Yuhanna el loco – Parte II – Gibrán Khalil Gibrán

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Ir a Yuhanna el loco – Parte I – Gibrán Khalil Gibrán


Era el tiempo de la Pascua Florida, y a los días de ayuno sucedieron los días de regocijo. Se había terminado el nuevo templo, que se alzaba sobre las casas de Besharrí, como el palacio de un príncipe en medio de las humildes moradas de sus súbditos. La gente estaba reunida y esperaba la llegada del obispo, que iría a consagrar el santuario y los altares. Y cuando ya se acercaba la hora de la llegada del prelado, la gente salió de la aldea en procesión, y el dignatario entró con ellos en la aldea en medio de cantos de alabanza de los campesinos y de cánticos solemnes de los sacerdotes, entre música de címbalos y tañer de campanas. Al apearse el obispo de su caballo que llevaba una hermosa silla y brida de plata; salieron a recibirlo los religiosos y los notables de la aldea, que le dieron la bienvenida con solemnes palabras y cantos litúrgicos. Al llegar el obispo a la nueva iglesia lo revistieron con ropas talares bordadas de oro, y le pusieron una corona incrustada de piedras preciosas. Luego le dieron el báculo finamente tallado y lleno de gemas. Recorrió toda la iglesia, cantando en compañía de los demás sacerdotes, mientras en el aire ascendían volutas de rico incienso perfumado, y ardían muchas velas encendidas.

En aquella hora, Yuhanna estaba entre los pastores y campesinos, en un estrado observando el espectáculo con mirada triste. Suspiraba amargamente al ver, por un lado, ropas de seda y vasos de oro, incensarios y costosas lámparas de plata, y por otro lado veía a los campesinos vestidos pobremente, que habían acudido de sus pequeñas aldeas a regocijarse con el festival y con la ceremonia de la consagra­ción. Por un lado, veía a los poderosos vestidos de terciopelo y raso; por el otro, los miserables iban cubiertos de lastimosos harapos. La riqueza y el poder daban lustre a la religión con los cantos litúrgicos; y los pobres, humildes y debilitados, se regocijaban con los misterios de la Resurrección. Las plegarias y los susurros que surgían de los corazones rotos flotaban en el éter.

Por un lado, los líderes y los notables estaban llenos de vida como los cipreses lozanos. Por otro lado, allí estaban los campesinos, los que se someten, cuya existencia es un barco capitaneado por la Muerte; aquellos cuyo timón está roto por las olas y cuyas velas desgarra el viento; la gente pobre, que se debate entre la angustia del abismo y el terror de la tormenta. Por un lado, la tiranía opresora;, por otro, la ciega obediencia. ¿Acaso son parientes una y otra? ¿Acaso es la tiranía un árbol fuerte que sólo crece en tierras bajas? ¿No es acaso la sumisión un campo abandonado en el que sólo crecen espinas?


Estas tristes reflexiones y estos pensamientos torturantes ocupaban el ánimo de Yuhanna. Se golpeaba el, pecho y se llevaba las manos a la garganta temiendo ahogarse, como si su aliento quisiera escapársele del pecho. Y así permaneció hasta que terminó la ceremonia de la consagración, cuando la gente empezó a dispersarse.

Yuhanna empezó a sentir que un espíritu que flotaba en el aire lo instaba a levantarse y a hablar en su nombre; en medio de la muchedumbre, un poder desconocido lo impul­saba a predicar ante el cielo y la tierra.

Fue Yuhanna al extremo de la plataforma y., alzando la mirada, hizo con la mano una señal hacia los cielos. Con voz potente que llamó la atención de los circunstantes, gritó:

