444 años tras Lepanto…la olvidada

Detalle del impresionante cuadro sobre la batalla de Lepanto en e que encontramos la imagen de Don Juan de Austria comandando a la Real, tras él un monje crucifijo en alto arengando a las tropas en el alcázar de popa. Toda una fotografía del ataque a la Sultana. Los óleos, que ya tocamos en espejo de navegantes con anterioridad, adquiere una dimensión importante en lo relativo a la batalla de Lepanto.
Detalle del impresionante cuadro sobre la batalla de Lepanto en e que encontramos la imagen de Don Juan de Austria comandando a la Real, tras él un monje crucifijo en alto arengando a las tropas en el alcázar de popa. Toda una fotografía del ataque a la Sultana. Los óleos, que ya tocamos en espejo de navegantes con anterioridad, adquiere una dimensión importante en lo relativo a la batalla de Lepanto.

Y sobre las banderas se pueden decir muchas cosas. Afortunadamente demasiadas. Para empezar, curiosamente, los próximos días 15 y 16 de Octubre se celebra en Huelva el congreso nacional de vexicología. En suma, mucho debate sobre badneras. Su obra, “Lepanto, las banderas en la más alta ocasión”, un detallado y profundo estudio que nos detalla el papel de las mismas en la batalla de Lepanto.

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Sobre los trofeos de las armas, las banderas y los oros efectos de guerra ganados a los turcos las fuentes nos hablan algo. Poco, pero interesantes descripciones de lo poco que podemos salvar de la batalla. El repartimiento que entre las naciones que formaban la santa liga, se efectuó de los bajeles, de la artillería y de los esclavos cogidos al enemigo tenemos pocos datos. Cosa diferente es la distribución de las banderas, las armas, y los objetos que se cogieron. Los documentos de la época nos da cuenta del envío del estandarte que enarbolaba la capitana turca y que fue traído por Don Lope de Figueroa con la nueva del triunfo, y destinado al Escorial. Al corazón de aquella España de Felipe II.

También lo fueron cuatro fanales de galeras capitanas turcas. Parece que el traje del almirante Ali Baja, y su poderoso e importante alfanje, el de su hijo y otras armas se conservaron por parte de los reyes de España en sus armerías. Su conocimiento no pasa de los estudiosos e investigadores que se interesan por el asunto. Sobre la enseña, fue curioso. Quedó reducida a cenizas en un incendio que sufrió el Escorial en 1671, al ser almacenado en una torre. Toda una pena, pues tenía que ser impresionante. “Entrego Hernando de Beiviesca un estandarte de lienzo dorado, de 15 palmos de largo y ocho de largo, escrito todo el de letras arábigas, parte dellas doradas y parte negras, y por la una parte tiene cuatro círculos de las dichas letras, mas menudas todas con sus orlas de letras grandes doradas”. Sobre los fanales, dispuso Felipe II, remitiéndose dos de dichas linternas al monasterio de Guadalupe. En la sacristía pude ver en su momento el latón dorado, envejecido de aquella linterna de popa. Pude imaginar como tenía que alzarse sobre la nave sultana del Otomano. Y como pudo ir a parar a aquel impresionante monasterio al otro lado del mundo de donde fue apresado dicho trofeo.

Pero sigamos con las banderas, más adelante trataremos a las armas. Merece la pena detenerse sobre el gran Estandarte o bandera de la batalla de Lepanto. En damasco azul, y perteneciente al conjunto que entregó después de la victoria, Don Juan de Austria. Tiene decoración vegetal en dorado, con cenefa exterior .Aquí el Crucifijo es grande, proporcionado a la longitud del estandarte que mide 16 m., y los escudos son los de la Liga Santa, es decir, España, Venecia y el Papa. Debajo el escudo de Don Juan de Austria. Aquí están dispuestos en sentido vertical, y el final de la bandera se divide en dos puntas. Toda una joya histórica. Se ha encontrado durante siglos en la Catedral de Toledo. Año tras año en una de las grandes catedrales de España adornada solemnemente los oficios religiosos de aquella catedral castellana. Allí, impresionante con su cuidada iconografía del siglo XVI.

