Ben Yessef y el duende andalusí

BEN YESSEF en su estudio. 2004 ©latribuna
BEN YESSEF en su estudio. 2004 ©latribuna

Cualquier intento de representación de la vida, por muy realista y cruda que sea, es necesariamente mágica. La sangre está en el ojo y además este mundo no es sino ilusión evanescente, un espejismo iluminado por el Yabarut o reino de las luces. Alcanzado a través de los ojos de un artista, penetramos en un espacio-tiempo subjetivo en el que se nos invita a completar el código de los milagros cotidianos. El autor sólo descifra a medias los significados, el resto depende del observador.

Si alguien entiende de luces y de visiones, ese es Hach Ahmed Ben Yessef. Las enciende e invoca todas con sus pinceles.

Nació en Tetuán, Marruecos, en 1945. Pero desde 1967 vive en Sevilla, donde le fue concedida una beca para ampliar sus estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría. Allí conseguiría los tres premios de la carrera: dibujo, pintura y paisaje; algo que aún nadie ha conseguido igualar.

©latribuna
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En 1984, pinta un lienzo de cuatro por tres metros que rememora la Marcha Verde. Éste llega a transformarse en el reverso del billete de 100 dirhams, conmemorativo del 25 aniversario de la subida al trono de S.M. Hassan II, al que también retrata. Un reconocimiento al alcance de pocos artistas vivos.

Aficionado al fútbol desde que jugara en los juveniles del Atlético de Tetuán, fue sevillista antes de conocer Sevilla “porque era la ciudad del gran maestro Velázquez”. Precisamente para el Sevilla C.F. realiza en 2003 el mural conmemorativo del centenario del club, una impresionante obra de cerámica pintada a mano de veinte metros de alto por dieciocho de ancho que se instaló en el estadio Sánchez Pizjuán.


Ha ilustrado alrededor de doscientas portadas de libros; sus obras se encuentran en museos y en colecciones privadas de distintos países; algunos clientes viajan en jet privado para visitarle en su estudio de Carlos Cañal en Sevilla o en el de Restinga Smir de M’diq, Tetuán.

Fue condecorado por Hassan II en Rabat en 1993 y por su hijo Mohamed VI en Madrid en el año 2000. Algo que hay que destacar ya que Ben Yessef tardó tiempo en ser profeta en su tierra natal. Su pintura llegó a calar 10 años más tarde en Marruecos, cuando ya su obra se conocía en España. Lo hizo por medio de una marchante francesa. El pintor tetuaní expuso en 1973 su obra en Casablanca, y desde entonces sus cuadros han llegado a medio mundo, desde África hasta Estados Unidos, pasando por varios países europeos.

Sus obras están colgadas en las paredes de medio mundo y cuadros suyos se los repartían el Conde de Barcelona, el Rey Hassan II y el Ex Presidente francés Valéry Giscard d’Estaing.

Entre las fotos de su estudio se le puede ver con la reina Sofía y con el rey Mohamed de Marruecos, entre otros dignatarios. «Cuando me preguntan si soy marroquí o español, digo que soy andaluz. Tengo sangre morisca por mi madre».

En la dificultad hay facilidad

Su familia, especialmente su padre, se opuso desde un principio a que desarrollara su innata vocación artística. Hijo único, el padre presionó para que fuera médico, llegándole a cortar todo sostén económico cuando ya se encontraba en Sevilla. “Según él las personas que se dedican al arte no tienen ningún futuro profesional.” Esta obstinación, tanto del padre en negar como del hijo en afirmar la vocación artística, le llevó a Ben Yessef a dormir en los bancos de los parques sevillanos y comer de la caridad. Algo que llegó a afectarle hasta en su salud. “Sólo tuve derecho a un primer plato caliente un año después de mi llegada y este fue un plato de guisantes”.

Sin embargo, esa posición intransigente de su padre fue un acicate que le llevó a superarse para sobrevivir. «Si no fuera por esta obstinación de mi padre rechazando mis dotes artísticas seguro que no sería el Ben Yessef que soy ahora… La mediocridad, cuando explota, es muy peligrosa. La grandeza dormida no sirve de nada. Me dicen que tengo suerte. Yo desde que me levanto hasta que me acuesto estoy buscando la suerte».

En la Escuela de Bellas Artes le decían que en España sólo habían vivido de la pintura Picasso y Dalí. “Pues seré el tercero» les contestaba. Y así ha sido. Sus cuadros cuestan ahora una fortuna, pero tuvo que vender en la calle felicitaciones navideñas pintadas por él para poder comer caliente. “Muchos se han arrepentido de no haberme comprado un cuadro cuando éstos valían cuatro duros. Esa gente no entiende ni siente el arte, sólo lo ven como una inversión. Cuando compran un cuadro están ampliando su cartera de valores”.

Las culturas se entrelazan

La realidad española siempre fue intercultural. “El legado andalusí se encuentra desde el sur de España hasta Mali. Sin embargo en España hay un complejo de inferioridad respecto a Europa y un complejo de superioridad respecto a Marruecos y Latinoamérica. Esto explica en parte la tremenda deformación que se tiene en España sobre lo que se hace culturalmente en Marruecos. En Holanda, Alemania o Francia se conoce todo lo que sucede en Marruecos y también en España mejor que en la propia España. Y en Marruecos se conocen hasta la última poesía que se publica en España y hasta la alineación de un equipo de tercera división. Hay una anécdota que resume esta distorsión de lo marroquí en España. Un destacado periodista del ABC de Sevilla tras visitar una exposición mía exclamó: ¡hombre mira, un moro que sabe pintar!”.

