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El canto de la lluvia – Gibrán Khalil Gibrán

Soy las húmedas hebras de plata lanzadas del cielo
Por los dioses. La Naturaleza me lleva, para adornar
Sus campos y valles.

Soy las bellas perlas, arrebatadas a la
Corona de Ishtar por la hija del Alba
Para embellecer los jardines.

Cuando lloro las colinas ríen;
Cuando estoy abatido las flores se regocijan;
Cuando estoy agobiado, todo sonríe con alborozo.

El campo y la nube son amantes
Y entre ellos soy el mensajero de la misericordia.
Sacio la sed de uno,
Curo la dolencia del otro.

La voz del trueno proclama mi llegada;
El arco iris anuncia mi partida.

Soy como la vida terrena, que comienza a
Los pies de los desencadenados elementos y culmina
En las elevadas alas de la muerte.

Emerjo del corazón del mar y
Me remonto con la brisa. Cuando veo un campo en la
Indigencia, desciendo y rodeo las flores y
Los árboles en un millón de pequeñas caricias.

Golpeo suavemente las ventanas con mis
Delicados dedos, y mi anuncio es una
Canción de bienvenida. Todos pueden oírme, pero sólo
Los sensibles me comprenden.



La calidez del aire me da a luz,
En cambio yo la opaco,
Tal como la mujer derrota al hombre con
La fuerza que de él extrae.

Soy el suspiro del mar;
La risa de los campos;
Las lágrimas del cielo.

Lo mismo que el amor:
Suspiro desde el hondo mar del cariño;
Río desde el vívido territorio del espíritu;
Lloro desde el infinito cielo de los recuerdos.

Gibrán Khalil Gibrán

©2019-paginasarabes®

El trabajo – Gibran Khalil Gibran

De » El Profeta»


Trabajas para mantener el ritmo con la tierra y con el alma de la tierra.

Porque estar parado es volverse desconocido para las estaciones, y salir del desfile de la vida que desfila con majestad y sumisión orgullosa hacia lo infinito.

Cuando trabajas eres la flauta por cuyo corazón el susurro de las horas se vuelve música.

¿Cuál de Uds. sería un junco, callado y silencioso, cuando todo lo demás canta al unísono?

Pero te digo que cuando trabajas, realizas una parte del sueño más lejos de la tierra, el cual te fue asignado a ti cuando ese sueño nació.

Y por seguir trabajando en verdad estás amando la vida.

Y amar la vida por el trabajo significa estar íntimo con el secreto más íntimo de la vida.

Pero si por tu dolor le llamas aflicción al nacimiento y al apoyo de la carne una maldición escrita en tu frente, entonces contesto que nada sino el sudor de tu frente te lavará lo que está escrito.

También te han dicho que la vida es tiniebla, y en tu cansancio repites lo que dijeron los cansados.

Y yo digo que la vida sí es tinieblas salvo cuando hay impulso,

Y que todo impulso es ciego salvo cuando hay conocimiento,

Y que todo conocimiento es vano salvo cuando hay trabajo,

Y que todo trabajo es vacío salvo cuando hay amor;

Y que cuando trabajas con amor te atas tú mismo a ti mismo, y a los otros, y a Dios.



Y, ¿qué significa trabajar con amor?

Significa tejer el paño con hilos sacados de tu corazón, como si tu amado fuera a llevar ese paño.

Significa construir una casa con afecto, como si tu amado fuera a vivir en esa casa.

Significa sembrar las semillas con cariño y cosecharlas con alegría, como si tu amado fuera a comer las frutas.

Significa cargar todas las cosas que creas con un aliento de tu propio espíritu,

Y saber que todos los muertos benditos están alrededor de ti y mirándote.

Muchas veces he oído que dices, como dormido, «aquél que trabaja con mármol y halla la forma de su propia alma en la piedra es más noble que el que ara la tierra.

Y aquél que agarra el arco iris para ponerlo en el paño en el parecido del hombre, es más que aquél que fabrica las sandalias para nuestros pies».

Pero digo yo, no dormido sino en el sobre-despertar del mediodía, que el viento no habla más dulcemente a los robles gigantes que a la brizna más pequeña de la hierba;

Y sólo es grande el que transforma la voz del viento en una canción hecha más dulce por su propio amor.

El trabajo es el amor hecho visible.

Y si no puedes trabajar con amor sino sólo con repugnancia, es mejor que te vayas de tu trabajo y te sientes en la puerta del templo y consigas limosna de aquellos que trabajan con alegría.