Don Juan, dió su porción del botín capturado a sus católicas majestades, tanto a Felipe II, como al papa, redoblando su generosidad añadiendo a su tesoro los 30.000 ducados le otorgó por la ciudad de Messina. También hizo regalos de dos banderas capturadas, las principales, no podía ser de otro modo: El estandarte imperial otomana fue al Papa; la fabulosa bandera de seda verde fue a Felipe II, le acompañaba el informe posterior a la acción. Con él vinieron 34 banderas que serían repartidas por el Imperio, incluidas las impresionantes banderas Otomanas. La colección existente en la Real Armería en Madrid, es sin lugar a dudas una de las más importantes del mundo, como nuestra Real Armería, que junto a real armero, uno de los hombres y equipo de patrimonio nacional que son toda una institución en si para la historia y la memoria del pasado a nivel internacional .Sobre las banderas Otomanos disponemos fotográficamente a continuación las existentes en dicha Real Armería de Madrid.

A la muerte de Don Juan de Austria, lo heredó su hermano, el rey, que a la sazón mando de nuevo depositar en la real armería dichos trofeos. Fue Don Juan de Austria, como gran vencedor de la batalla el que recibió buena parte de los honores. Habría que ver que fue de los líderes venecianos. “De los despojos ganados al turco”, fueron, aparte de los bajeles, (que sumo nada mas y nada menos que un total de 16), junto a 720 esclavos de cadena, lacelada y el brazalete de Ali baja; ocho cabos de estandarte, cuatro colas de caballo, tres hacerlas de armar, arcos, flechas, carcaxes y otras armas blancas. Recuerda poderosamente a los trofeos de las batallas de la antigüedad. Con total poderío recogía los despojos de los vencidos. . ¿Y donde están en la actualidad?. Como hemos visto, para el público en general, apenas sin ser conocidas. Consta además que se entregaron en la armería once banderas cristianas, azules, con sus cordones y borlas de igual color y oro, las cuales fueron regaladas por el otro gran vencedor. El papa Pío V a Don Juan de Austria.

El alfanje del almirante turco Ali baja.”Cuando la poesía formaba parte de las batallas”.

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Y es que la espada del Turco es un testimonio importante de la batalla. Una impresionante pieza, un alfanje turquesco, dorados y la guarnición una cruz, de oro, al igual que el pomo, de terciopelo pardo…En el campo del lado izquierdo, junto a la espiga, varios animales fantásticos y un circulo que contiene una leyenda árabe. En trazados de oro y confeccionados a la damasquina. La leyenda siempre me impresionó sobremanera. Eran otras épocas en las que las armas iban revestidas de advertencias y eran bendecidas. En el caso del alfanje existente en la Real Armería, (que abajo disponemos en fotografía de su hoja, ya que la imagen de arriba pertenece al alfanje de “Soleiman el magnífico”, del museo del ejército Turco), vertida al castellano decía algo así como; “Tus acciones sean en buenas obras; sed buena, fortuna, a la obra de Hachi Murad”.

Parece que siempre los Dioses acompañan a cualquier ejército, sean vencedores o vencidos, como veremos más adelante, curiosa egolatría. Lo que se extiende a lo largo de la letra con hojas de oro, dice; “Ciertamente te abrimos camino manifiesto para que te perdone Dios tus pecados pasados y venideros, te conceda sus beneficios y te guíe por el camino recto”. Sigue en idioma turco. “Si me son terribles con tu asistencia, es que das, como el sol, a las criaturas la luz, haces a todo siervo con tu gracia beneficios y que sea yo una gota, siendo tu mar profundo. Nuestro señor el jeque Abdelcader el Sivazi”“Y cuando venga el auxilio de Dios y la victoria, y veas a la gente abrazar en tropel la religión de ala, alaba si tu señor , gratificándole y pide perdón, pues ciertamente es condenador”. Al otro lado de la hoja decía; «El auxilio de Dios y la victoria próxima”. Mucho nos tememos que dicha Victoria no le llegó nunca en Lepanto.

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Una celada de hierro damasquino, que se gano el día de la batalla naval. El yelmo en cuestión era impresionante. “Tenía, nada más y nada menos que treinta seis rubíes, los treinta pequeños en el cabo alto e los seis en las orejas e cuatro turquesas e dos diamantes e toda ella listado de alto a bajo de oro”. La pedrería y el oro de las listas desaparecieron con el tiempo. Seguramente la codicia hizo de las suyas. El buril en el lanceó del lado nasal así como en las cartelas que rodeaba el borde inferior de la celada, decía: «En el nombre de Dios clemente y misericordioso; ciertamente te abrimos camino manifiesto para que te perdone Dios sus pecados y venideros, te conceda sus beneficios y te guíe por el camino recto. En el auxilio viene de Dios y la victoria esta próxima. Felicita por tanto a los creyentes, ¡oh Muhammad!. Y en la visera continuamos con los versos sagrados; refugióme en Dios (para que me libre de) Satanas el apedreado; poco falta para que los infieles te miren con ojos de malicia cuando oyen el Coran, y digan; es un alucinado; pero ello no es sino una advertencia para todo el Universo”.

