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El mendigo y la leyenda del tesoro del castillo

Cuando estábamos dedicados a la refacción antes citada y divirtiéndonos con las bufonadas de nuestro escudero, se nos acercó un pobre mendigo que tenía cierto aspecto de peregrino. Era un anciano con la barba muy encanecida, y se venía apoyando en un cayado, aunque la vejez no le había encorvado todavía; era alto, esbelto y conservaba vestigios de haber tenido hermosas facciones; cubríase con un sombrero calañés y traía zamarra y calzones de cuero, polainas y sandalias. Su vestido -aunque viejo y remendado- era decente y su porte muy noble, y dirigiose a nosotros con esa grave cortesía que se nota en el más pobre español.

Estuvimos expresivos con semejante huésped, y por antojo de caprichosa caridad le dimos algunas monedas de plata, un pan de trigo blanco y un vaso de nuestro excelente vino de Málaga. Él lo recibió con gratitud, pero sin ninguna muestra de servil adulación.

Probando el vino lo levantó por alto, mirándolo al trasluz con cierta expresión de asombro, y luego, bebiéndoselo de un trago: «Ya hace muchos años -dijo- que no he probado vino igual a éste. Es un excelente tónico para el corazón de un viejo.»


Después, contemplando el panecillo que se le había ofrecido, añadió: «¡Bendito sea tal pan. Le invitamos a que lo comiese allí mismo: «No, señores -respondió-; el vino lo he bebido con vuestro permiso; pero el pan me lo llevo a la casa para compartirlo con mi familia.»

Nuestro Sancho nos miró, e interpretando a seguida nuestro asentimiento, dio al anciano una parte de las abundantes sobras de nuestra merienda, con la condición de que se sentase a tomar un bocado.

Sentose, pues, a corta distancia de nosotros, y empezó a comer despacio, con sobriedad y con la delicadeza propia de un hidalgo. Había, en verdad, cierto modo mesurado y tal tranquila serenidad en el anciano, que me hizo creer que habría disfrutado de mejores días; además, su lenguaje, aunque sencillo, era de vez en cuando pintoresco y de una poética fraseología.

Creí ver en su interior a un arruinado caballero, pero me equivoqué; no había más que la innata cortesía del español y los giros poéticos de la fantasía y del lenguaje usado comúnmente por las clases bajas de este pueblo de viva imaginación. Nos contó que durante cincuenta años había sido pastor. «Cuando era joven -decía- nada podía dañarme ni afligirme: siempre me encontraba bueno, siempre alegre; pero ahora tengo setenta y nueve años, y soy pobre y mi corazón empieza a abandonarme.»

Sin embargo, todavía no era un completo mendigo, pues hacia poco que había venido a aquel estado de degradación; nos hizo una conmovedora pintura de la lucha entre el hambre y la dignidad cuando las miserables privaciones se apoderaron de él.

Volvía de Málaga sin dinero; no había probado bocado desde algún tiempo, y cruzaba uno de los más dilatados llanos de España, donde había muy pocos albergues. Cuando casi desfallecía de necesidad, se acercó a la puerta de una venta: ¡Perdone usted por Dios, hermano!, le dijeron, (que es el modo usual de despedir a un pobre en España).

«Yo me fui -continuó- con más vergüenza que hambre, pues mi corazón era demasiado orgulloso todavía. Dirigime, pues, hacia un río de profundas márgenes e impetuosa y rápida corriente, y estuve tentado a arrojarme a él. ¿Para qué quiere vivir un viejo miserable y desgraciado como yo?

Mas, cuando estuve al borde de la corriente, me acordé de la Santísima Virgen y volví atrás mis pasos. Anduve errante, hasta que divisé un cortijo situado a corta distancia del camino, y penetré en el portal exterior que daba al patio.

La puerta estaba cerrada, pero había dos señoritas en una ventana; me acerqué y les pedí una limosna: ¡Perdone usted por Dios, hermano! Y cerraron la ventana. Me salí del patio flaqueándome las piernas; pero el hambre me rindió y me faltó el valor; pensé que había llegado mi última hora, y me tendí en la puerta, encomendándome a la Santísima Virgen y cubriéndome la cabeza para morir.

A poco de esto vino a recogerme el amo de la casa, y viéndome acostado en su puerta, tuvo piedad de mis canas, metiome en su casa y me dio de comer. ¡Vean ustedes, señores, por qué tengo puesta mi confianza en la protección de la Virgen

El anciano iba camino de su pueblo natal, Archidona, que se halla situado en lo alto de una escarpada y áspera montaña. Señalando con el dedo las ruinas de su vetusto castillo árabe: «Aquel castillo -nos dijo- estuvo habitado por un rey moro en tiempo de las guerras de Granada. La reina Isabel lo sitió con un gran ejército; pero el infiel la miraba desde su castillo junto a las nubes y se reía con desprecio.

En esto se apareció la Virgen a la reina, y la guió juntamente con sus tropas por una misteriosa vereda de las montañas, que nunca después se ha vuelto a encontrar. Cuando el moro la vio venir quedó estupefacto, y, saltando con su caballo por un precipicio, se hizo pedazos.