Porque si cueces pan con indiferencia, cueces un pan amargo que satisface sólo la mitad del hambre.

Gibran  Khalil Gibran

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La ciudad de los muertos – Gibrán Khalil Gibràn

Ayer me aparté de la bulliciosa muchedumbre y me interné en los campos, hasta una colina sobre la que la Naturaleza había desplegado sus atractivas galas. Ahora sí podía respirar.

Miré hacia atrás, y la ciudad surgió ante mí con sus magníficas mezquitas y suntuosas residencias, velada por el humo de las fábricas.

Comencé a meditar en la misión del hombre, pero sólo pude sacar en conclusión que su vida se identificaba con la lucha y el sufrimiento. Luego traté de no pensar en lo que habían hecho los hijos de Adán, y me concentré en los campos que son el trono de la gloria de Dios. En un lugar apartado pude ver un cementerio rodeado de álamos.

Allá, entre la ciudad de los muertos y la ciudad de los vivos, me senté a meditar. Pensé en el eterno silencio de aquellos primeros y en la tristeza infinita de estos últimos.

En la ciudad de los vivos hallé esperanza y desesperanza, amor y odio, alegría y tristeza, riqueza y pobreza, fidelidad e infidelidad.


En la ciudad de los muertos está sepultada la tierra que en el silencio de la noche la Naturaleza convierte en vegetales, luego en animales y luego en hombres. Mientras mi alma se perdía en ese laberinto, vi que un cortejo se acercaba lenta y respetuosamente acompañado por una música que llenaba el cielo de triste melodía. Era un suntuoso funeral. El muerto era seguido por los vivos que vertían lágrimas por su partida. Al llegar a la sepultura, los sacerdotes comenzaron a orar y a quemar incienso, y los músicos a tocar sus instrumentos llorando al desaparecido. Entonces los sumos sacerdotes se adelantaron uno tras otro y recitaron sus réquiems con palabras cuidadosamente escogidas.

Finalmente la multitud se alejó, dejando que el muerto descansara en la bóveda más bella y espaciosa, diseñada en mármol y bronce por manos expertas y rodeada de las más caras y elaboradas coronas de flores.

Los que habían ido a despedirlo volvieron a la ciudad, y yo permanecí observándolos desde lejos, mientras hablaba en voz baja conmigo mismo el sol se hundía en el horizonte y la Naturaleza se ocupaba de los mil y un preparativos del sueño.

Entonces vi a dos hombres jadeando bajo el peso de un ataúd de madera, y detrás de ellos a una mujer pobremente vestida con un bebé en brazos. Tras esta última corría un perro que, con ojos descorazonadores, miró primero a la mujer y luego al ataúd.

Fue un humilde funeral. Este huésped de la Muerte dejó librados a la impasible sociedad una esposa desdichada y un bebé que compartiera sus pesares, y a un fiel perro cuyo corazón sabía la partida de su amo.

Al llegar a la sepultura depositaron el ataúd en un pozo alejado de los cuidados pastos y los mármoles, y se alejaron después de elevar unas sencillas palabras a Dios. El perro se volvió por última vez para mirar el sepulcro de su amigo, mientras el reducido grupo desaparecía tras los árboles.

Miré hacia la ciudad de los vivos y me dije: «Aquel sitio es sólo de unos pocos.» Luego observé la armoniosa ciudad de los muertos y me dije: «También ese sitio es de unos pocos. Oh, Señor, ¿dónde está el cielo de todos?»

Al decir esto miré hacia las nubes que se mezclaban con el dorado de los más largos y bellos rayos del sol. Escuché en mi interior una voz que me decía: «¡Allí!»

Gibrán Khalil Gibrán

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El Canto y la Fortuna – Gibrán Khalil Gibrán

Los cedros de Líbano – Edward Lear (1812-1888, Reino Unido)

El hombre y yo somos amantes.
Él me desea y yo suspiro por él,
Pero ¡ay! Entre nosotros va la
Portadora de desdichas.
Es cruel y exigente,
Poseedora de vacua seducción.
Su nombre es materia
Nos sigue dondequiera que vayamos
Y nos observa como un centinela, trayendo
Desasosiego a mi amante.

Busco a mi amado en los bosques,
Bajo los árboles, junto a los lagos.
No puedo hallarlo, pues la Materia
Lo ha impulsado hacia la clamorosa
Ciudad y lo ha sentado en el trono
De las deslumbrantes, metálicas riquezas.

Lo llamo con la voz del
Conocimiento y la canción de la Sabiduría.
No me escucha, pues la Materia
Lo ha encerrado en el calabozo
Del egoísmo, donde mora la avaricia.


