El joven cojo y el barbero de Bagdad

El barbero del zoco - Óleo sobre lienzo - Enrique Simonet Lombardo
El barbero del zoco – Óleo sobre lienzo – Enrique Simonet Lombardo (1)

HISTORIA DEL JOVEN COJO CON EL BARBERO DE BAGDAD

(Contada por el cojo y repetida por el sastre)

“Sabed, ¡oh todos los aquí pre­sentes! que mi padre era uno de los principales mercaderes de Bagdad, y por voluntad de Allâh fui su único hijo. Mi padre, aunque muy rico y estimado por toda la población, lle­vaba en su casa una vida pacífica, tranquila y llena de reposo. Y en ella me educó, y cuando llegué a la edad de hombre me dejó todas sus riquezas, puso bajo mi mando a todos sus servidores y a toda la familia, y murió en la misericordia de Allâh, a quién fue a dar cuenta de la deuda de su vida. Yo seguí, como antes, viviendo con holgura, poniéndome los trajes más suntuosos y comiendo los manjares más exquisitos. Pero he de deciros que Allâh, Omnipotente y Gloriosísimo, había infundido en mi corazón el horror a la mujer y a todas las mujeres, de tal modo, que sólo verlas me producía sufrimiento y agravio. Vi­vía, pues, sin ocuparme de ellas, pero muy feliz y sin desear cosa alguna».

Un día entre los días, iba yo por una de las calles de Bagdad, cuando vi venir hacia mí un grupo nume­roso de mujeres. En seguida, para librarme de ellas, emprendí rápida­mente la fuga y me metí en una calleja sin salida. Y en el fondo de esta calle había un banco, en el cual me senté a descansar.

Y cuando estaba sentado se abrió frente a mí una celosía, y aparecio en ella una joven con una regadera en la mano, y se puso a regar las flores de unas macetas que había en el alféizar de la ventana.

¡Oh mis señores! He de deciros que al ver a esta joven sentí nacer en mí algo que en mi vida había sentido. Así es que en aquel mismo instante mi corazón quedó hechi­zado y completamente cautivo, mi cabeza y mis pensamientos no se ocuparon más que de aquella joven, y todo mi pasado horror a las muje­res se transformó en un deseo abra­sador. Pero ella, en cuanto hubo regado las plantas, miró distraída­mente a la izquierda y luego a la derecha, y al verme me dirigió una larga mirada que me sacó por com­pleto el alma del cuerpo. Después cerró la celosía y desapareció. Y por más que la estuve esperando hasta la puesta del sol, no volvió a aparecer. Y yo parecía un sonámbulo o un ser que ya no pertenece a este mundo.

Mientras seguía sentado de tal suerte, he aquí que llegó y bajó de su mula, a la puerta de la casa; el kadí de la ciudad, precedido de sus negros y seguido de sus criados. El kadí entró en la misma casa en cuya ventana había yo visto a la joven, y comprendí que debía ser su padre.


Entonces volví a mi casa en un estado deplorable, lleno de pesar y de zozobra, y me dejé caer en el le­cho. Y en seguida se me acercaron todas las mujeres de la casa, mis parientes y servidores, y se sentaron a mi alrededor y empezaron a im­portunarme acerca de la causa de mi mal. Y como nada quería decirles sobre aquel asunto, no les contesté palabra. Pero de tal modo fue au­mentando mi pena de día en día, que caí gravemente enfermo y me vi muy atendido y muy visitado por mis amigos y parientes.

Y he aquí que uno de los días vi entrar en mi casa a una vieja, que en vez de gemir y compadecerse, se sentó a la cabecera del lecho y empe­zó a decirme palabras cariñosas para calmarme. Después me miró, me exa­minó atentamente, pidió a mi servi­dumbre que me dejaran solo con ella. Entonces me dijo: “Hijo mío, sé la causa de tu enfermedad, pero necesito, que me des pormenores.” Y yo le comuniqué en confianza todas las particularidades del asunto, y me contestó: “Efectivamente, hijo mío, esa es la hija del kadí de Bagdad y aquella casa es ciertamente su casa. Pero sabe que el kadí no vive en el mismo piso que su hija, sino en el de abajo. Y de todos modos, aunque la joven vive sola, está vigiladísima y bien guardada. Pero sabe también que yo voy mu­cho a esa casa, pues soy amiga de esa joven, y puedes estar seguro de que no has de lograr lo que deseas más que por mi mediación. ¡Anímate, pues, y ten alientos!”

Estas palabras me armaron de firmeza, y en seguida me levanté y me sentí el cuerpo ágil y recuparada la salud. Y al ver esto, se alegraron todos mis parientes. Y entonces la anciana se marchó, prometiéndome volver al día siguiente para darme cuenta de la entrevista que iba a tener con la hija del kadí de Bagdad.

