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Aladino y la lámpara maravillosa – Un cuento Chino

Un joven llamado Aladino no tenía más que frotar una vieja lámpara de aceite para que apareciera un genio todopoderoso y le concediera lo que pidiese. Es una de las tantas narraciones de  Sherezade, que cada noche contaba un cuento para poder salvar la cabeza.

Un cuento de las Mil y Una Noches

Las mil y una noches es una antología de relatos fantásticos originados a partir del libro persa, (posiblemente con antecedentes en la India), Hazâr afsâna, (que significa Mil leyendas), por el traductor y literato árabe Abu Abd-Allah Muhammad el-Gahshigar. Este autor vivió en el siglo XI pero ya antes había otras recopilaciones parecidas, como la Alf Layla, (Mil noches), dos centurias anterior y que, a su vez, se basaba en el citado Hazâr afsâna. En Occidente conocemos la versión que tradujo el orientalista francés Antoine Galland, que vivió entre 1645 y 1715. Galland viajó por Oriente Medio y Asia, para la Compañía Francesa de las Indias Orientales, con el objetivo de reunir una colección de muestras diversas destinada al gabinete del ministro Colbert. Ello le permitió aprender numerosas lenguas exóticas y decidirse a empezar a traducir Las mil y una noches en 1704, si bien hay que destacar que no se trata de una transcripción literal y está adaptada a los gustos europeos de entonces: eliminando los pasajes más escandalosos, que contenían sexo o violencia extrema.

Obviando esas partes, era una obra muy apropiada para el público infantil y juvenil. De hecho, así se concibió durante mucho tiempo hasta que en el último cuarto del siglo XIX el célebre explorador y erudito Sir Richard Burton publicó su propia traducción, ésta completa y sin autocensura, que completó con una versión en inglés de otra pieza controvertida, El jardín perfumado. Como dato curioso cabe añadir que en España fue el escritor Vicente Blasco Ibáñez quien realizó la edición más importante.



Las mil y una noches está constituida por unos setenta cuentos que tienen como nexo común la narración que hace la valiente Sherezade, que cada jornada le cuenta al sultán un cuento que continuará a la siguiente, de manera que éste, ansioso por saber cómo sigue, nunca la decapita como es su costumbre tras pasar la noche con una mujer. En realidad la historia de Sherezade parece ser una incorporación posterior, en torno al siglo XV, pero se integra perfectamente en el relato conjunto y ya es inseparable de él. Algo parecido ocurrió con Aladino.

Manuscrito de las Mil y una noches

La Historia de Aladino obra de un Cristiano Maronita

Aladino no pertenecía a la recopilación original, sino que lo añadió Galland en el siglo XVIII tras oírselo contar a un cristiano maronita de Alepo llamado Youhenna Diab, alias Hanna, quien había acompañado a París a Paul Lucas, un naturalista, anticuario y médico francés que había viajado por varios países mediterráneos, (Grecia, Turquía, Egipto) ,en tres viajes que realizó a caballo entre los siglos XVII y XVIII. Galland transcribió la narración oral de Diab a finales de 1709 y la incluyó en los volúmenes IX y X que preparaba de Las mil y una noches, considerando que se ajustaba al espíritu de esa obra: genios, magos, exotismo, moraleja…

Aladino y su origen Árabe

Para aclarar algunas cuestiones, recordemos que  Aladino vive sus aventuras en China, “un país del lejano Oriente”, esto no quiere decir que el cuento proviniera de allí; su origen es árabe y todos sus elementos así lo demuestran. Simplemente se localiza en el Lejano Oriente por ser un lugar remoto, tan misterioso y sugestivo como lo fue hasta hace poco.

El problema está en que no se conserva ninguna versión o fuente árabe medieval, si es que es tan antiguo. Sólo se han encontrado dos manuscritos de esa procedencia guardados en la Biblioteca Nacional de Francia, ambos dieciochescos; uno sería una copia de otro escrito en Bagdad y el segundo ni siquiera lo habría escrito un musulmán sino un sacerdote cristiano llamado Dionysios Shawish, también conocido como Dom Denis Chavis.



