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No venderé este amor – Fadwa Tuqán

Qué azar,
Dulce parecido a un sueño.
Nos reunió aquí en esta tierra distante,
Aquí dos almas extrañas,
Nosotros.

Fuimos unidos por la Musa
Que nos llevó de viaje
Nuestras almas convirtiéndose en una canción
Flotando en un aire de Mozart,
En su precioso mundo
Tú dijiste:
Qué profundos son tus ojos
Qué dulce eres.
Lo dijiste con un callado,
resonante deseo
Ya que no estábamos solos
Y en tus ojos una invitación,
Y en mis profundidades intoxicación
Qué intoxicación,
Soy una mujer, así que discúlpale a mi corazón

[su vanidad,

Cuando tu murmullo lo acaricia:
Qué profundos son tus ojos,
Qué dulce eres.

Oh Poeta, en mi país
Mi amado país
Tengo un enamorado esperando,
Él es mi compatriota,
no he de derrochar su corazón.
Él es mi compatriota,
no venderé su amor.

Por los tesoros del mundo,
Por las brillantes estrellas,
Por la Luna,
Sin embargo la intoxicación aferra mi corazón,
Mientras en tus ojos derivan sombras de amor,
Y la invitación centellea
Como una luz trémula.

Soy una mujer, de modo que perdónale a mi

[corazón su vanidad,

Cuando tu murmullo lo acaricia:
Qué profundos tus ojos
Qué dulce eres.

Fadwa Tuqán

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Siempre vivo – Fadwa Tuqán

SIEMPRE VIVO

Querida patria, no.
A pesar de todo lo que gire, en la estepa sombría,
sobre ti, la piedra del dolor.
No podrán, amor nuestro,
arrancarte los ojos.
No podrán.

¡Que estrangules los sueños, la esperanza!
¡Que claven en la cruz
la libertad de construir y trabajar!
¡Que nos roben las risas de los niños!
¡Que quemen!
¡Que destruyan…!
De la propia miseria.
De nuestra gran tristeza.
De la sangre pegada en nuestros muros.
Del temblor de la vida y de la muerte,
surgirá en ti la Vida nuevamente.
¡Tú, vieja herida nuestra!
¡Dolor nuestro!
¡Nuestro único amor!
Me basta con morir encima de ella,
con enterrarme en ella.

Bajo su tierra fértil disolverme, acabar,
y brotar hecha yerba de su suelo.
Hecha flor, con la que acaso juegue
la mano de algún niño crecido en mi país.
Me basta con seguir en el regazo de mi tierra:
Polvo, azahar y yerba.

Fadwa Tuqán



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La Peste – Fadwa Tuqán

El día en que se extendió la peste en mi ciudad,
me eché al campo desnudo.
Abierto el pecho al cielo,
gritando desde lo hondo de las penas:
¡Arreadnos las nubes!
¡Soplad, vientos, soplad!,
y bajadnos las lluvias.
Que depuren el aire de mi ciudad,
que laven las montañas, las casas y los árboles.
¡Soplad vientos…! ¡Arread los nubarrones!
¡Y que caigan las lluvias!
¡Y que caigan las lluvias!
¡Y que caigan las lluvias!

Fadwa Tuqán



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