Y en efecto, volvió al día siguiente. Pero apenas le vi la cara, compren­dí que no traía buenas noticias. Y la vieja me dijo: “Hijo mío, no me preguntes lo que acaba de suceder. Todavía estoy trastornada. Figúrate que en cuanto le dije al oído el objeto de mi visita, se puso de pie y me replicó muy airada: “Malhadada vie­ja, si no te callas en el acto y no desistes de tus vergonzosas proposi­ciones, te mandaré castigar como mereces.” Entonces, hijo mío, ya no dije nada; pero me propongo inten­tarlo por segunda vez. No se dirá que he fracasado en estos empeños, en los que soy más experta que nadie.” Después me dejó y se fue.

Pero yo volví a caer enfermo con mayor gravedad, y dejé de comer y beber.

Sin embargo, la vieja, como me había ofrecido, volvió a mi casa a los pocos días, y su cara resplan­decía, y me dijo sonriendo: “Vamos, hijo, ¡dame albricias por las buenas nuevas que te traigo!” Y al oírlo, sentí tal alegría que me volvió el alma al cuerpo, y dije enseguida a la anciana: “Ciertamente, buena madre, te deberé el mayor benefi­cio.” Entonces ella me dijo: “Volví ayer a casa de la joven. Y cuando me vio muy triste y abatida y con los ojos arrasados en lágrimas, me preguntó: ¡Oh mísera! ¿por qué está tan oprimido tu pecho? ¿Qué te pasa?” Entonces se aumentó mi llan­to, y le dije: “¡Oh hija mía y señora! ¿no recuerdas que vine a hablarte de un joven apasionadamente pren­dado en tus encantos? Pues bien: hoy está para morirse por culpa tuya.” Y ella, con el corazón lleno de lás­tima, y muy enternecida, preguntó: “¿Pero quién es ese joven de que me hablas?” Y yo le dije: “Es mi propio hijo, el fruto de mis entrañas. Te vio hace algunos días, cuando estabas regando las flores, y pudo admirar un momento los encantos de tu cara, y él, que hasta ese momento no quería ver ninguna mujer y se horrorizaba de tratar con ellas, está loco de amor por ti. Por eso, cuando le conté la mala acogida que me hiciste, recayó grave­mente en su enfermedad. Y ahora acabo de dejarle tendido en los almohadones de su lecho, a punto de rendir el último suspiro al Crea­dor. Y me temo que no haya espe­ranza de salvación para él.” A estas palabras palideció la joven, y me dijo: “¿Y todo eso es por causa mía?” Yo le contesté: “¡Por AllÂh, que así es! ¿Pero qué piensas hacer ahora? Soy tu sierva, y pondré tus órdenes sobre mi cabeza y sobre mis ojos.” Y la joven: me dijo: “Ve enseguida a su casa, y transmítele de mi parte el saludo, y dile que me causa mucho dolor su pena. Y en seguida le dirás que mañana vier­nes, antes de la plegaria, le aguar­do aquí. Que venga a casa, y ya diré a mi gente que le abran la puer­ta, y le haré subir a mi aposento, y pasaremos juntos toda una hora. Pero tendrá que marcharse antes de que mi padre vuelva de la oración.”

Oídas las palabras de la anciana, sentí que recobraba las fuerzas y que se desvanecían todos mis pade­cimientos y descansaba mi corazón. Y saqué del ropón una bolsa repleta de dinares y rogué a la anciana que le aceptase: Y la vieja me dijo: “Ahora reanima tu corazón y ponte alegre.” Y yo le contesté: “En verdad que se acabó mi mal.” Y en efecto, mis parientes notaron bien pronto mi curación, y llegaron al colmo de la alegría, lo mismo que mis amigos.

Aguardé, pues, de este modo hasta el viernes, y entonces vi llegar a la vieja. Y en seguida me levanté, me puse mi mejor traje, me perfumé con esencia de rosas, e iba a correr a casa de la joven, cuando la anciana me dijo: “Todavía queda mucho tiempo. Más vale que entretanto vayas al hammam a tomar un buen baño y que te den masaje, que te afeiten y depilen, puesto que ahora sales de una enfermedad. Veras qué bien te sienta.” Y yo respondí: “Ver­daderamente, es una idea acertada. Pero mejor será llamar a un barbero, para que me afeite la cabeza, y después podré ir a bañarme al ham­mam».

Mandé entonces a un sirviente que fuese a buscar a un barbero, y le dije, “Ve en seguida al zoco y busca un barbero que tenga la mano ligera, pero sobretodo que sea prudente y discreto,, sobrio en palabras y nada curioso, que no me rompa la cabeza con su charla, coma hacen la mayor parte de los de su profesión». Y mi servidor salió a escape y me trajo un barbero viejo.

Y el barbero era ese maldito que veis delante de vosotros, ¡oh mis señores!