Lo busco en los campos de la Satisfacción,
Pero estoy sola, pues mi rival me ha
Encarcelado en la caverna de la glotonería
Y la avidez, y allí me ha apresado
Con dolorosas cadenas de oro.

Lo llamo al alba, cuando la Naturaleza sonríe.
Pero él no oye, pues el exceso ha
Desbordado sus embriagados ojos de enfermizo sueño.
Lo he entretenido al atardecer, cuando reina el
Silencio
Y duermen las flores. Pero él no responde,
Pues el temor de lo que traerá el amanecer
Obnubila sus pensamientos.

Se esfuerza por amarme;
Me busca en sus propios actos. Pero no
Me hallará sino en los actos de Dios.

Me busca en los edificios de su gloria
Cimentada sobre los huesos de otros;
Me susurra desde
Sus montañas de oro y plata;
Pero sólo me hallará viniendo hasta
La morada de la Simpleza construida por Dios
Al borde del manantial del afecto.

Desea besarme ante sus arcas,
Pero sus labios jamás rozarán los míos excepto
En la riqueza de la brisa pura.

Me pide que comparta con él su
Fabulosa riqueza, pero yo no abandonaré la
Fortuna de Dios; no me despojaré de mis bellos
ropajes.
Busca al engaño como término medio; yo sólo busco
El centro de su corazón.
Hiere su corazón en la estrecha celda;
Yo enriquecería su corazón con mi amor.
Mi amado ha aprendido a condolerse y a
Llorar por mi enemiga, la Materia; Yo le
Enseñaría a derramar lágrimas de amor.


Y a tener misericordia en los ojos del alma
Por todas las cosas;
Y a suspirar satisfecho con
Esas lágrimas.

El hombre es mi amado;
A él quiero pertenecer.

Gibrán Khalil Gibrán

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El lugar donde juega la vida – Gibrán Khalil Gibrán

Una hora en pos de la Belleza
Y el Amor merece un siglo entero de gloria,
Concedido al poderoso por el débil asustado.

Desde aquella hora proviene la Verdad del hombre; y
Durante aquel siglo la Verdad duerme en
Los desasosegados brazos de inquietantes sueños.

En aquella hora el alma ve con sus ojos
La Ley Natural, y durante aquel siglo se
Condena a sí mismo con la ley del hombre;
Y es encadenada por la férrea opresión.

Aquella hora inspiró los Cantares
De Salomón, y aquel siglo fue el ciego
Poder que destruyó el templo de Baalbek.

Aquella hora fue el nacimiento del Sermón de la
Montaña, y aquel siglo hizo temblar los castillos de
Palmira y la Torre de Babilonia.

Aquella hora fue la Hégira de Muhammad, y aquél
Siglo olvidó a Allâh, el Gólgota y el Sinaí.
Una hora dedicada a condolerse y lamentarse de


La igualdad arrebatada a los débiles es más noble

que un

Siglo pleno de avidez y codicia.
Fue aquella hora la que vio al corazón
Henchido de pesares,
Iluminado por la antorcha del Amor.
Y desde ese siglo, las ansias de Verdad
Están sepultadas en el seno de la tierra.
Aquella hora es la raíz que debe revivir.
Aquella hora es la hora de la contemplación,
La hora de la meditación, la hora de la
Oración, y la hora de la nueva era del bien.
Y aquel siglo es la vida de Nerón desperdiciada
En investiduras tomadas tan sólo de la
Materia terrena.
Así es la vida.
Representada en escenarios durante eras;
Registrada en la tierra durante siglos;
Inexplorada durante años;
Cantada como himno durante días,
Enaltecida sólo por una hora; pero esa
Hora es una gema preciosa de la Eternidad.

Gibrán Khalil Gibrán

©2019-paginasarabes®

El Criminal – Gibrán Khalil Gibrán

Un hombre joven y fuerte, debilitado por el hambre, se hallaba sentado en la acera con la mano extendida hacia los transeúntes, mendigando y repitiendo la triste canción de su derrota en la vida, sufriendo el hambre y la humillación.

Al caer la noche, resecos los labios y la lengua, su mano aún estaba tan vacía como su estómago. Con las pocas fuerzas que le quedaban logró salir de la ciudad y sentarse bajo un árbol a llorar amargamente. Entonces elevó los perplejos ojos al cielo mientras el hambre le corroía por dentro, y dijo:

-Oh Señor, fui a ver al rico y le pedí empleo, pero él me lo negó por mi pobreza; llamé a las puertas de la escuela, pero aquello fue alivio prohibido, pues tenía las manos vacías; busqué cualquier ocupación que me diera de comer, pero las puertas estaban cerradas. Me volqué con desesperación a la mendicidad, pero Tus adoradores al verme me decían:

«Eres fuerte y holgazán, y no deberías mendigar.»