-Mira, ¡oh Jesús!, Hombre de Nazareth, que estás senta­do en el círculo de luz en las alturas; mira desde la cúpula azul de los cielos esta tierra cuyos elementos tú llevaste como túnica. Míranos, fiel campesino, pues las espinas han matado las flores cuyas semillas hiciste germinar con el sudor de tu frente. Mira, oh buen pastor, pues el débil cordero que llevas­te en el hombro ha sido despedazado por bestias salvajes. Tu sangre inocente se desperdicia en la tierra, y tus ardientes lágrimas se han secado en los corazones de los hombres. La tibieza de tu aliento se ha esparcido en los vientos del desier­to. Este campo hollado por tus pies se ha convertido en un campo de batalla donde los pies de los poderosos aplastan las costillas de los desposeídos; donde la mano del opresor ahoga el espíritu del débil. Los perseguidos gritan en la oscuridad, y quienes se sientan en los tronos, en tu nombre, no oyen tales gritos, tampoco oyen los llantos de los afligidos quienes predican tus palabras desde los púlpitos. El cordero que tú enviaste como mensajero del Señor de la vida se ha vuelto una bestia de rapiña que hace pedazos al cordero que tú llevaste en brazos. El mundo de la vida que tú trajiste desde el cora­zón de Dios está oculto en las páginas de los libros, y en vez de la vida hay un clamor de miedo y miseria en todos los corazones. Esta gente, oh Jesús, ha erigido templos y tabernaculos a la gloria de tu nombre, y los ha adornado con preciosas sedas y oro fundido. Para ello, han dejado desnudos a los pobres, tus elegidos, en las frías calles; sin embargo, los sacerdotes queman incienso y encienden velas. Les han roba­do el pan a los que creen en tu divinidad. Y mientras el aire forma eco a sus salmos y a sus himnos, los sacerdotes no oyen el clamor del huérfano ni las lamentaciones de la viuda.

Por tanto, ven por segunda vez, oh Jesús, y arroja del templo a los que comercian con la religión, pues han hecho de ella un asqueroso nido de víboras lleno de veneno. Ven, y amonesta a estos césares que han robado a los pobres lo que es de Dios. Contempla la viña que plantó tu mano derecha. Los gusanos han devorado sus tiernas ramas y sus uvas son pisoteadas, sin provecho alguno. Considera a todos aquellos a quienes trajiste la paz, y ve cómo están divididos, y cómo pelean entre sí, y las víctimas de sus guerras somos las almas turbadas y los corazones oprimidos.

En los días de fiesta y en las celebracio­nes religiosas, los sacerdotes alzan la voz deseando gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra y alegría a todos los hombres. ¿Es tu Padre celestial glorificado cuando labios corruptos y lenguas mentirosas pronuncian su nombre? ¿Hay paz en la tierra cuando los hijos del sufrimiento aran los campos y ven que sus fuerzas se van debilitando a la luz del sol para llenar las bocas de los poderosos y las entrañas de los tiranos? ¿Hay alegría cuando los desposeídos consideran la muerte como liberación? ¿Qué es la paz, dulce Jesús? ¿Es eso que está en los ojos de los niños hambrientos y en los pechos de hambrientas madres que viven en moradas frías y oscuras? ¿Es lo que está en los cuerpos de los menesterosos, que duermen en lechos de piedra soñando con alimentos que nunca les llegan, pues los sacerdotes los arrojan a los cerdos? ¿Qué es la alegría, oh Jesús? ¿Existe alegría cuando un prín­cipe puede comprar la fuerza de los hombres y el honor de las mujeres por unas cuantas monedas de plata? ¿Puede exis­tir la alegría en esos callados esclavos de cuerpo y alma cuyos ojos están deslumbrados con las joyas y los anillos y las ropas de seda de los sacerdotes? ¿Hay regocijo en los gritos de los oprimidos cuando los tiranos caen sobre ellos espada en mano y aplastan los cuerpos de sus mujeres y de sus hijos con los cascos de los caballos, haciendo que la tierra se embriague con la sangre de los pobres?

Extiende tu poderosa mano, oh Jesús, y sálvanos, pues la mano del opre­sor pesa sobre nosotros. O envíanos la muerte, que nos conduzca a la tumba, donde reposaremos en paz hasta tu segunda venida, protegidos por la sombra de tu cruz. Porque en verdad nuestra vida es sólo el reino de la oscuridad, cuyos habitantes son espíritus malignos, y un valle donde las serpientes y los dragones pululan. Nuestras vidas no son sino espadas que en la noche se ocultan en nuestros lechos y que en el día cuelgan sobre nuestras cabezas siempre que el amor a la existencia nos conduce a los campos. Ten piedad de nosotros, oh Jesús, de estas multitudes que se reúnen en tu nombre el día de la Resurrección. Ten compasión de nuestra debilidad y de nuestra humildad.

