De la benevolencia – Cuento Sufí

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“Cuéntame de nuevo lo de los pájaros. Quiero oír otra vez la historia de esos pájaros que cantan de manera increíble.”

Por tercera vez ese día, el visir del sultán de Turkestán avanzó y se inclinó ante el trono real. Tener que describir una vez más los pájaros cantores de Hātam Tā’i le iba a volver loco. Suspiró y se dirigió al sultán.

“Dicen, Majestad, que los ángeles mismos en el paraíso no cantan con tanta dulzura. Que al oír sus voces melodiosas los enfermos recobran la salud, los melancólicos la alegría, y los tontos se inspiran. Ninguna garganta humana emitió nunca un sonido tan armonioso, ni oído humano alguno oyó nunca nada tan adorable.”

“¡Basta!”, gritó el sultán desde detrás del trono. “¡Basta, basta, basta! No puedo oír ni una palabra más.” Rodeó el trono y se sentó en él.

“Ese hombre ni siquiera pertenece a la realeza”, prosiguió, gesticulando frente al visir con su espada, una espada que el visir había visto usar en más de una ocasión para cortar cabezas. “Ni tiene reino, ni poder, ni verdadera riqueza. Y sin embargo su nombre está en todas las bocas. Cuando no es por sus dichosos pájaros es por la fama de su benevolencia y de su generosidad. ¿Acaso no soy yo tan benevolente y tan generoso como él? ¿O más incluso? ¿Por qué no está mi nombre en todas las bocas? ¿Por qué se habla tan bien de él?”

“¿Desea realmente su Majestad una respuesta?”

“No. Bueno sí. No aguanto oír hablar más acerca de este tema. Pero necesito saber.”

“Si lo desea, le puedo contar una historia, que me han referido de buena tinta, acerca de ese Hātam Tā’i y de su generosidad. El que me la contó jura que es verdadera y que la oyó de labios de la persona misma que vivió esa anécdota.”

“Adelante, adelante. Cuéntame tu historia. Necesito conocer la verdad.”

“De acuerdo con el relato de ese hombre, esta es la historia”, respondió el visir:

Había un rey en el Yemen, conocido por su generosidad, que oía hablar tanto de la benevolencia de ese Hātam Tā’i que ya no lo soportaba y que se estaba volviendo loco de envidia.

Parece que en el transcurso de un banquete, la mayoría de sus invitados no dejaba de hablar de Hātam Tā’i y de alabar su benevolencia, hasta el punto que el rey se enfureció, y empezó a pensar que mientras el tal Hātam Tā’i siguiera vivo, su propia generosidad nunca parecería suficiente.

Por la mañana, el rey mandó a un asesino que se dirigiera a la ciudad de Hātam Tā’i, lo localizara y lo matara. El viaje fue realmente penoso, y cuando llegó el asesino cerca de la ciudad de su víctima, estaba cansado y sediento, y no le apetecía hacer nada, y menos todavía matar a nadie. Y además, no consiguió dar con nadie que le pudiera explicar donde se hallaba la ciudad que buscaba.

Según avanzaba por el camino, dándole vueltas a su situación, vio a un apuesto joven que daba de beber a su caballo en el río. Como estaba sediento, decidió parar y beber él también un poco de agua.

“Parece que tiene algún problema”, le dijo el joven, sonriendo amablemente, cuando le vio acercarse a beber. “¿Puedo ayudarle en algo?”

El asesino examinó el rostro del joven, y tras pensar que parecía bastante inofensivo, le preguntó por la ciudad que andaba buscando.

“Parece que su suerte está cambiando”, le contestó el joven. “Es la ciudad de donde vengo.”

Invitó entonces al asesino a hospedarse en su casa hasta la mañana siguiente, para así descansar y reponer fuerzas. El asesino estaba tan agotado que aceptó, feliz de dormir a cubierto, por una vez, pero permaneció alerta.

