Descripción física de la mujer andalusí

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Hay que señalar que hay un estereotipo de mujer ideal (en el sentido físico) que viene de Oriente, prefijado ya en la poesía árabe clásica de los primeros siglos del Islam y que es una constante que se repite a lo largo de los ocho siglos de cultura árabe en la Península, sin apenas variaciones. Lo difícil es saber hasta qué punto el físico de la mujer hispanoárabe coincidía con este modelo clásico o en qué se diferenciaba, dada la ausencia de retratos y pintura figurativa, salvo en las miniaturas de los libros que no nos permiten observar con detalle la constitución física de esta mujer.

En todo caso, el modelo que nos describe la poesía es el que gusta o «está de moda» en esta época y nos imaginamos que a él intentaría parecerse la mayoría de las mujeres, como ocurre hoy. Veamos pues cómo ve el poeta andalusí a su amada ideal o real:

Color: una constante que se repite es la blancura de la tez, tanto en el rostro, que se compara con la luna llena por su brillo y su blancura, como en el cuerpo que se compara con las perlas y el nácar.

Ibn Jatima de Almería (s. XIV):
«Es tan blanca y resplandeciente, que, cuando surge en la noche, el ciego puede verla, a pesar del velo de su ceguera»

Abü ‘Abd Allah ibn Yuzayy, de Granada (s. XIV):
«Despuntaba su blancura aquella noche en que la vi, como si fuera la aurora»

No había pues demasiada afición a las mujeres negras, que sin duda abundaban entre las esclavas, por parte de los andalusíes, salvo en el caso de los poetas que viajaron a Oriente y conocieron un mayor número de mujeres de este color, pero no en la Península. Sabemos que tanto Ibn Zaydün como Abü Ya ‘far ibn Said tuvieron relaciones con esclavas negras, lo que motivó la ira de sus respectivas «amadas» Wallada y Hafsa, pero estas relaciones no fueron lo suficientemente importantes como para dedicarles un poema.

Cabello: la blancura del rostro o de la piel solía ir acompañada del contraste del pelo y los ojos negros. Salvo algunas excepeiones, el prototipo de la mujer andalusí es morena, con un pelo negro que se compara a la noche y a las tinieblas nocturnas, formando un juego de palabras «con el rostro como la aurora surgiendo entre las tinieblas», o «la luna llena en la noche oscura.»

Ibn Jatima de Almería:
«Surge descubriendo una aurora brillante con su rostro y se oculta mostrando la noche oscura de su pelo».

Del mismo: «Las perlas se han derramado sobre ella en forma de piel, pero sus cabellos y sus ojos son de azabache»

Sin embargo, en la Córdoba de los Omeyas (siglos IX-X) encontramos una cierta afición entre los poetas por las mujeres rubias, quizás porque, como ya han señalado algunos autores, las madres y esposas de los Califas eran esclavas del Norte, vascas y gallegas, lo que dio lugar a que la mayoría de los miembros de la familia real fuesen, por transmisión genética, rubios y de ojos azules; posiblemente esto dio lugar entre los cortesanos a un gusto o afición por este color de pelo y ojos, que luego no encontramos en los poetas de los siglos posteriores.

Marwan al-Talfq (Córdoba, s. X)
«Los rubios cabellos que asomaban por sus sienes, dibujando un lam en la blanca página de su mejilla, como oro que corre sobre plata …».

Ibn Hazm señala en uno de sus versos contenidos en El Collar de la Paloma: «Me la afean porque tiene rubio el cabello, y yo les digo: Esa es su belleza»

Lo cual nos indica que no era muy corriente como prototipo de belleza el cabello rubio, sino más bien algo exótico y distinto. pero apreciado sólo por una élite cortesana. Ibn Quzman. en el siglo XII, habla en uno de sus zéjeles de unas trenzas rubias:

«Lucía unas trenzas cual rayos de luz».

Entre los tipos de peinado que solían llevar las mujeres, éste de las trenzas es el que más aparece.

Ibn al-Saqqat de Málaga (s. XII):
«Ante nosotros se destapaban caras deliciosas que parecían lunas entre la noche de las trenzas»

Los ojos: como corresponde a esta fisonomía mediterránea eran negros, y, según los poetas, muy grandes y penetrantes.

Ibn Jatima: «Frunció las cejas para asestar flechas y asaetearme con sus ojos negros».

Estos ojos, y ya como herencia del lejano Oriente y de la Arabia preislámica. siguen comparándose con los de la gacela o el antílope:

AI-Mu’tamid de Sevilla: «Antílope de cuello fino, gacela  de grandes ojos».

Los labios: son rojos como el vino tinto, con el que se comparan, y la saliva es néctar.

Ibn Jatima: «También me hirió el color rojo de tus labios oscuros, parecido al vino tinto».

