sin perder nunca el principio de orden y la organización racional que también proporcionan placer, es decir, sin perder de vista la jugada final. La alteridad de estas imágenes, entonces, no consiste propiamente en los personajes exóticos, sino en crear un espacio que únicamente es espejo de sí mismo. Gran diferencia hay, pues, en decir que las imágenes derivan de la corte alfonsí y los intereses de las personas que lo componían, y por otro lado, que las imágenes reflejan la realidad de dicha corte. Esta realidad se presenta como una visión, y esta visión, a pesar de sus peculiaridades, llega a constituir un microcosmos coherente y definitivamente alfonsí que constituye su propia comunidad de jugadores de ajedrez que sólo viven, en efecto, en los folios del manuscrito.

Por Heather Bamford (Doctorada en Literaturas y culturas hispánicas en la Universidad de California, Berkeley (EEUU).
Con información de Emblemata, 15 (2009).


  1.  
  2. Gonzalo Menendez Pidal, La España del siglo XIII leída en imágenes, Madrid, Real Academia de la Historia, 1987.
  3. Vid ed. de Arnald Steiger, cit. en. n. 2, introducción.
  4. Constable, cit. en n. 7, 322
  5. Francisco García Fitz, «Las minorías religiosas y la tolerancia en la Edad Media hispánica: ¿mito o realidad?», en Tolerancia y convivencia étnico-religiosa en la Península Ibérica durante la Edad Media. III Jornadas de Cultura Islámica, ed., A. García Sanjuán Huelva, 2003; Alfonso X, Partidas, VII, Título XXIV, prólogo y Ley I, fol. 74v. Cito por la edición de Gregorio López, Salamanca, Andrea de Portonariis, 1555; ed. facsímil, Madrid, Boletín Oficial del Estado, 1985.
  6. García Fitz cit. en n. 12, p. 46.

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