La Resistencia, un hijo de Oriente Medio en París – Amin Maalouf

… Cuando se apeó en la estación de Volontaires, le seguí los pasos. Ese día iba yo a una cita, y tuve que elegir: a la persona que tenía que ver siempre podría volver a llamarla a media tarde, o al día siguiente; a él, estaba convencido de no volver a verlo nunca si le perdía el rastro.

En el momento de salir a la calle, se detuvo ante el plano del barrio. Se acercó hasta pegar la nariz contra él y, después, retrocedió, buscando la distancia adecuada. La vista le traicionaba. Era mi oportunidad, y me acerqué hasta él.

—Quizá pueda ayudarle…

Había hablado con el acento de nuestra vieja tierra, que reconoció y recibió con unas palabras afables y una sonrisa benévola, a la que siguió rápidamente una viva expresión de sorpresa. Vi en ella, entonces, un signo de desconfianza, y no creo que me equivocara. Sí, desconfianza, e incluso una especie de espanto avergonzado. El de un hombre que piensa que tal vez le hayan estado siguiendo, pero no está seguro, y al que le repugna mostrarse injustamente arisco o descortés.

—Busco una calle que debe de estar muy cerca —me dijo—. Lleva el nombre de Hubert Hughes.

No tardé en localizarla.

—Aquí está. Han escrito sólo H. Hughes, en caracteres ilegibles…

—¡Gracias por su amabilidad! ¡Le agradezco que haya culpado a los autores del plano y no a mis viejos ojos!

Hablaba con una suave lentitud, como si tuviera que desempolvar cada palabra antes de pronunciarla. Pero sus frases eran siempre correctas, esmeradas, sin contracciones ni giros familiares; por el contrario, algunas veces hasta resultaban anticuadas e inhabituales, como si hubiera conversado más a menudo con los libros que con sus semejantes.

—En otros tiempos, me habría orientado por instinto, sin consultar siquiera un plano o un mapa.

—No está lejos. Puedo conducirlo hasta allí. Conozco el barrio.

Me rogó que no lo hiciese, pero era pura cortesía. Insistí, y llegamos en tres minutos. Se detuvo en la esquina de la calle y la recorrió lentamente con la mirada antes de decir, un tanto desdeñoso:

—Es una calle pequeña. Una calle muy pequeña. Pero, al fin y al cabo, es una calle.

La extraordinaria trivialidad del comentario acabó por conferirle, para mí, cierta originalidad.

—¿Qué número busca?

Yo le ofrecía la ayuda del sentido común, ¿comprenden? No la aceptó.

—Ninguno en particular. Sólo venía a ver la calle. Voy a subir por ella y después bajaré por la acera de enfrente. Pero no quiero entretenerlo, tendrá usted sus ocupaciones. ¡Gracias por haberme acompañado hasta aquí!

En el punto en el que estaba, no quería irme así, tenía necesidad de comprender. La aparente extravagancia del personaje no había mermado mi curiosidad. Decidí ignorar sus últimas palabras, como si sólo fueran una cortesía excesiva.

—¡Esta calle debe de traerle a usted recuerdos!

—No. Nunca había estado en ella.

Caminamos de nuevo el uno al lado del otro. Yo, observándolo con ojeadas sucesivas, y él, con la cabeza levantada, admirando los edificios.

Cariátides. Un arte sólido y tranquilizador. Una bonita calle burguesa. Un poco estrecha… Los pisos inferiores deben de resultar sombríos. Salvo, quizá, allá abajo, cerca de la avenida.

—¡Usted es arquitecto!

La frase me brotó como la respuesta a una adivinanza. Con un vacilante matiz interrogativo, el preciso para no dar la impresión de excesiva familiaridad.

—En absoluto.

Estábamos ya al final de la calle; él se paró en seco. Levantó la mirada para leer la placa azul y blanca. Después, la bajó, en señal de recogimiento; sus manos, que colgaban a lo largo del cuerpo, se juntaron, con los dedos curiosamente entremezclados, como para sostener un imaginario sombrero.

Yo me situé detrás de él.

Calle Hubert Hughes
Resistente
1919-1944

Esperé hasta que relajó la postura y se volvió hacia mí, para preguntarle, con voz vergonzante, como cuando se susurra en un entierro:

—¿Lo conoció usted?

Él me respondió, en el mismo tono confidencial:

—Su nombre no me dice nada.

Insensible a mi perplejidad, sacó del bolsillo un cuadernito y tomó unas breves notas, antes de decirme:

—Me aseguraron que había en París treinta y nueve calles, avenidas o plazas que llevan nombres de resistentes. He visitado veintiuna, antes de ésta. Me quedan diecisiete. Dieciséis, si excluyo la plaza Charles de Gaulle, que crucé en otros tiempos, cuando se llamaba de «l’Etoile».

—Y ¿piensa usted visitarlas todas?

—En cuatro días, tengo tiempo de sobra.

¿Por qué cuatro días? No se me ocurría más que una explicación:

—Después, ¿volverá a casa?

—No creo…

De pronto, dio la impresión de haberse sumido en sus pensamientos, muy lejos de mí y de la mencionada calle Hubert Hughes. ¿Tenía yo la culpa, por mencionar nuestra vieja tierra, el regreso? Aunque es posible que fuese la evocación de esos «cuatro días» lo que lo dejase tan meditabundo.

No podía entrometerme más a fondo en su alma. Por tanto, preferí desviar la conversación.