La armada católica había sido visto por los buques espías musulmanes (pintados totalmente de negro para que por la noche pasasen desapercibidos). El 7 de octubre de 1571, puestos de observación de don Juan dieron la alarma como las naves cristianas entraron en el Golfo de Patras. Los otomanos, de su base naval de Lepanto en el Golfo adyacente de Corinto, habían formado una línea de batalla, su frente vestida de tres “batallas”. Por delante de las “tres batallas” de don Juan, una cuña de galeaza, más lentos, artillados y menos maniobrables, pero que compensaba su falta de movilidad, con su potencia de fuego sin igual. Pero donde se dirimió la batalla fue en lo relativo a las armas blancas, los arcabuces y la fuerza bruta de los soldados que se enfrentarían entre las bordas de aquellas naves…La mar tuvo que tintarse de rojo y sangre. No había otra. La batalla se resumió en que, las galeazas dibujaron las primeras sangres, con las cubiertas llenas de plasma de turcos y astillas por todos lados. Los otomanos, básicamente navegaron alrededor de las naves cristianos, con el objetivo, de lidiar con las naves católicas y que la batalla girase en un violento e incesante combate cuerpo a cuerpo flotante de cimitarras musulmanas, arcos, espadas y mosquetes contra las católicas, picas y arcabuces De ahí la importancia de estos legendarios trofeos de guerra…

Los cañones estallaron, las flechas llovieron sobre los cristianos, y los arcabuces escupieron bolas de plomo. De todo hubo sobre aquellas naves. De un lado volaban garfios; de otros, los cristianos lanzaban redes para repeler asaltantes y seguir con los disparos. Todo un espectáculo. Y la lucha cerrada mano a mano a bordo de las cubiertas. Los católicos que volvían los cañones giratorios sobre las naves enemigas, y los arqueros turcos disparando andanadas de flechas oscuras que se cobraron, entre otras, la vida de Agostini Barbarigo, comandante del ala izquierda católica, cuyo ojo fue traspasado cuando levantó la visera de emitir órdenes. Y parecía épica la paliza que le daría Lucas a las dotaciones del Victory siglos después den Trafalgar. Desde luego no se quedaba atrás la imponente batalla de Lepanto.

A la cabeza del centro católico fue Don Juan a bordo del buque insignia real. Para él, y para el comandante musulmán Ali Pasha, la batalla fue toda una justa. Dispararon para anunciar su presencia el uno al otro, y luego condujo al choque, el uso de sus galeras como corceles. Las naves se estrellaron juntos. Don Juan a la cabeza, y en todas partes la línea estallaron con explosiones de cañones, bombas, disparos, y el choque de espadas y hachas de batalla, mientras que las flechas mortales y silenciosas, volaban, resonando en la madera y los hombres. Todo un infierno.

Al parecer, el barco de don Juan y los hombres estaban recibiendo la peor parte, hasta que Marco Antonio Colonna, comandante de las galeras papales, embistió  su propia insignia contra la de Ali Pasha. Las fuerzas católicas crecientes, en lo que se había convertido en una batalla de infantería luchada a través de las cubiertas de los barcos, barrieron a los musulmanes ferozmente. El propio Ali Pasha fue muerto y decapitado, y cuando Don Juan hizo un gesto, de esos que pasarían a la historia, gritaría,  arrojando la cabeza cortada del caudillo enemigo a un lado. No tiene pérdida lo que dicen los cantares….

Derriban con presteza el estandarte
del Turco capitán, y al punto arbolan
en lo alto del carces la cruz sagrada,
con la effigie mortal de Iesu Christo».

(Felicissima Victoria, Canto XIV. 1a edeción, Lisboa 1578)

La Bandera de la Santa Liga se planteó en alto, junto a  la insignia del Otomano capturado,  la reconocida bandera de Ali Pasha, finalmente rendida. Con esto acabó realmente la batalla. Con esto se apagaron para siempre los ecos de una de las mayores batallas de la historia de la humanidad.

“A todos los parecía un sueño, por ser cosa que no se ha jamás visto ni oído esta batalla y victoria naval». Luego mandó el Señor D. Juan gritar victoria en la galera Real, y por consiguiente se gritó lo mismo en las demás “galeras que estaban cerca». Victoria. Victoria. Victoria.

Por Javier Noriega
Con información de ABC

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