Ben Yessef concluye: “El verdadero puente entre los seres humanos es la cultura. Las culturas no se enfrentan, se enlazan.”

También las manos son espejos

No hay nada que indique que el estudio sevillano de Ben Yessef sea el de uno de los mejores artistas árabes contemporáneos. Tampoco hay una pizca de soberbia en su carácter. Tanto el espacio de trabajo como su trato son acogedores, sencillos, tan iluminados como lo es su obra. En poco tiempo los visitantes se sienten en su casa con un anfitrión al que parecen conocer de toda la vida. La conversación discurre con naturalidad, sin dobleces intelectuales, desnuda de cualquier tipo de convención o pretensión. Conociendo al autor entiendes su obra y viceversa. No hay trampa ni cartón. Esa autenticidad es el ingrediente esencial de su arte y de su éxito.

Mi Padre 1991 acuarela ©latribuna
Mi Padre 1991 acuarela ©latribuna

Me fijo en la fuerza de sus retratos, especialmente en el trabajo que se toma en captar elementos como el gesto, el dinamismo en la quietud, la luz o la fuerza de las manos. “Dicen que los ojos o el rostro es el espejo del alma. Pero las manos dicen tanto o más sobre nuestra esencia”. Ben Yessef pinta al ser humano en todas sus dimensiones; sociales, culturales, económicas y políticas. “Cuando pinto un paisaje esté o no representado, también está el ser humano ahí. Muchas veces las piedras te hablan de quién las puso ahí. El arte es todo un sueño y a veces éstos se hacen realidad. Los bautizos que se le dan a las distintos estilos artísticos son algo cara a la galería. La pintura no es cubista, realista o impresionista… la pintura es buena o mala, te llega o no te llega.”

Le pregunto, como tantos otros antes, por las palomas de sus cuadros, por su significado: “Al principio mi obra era muy agresiva. Siempre trataba de la injusticia y la realidad social, de la falta de solidaridad. Mi obra era muy dura plásticamente al espectador. Necesitaba algo para suavizar el drama de la obra. Entonces, empecé a colocar una maceta o una flor a distintos personajes. Hasta que nació mi primer hijo, Omar. Mis padres vinieron a ver a su primer nieto y yo los llevé a hacer turismo por Sevilla. Cuando llegamos a la Plaza de España y vi las palomas, pensé: “este símbolo de paz voy a sustituirlo por la flor y las macetas en mis cuadros. Y así suavicé la obra, uniendo al ser humano con ese mensaje de paz.”

Hablando de arte, religión, política y negocios nos alcanza la hora del salat de Asarla oración del atardecer– y rezamos juntos.


El arte necesita libertad

“Hay un cliché que considera que la figuración está prohibida en el Islam. Es sólo un prejuicio. El Islam rechaza la representación de imágenes de la Divinidad. Así se evita la idolatría. Pero Allah es belleza, ama la belleza. Por otra parte, en el Islam es muy importante la intención: si buscas un propósito estético, es legítimo. Ya dijo el Profeta (SWS): Aspirad a la cultura y la sabiduría desde la cuna hasta la tumba… Nunca he tenido el menor problema con la censura religiosa. Mi obra es de la que más se vende en Marruecos, y el país en este momento puede competir con cualquier otro en pintura contemporánea, no tenemos nada que envidiar. Hoy hay en Marruecos un mercado para el arte incluso mayor que en España, empezando por Su Majestad, que es un gran aficionado a la pintura.”

Hablamos de la locura del Estado Islámico y su cruzada contra las obras de arte. “Yo soy musulmán. Provengo de una familia tradicionalmente musulmana. Pinto y vivo parte de mi tiempo en un país de mayoría musulmana. Nunca he visto esta interpretación del Islam. Para mí y para la mayor parte de musulmanes es algo extraño al Islam. Pero también ocurre que para una parte del mundo de la elite cultural marroquí resulta extraño que yo no beba alcohol en las recepciones o que me excuse para rezar en medio de un acto. Entienden que no sólo el arte sino también el artista debe de ser laico. Ven la religión como un atraso o una minusvalía intelectual.”

El artista huye del encasillamiento. No sólo ideológico sino también comercial. Lo contrario limitaría enormemente su capacidad creativa y amputaría definitivamente su visión y su credibilidad. Sobre la necesidad del mecenazgo y sobre los caprichos del cliente, Ben Yessef lo tiene claro: “Ha ocurrido toda la vida, no se puede luchar contra eso. Lo importante es que se hagan cosas. Yo soy una persona comprometida con la forma y el color, bastante tengo con eso como para comprometerme además con un partido político. Yo soy un pintor, son ellos los que me siguen. Quiero que sean los políticos los que me sigan, y no al revés. Sí, soy muy afortunado, jamás pensé que mi arte estaría plasmado en los billetes. Toda la vida, lo único que quise fue vivir de la pintura, nada más. Ése es mi sueño, y está realizado. Nunca he querido ser ni jefe ni empleado de nadie, porque el arte sin libertad no es arte. Mi único partido es el que juega el Sevilla cada domingo.”

Por Javier Salaberría
Con información de La Tribuna

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