Las estrellas no tienen novio

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Las estrellas no tienen novio

¿Podríamos imaginar que un joven poeta de hoy escribiera algo tan hermoso al contemplar el cielo estrellado de la ciudad? Es imposible. El cielo amarillento de nuestras ciudades no invita a la poesía, no enciende la llama de la imaginación, no emociona, no seduce, no inspira.

Las estrellas

no tienen novio.

¡Tan bonitas

como son las estrellas!

Aguardan a un galán

que las remonte

a su ideal Venecia.

La contaminación lumínica nos ha robado la belleza de las estrellas (en vano aguardan a un galán que las remonte a su ideal Venecia). ¿Cuántos poemas han dejado de escribirse? ¿Cuántos tan bellos como ese de Lorca? ¿Y si hubiera un joven Lorca entre nosotros? Oh, ya no querría raptar a las estrellas, una a una en su jaca de niebla. El cielo se ha quedado sin mares de sombra, rodeando a las estrellas, se ha ido la belleza, ha muerto su poesía.

Todas las noches salen

a las rejas,

¡oh cielo de mil pisos!

y hacen líricas señas

a los mares de sombra

que las rodean.

¿Qué tienen las estrellas para inspirar al poeta? Todos tenemos grabada en la retina una noche llena de estrellas, una noche en la que dejamos vagar la mirada y la imaginación entre los miles de «ojitos prendidos de sereno» ¿Todos? Me temo que no. Muchos jóvenes nunca han sentido ese vértigo de lo infinito mirando las estrellas, nunca se ha grabado esa imagen en su recuerdo. Y muchos otros ya han olvidado que en algún rincón de su mente se guarda esa imagen, esa sensación, ese misterio. No es de extrañar, ¿cuánto hace que no lo renovamos? ¿Por qué tiene que ser siempre lejos, de vacaciones o en circunstancias especiales? Las estrellas están ahí arriba todas las noches, en todos los sitios.

Pero aguardad, muchachas,

que cuando yo me muera

os raptaré una a una

en mi jaca de niebla

Nunca ha habido tanta ciencia de las estrellas. Nunca hasta ahora hemos sabido mejor cómo funcionan, cómo evolucionan, cómo nacen y mueren. Sabemos describir con precisión matemática los procesos físicos que tienen lugar en su interior, la fuente de su energía, la forma que tiene el equilibrio que las mantiene estables durante eones, los procesos que transportan la energía desde su núcleo hasta el exterior, la forma en que esa energía se irradia al espacio y hasta detalles íntimos de los procesos violentos que se producen en sus capas más externas. Sí, sabemos de las estrellas mucho más que nunca, pero cada vez son menos los que las disfrutan.

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A lo largo de la historia de nuestra civilización hemos estado atentos a lo que ocurría en el cielo. La regularidad de sus ciclos nos ha permitido controlar el tiempo y de una larga tradición de estudio y observación derivan nuestros relojes y los calendarios que cuelgan de nuestras cocinas, oficinas y dispositivos electrónicos. Observando las estrellas los antiguos viajeros sabían trazar su rumbo, lo que les ayudó a dibujar los primeros mapas de nuestras costas. De aquellos cielos sin contaminar son hijos nuestros relojes, nuestro calendario y nuestros mapas actuales, tres aportaciones de la astronomía a la cultura que son previas al uso del telescopio.

Hace solo 100 años, cuando se acercaba un cometa y se hablaba de él, todo el mundo sabía de qué fenómeno se estaba hablando, pues sólo tenía que levantar la mirada al cielo cada noche para verlo con sus propios ojos. Hoy tenemos que empezar por explicar que un cometa no es una estrella fugaz, ya que son rarísimos los que pueden verse tras el velo de luz artificial que cubre nuestras noches.

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Y qué decir de los planetas y sus movimientos aparentes por el zodiaco. Todos conocemos los nombres de las doce constelaciones zodiacales asociados a los signos astrológicos, pero muy pocos son capaces de reconocerlas en el cielo. Todos sabemos cuál es nuestro signo del zodiaco, pero ¿cuántos sabrían encontrar en el cielo la constelación asociada a su signo? Y, más aún, ¿cuántos conocen dónde se encontraba el Sol el día de su nacimiento? Es curioso y paradójico que haya tanta ciencia de las estrellas hoy en día y que se hayan olvidado tantos saberes que convivían con nuestros antepasados.

La pérdida de los cielos estrellados de nuestras vidas tiene consecuencias. Muchos de los estudiantes que ya se gradúan en nuestras universidades no han tenido nunca la experiencia de situarse bajo esa bóveda estrellada que ha acompañado a nuestran especie, y al resto de seres vivos de este pequeño planeta, desde que lo habitamos. Los que trabajamos en un planetario sabemos bien que no hace falta la noche, o que no haya luna llena, o que esté despejado, para poder hablar de las estrellas.

Tenemos medios para enseñar a reconocer las constelaciones, para situar los planetas, el Sol y la Luna o para contar los mitos y leyendas que los antiguos escribieron entre las estrellas. Pero, nosotros lo sabemos bien, necesitamos que ahí afuera haya un cielo estrellado que sea la referencia de lo que estamos hablando.

Sin estrellas, nuestro discurso no deja de ser un mero divertimento más o menos sugerente, pero sin ese enlace a la realidad pierde su esencia misma, su valor didáctico. Nosotros necesitamos las estrellas en el cielo porque no solo contamos ficción, en un planetario se habla de ciencia, de naturaleza, de historia y, cómo no, de música y de poesía.

Puedo escribir los versos

más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: La noche

está estrellada,

Y tiritan, azules, los astros,

a lo lejos

Quizás el gran Neruda estuviera triste una noche estrellada en la que tiritaban, azules, los astros, a lo lejos, pero siento que su tristeza sería aún mayor si, además, no pudiera verlos sabiendo que están allí.

La contaminación lumínica nos ha robado la belleza de la noche, y lo ha hecho de manera absurda y sin necesidad. Sabemos que no hace falta iluminar el cielo para tener luz en nuestras calles. Las ciudades no son más seguras, más modernas ni más habitables por tener farolas que iluminan hacia arriba, pero ahí están, noche tras noche, como gritando al sereno de la noche: las estrellas no tienen novio

Por Fernando Jáuregui

De Consideraciones sobre la pérdida de la noche y el valor cultural del cielo nocturno.

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