La adorable princesa Hatshepsut

hatshepsut
Busto de la reina Nefertiti

Mis acciones han sido fruto del amor que le profeso a mi Padre Amón.
He seguido sus designios para éste, mi primer jubileo. La excelencia de su Espíritu me volvió sabia, y me impidió descuidar ninguno sus deseos.
Mi Majestad es prueba de que él es Divino.
Todo lo hice siguiendo sus designios; fue él quien guió mis pasos.
No llevé adelante ninguna empresa sin su beneplácito; fue siempre él quien me dijo
el camino. Su santuario me quitó el sueño; no me aparté jamás de sus dictados.
Mi corazón se volvió prudente delante de mi Padre; y yo me dediqué de lleno a
asuntos que le eran más caros. No le di la espalda a la Ciudad del Soberano Señor de todos los Dioses sino volví mi rostro hacia ella.
Sé bien que Karnak es la morada de Dios sobre la tierra; del Augusto remontarse los Orígenes.
Del Ojo Celestial del Soberano Señor de todos los Dioses; el lugar atesora por él.
Que ostenta su belleza y contiene a aquellos que lo siguen.

Oración compuesta por el rey Hatshepsut I, en ocasión de Su Jubileo.

Por muy adorable que fuera la pequeña princesa, había algo en ella que lo atemorizaba: cierta faceta salvaje e insondable. A medida que iba creciendo, más evidente resultaba que salía a su padre. Pero ¿a cuál de ellos? No sabia si creer o no en los rumores que habían circulado diez años antes, en el sentido de que Amón–Ra había visitado cierta noche a la Gran Esposa Real Ahmose y había derramado en ella su Divina Simiente, y que en el momento de la concepción, Ahmose había exclamado en voz alta el nombre de la criatura prometida, ¡Hatshepsut! Pero entonces recordó que habían elegido ese nombre antes de que la pequeña naciera, y que poco después su padre, Tutmés, la había llevado al templo, y le había conferido el título de Khnum–amun. Si bien hubo algunos otros soberanos que alegaron tener un parentesco más cercano que el habitual con el Dios, pocos se atrevieron a elegir un nombre semejante: ‘La que está estrechamente emparentada con Amón’. A nadie se le pasó por alto lo que ello significaba. No cabía duda que en Hatshepsut despuntaban la belleza, la inteligencia, la obstinación y una vehemente vitalidad que la hacían atractiva a todos los hombres aunque todavía no tuviera once años. Cabía preguntarse de quién heredaba todas esas dotes. Pues si bien Tutmés era fuerte, no era exactamente sutil; y Ahmose, amada y reverenciada por todos, nunca había sido mas que una respetuosa esposa real.

Khaemwese pensó que era preciso buscar en otra parte el origen de esa infinita energía y ese encanto irresistible. Al oír el zumbido agudo y monótono del viento recordó cómo, unos años antes, los dos hijos que el faraón tuvo con Mutnefert habían muerto en poco tiempo. Miró a Tutmés sentado en el suelo y enfurruñado, y luego a Hatshepsut que saltaba sobre un pie, riendo divertida, e instintivamente, lleno de inquietud, se llevó la mano al amuleto. Agradezco a los dioses, pensó, que soy un hombre viejo y no es mucho lo que me queda de vida.

Por Pauline G.

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