En la casa, sin embargo, el joven dio de comer al hombre y lo atendió tan amablemente que éste llegó casi a olvidarse de su misión. Al día siguiente, el joven propuso al hombre quedarse a pasar unos días más, ya que estaba disfrutando mucho.

“Me encantaría, pero no puedo”, le hizo saber el asesino. “Tengo una importante misión que cumplir para mi rey. Si no la termino, seguro que me manda decapitar.”

“Quizás pueda ayudarte en tu misión”, ofreció el joven, “ahora que nos hemos hecho amigos.”

“No creo”, le contestó el asesino. “A menos de que puedas indicarme donde podría encontrar a un tal Hātam Tā’i, pues a él es a quien ando buscando.”

“¿Para qué deseas encontrar a ese hombre?”, inquirió el joven.

El asesino dudó, preguntándose si debía confiar en el chico. Nunca en su vida había confiado jamás en nadie, pero ese chico había sido tan amable…

“Con las muestras de amistad que me has dado, no hay razón para desconfiar de ti. Me ha mandado mi rey para matarle. Ni siquiera sé por qué, sólo sé que debo acabar con su vida.”

Al oír esto, el joven se puso a reír a carcajadas y le dijo a su nuevo amigo que no siguiera buscando. “Yo soy Hātam Tā’i”, anunció, saludando con una reverencia.

El asesino, en un primer momento, no le creyó. Pero el joven le mostró entonces unos documentos que demostraban fehacientemente que él era en efecto el tal Hātam Tā’i. El asesino, entonces, cayó de rodillas ante él y le suplicó que le perdonase. Le juró que nunca le mataría, después de tantas atenciones como había tenido con él y de la ayuda que le había ofrecido, aunque le fuera en ello la cabeza.

El joven, respondiéndole, dijo nuevamente al asesino que no se preocupara y le aseguró que no dejaría que tal cosa ocurriera.

“Aquí está mi cabeza”, añadió. “Córtala en cuanto estés dispuesto, pues no te puedo dejar fracasar en tu misión.”

El asesino quedó tan atónito con ese ofrecimiento, que era evidentemente sincero, que arrojó lejos de él su espada, se echó a los pies de Hātam Tā’i, y besando el suelo ante ellos, aseguró que nunca le haría daño ni tocaría un solo pelo de su cabeza. Juró luego que nunca más volvería a matar a nadie.

Después de despedirse de su amigo, dejó la ciudad para regresar a la corte del rey, explicarle su decisión y someterse a las consecuencias que de ello derivaran.

Cuando el rey oyó la historia, se derrumbó y admitió que nunca llegaría a ser tan generoso como aquel hombre. Le dijo entonces al asesino que podía marchar libremente y le recompensó con suficiente dinero para que no tuviese que volver a trabajar.

El visir miró al sultán y quedó a la espera. Pero el sultán no decía nada.

“Por supuesto, todo esto tuvo lugar cuando Hātam Tā’i era todavía muy joven. Puede que sea una simple leyenda creada con el paso de los años.”

El sultán se levantó y se puso a pasear delante del trono.

“Si existiera alguna forma de aclararlo, de conocer la verdad con seguridad.”

“Quizás pueda su Majestad mandar llamar al tal Hātam Tā’i y preguntárselo directamente. O ponerle a prueba, de algún modo.”

“¿Ponerle a prueba? Ese es un excelente consejo. Pero no haciéndole venir aquí. Eso sería demasiado obvio, demasiado banal. Tengo un plan mucho mejor.”

El sultán se volvió a sentar en su trono y sonrió. “Un plan mucho mejor, un plan de una astucia tan perfecta que me debe venir de alguna inspiración.”

“¿En qué consiste?”, preguntó el visir, alzando las cejas.

“Hātam Tā’i es famoso por dos cosas.”

“¿Dos cosas, Majestad?”

“Sí, por sus pájaros cantores y por su generosidad.”

“¿Y entonces?”