Cuando entró, me deseó la paz, y yo correspondí a su saludo de paz. Y me dijo: “¡Que Allâh aparte de ti toda desventura, pena, zozobra, dolor y adversidad!” Y contesté: “¡Ojalá atienda Allâh tus buenos deseos!” Y prosiguió: “He aquí que te anuncio la buena nueva, ¡oh mi señor! y la renovación de tus fuerzas y tu salud. ¿Y qué he de hacer ahora? ¿Afei­tarte o sangrarte? Pues no ignoras que nuestro gran Ibn-Abbas dijo: “El que se corta el pelo el día del viernes alcanza el favor de Allâh, pues aparta de él setenta clases de calamidades.” Y el mismo Ibn-Abbas ha dicho: “Pero el que se sangra el viernes o hace que le apliquen ese mismo día ventosas escarificadas, se expone a perder la vista y corre el riesgo de coger todas las enfermeda­des.” Entonces le contesté: “¡Oh jeique! basta ya de chanzas; levántate en seguida para afeitarme la cabeza, y hazlo pronto, porque estoy débil y no puede hablar ni aguardar mu­cho.”


Entonces se levantó y cogió un paquete cubierto con un pañuelo, en que debía llevar la bacía, las navajas y las tijeras; lo abrió, y sacó, no la navaja, sino un astrolabio de siete facetas. Lo cogió, se salió al medio del patio de mi casa, levantó gravemente la cara hacia el sol, lo miró atentamente, examinó el astro­labio, volvió, y me dijo: “Has de saber que este viernes es el décimo día del mes de Safar del año 763 de la hégira de nuestro Santo Profeta; ¡vayan a él la paz y las mejores ben­diciones! Y lo sé por la ciencia de los números, la cual me dice que este viernes coincide con el preciso momento en que se verifica la con­junción del planeta Mirrikh con el planeta Hutared por siete grados y seis minutos. Y esto viene a demos­trar que el afeitarse hoy la cabeza es una acción fausta y de todo punto admirable. Y claramente me indica también que tienes la intención de celebrar una entrevista con una per­sona cuya suerte se me muestra como muy afortunada. Y aún podría con­tarte más cosas que te han de suce­der, pero son cosas que debo ca­llarlas.”

Yo contesté: “¡Por Allâh! Me aho­gas con tanto discurso y me arrancas el alma. Parece también que no sepas más que vaticinar cosas desagrada­bles. Y yo sólo te he llamado para que me afeites la cabeza. Levántate, pues, y aféitame sin más discursos.” Y el barbero replicó: “¡Por Allâh! Si supieses la verdad de las cosas, me pedirías más pormenores y mas prue­bas. De todos modos, sabe que, aun­que soy barbero; soy algo más que barbero. Pues además de ser el bar­bero más reputado de Bagdad, co­nozco admirablemente, aparte del arte de la medicina, las plantas y los medicamentos, la ciencia de los as­tros, las reglas de nuestro idioma, el arte de las estrofas y de los versos, la elocuencia, la ciencia de: los nú­meros, la geometría, el álgebra, la filosofía, la arquitectura, la historia y las tradiciones de todos los pue­blos de la tierra. Por eso tengo mis motivos para aconsejarte, ¡oh mi se­ñor! que hagas, exactamente lo que dispone el horóscopo que acabo de obtener gracias a mi ciencia y al examen de los cálculos astrales. Y da gracias a Allâh, que me ha traído a tu casa, y no me desobedezcas, porque sólo te aconsejo tu bien por el interés que me inspiras. Ten en cuenta que no te pido mas que ser­virte un año entero sin ningún sala­rio. Pero no hay que dejar de re­conocer, a pesar de todo, que soy un hombre de bastante mérito y que me merezco esta justicia.”

A estas palabras le respondí: “Eres un verdadero asesino, que te has pro­puesto volverme loco y matarme de impaciencia.”

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente…

De «Las Mil y Una Noches»


(1) El barbero del zoco – Óleo sobre lienzo – Enrique Simonet Lombardo (Valencia, 1866-Madrid, 1927). Valenciano de nacimiento ingresará en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos en 1881 para dedicarse a la pintura. Su gusto por conocer diferentes países le llevará a visitar Italia, París y países del Mediterráneo oriental. Triunfaría en Madrid, Roma, Barcelona, París y Chicago consiguiendo grandes éxitos. Durante los años 1893 y 1894 viajaría a Marruecos como corresponsal de guerra fijando su residencia allí y solo volvería a España a pasar los veranos.

La escena que se representa sugiere un ambiente de descanso, de un grupo de árabes disfrutando de su tiempo libre con actividades diferentes, y donde la escena principal la protagoniza la figura del barbero que queda totalmente identificada por la navaja, que sujeta en su mano derecha y la posición del hombre que agacha la cabeza para ser afeitado. Destacamos la precisión del artista para representar, en el detalle del humo que sale de la cabeza del hombre sentado, esta escena haciendo referencia al agua caliente que mantiene el sirviente, que observa la escena con gran interés. Este acción tiene lugar en un espacio al aire libre de un pequeño patio con elementos tan representativos de la cultura árabe como son las bacías doradas, las pipas, las lámparas, la fuente baja con su decoración geométrica representando la cultura del agua tan ligada a la tradición árabe.

Simonet fue uno de los pintores españoles importantes del Siglo XIX que, siguiendo el camino de Delacroix y Fortuny, se enamora de la luz y los colores de Marruecos.


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