Creencias y Esoterismo en el Antiguo Egipto (Primera Parte)

Amón en el Antiguo Egipto

  • Es necesario repetir una vez más la antigua y siempre actual pregunta: ¿existe un Dios Creador, o no existe? Y se deberá, por la posesión de ideas claras, propias, responder a conciencia.
  • Hacia fines del siglo XIX, en la antesala de la cámara mortuoria de un biólogo ilustre se habían reunido sus amigos, de diversas tendencias como es de imaginar, tratándose de un hombre de fama. Un católico, conversando con un anciano caballero, expresó su pesar por el hecho de que el moribundo no se hubiera reconciliado con Dios. ¿Cree usted, pregunto el caballero, que esté lejos de Dios? Dijo el católico que sí, que era ateo, que había orientado a muchos en el sendero del descreimiento. El caballero insistió: ¿puede creerse que tan gran ser, tan profundo conocedor del hombre y de la naturaleza, puede estar alejado de Dios?
  • Pero, ¿hay ateos? No refiriéndose a seres que lo afirman, sin haber reflexionado, tal vez incapaces de ello; sino refiriéndose a seres en quienes preocupa hondamente la cuestión.
  • De los que creen en Dios, pueden distinguirse dos tipos.
  • Pertenecen al primero, los que creen en un Dios Creador, fuera de ellos distinto a ellos, que no pueden alcanzar, con el que podrán unirse.
  • Pertenecen al segundo tipo los que creen que el Yo forma parte de la Unidad, de Dios, y tiende por expansión a confundirse con Él.
  • Es necesario aquí reseñar la razón de ser de las corrientes monoteístas y politeístas.
  • No se explica nada afirmando que los primeros creen en un solo Dios, y los últimos en varios dioses.
  • La raza aria, heredera de los atlantes, al desarrollar su personalidad individual y racional, necesitó aferrarse al Yo y la proyección del Yo daba como resultado el monoteísmo. Un hombre perfecto necesitaba un molde primordial, perfectísimo: Dios.
  • El monoteísmo degeneró, desde luego -según como el Yo se vincula o se opone al mundo que lo rodea y a las potencias interiores desconocidas de sí mismo-, en un Dios personal. Pero la mente del hombre ario, al trazar un puente entre el instinto y la intuición con la potencia de la razón, podía construir una infinidad de imágenes semejantes a la suya, más o menos perfectas, podía crear representaciones más o menos exactas de su molde divino, llegando así las almas al politeísmo.



  • Pasado el proceso de densificación del ser, del descenso del Yo, hay una tendencia de éste a unirse con otros entes separados: tiende a la expansión, y esto da como resultado el politeísmo. Individualiza aspectos del mundo externo del Yo a los cuales quiere unirse éste.
  • Pero siempre lo fundamental consiste en considerar que lo Inmanifestado se expresa por lo Manifestado, y que lo Manifestado sirve de asiento a lo Inmanifestado.
  • El hombre ario, al ir perfeccionando su propio yo, perfeccionó su creencia monoteísta y al ir perfeccionando sus posibilidades de similitud, desarrolló y perfeccionó su creencia politeísta.
  • El culto politeísta llego a su máxima expresión en Egipto, antes del culto personal de Osiris. Los sacerdotes desarrollaron la mente para conocer más y más; el amor no lo concebían como los monoteístas, sino como algo más elevado y divino. Muchos de estos sacerdotes eran de sangre real y el Faraón, siempre se desposaba con mujer de su sangre. Esto sucedió durante milenios. Si no lo hacían así creían que perderían el poder divino y real, como en efecto aconteció.
  • Simultáneamente con el politeísmo de los sacerdotes de Amón, en el … de los nómadas negros -tanto en Asia como en África- predomina el culto monoteísta.
  • En los Templos de los Sacerdotes de Amón como en los Templos de los Sacerdotes de Mitania, de Kush, de Punt y otros, se guardaban las enseñanzas esotéricas de ambas corrientes, y se practicaban estrictamente sus ritos.
  • Pero estas dos fuerzas tenían que trabarse en lucha para su predominio, y ésto aconteció en tiempos de Iknatón, primer personaje histórico de la era del Egipto, cuando se entabló la guerra religiosa llamada de los dos soles.
  • En tiempos de la Dinastía XVIII aparecieron en Egipto los primeros síntomas de crisis religiosa, que habrían de culminar con la lucha de los dos soles: Amón y Atón.
  • Tutmosis IV se casó con una princesa asiática de Mitania, y a esta influencia asiática hay que atribuir la importancia de los siguientes cambios religiosos ya que su nieto, Amenofis IV, cuando subió al trono -el año 1.375 A.C.-, empezó la lucha contra el Templo de Amón, y como ni él ni su esposa Nefertiti, también de origen asiático, no hicieron el juramento tradicional al Dios Amón, fue llamado más tarde el Faraón Hereje.
  • Tenía doce años al subir al trono y enseguida se mostró abiertamente adicto al Dios Único que llamó con el nombre del Sol Atón, y tomó luego el nombre de Iknatón (satisfecho está Atón).
  • La escuela esotérica monoteísta iba ganando terreno: el concepto de Dios Único -no se veneraban imágenes en la religión de Atón-, sino un disco solar que extiende sus rayos que terminan en forma de manos que sostienen el Ank, signo de la vida, y el concepto de la fraternidad universal los anima. La escuela de Amón con sus grandes jerarquías y su culto de muchos dioses fue suprimida y perseguida, y sus inmensas riquezas confiscadas. Sus sacerdotes se exilaron u ocultaron. Los sacerdotes rapados de la escuela de Amón, fueron substituidos por los de pelo largo de Atón.



  • El arte, en ese tiempo, tiene una gran evolución: las figuras simbólicas e hieráticas son suplantadas por las figuras reales y vivas; pero al Faraón se le empieza a representar de mayor tamaño en relación a las otras figuras. La madre Teye de Iknatón al parecer simpatizaba con las tendencias del hijo pero no abiertamente.
  • En el quinto año del reinado de Iknatón nace la primera hija: Merit-Aton. En ese tiempo, subsistían al lado de Atón, otros dioses. Pero este estado de cosas no debía durar, pues el Faraón entró en conflicto abierto con los sacerdotes de Amón-Ra. Esto se produjo poco después de la muerte de Tii, donde se deduce que la acción de ésta última era moderadora.

Por el Maestro S. Bovisio

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