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El Criminal – Gibrán Khalil Gibrán

Un hombre joven y fuerte, debilitado por el hambre, se hallaba sentado en la acera con la mano extendida hacia los transeúntes, mendigando y repitiendo la triste canción de su derrota en la vida, sufriendo el hambre y la humillación.

Al caer la noche, resecos los labios y la lengua, su mano aún estaba tan vacía como su estómago. Con las pocas fuerzas que le quedaban logró salir de la ciudad y sentarse bajo un árbol a llorar amargamente. Entonces elevó los perplejos ojos al cielo mientras el hambre le corroía por dentro, y dijo:

-Oh Señor, fui a ver al rico y le pedí empleo, pero él me lo negó por mi pobreza; llamé a las puertas de la escuela, pero aquello fue alivio prohibido, pues tenía las manos vacías; busqué cualquier ocupación que me diera de comer, pero las puertas estaban cerradas. Me volqué con desesperación a la mendicidad, pero Tus adoradores al verme me decían:

“Eres fuerte y holgazán, y no deberías mendigar.”

“Oh Señor, por Tu voluntad mi madre dio a luz, y ahora la tierra me devuelve a ti antes del Fin de los tiempos”.


Su expresión cambió súbitamente. Se puso de pie, y ahora sus ojos resplandecían decididos. Con una rama confeccionó un bastón duro y resistente, y señalando con él la ciudad gritó:

-Clamé por un mendrugo de pan con toda la fuerza de mi voz y me fue negado. ¡Ahora lo obtendré con la fuerza de mis brazos! Clamé por un mendrugo de pan en nombre de la misericordia y el amor, pero la humanidad desoyó mi llamado. Ahora lo tomaré en nombre de la maldad.

Los años implacables convirtieron al joven en ladrón, asesino, y destructor de almas; aniquiló a sus adversarios; acumuló una fabulosa riqueza con la que triunfó sobre los poderosos. Fue admirado por sus colegas, envidiado por el resto de los ladrones, y temido por las multitudes.

Sus riquezas y falso prestigio influyeron sobre el emir para que lo nombrara alcalde de aquella ciudad: el triste proceder de los pérfidos gobernantes. Entonces los robos fueron legales; la autoridad alentó la opresión; el aniquilamiento de los débiles fue un lugar común; las muchedumbres sobornaron y adularon.

¡Así fue como la primera manifestación de egoísmo humano hizo criminales a los mansos, y asesinos a los hijos de la paz; así fue como la primitiva avidez de la humanidad creció y vive azotándose una y mil veces!

Gibrán Khalil Gibrán

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Paz – Gibrán Khalil Gibrán

La tempestad se apaciguó tras combar las ramas de los árboles y reclinar todo el peso de su furia sobre las mieses de los campos. Las estrellas surgieron como maltrechos resabios de lejanos truenos y el silencio llenó el espacio como si la Naturaleza nunca hubiera librado su batalla.

Entonces, una joven penetró en su habitación y se hincó junto al lecho gimiente. Su corazón desbordaba de agonía, pero pudo finalmente despegar los labios.

-Oh Señor, haz que regrese a salvo al hogar -dijo-. He agotado las lágrimas y nada más puedo ofrecerte, oh señor magnánimo y misericordioso. Mi paciencia se ha consumido y la calamidad busca apoderarse de mi corazón. Sálvame, oh Señor, de las tenaces garras de la Guerra; líbralo de la Muerte despiadada pues está a merced de los poderosos. Oh Señor, salva a mi amado que es Tu hijo, del enemigo que también es Tu enemigo. Desvíalo del sendero impuesto y guíalo hasta las puertas de la Muerte; deja que me vea, o ven y llévame con él.


Un joven entró serenamente. Tenía la cabeza cubierta por vendas impregnadas con la vida que se le escurría. Se le aproximó, recibiéndola con lágrimas y risas; luego tomó su mano, la llevó a sus labios encendidos y con voz impregnada de lejana tristeza, y de la dicha del reencuentro, y de la incertidumbre de su reacción, le dijo:

-No temas, pues yo soy la causa de tus ruegos. Alégrate, la Paz me ha traído a salvo hasta ti, y la humanidad nos ha devuelto lo que la codicia intentó quitarnos. No te apenes; sonríe, amada mía. No te asombres, pues el Amor está dotado de poder para alejar a la muerte, y de encanto para conquistar al enemigo. Soy tuyo. No me contemples como a un espectro que emerge de la Morada para visitar la Morada de tu Belleza.