“Entonces, voy a mandar a un emisario a Hātam Tā’i —un emisario que vas a ser tú— que le llevará el saludo y los parabienes del sultán del Turkestán. Le informarás de lo mucho que he oído hablar de sus increíbles pájaros cantores y de mi admiración por ellos. Le explicarás que yo también tengo una colección de esos pájaros, una colección que quedaría completa si tuviera en mi poder los pájaros de Hātam Tā’i.”

El visir sonrió y asintió admirativamente con la cabeza.

“Ahora entiendo. Si es realmente tan generoso como se dice, no tendrá más opción que regalarle los pájaros a su Majestad, y entonces ya serán suyos.”

“Y si rehúsa, habrá mostrado al mundo que su tan reconocida generosidad es fingida, que es tan sólo una ‘leyenda’ como decías.”

“Nada sino el ruido de unas manos golpeando un tambor vacío. Majestad, ha demostrado más astucia que nunca. Es un plan realmente inspirado. Pase lo que pase, nunca pierde.”

“Quiero que lleves un séquito de diez cortesanos, que vayáis vestidos con vuestras mejores galas, y que os pongáis en camino de inmediato. Sólo tú estás capacitado para llevar a cabo este plan. Cuento contigo.”

“Considérelo resuelto, Señor”, replicó el visir, saludando con una elegante reverencia.

Llevaban casi una semana, el visir y su séquito, viajando en busca de Hātam Tā’i. El viaje no había sido nada fácil. A cada paso, habían tenido que afrontar problemas y dificultades. Cruzar un río, que debía ser asunto de dos horas, les había llevado dos días. Donde esperaban calor, habían tenido frío; y donde hubieran deseado que hiciera fresco, habían pasado calor. Hacia el final del recorrido, habían perdido el grueso de su equipaje, en un accidente al cruzar un puerto en la montaña. Habían muerto dos camellos, y habían tenido que matar a un caballo que se había roto una pierna.

Justo en las afueras de la ciudad donde vivía Hātam Tā’i, surgió, de no se sabe dónde, una tremenda tormenta de arena que les obligó a detenerse. Durante dos días, la arena se levantaba tan furiosamente que no podían ir a ninguna parte, ni adelante ni atrás. Al tercer día, consiguieron finalmente llegar hasta la ciudad.

Después de mucho buscar, consiguieron localizar la residencia de Hātam Tā’i. En la puerta les recibió él mismo, les saludó calurosamente y les dio la bienvenida a su humilde casa.

Mostraron sus habitaciones al visir y a su séquito, y una vez que se hubieron bañado y cambiado con ropa limpia, les llevaron a un enorme comedor donde les esperaba Hātam Tā’i, sentado a la cabecera de una mesa de ébano labrada, suntuosamente revestida de un mantel bordado de seda sobre el que se hallaban platos y copas de oro.

“Deben de estar hambrientos después de tan arduo y largo viaje. Siento no poder ofrecerles más, pero nos ha sorprendido la tormenta de arena tanto como a ustedes. Mis sirvientes se han visto incapaces de conseguir suministros, por lo que hemos tenido que arreglarnos con lo que teníamos. Espero que me sepan perdonar.”

Hātam Tā’i pasó a servirles una maravillosa cena, compuesta de numerosos platos, que colmó totalmente su hambre. Terminada la cena y servido el té, les invitó, para que se instalaran más confortablemente, a pasar a su salón, donde mandó llevar unos narguiles.



Cuando estuvieron todos acomodados, habiéndose asegurado Hātam Tā’i de que todos sus deseos estaban cumplidos, llegó el momento de preguntarles por su misión.

“Bueno, ¿qué puedo hacer por el sultán? Estoy a su disposición.”