—Así pues, no conoció usted a Hubert Hughes; pero su interés por la Resistencia no será casual, seguramente.

Se tomó tiempo antes de responder. Tardaba en volver a tierra.

—¿Decía usted?

Tuve que repetir mi observación.

—Es cierto, yo estaba estudiando en Francia durante la guerra. Y conocí a algunos resistentes.

Estuve a punto de hablar de la foto, de mi manual de historia… Renuncié a ello de inmediato. Habría comprendido que le había seguido intencionadamente. Supondría que le había espiado, quizá durante días, que alimentaba alguna intención vil… No, más valía fingir ignorancia.

—Sin duda perdió a amigos en aquellos años.

—A algunos, en efecto.

—Y usted, ¿no empuñó las armas?

—No.

—Preferiría consagrarse a sus estudios…

—La verdad es que no… Yo también estuve en la clandestinidad. Como todo el mundo.

—No todo el mundo estaba en el maquis en aquella época. Me parece usted demasiado modesto.

Creí que iba a protestar. No dijo nada. Yo repetí: «¡Decididamente, me parece usted demasiado modesto!», en tono festivo y como si se tratase más de una conclusión que de una pregunta. Un viejo truco de periodista, que funcionó de maravilla, ya que, súbitamente, le ganó la locuacidad. Y, aunque sus frases seguían siendo lentas, no resultaban por ello menos encendidas.

—¡No le estoy diciendo más que la verdad! Pasé a la clandestinidad como otros miles de personas. No era ni el más joven ni el más viejo, ni el más medroso ni el más heroico. No llevé a cabo ninguna hazaña memorable…

Conseguía, mediante una suerte de elegancia en las palabras y los gestos, mostrarse indignado sin manifestar la menor hostilidad hacia un interlocutor tan insistente como yo.

—¿Qué estudios cursaba usted?

Medicina.

—Y los reemprendería después de la guerra, imagino.

—No.

Un «no» demasiado seco. Había lastimado algo dentro de aquel hombre. Volvió a enfrascarse en sus pensamientos, antes de decirme:

—Seguro que tiene usted mil cosas que hacer. No quiero entretenerlo…

Me estaba despidiendo cortésmente. En efecto, debía de haber tocado un punto doloroso. Pero insistí.

—Tengo, desde hace tres años, una verdadera pasión por esa época: la guerra, la Resistencia… He devorado decenas de libros sobre el tema. ¡Cómo decirle lo que representa para mí el solo hecho de hablar con un hombre que vivió aquello!

Yo no mentía. Y, en cuanto a él, sentí que había aplacado un poco sus reticencias.

—¿Sabe usted? —dijo—, soy como un río represado durante demasiado tiempo. Si se abriese una brecha, ya no podría callar. Sobre todo, porque no tengo nada que hacer durante los próximos días…

—Aparte del inventario de las dieciséis o diecisiete calles que faltan…

Se echó a reír.

—Eso lo hago para llenar los días, mientras espero…

De nuevo sentí deseos de preguntarle qué esperaba. Pero la verdad es que tuve miedo de que volviera a refugiarse en sus pensamientos. Me pareció más prudente sugerirle que fuésemos a sentarnos en un café de la cercana avenida.

Cuando estuvimos instalados, en la terraza, ante dos cervezas negras, volví a la carga a propósito de sus estudios interrumpidos.

—El día siguiente a la Liberación, yo estaba sumido en una especie de borrachera. Me costó tiempo serenarme. Demasiado tiempo. Luego, ya no tenía la cabeza como para estudiar.

—¿Y sus padres? ¿No insistieron?

—El que quería ser médico era yo. Mi padre siempre tuvo otros proyectos para mí, habría querido…

Hizo una pausa. Una última vacilación, quizá, porque me miró prolongadamente, como si quisiera atravesarme de parte a parte antes de confiarse.

—Mi padre habría querido que yo llegase a ser un gran dirigente revolucionario.

No pude evitar sonreír.

—Sí, ya lo sé, en las familias normales el padre insiste en que su hijo haga la carrera de medicina y el hijo sueña con hacer la revolución. Pero mi familia no es de las que se pueden calificar de «normales»

—Su padre debía de ser, si he entendido bien, un revolucionario de la primera hornada.

—Sin duda, él se habría descrito así. Digamos que, más bien, era un espíritu rebelde. Nada desabrido, entiéndame. Hasta jovial y vividor. Pero profundamente rebelde.

—¿Contra qué?

—¡Contra todo! Las leyes, la religión, las tradiciones, la política, la escuela… Sería demasiado largo de enumerar. Contra cuanto cambiaba y cuanto no cambiaba. Contra «la necedad y el mal gusto y los cerebros mugrientos», decía él. Soñaba con gigantescos desórdenes…

—¿Qué le condujo a semejante actitud?

—Resulta difícil decirlo. Aunque la verdad es que, en sus primeros años, pasó por ciertas circunstancias que pudieron alimentar su resentimiento.

—Supongo que procedía de un ambiente modesto…

—¿Pobre, quiere decir? En eso no acierta usted, amigo mío, no acierta en absoluto. Nuestra familia…

Al pronunciar esas palabras, bajó los ojos, como avergonzado. Pero estoy seguro de que, más bien, pretendía disimular su orgullo.

Sí, cuando hoy vuelvo a pensar en ello, estoy convencido: era el orgullo lo que le avergonzaba cuando me dijo:

—Provengo de una familia que gobernó Oriente durante mucho tiempo…

Por Amin Maalouf

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