De hecho, el ambiente es musulmán, la religión también lo parece e incluso otros aspectos, como que aparezca un comerciante judío o al emperador se le llame sultán. Se ha interpretado, además, que el malvado brujo que se hace pasar por tío de Aladino, y que en el cuento procede del Magreb, sería de Marruecos, tierra que sería el otro extremo del mundo conocido en ese contexto islámico. Incluso el nombre del protagonista, al igual que los de otros personajes, tiene resonancias: ‘Alā ‘ad-Dīn, significa nobleza o gloria de la fe en árabe.

Antoine Galland

Galland había empezado su traducción de Historia de Aladino y la lámpara maravillosa de forma muy clara: “En la capital de un reino de la China, muy rico y muy vasto, cuyo nombre no acude ahora a mi memoria…”. En 1885 Burton también se decidió por esa ubicación: “Me ha llegado, oh Rey de la Era, que habitaba en una ciudad de las ciudades de China un hombre que era sastre, pobre y con un hijo, Alaeddin”. Hoy, con la potente influencia audiovisual del cine, (El ladrón de Bagdad, Aladdin), parece optarse por decir simplemente Lejano Oriente, sin concretar.

Con información de La Brújula Verde

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Las Mil y una noches:El médico judío

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Historia del Jorobado con el Sastre, el Corredor Nazareno, el Intendente y el Médico Judío; lo que de ello resulte y sus aventuras sucesivamente referidas

Relato del Médico Judío

«La cosa más extraordinaria que me ocurrió en mi juventud es precisamente esta que vais a oír, ¡oh mis señores llenos de cualidades!

Estudiaba entonces medicina y ciencias en la ciudad de Damasco. Y cuando tuve bien aprendida mi profesión, empecé a ejercerla y a ganarme la vida.

Pero un día entre los días, cierto esclavo del gobernador de Damasco vino a mi casa, y diciéndome que le acompañase, me llevó al palacio del gobernador. Y allí, en medio de una gran sala, vi un lecho de mármol chapeado de oro. En este lecho estaba echado y enfermo un hijo de Adán. Era un joven tan hermoso, que no se habría encontrado otro como él entre todos los de su tiempo. Me acerqué a su cabecera, y le deseé pronta curación y completa salud. Pero él sólo me contestó haciéndome una seña con los ojos. Y yo le dije: ¡Oh mi señor, dame la mano!» Y él me alargó la mano izquierda, lo cual me asombró mucho, haciéndome pensar: «¡Por Alah! ¡Qué cosa tan sorprendente! He aquí un joven de buena apariencia y de elevada condición, y que está sin embargo muy mal educado.» No por eso dejé de tomarle el pulso, y receté un medicamento a base de agua de rosas. Y le seguí visitando, hasta que, pasados diez días, recuperó las fuerzas y pudo levantarse como de costumbre. Entonces le aconsejé que fuese al hammam y que después volviese a descansar.

El gobernador de Damasco me demostró su gratitud regalándome un magnífica ropón de honor y nombrándome, no sólo médico suyo, sino también del hospital de Damasco. En cuanto al joven, que durante su enfermedad había seguido alargándome la mano izquierda, me rogó que le acompañase al hammam, que se había reservado para él solo, prohibiendo entrar a los demás clientes. Y cuando llegamos al hammam se acercaron los criadas del joven, le ayudaron a desnudarse, cogiendo su ropa y dándole otra, limpia y nueva. Y al ver desnudo al joven, noté que carecía de mano derecha. Y me sorprendió y apenó grandemente el descubrimiento. Y aumentó mi asombro cuando vi huellas de varazos en todo su cuerpo. Entonces el joven se volvió hacia mí, y me dijo: «¡Oh médico del siglo! No te asombre el verme como me ves, pues voy a contarte el motivo, y oirás una relación muy extraordinaria. Pero tenemos que aguardar a estar fuera del hammam».

Después de salir del hammam llegamos al palacio, y nos sentamos para descansar y comer luego. Pero el joven me dilo: «¿No prefieres que subamos a la sala alta?» Y yo le contesté que sí, y entonces mandó a los criados que asaran un carnero y lo subieran a la sala alta, a la cual nos encaminamos. Y los esclavos no tardaron en subir el carnero asado y toda clase de frutas. Y nos pusimos a comer, y él siempre se servía de la mano izquierda. Entonces yo le dije: «Cuéntame ahora esa historia.» Y él contestó: «¡Oh médico del siglo, te la voy a contar! Escucha, pues.