El visir se aclaró la garganta. Debía sacar a relucir todas sus dotes diplomáticas. Con el mayor tacto posible empezó a abordar la petición del sultán, soltando un discurso al que había estado dando vueltas en su cabeza durante todos esos días que llevaban deambulando. El discurso empezaba con el amor del sultán por los pájaros, y especialmente por los cantores, y que llevaba lentamente a su admiración por los maravillosos pájaros cantores de Hātam Tā’i.

A medida que el visir desarrollaba su discurso, la cara de Hātam Tā’i se volvía más y más triste y sombría. Al llegar al punto en que el visir expresó el objeto de su visita y el deseo del sultán de disponer de los pájaros, Hātam Tā’i dejó escapar un suspiro y sacudió tristemente la cabeza.

“Amigo mío, no sabe cuanto hubiera deseado conocer a su llegada el objeto de su visita. ¿Por qué no me lo dirían entonces?”

“Lo siento, no creí que fuera adecuado. Pero, ¿cuál es el problema? No logro entender. ¿Cuál es la diferencia?”

Hātam Tā’i se levantó y dejó que su mirada se perdiera en las montañas que se divisaban a lo lejos a través de la ventana. Después de unos instantes, se volvió hacia el visir.

“Cuando llegaron hoy, y me informaron de lo penoso de su viaje, fui consciente de que no podía dejarles ir a acostarse sin servirles la mejor comida que pudiera prepararles. El único problema era que, por culpa de esa misma tormenta de arena que les ha tenido inmovilizados, nos quedamos también sin comida y sin perspectivas de conseguir ninguna, por lo que no disponía de un plato principal que ofrecerles. Deseoso de no defraudar a unos huéspedes, lo único que se me ocurrió fue mi colección de pájaros cantores. Imaginando lo hambrientos que debían estar, decidí que no me quedaba otra alternativa que la de sacrificar los pájaros y asarlos para la cena. Acaban de cenar ustedes los maravillosos pájaros cantores de Hātam Tā’i.

“Aunque no encontrara nunca ningún pájaro capaz de sustituirlos, no podía permitir que ninguno de ustedes quedara con hambre o insatisfecho. Ninguna posesión puede valer tanto como eso, por mucho valor que parezca tener. Sin embargo, de haber conocido el deseo de su sultán, les habría al menos ofrecido la posibilidad de salvarlos para él. Ojalá consigan hallar en su corazón el modo de perdonar mi fallo.”

“¿Su fallo?” El visir no daba crédito a lo que estaba escuchando. “No lo dirá en serio, ¿verdad?”

Nunca en su vida, había visto ni oído el visir nada parecido. Ningún ser humano podía mostrar mayor benevolencia que aquella, pensó para sí. La única cuestión era saber cómo lo iba a tomar el sultán. Visto ahora, su plan ya no parecía tan astuto.

* * *
“Vuelve a hablarme de la generosidad de Hātam Tā’i.”

El sultán estaba recostado en su trono, con los ojos cerrados, y era ya al menos la undécima vez, desde el regreso del visir, que se preparaba a escuchar la historia de los pájaros cantores de Hātam Tā’i y la famosa benevolencia de este hombre.

La benevolencia como actitud moral también nos es familiar: consiste en prestar asentimiento a lo real, ayudar a los seres a ser ellos mismos. Si pensamos un poco más en esa definición, y sobre todo en esa actitud, enseguida descubriremos que consiste en afirmar al otro en cuanto otro. Esto también puede ser llamado amor: «amar es querer un bien para otro». El amor como benevolencia consiste, pues, en afirmar al otro, en querer más otro, es decir, querer que haya más otro, que el otro crezca, se desarrolle, y se haga «más grande». Esta forma de amor no refiere al ser amado a las propias necesidades o deseos, sino que lo afirma en sí mismo, en su alteridad. Por eso es el modo de amar más perfecto, porque es desinteresado, busca que haya más otro. También podemos llamarlo amor-dádiva, porque es el amor no egoísta, el que ante todo afirma al ser amado y le da lo que necesita para crecer. Por eso, amar es afirmar al otro.

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