Con palabras breves pero concisas define Ibn Quzman esta belleza andaluza: «Mejillas redondas, de albor de algodón, las cejas unidas, los ojos carbón!

También los ojos y la mirada se suelen definir por los poetas como soñolienta o quieta (¿podría tratarse de ojos miopes?)

Abü ‘Abd Allah ibn Yuzayy de Granada (s. XIV): «Juro por un hermoso rostro de claridad intensa, bajo la oscuridad de los mechones sueltos, y por unas cejas cuya Nün fue trazada con almizcle por encima de los soñolientos ojos quietos».

El pecho: como es natural, es erguido o erecto como lanzas, con las que se compara.

Ibn Jatima: «Las lanzadas de sus pechos son más temibles que las lanzas».

Ibn al-Saqqat de Málaga:«Nos atacaban como lanzas, los pechos de las doncellas,moviéndonos guerra»

AI-Munfatil de Granada (s. XI): «Tiene unos pechos erectos como lanzas, que no se erigen sino para impedir su vendimia».

Talle y caderas: Si hay un tópico entre los tópicos dentro de la poesía árabe, éste es el del «talle como una lanza clavada en un montón de arena» o «una rama surgiendo de una duna». Esta imagen, que se repite sin fatiga desde los tiempos de los poetas del desierto hasta el siglo XV en Granada, da una idea exacta del cuerpo de mujer preferido por los poetas árabes: el talle fino, esbelto, y las caderas muy anchas y exuberantes, acompañados de un trasero opulento; estos elementos, como en los tiempos preislámicos, siguen comparándose con la duna y la rama.

Marwan al-Talfq de Córdoba (s. X):
«Su talle flexible era una rama que se balanceaba
sobre el montón de arena de su cadera».

Abü Ya’far al-Ru’ayni de Granada, s. XIV:
«Se te ve un talle, sobre una grupa que tira de él,
como una rama verde que ha brotado en el montón de arena».

Ibn Htima de Almena: «Su figura esbelta es frágil de talle y muelle de caderas».

AI-Mu’tamid de Sevilla:»Cuantas noches pasé divirtiéndome a su sombra, con mujeres de caderas
opulentas y talle extenuado».

La «opulencia» de caderas y nalgas se continuaba a menudo hasta las piernas:

Abü l;Iayyan al-Gamarf:
«Es una esbelta cuya cintura rodea una túnica recamada,tan carnosa, que enmudecen las ajorcas en sus piemas»

La voz de esta mujer ideal debía ser nasal según los cánones:

Ibn Jatima: «Su voz nasal es una melodía tan bella,
que compensa del placer de una morada».

Lunares: Había una predilección especial por parte de los poetas hacia los lunares en el rostro, naturales o artificiales:

Ibn Hayyün de Sevilla (s. XII):
«Una vez que sus lunares se hubieron metido en mi corazón tan hondo como yo me sé, le dije: ¿Es que toda tu blancura representa tus favores y esos puntos negros tus desdenes?».

Parece ser que había costumbre de ponerlos tatuados, como indica lbn Jatima: «¿Es esto un lunar oscuro o un tatuaje de algalia escrito en la página de tus mejillas?

Manos teñidas: Otro dato que abunda en la poesía andalusí es el de las manos o los dedos teñidos de rojo (alheña) o negro, costumbre que desde la época preislámica se extendió luego por todos los países musulmanes y pervive aún en la mayoría de ellos como un rito o tradición.

Ibn Jatima: «Con las manos teñidas y cubiertas de joyas, aparece como la luna llena en la noche de la felicidad».

Del mismo: «Di a la que ha teñido sus blancos dedos con la sangre de mis lágrimas o la negrura de mis ojos … ¿Desde cuándo las gacelas, que no se adornan con joyas, se tiñen las cejas y la mano derecha?»

Olores: Por último hay que resaltar los olores, la fragancia que exhala la amada y que tan importante es para el fino olfato del árabe medieval, acostumbrado a aspirar la variedad de olores de las especias y perfumes de Oriente que, como hoy, inundan los zocos de las antiguas ciudades: sándalo, almizcle, clavo, azahar

AI-Mu’tamid de Sevilla: «Me ofreció los rojos labios y aspiré su aliento: me pareció que sentía el olor a sándalo».

Abü Ya’far al-Ru’aynf de Granada: «El buen olor del clavo en el viento del céfiro, es un hechizo que se desprende de ella cuando se vuelve hacia mí».

Ibn Jatima de Almería:
«Es azahar para el que la huele, tallo para el que la abraza, manzana para el que recoge frutos».

Otros detalles podríamos añadir como el andar contoneándose como la gacela, el rubor que la acompaña casi siempre, las lágrimas, etc … pero alargaría enormemente este trabajo.

Extracto de «La imagen de la mujer a través de los poetas árabes andaluces (siglos VIII-XV)» Por Celia Del Moral Molina.

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