Sabe que nací en la ciudad de Mosssul, donde mi familia figuraba entre las más principales. Mi padre era el mayor de los diez vástagos que dejó mi abuelo al morir, y cuando esto ocurrió, mi padre estaba ya casado, como todos mis tíos. Pero él era el único que tuvo un hijo, que fui yo, pues ninguno de mis tíos los tuvo. Por eso fui creciendo entre las simpatías de todos mis tíos, que me querían muchísimo y se alegraban mirándome.

Un día que estaba con mi padre en la gran mezquita de Mossul para rezar la oración del viernes, vi que después de la plegaria todo el mundo se había marchado, menos mi padre y mis tíos. Se sentaron todos en la gran estera, y yo me senté con ellos. Y se pusieron a hablar, versando la conversación sobre los viajes y las maravillas de los países extranjeros y de las grandes ciudades lejanas. Pero sobre todo hablaron de Egipto y del Cairo. Y mis tíos repitieron los relatos admirables de los viajeros que habían estado en Egipto, y decían que no había en la tierra país más bello ni río más maravilloso que el Nilo. Por eso los poetas han hecho muy bien en cantar a ese país y su Nilo, y dice la verdad el poeta cuando dice:

¡Por Alah! ¡Te conjuro que digas al río de mi país, al Nilo de mi país, que aquí no puedo extinguir la sed, que el Éufrates no puede apagarla sed que me atormenta!

Mis tíos empezaron a enumerar las maravillas de Egipto y de su río, con tal elocuencia y tanto calor, que cuando dejaron de hablar y se fue cada cual a su casa, quedé muy pensativo y preocupado, y no podía apartarse de mi espíritu el grato recuerdo de todas aquellas cosas que acababa de oír con motivo de aquel país tan admirable. Y cuando volví a casa, no pude pegar los ojos en toda la noche, y perdí el apetito.

Averigüé a los pocos días que mis tíos estaban preparando un viaje a Egipto, y rogué con tanto ardor a mi padre, y tanto laboré para que me dejase ir con ellos, que me lo permitió y hasta me compró mercaderías muy estimables. Y encargó a mis tíos que no me llevasen con ellos a Egipto, sino que me dejasen en Damasco, donde debía yo ganar dinero con los géneros que llevaba. Me despedí de mi padre, me junté con mis tíos, y salimos de Mossul.

Así viajamos hasta. Alepo, donde nos detuvimos algunos días, y desde allí reanudamos el viaje hacia Damasco, adonde no tardamos en llegar:

Y vimos que Damasco es una hermosa ciudad, entre jardines, arroyos, árboles, frutas y pájaros. Nos albergamos en uno de los khanes, y mis tíos se quedaron en Damasco hasta que vendieron sus mercaderías de Móssul, comprando otras en Damasco para despacharlas en El Cairo, y vendieron también mis géneros tan ventajosamente, que cada dracma de mercadería me valió cinco dracmas de plata. Después mis tíos me dejaron sólo en Damasco y prosiguieron su viaje a Egipto.

En cuanto a mí, continué viviendo en Damasco, en donde alquilé una casa maravillosa, cuyas bellezas no puede enumerar la lengua humana. Me costaba dos dinares de oro al mes. Pero no me contenté con esto. Empecé a hacer cuantiosos gastos, satisfaciendo todos mis caprichos, sin privarme de ninguna clase de manjares ni bebidas. Y este género de vida duró hasta que hube gastado el dinero con que contaba.

Y por entonces, estando sentado un día a la puerta de mi casa para tomar el fresco, vi acercarse a mí, viniendo no sé de dónde, a una joven ricamente vestida, sobrepasando en elegancia a todo cuanto había visto en mí vida. Me levanté súbitamente y la invité a que honrase mi casa con su presencia. No hizo ningún reparo, sino que traspuso el umbral y penetró en la casa gentilmente. Cerré entonces la puerta detrás de nosotros, y lleno de júbilo la cogí en brazos y la transporté al salón. Allí se descubrió, se quitó el velo, y se me apareció en toda su hermosura. Y tan hechicera la encontré, que me sentí completamente dominado por su amor.