No temas, ahora soy la Verdad, surgida del fuego y las espadas para revelar a los míos el triunfo del Amor sobre la Guerra. Soy la Palabra que anuncia el comienzo de la dicha y la paz.

Luego enmudeció; sus lágrimas hablaban el lenguaje del corazón. Los ángeles de la Dicha rodearon aquella morada, y los dos corazones recobraron la unidad arrebatada.

Al alba los dos permanecieron de pie en medio de los campos, contemplando la belleza de la Naturaleza herida por la tempestad. Tras un silencio profundo y reconfortante, el soldado miró el sol naciente y dijo a su amada:

-Mira, la Oscuridad está dando a luz el Sol.

Gibrán Khalil Gibrán


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Un Poeta solo es en su muerte – Gibrán Khalil Gibrán

Negras Alas de noche envolvieron la ciudad que la Naturaleza había cubierto con un impoluto manto de nieve; los hombres abandonaban las calles buscando la calidez del hogar, mientras el viento norte arrasaba los jardines. En las afueras se adivinaba la silueta de una añosa cabaña semioculta en la nieve y a punto de derrumbarse.

En un oscuro rincón de la casucha, con la mirada fija en la tenue luz de una lámpara de aceite que el viento hacía oscilar, un joven agonizaba en humilde lecho. Era un hombre en la plenitud de su vida; veía aproximarse llegar la hora que lo liberaría de las garras de la vida. Aguardaba agradecido la visita de la Muerte; su pálido rostro revelaba los primeros destellos de esperanza y en sus labios asomaba una amarga sonrisa que sus ojos bondadosos desmentían.


Era un poeta muriendo de hambre en la ciudad de las riquezas perennes. Llegó a esta mundo a alegrar el corazón de los hombres con palabras de profunda belleza y sentido. Era un alma noble, enviada por la Diosa de la Comprensión para aquietar y colmar de bondad el espíritu del hombre. Pero ¡Ay! el hombre se marchó feliz de la tierra inconmovible sin recibir ni una sonrisa de sus extraños moradores.

El hombre expiraba, y no había nadie a su lado salvo la lámpara de aceite, fiel compañera, y algunos papeles sobre los que había escrito sus más profundos sentimientos. Rescatando las pocas fuerzas que aún no lo habían abandonado, alzó los brazos al cielo; recorrió desesperadamente el techo con la mirada, como si quisiera poder contemplar las estrellas veladas por las nubes, y dijo:

-Ven, oh bella Muerte; mi alma te reclama. Aproxímate y líbrame de las cadenas de la vida, que me he fatigado arrastrándolas. Ven, oh tierna Muerte, y aléjame de mis semejantes que me observan extrañados, pues yo les descifro el lenguaje de los ángeles. Apresúrate, oh calma Muerte, y apártame de la multitud que me relegó al oscuro olvido, pues yo no soy como ellos que hostigan a los débiles. Ven, oh Muerte plácida, y cúbreme con tus blancas alas, pues mis compatriotas me desdeñan. Rodéame, oh Muerte, con tus tiernos brazos misericordiosos; deja que tus labios rocen los míos que no conocen el sabor de los besos maternales, ni acariciaron jamás mejillas fraternales ni manos amorosas. Ven, Amada Muerte, y llévame contigo.

Entonces junto al lecho del poeta agonizante apareció un ángel de belleza divina y sobrenatural, en cuyas manos había un ramo de lilas. Lo rodeó con sus alas y cerró sus ojos para que sólo pudiera ver con el ojo de su espíritu. Selló sus labios con un beso tierno y prolongado que imprimió a su rostro el gesto de la eterna plenitud. Luego la habitación quedó vacía, excepto los pergaminos y páginas que el poeta había dispersado amarga e inútilmente.

Siglos después, cuando los habitantes de la ciudad despertaron del asfixiante adormecimiento de la ignorancia y vieron los primeros atisbos de sabiduría, le levantaron un monumento en el jardín más bello de la ciudad y cada año dedicaron una fiesta en honor de aquel poeta, cuyos escritos los había liberado. ¡Oh, qué cruel es la ignorancia humana!

Gibrán Khalil Gibrán


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