«Oh Señor, por Tu voluntad mi madre dio a luz, y ahora la tierra me devuelve a ti antes del Fin de los tiempos».


Su expresión cambió súbitamente. Se puso de pie, y ahora sus ojos resplandecían decididos. Con una rama confeccionó un bastón duro y resistente, y señalando con él la ciudad gritó:

-Clamé por un mendrugo de pan con toda la fuerza de mi voz y me fue negado. ¡Ahora lo obtendré con la fuerza de mis brazos! Clamé por un mendrugo de pan en nombre de la misericordia y el amor, pero la humanidad desoyó mi llamado. Ahora lo tomaré en nombre de la maldad.

Los años implacables convirtieron al joven en ladrón, asesino, y destructor de almas; aniquiló a sus adversarios; acumuló una fabulosa riqueza con la que triunfó sobre los poderosos. Fue admirado por sus colegas, envidiado por el resto de los ladrones, y temido por las multitudes.

Sus riquezas y falso prestigio influyeron sobre el emir para que lo nombrara alcalde de aquella ciudad: el triste proceder de los pérfidos gobernantes. Entonces los robos fueron legales; la autoridad alentó la opresión; el aniquilamiento de los débiles fue un lugar común; las muchedumbres sobornaron y adularon.

¡Así fue como la primera manifestación de egoísmo humano hizo criminales a los mansos, y asesinos a los hijos de la paz; así fue como la primitiva avidez de la humanidad creció y vive azotándose una y mil veces!

Gibrán Khalil Gibrán

©2019-paginasarabes®

Paz – Gibrán Khalil Gibrán

La tempestad se apaciguó tras combar las ramas de los árboles y reclinar todo el peso de su furia sobre las mieses de los campos. Las estrellas surgieron como maltrechos resabios de lejanos truenos y el silencio llenó el espacio como si la Naturaleza nunca hubiera librado su batalla.

Entonces, una joven penetró en su habitación y se hincó junto al lecho gimiente. Su corazón desbordaba de agonía, pero pudo finalmente despegar los labios.

-Oh Señor, haz que regrese a salvo al hogar -dijo-. He agotado las lágrimas y nada más puedo ofrecerte, oh señor magnánimo y misericordioso. Mi paciencia se ha consumido y la calamidad busca apoderarse de mi corazón. Sálvame, oh Señor, de las tenaces garras de la Guerra; líbralo de la Muerte despiadada pues está a merced de los poderosos. Oh Señor, salva a mi amado que es Tu hijo, del enemigo que también es Tu enemigo. Desvíalo del sendero impuesto y guíalo hasta las puertas de la Muerte; deja que me vea, o ven y llévame con él.


Un joven entró serenamente. Tenía la cabeza cubierta por vendas impregnadas con la vida que se le escurría. Se le aproximó, recibiéndola con lágrimas y risas; luego tomó su mano, la llevó a sus labios encendidos y con voz impregnada de lejana tristeza, y de la dicha del reencuentro, y de la incertidumbre de su reacción, le dijo:

-No temas, pues yo soy la causa de tus ruegos. Alégrate, la Paz me ha traído a salvo hasta ti, y la humanidad nos ha devuelto lo que la codicia intentó quitarnos. No te apenes; sonríe, amada mía. No te asombres, pues el Amor está dotado de poder para alejar a la muerte, y de encanto para conquistar al enemigo. Soy tuyo. No me contemples como a un espectro que emerge de la Morada para visitar la Morada de tu Belleza.

No temas, ahora soy la Verdad, surgida del fuego y las espadas para revelar a los míos el triunfo del Amor sobre la Guerra. Soy la Palabra que anuncia el comienzo de la dicha y la paz.

Luego enmudeció; sus lágrimas hablaban el lenguaje del corazón. Los ángeles de la Dicha rodearon aquella morada, y los dos corazones recobraron la unidad arrebatada.

Al alba los dos permanecieron de pie en medio de los campos, contemplando la belleza de la Naturaleza herida por la tempestad. Tras un silencio profundo y reconfortante, el soldado miró el sol naciente y dijo a su amada:

-Mira, la Oscuridad está dando a luz el Sol.

Gibrán Khalil Gibrán


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