Salí en seguida en busca del mantel, lo cubrí con manjares suculentos y frutas exquisitas y cuanto era de mi obligación en aquellas circunstancias. Y nos pusimos a comer y a jugar, y luego a beber, y de tal manera lo hicimos, que nos emborrachamos por completo. Y la noche que pasé con ella hasta la mañana se contará entre las más benditas.

Al día siguiente creí que hacía bien las cosas ofreciéndole diez dinares de oro. Pero los rechazó y dijo que nunca aceptaría nada de mí. Después me dijo: «Y ahora, ¡oh querido mío! sabe que volveré a verte dentro de tres días, al anochecer. Aguárdame, porque no he de faltar. Y como yo misma me convido, no quiero ocasionarte gastos de modo que te voy a dar dinero para que prepares otro festín como el de hoy.» Y me entregó diez dinares de oro que me obligo a aceptar, y se despidió, llevándose tras ella toda mi alma.

Pero, como me había prometido, volvió a los tres días, más ricamente vestida que la primera vez. Por mi parte, había preparado todo lo indispensable, y en realidad no había escatimado nada. Y comimos y bebimos cómo la otra vez, hasta que brilló la mañana. Entonces me dijo: «¡Oh mi dueño amado! ¿de veras me encuentras hermosa?» Yo le contesté: «¡Por Alah! Ya lo creo.» Y ella me dijo: «Si es así, puedo pedirte permiso para traer a una muchacha más hermosa y más joven, que yo, a fin de que se divierta con nosotros y podamos reírnos y jugar juntos, pues me ha rogado que la saque conmigo, para regocijarnos y hacer locuras los tres.» Acepté de buena gana, y dándome entonces veinte dinares de oro, me encargó que no economizase nada para preparar lo necesario y recibirlas dignamente en cuanto llegasen ella y la otra joven. Después se despidió y se fue.

Al cuarto día, me dediqué, como de costumbre, a repararlo todo, con la largueza de siempre, y aún más todavía, por tener que recibir a una persona extraña. Y apenas puesto el sol, vi llegar a mi amiga acompañada por otra joven que venía envuelta en un velo muy grande. Entraron y se sentaron. Y yo, lleno de alegría; me levanté, encendí los candelabros y me puse enteramente a su disposición. Ellas se quitaron entonces sus velos, y pude contemplar a la otra joven. ¡Alah, Alah! Parecía la luna llena. Me apresuré a servirlas, y les presenté las bandejas repletas de manjares y bebidas, y empezaron a comer y beber. Y yo, entretanto, besaba a la joven desconocida, y le llenaba la copa y bebía con ella. Pero esto acabó por encender los celos de la otra, que supo disimularlos, y hasta me dijo: «¡Por Alah! ¡Cuán deliciosa es esa joven! ¿No te parece más hermosa que yo?» Y yo respondí ingenuamente: «Es verdad; razón tienes.» Y ella dijo: «Pues llévatela. Así me complaceras.» Yo respondí: «Respeto tus órdenes y las pongo sobre mi cabeza y mis ojos.» Me tendí junto a mi nueva amiga. Pero he aquí que al despertarme me encontré la mano llena de sangre, y vi que no era sueño, sino realidad. Como ya era de día claro, quise despertar a mi compañera, dormida aún, y le toqué ligeramente la cabeza. Y la cabeza se separó inmediatamente del cuerpo y cayó al suelo.

En cuanto a mi primera amiga, no había de ella ni rastro ni olor. Sin saber qué hacer, estuve una hora recapacitando, y por fin me decidí a levantarme, para abrir una huesa en aquella misma sala. Levanté las losas de mármol, empecé a cavar, e hice una hoya lo bastante grande para que cupiese el cadáver, y lo enterré inmediatamente. Cegué luego el agujero y puse las losas lo mismo que antes estaban.

Hecho esto fui a vestirme, cogí el dinero que me quedaba, salí en busca del amo de la casa, y pagándole el importe de otro año de alquiler, le dije: «Tengo que ir a Egipto, donde mis tíos me esperan.» Y me fui, precediendo mi cabeza a mis pies.