Así habló Yuhanna mirando al cielo, mientras la gente lo rodeaba. Algunos aprobaron sus palabras y lo elogiaron; otros se enojaron y lo amonestaron.

Un campesino gritó: – ¡Dice la verdad, y nos habla poniendo de testigo al Cielo, pues somos los oprimidos! Otro, comentó: -Este hombre es un poseído del demo­nio y nos habla con la lengua de un espíritu del mal.

Otro más dijo: -Nunca hemos oído tantas tonterías, ni queremos escucharlas.

Y otro más susurró al oído de su vecino: -Al oír su voz, sentí un temblor que estremeció mi corazón, pues este hombre habló con un extraño poder.

Y aquel vecino le contestó: -Así es; pero nuestros pasto­res religiosos saben más que nosotros de estas cosas; es un error dudar de ellos.

Y mientras los gritos surgían de todas partes y se conver­tían en un clamor como el de las olas del mar, que se dispersa y se pierde en el éter, apareció un sacerdote que se apoderó de Yuhanna y lo entregó a la policía. Lo condujeron a la resi­dencia del gobernador y le hicieron preguntas a las que no contestó, recordando que Jesús había permanecido callado ante sus perseguidores. Así, pues, lo arrojaron en oscura cárcel, y allí durmió aquella noche Yuhanna, apoyando la cabeza en el muro de piedra.


Y a la mañana siguiente, el padre de Yuhanna se presentó ante el gobernador, a dar testimonio de la locura de su hijo. -Señor -dijo el padre de Yuhanna-, a menudo lo he oído balbucear en su soledad y hablar de cosas extrañas que no existen. Noche tras noche ha hablado en el silencio, con palabras extrañas, llamando a las sombras con voz terrible, como los hechiceros cuando formulan encantamientos. Pregunta a los muchachos vecinos que son sus compañeros, pues ellos saben que la mente de mi hijo se sentía atraída por un mundo extraño. Cuando estos muchachos le hablaban, él rara vez les respondía, y cuando hablaba, las palabras de mi hijo eran confusas y nada tenían que ver con su conversa­ción.

Pregunten a su madre, pues ella, más que nadie, sabe que el alma de nuestro hijo ha perdido la razón. Muchas veces lo ha visto mirar el horizonte con la mirada perdida, y lo ha oído hablar con pasión de los árboles, de los arroyos y de las flores, y de las estrellas, con lenguaje infantil y confuso. Pregunten a los monjes del monasterio, con los que tuvo una querella el día de ayer, burlándose de las cosas santas y despreciando la santa vida que ellos llevan. Mi hijo está loco, señor, pero es amable con su madre y conmigo. Nos sostiene en nuestra ancianidad y provee a nuestras necesidades con el sudor de su frente. Sé misericordioso con él y con nosotros, y perdónale sus locuras en honor de sus padres.

Yuhanna fue puesto en libertad y cundió por todas partes la historia de su locura. Los jóvenes hablaban de él con burla, pero las doncellas lo miraban tristemente y decían:

-Los cielos son responsables de las cosas extrañas en los hombres. Así, en este joven la belleza se une a la locura, y la luz de sus bellos ojos está unida a la oscuridad de su alma enferma.

Entre las colinas y la pradera, cubierto con su vestido de plantas y flores estaba Yuhanna sentado cerca de sus bece­rros, que habían llegado a aquellos buenos pastizales huyendo de la violencia y de la lucha de los hombres. Yuhanna miraba, con los ojos enturbiados por las lágrimas, las villas y caseríos esparcidos en las cuestas del valle; y exhalando un hondo suspiro, repetía a menudo estas palabras:

-Vosotros sois muchos y yo estoy solo. Decid lo que queráis de mí, y haced conmigo lo que os plazca. La oveja puede ser presa de los lobos en la oscuridad de la noche, pero su sangre manchará las piedras del valle, hasta que llegue la aurora y vuelva a salir el sol.

Por Gibrán Khalil Gibrán

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