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Paz – Gibrán Khalil Gibrán

La tempestad se apaciguó tras combar las ramas de los árboles y reclinar todo el peso de su furia sobre las mieses de los campos. Las estrellas surgieron como maltrechos resabios de lejanos truenos y el silencio llenó el espacio como si la Naturaleza nunca hubiera librado su batalla.

Entonces, una joven penetró en su habitación y se hincó junto al lecho gimiente. Su corazón desbordaba de agonía, pero pudo finalmente despegar los labios.

-Oh Señor, haz que regrese a salvo al hogar -dijo-. He agotado las lágrimas y nada más puedo ofrecerte, oh señor magnánimo y misericordioso. Mi paciencia se ha consumido y la calamidad busca apoderarse de mi corazón. Sálvame, oh Señor, de las tenaces garras de la Guerra; líbralo de la Muerte despiadada pues está a merced de los poderosos. Oh Señor, salva a mi amado que es Tu hijo, del enemigo que también es Tu enemigo. Desvíalo del sendero impuesto y guíalo hasta las puertas de la Muerte; deja que me vea, o ven y llévame con él.


Un joven entró serenamente. Tenía la cabeza cubierta por vendas impregnadas con la vida que se le escurría. Se le aproximó, recibiéndola con lágrimas y risas; luego tomó su mano, la llevó a sus labios encendidos y con voz impregnada de lejana tristeza, y de la dicha del reencuentro, y de la incertidumbre de su reacción, le dijo:

-No temas, pues yo soy la causa de tus ruegos. Alégrate, la Paz me ha traído a salvo hasta ti, y la humanidad nos ha devuelto lo que la codicia intentó quitarnos. No te apenes; sonríe, amada mía. No te asombres, pues el Amor está dotado de poder para alejar a la muerte, y de encanto para conquistar al enemigo. Soy tuyo. No me contemples como a un espectro que emerge de la Morada para visitar la Morada de tu Belleza.

No temas, ahora soy la Verdad, surgida del fuego y las espadas para revelar a los míos el triunfo del Amor sobre la Guerra. Soy la Palabra que anuncia el comienzo de la dicha y la paz.

Luego enmudeció; sus lágrimas hablaban el lenguaje del corazón. Los ángeles de la Dicha rodearon aquella morada, y los dos corazones recobraron la unidad arrebatada.

Al alba los dos permanecieron de pie en medio de los campos, contemplando la belleza de la Naturaleza herida por la tempestad. Tras un silencio profundo y reconfortante, el soldado miró el sol naciente y dijo a su amada:

-Mira, la Oscuridad está dando a luz el Sol.

Gibrán Khalil Gibrán


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Un Poeta solo es en su muerte – Gibrán Khalil Gibrán

Negras Alas de noche envolvieron la ciudad que la Naturaleza había cubierto con un impoluto manto de nieve; los hombres abandonaban las calles buscando la calidez del hogar, mientras el viento norte arrasaba los jardines. En las afueras se adivinaba la silueta de una añosa cabaña semioculta en la nieve y a punto de derrumbarse.

En un oscuro rincón de la casucha, con la mirada fija en la tenue luz de una lámpara de aceite que el viento hacía oscilar, un joven agonizaba en humilde lecho. Era un hombre en la plenitud de su vida; veía aproximarse llegar la hora que lo liberaría de las garras de la vida. Aguardaba agradecido la visita de la Muerte; su pálido rostro revelaba los primeros destellos de esperanza y en sus labios asomaba una amarga sonrisa que sus ojos bondadosos desmentían.


Era un poeta muriendo de hambre en la ciudad de las riquezas perennes. Llegó a esta mundo a alegrar el corazón de los hombres con palabras de profunda belleza y sentido. Era un alma noble, enviada por la Diosa de la Comprensión para aquietar y colmar de bondad el espíritu del hombre. Pero ¡Ay! el hombre se marchó feliz de la tierra inconmovible sin recibir ni una sonrisa de sus extraños moradores.

