Granada: Ignorancia o mal gusto

Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán - Boulevard de la Constitución, Granada
Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán – Boulevard de la Constitución, Granada

Ninguna de las estatuas recientes que ocupan las calles de Granada pasará a la historia. A la historia del arte contemporáneo, claro. Porque, en la historia mundial de la fealdad, algunas de ellas tendrán asegurado un lugar honorífico. Y para comprobarlo bastaría mirar, sólo durante unos segundos, el mamotreto dedicado al Quijote en la rotonda de la avenida de Cervantes o esa pedestre tarta de mármol infumable que nos agrede la vista sin piedad cuando venimos de la estación de autobuses. Y me ahorro referirme al desventurado catálogo de personajes ilustres que, presididos por una terrorífica careta del Gran Capitán, adornan con su tristeza irremediable el paseo de la Constitución. Me temo que nadie vendrá a Granada para ver nuestras estatuas más recientes. Tal vez resida ahí la causa de que muchos viajeros que visitan la Alhambra o el Albaicín no se plantee ni por un momento pasear por Granada: habrán oído que, si se tropiezan con alguno de esos engendros a los que tanta devoción le profesa la actual concejalía de cultura del Ayuntamiento de Granada, las alucinaciones y las pesadillas están aseguradas.

En las calles de Amsterdam (también en las de Berlín) hay algunas magníficas esculturas de Henry Moore; en Chicago están las de Picasso o Miró; incluso en Aracena (Huelva), en la plaza de San Pedro y alrededores, hay un Museo de Arte Contemporáneo al Aire Libre con valiosas esculturas, entre otros, de Francisco Barón, Pablo Serrano o Teresa Eguibar. Y la gente viaja sólo para ver esas obras de arte. Y los vecinos de todos esos lugares, sin necesidad de viajar a ningún sitio, pueden disfrutar o emocionarse contemplando en plena vía pública algunas de las esculturas más hermosas de la historia del arte. Pero en Granada no es así: en las esculturas recientes de Granada predomina la falsificación estética, el compadreo, la falta de criterio. Tampoco es tan raro: en otros ámbitos de la vida cultural del municipio también impera el mal gusto o la ignorancia. Y, además, sin freno de ninguna clase; por ejemplo, muy pronto se inaugurará otra nueva escultura inclasificable, esta vez en el paseo del Violón. Tan inclasificable y atolondrada que, en el rótulo ya instalado en su base para describirla o justificarla, aparece (según me dicen) alguna escandalosa falta de ortografía, como poner Federíco (García Lorca), sí, Federíco, con acento en la í. Cuánto desastre.

Por José Carlos Rosales

Con información de : Granada Hoy

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