Las huellas de las herraduras de su caballo -prosiguió el viejo- todavía se pueden ver en el borde de la roca; y véanlo ustedes, señores: aquél es el camino por donde la reina y sus soldados treparon; véanlo ustedes como una cinta por la falda de la montaña; el milagro consiste en que se ve a cierta distancia; pero a medida que uno se acerca va desapareciendo.»

El ideal camino que nos señaló es, sin duda, una faja arenisca de la montaña que se distingue perfectamente dibujada y marcada desde lejos, pero que de cerca se borra y desaparece.

Luego que el ánimo del viejo se reanimó con el vino y la merienda, se puso a contarnos cierta historia de un misterioso tesoro escondido debajo del castillo del rey moro, junto a cuyos cimientos estaba su propia casa. El cura y el notario soñaron tres veces con el tesoro y fueron a excavar al sitio indicado en sus ensueños, y su mismo yerno oyó el ruido de los picos y azadas cierta noche. Lo que ellos se encontraron nadie lo ha sabido: se hicieron ricos de la noche a la mañana, pero guardaron su mutuo secreto.

Así, pues, el anciano tuvo a su puerta la fortuna; pero estaba condenado a vivir perpetuamente de aquel modo.

He notado que las historias de tesoros escondidos por los moros, que
prevalecen tanto en España, son muy corrientes entre la gente menesterosa. ¡De tal suerte la benévola Naturaleza consuela con la fantasía la falta de recursos: el sediento sueña con fuentes y fugitivas corrientes; el hambriento, con fantásticos banquetes; el pobre, con montones de oro escondidos! ¡Nada hay, en verdad, más espléndido que la imaginación de un pobre!

W. Irving

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¿Perejil o perifollo?

Perejil
Perejil

Pocos libros de leyendas españolas se leen con tanto agrado como el titulado «Cuentos de la Alhambra», fruto de la estancia del escritor y diplomático estadounidense Washington Irving, en el primer tercio del siglo XIX, en la antigua capital del reino nazarí.

Por supuesto, les recomiendo su lectura. Pero, a nuestros efectos, me voy a detener en el titulado «Leyenda del legado del rey moro«. En él, un mozo de carga gallego, llamado Pedro Gil, pero conocido como «Perejil», entra en posesión, por medios mágicos, de un fabuloso tesoro perteneciente a un mítico monarca de Granada (sureste de España).

Todo iría bien hasta que la indiscreción de su mujer, tema recurrente en toda la literatura árabe, llamó la atención de las autoridades. La señora dio en arreglarse de tal manera que sus vecinos la llamaron «la Perejila emperejilada». Ya les adelanto que la historia termina bien para el gallego.

Perejil. Una hierba que el hombre usa, al menos en Europa, desde los albores de la Historia. Base de no pocas salsas, especialmente de la excelente salsa verde de la cocina vasca, ingrediente de muy variados picadillos y parte fundamental de ese ramito de hierbas que en cocina se conoce como «bouquet garni», junto con el tomillo y el laurel. Pueden añadirse más hierbas, pero la fórmula básica es esta.

En muchas casas españolas hay, en la cocina, una maceta con perejil; no fallan quienes tienen en un rincón una figurita de San Pancracio, al que se consideraba un santo que aportaba fortuna en el juego y los negocios; a esa figurita se le ponía una ramita de perejil, sin la que, al parecer, no hacía efecto.

Y, sin embargo… el perejil entra en muy populares y usuales frases en las que se la da un trato despectivo. Por ejemplo, cuando se dice de alguien que es «el perejil de todas las salsas», con lo que expresamos que es alguien que está en todas partes, venga o no a cuento, y además se cree imprescindible. De estos hay hoy muchos en las redes sociales; ya saben, quienes quisieran ser el niño en el bautizo, la novia en la boda y hasta el muerto en el entierro.

Volviendo a Irving, emperejilarse es, dice el Diccionario de la RAE, adornarse con profusión y esmero. La acepción carece del matiz peyorativo que se le da en general, ya que emperejilado -o emperifollado- se dice de quien se adorna con más profusión que esmero. O sea, sin demasiado gusto.

El perifollo es otra hierba, emparentada con el perejil, pero diferente a este, con un agradable sabor anisado, más notorio si, como se debe, se utiliza crudo, como decoración, aunque también suele formar parte de alguna salsa importante, como la bearnesa.

En fin, en la cocina española es más común emperejilar un plato que emperifollarlo. En la gran cocina, el perejil tiene su lugar más alto en la mantequilla «maître d’hôtel», guarnición frecuente de las carnes de buey a la parrilla.

Se trata de ablandar la mantequilla (manteca de vaca) a consistencia de pomada e incorporarle perejil picado, sal y unas gotas de jugo de limón. Se mezcla bien, se moldea en un cilindro que se mete en el frigorífico hasta que se endurece; para servirlo, se corta en rodajas, que se colocan sobre la carne justo un instante antes de servirla. Es agradable.

Washington Irving vivió más en el siglo XIX que en el XVIII, en el que nació. Fue embajador de su país en España. Y, si piensan que pertenece al pasado, déjenme revelarles que fue él quien, en su faceta de escritor, creó el nombre de ‘Gotham’ para referirse a Nueva York… muchísimo tiempo antes de que se publicara la primera tira de Batman, lo que no sucedió hasta 1939.

Con información de Terra

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