El hombre expiraba, y no había nadie a su lado salvo la lámpara de aceite, fiel compañera, y algunos papeles sobre los que había escrito sus más profundos sentimientos. Rescatando las pocas fuerzas que aún no lo habían abandonado, alzó los brazos al cielo; recorrió desesperadamente el techo con la mirada, como si quisiera poder contemplar las estrellas veladas por las nubes, y dijo:

-Ven, oh bella Muerte; mi alma te reclama. Aproxímate y líbrame de las cadenas de la vida, que me he fatigado arrastrándolas. Ven, oh tierna Muerte, y aléjame de mis semejantes que me observan extrañados, pues yo les descifro el lenguaje de los ángeles. Apresúrate, oh calma Muerte, y apártame de la multitud que me relegó al oscuro olvido, pues yo no soy como ellos que hostigan a los débiles. Ven, oh Muerte plácida, y cúbreme con tus blancas alas, pues mis compatriotas me desdeñan. Rodéame, oh Muerte, con tus tiernos brazos misericordiosos; deja que tus labios rocen los míos que no conocen el sabor de los besos maternales, ni acariciaron jamás mejillas fraternales ni manos amorosas. Ven, Amada Muerte, y llévame contigo.

Entonces junto al lecho del poeta agonizante apareció un ángel de belleza divina y sobrenatural, en cuyas manos había un ramo de lilas. Lo rodeó con sus alas y cerró sus ojos para que sólo pudiera ver con el ojo de su espíritu. Selló sus labios con un beso tierno y prolongado que imprimió a su rostro el gesto de la eterna plenitud. Luego la habitación quedó vacía, excepto los pergaminos y páginas que el poeta había dispersado amarga e inútilmente.

Siglos después, cuando los habitantes de la ciudad despertaron del asfixiante adormecimiento de la ignorancia y vieron los primeros atisbos de sabiduría, le levantaron un monumento en el jardín más bello de la ciudad y cada año dedicaron una fiesta en honor de aquel poeta, cuyos escritos los había liberado. ¡Oh, qué cruel es la ignorancia humana!

Gibrán Khalil Gibrán


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El canto del mar – Gibrán Khalil Gibrán

El canto del mar

La sólida playa es mi amada
Y yo su amante.
Nos une el amor, pero
La luna me aparta celosa de ella.
Me acerco presuroso y me resisto a
Alejarme, despidiéndome con un
Pequeño y tenaz adiós.

Me revelo con rapidez tras el
Horizonte azul, derramando mi espuma
De plata sobre sus arenas de oro
Transformándonos en una fulgurante amalgama.

Aplaco su sed y sumerjo su
Corazón; ella suaviza mi voz y atempera
Mi ánimo.
Al alba susurro reglas del amor en
Sus oídos, y ella me abraza con ternura.


Al atardecer entono la melodía de la
Esperanza, y luego cubro su rostro de
Suaves besos; soy temible y veloz, mas ella
Es calma, paciente y reflexiva. En su
Vasto seno se aplaca mi impaciencia.
A cada reflujo de la marea nos acariciamos
A cada flujo me hinco a sus pies en oración.

Muchas veces he danzado en torno a las sirenas
Que surgían de las profundidades y se recostaban
Sobre las crestas de mis olas a contemplar las estrellas;
Muchas veces he escuchado a los enamorados renegar
De su pequeñez, y los he ayudado a suspirar.

Muchas veces he herido a las grandes rocas
Y las he calmado con una sonrisa, pero nunca
Me prodigaron sus risas;

Muchas veces he salvado almas que se ahogaban
Y llevado tiernamente hasta mi amada
Playa. Ella le insufla fuerzas así como
Agota las mías.

Muchas veces he robado gemas de las
Profundidades para ofrecerlas a mi
Amada Playa. Ella las toma en silencio, y yo
Soy feliz pues siempre sale a recibirme.

En la noche informe, cuando todas las
Criaturas persiguen el espectro del Sueño, yo
Me incorporo, canto un momento y
Suspiro después. Siempre estoy despierto.

¡Hay! ¡La vigilia ha sorbido mis fuerzas!
Pero soy un enamorado, y es fuerte la
Verdad del amor.
Puedo fatigarme, mas nunca moriré.

Gibrán Khalil Gibrán

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