Al llegar al Cairo encontré a mis tíos, que se alegraron mucho al verme, y me preguntaron la causa de aquel viaje. Y yo les dije: «Pues únicamente el deseo de volverlos a ver y el temor de gastarme en Damasco el dinero que me quedaba.» Me invitaron a vivir con ellos, y acepté. Y permanecí en su compañía todo un año, divirtiéndome, comiendo, bebiendo, visitando, las cosas interesantes de la ciudad, admirando el Nilo y distrayéndome de mil maneras. Desgraciadamente, al cabo del año, como mis tíos habían realizado buenas ganancias vendiendo sus géneros, pensaron en volver a Mossul; pero cómo yo no quería acompañarlos, desaparecí para librarme de ellos, y se marcharon solos, pensando que yo habría ido a Damasco para prepararles alojamiento, puesto que conocía bien esta ciudad. Despues seguí gastando, y permanecí allí otros tres años, y cada año mandaba el precio del alquiler a mi casero de Damasco. Transcurridos los tres años, como apenas me quedaba dinero para el viaje y estaba aburrido de la ociosidad, decidí volver a Damasco.

Y apenas, llegué, me dirigí a mi casa, y fui recibido con gran alegría por mi casero, que me dio la bienvenida, y me entregó las llaves, enseñándome la cerradura, intacta y provista de mi sello. Y efectivamente, entré y vi que todo estaba como lo había dejado.

Lo primero que hice fue lavar el entarimada; para que desapareciese toda huella de sangre de la joven asesinada, y cuando me quedé tranquilo me fui al lecho, para descansar de las fatigas del viaje. Y al levantar la almohada para ponerla bien, encontré debajo un collar de aro con tres filas de perlas nobles. Era precisamente el collar de mi amada, y lo había puesto allí la noche de nuestra dicha. Y ante este recuerdo derramé lágrimas de pesar y deploré la muerte de aquella joven. Luego oculté cuidadosamente el collar en el interior de mi ropón.

Pasados tres días de descanso en mi casa, pensé ir al zoco, para buscar ocupación y ver a mis amigas. Llegué al zoco, pero estaba escrito por acuerdo del Destino que había de tentarme el Shaitán y había de sucumbir a su tentación, porque el Destino tiene que cumplirse. Y efectivamente, me dio la tentación de deshacerme de aquel collar de oro y de perlas. Lo saqué del interior del ropón, y se lo presenté al corredor más hábil del zoco. Éste me invitó a sentarme en su tienda, y en cuanto se animó el mercado, cogió el collar, me rogó que le esperase, y se fue a someterlo a las ofertas de mercaderes y parroquianos. Y al cabo de una hora volvió, y me dijo: «Creí a primera vista que este collar era de oro de ley y perlas finas, y valdría lo menos mil dinares de oro; pero me equivoqué: es falso. Está hecho según los artificios de los francos, que saben imitar el oro, las perlas y las piedras preciosas; de modo que no me ofrecen por él más que mil dracmas, en vez de mil dinares:» Yo contesté: «Verdaderamente, tienes razón. Este collar es falso. Lo mandé construir para burlarme de una amiga, a quien se lo regalé. Y ahora esta mujer ha muerto y le ha dejado el collar a la mía; de modo que hemos decidido venderlo por lo que den. Tómalo, véndelo en ese precio y tréeme los mil dracmas.» Y el astuto corredor se fue con el collar, después de haberme mirado con el ojo izquierdo».

En este momento de su narración, Shahrazade vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Cuando llegó la noche 28 :

Shahrazade dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el médico judío continuó de este modo la historia del joven: «El corredor, al ver que el joven no conocía el valor del collar, y se explicaba de aquel modo, comprendió en seguida que lo había robado o se lo había encontrado, cosa que debía aclararse. Cogió, pues, el collar, y se lo llevó al jefe de los corredores del zoco, que se hizo cargo de él en seguida, y fue en busca del walí de la ciudad, a quien dijo: «Me habían robado este collar, y ahora hemos dado con el ladrón, que es un joven vestido como los hijos de los mercaderes, y está en tal parte, en casa de tal corredor.»

Y mientras yo aguardaba al corredor con el dinero, me vi rodeado y apresado por los guardias, que me llevaron a la fuerza a casa del walí. Y el walí me hizo preguntas acerca del collar, y yo le conté la misma historia que al corredor. Entonces el walí se echó a reír, y me dijo: «Ahora te enseñaré el precio de ese collar.» E hizo una seña a sus guardias, que me agarraron, me desnudaron, y me dieron tal cantidad de palos y latigazos, que me ensangrentaron todo el cuerpo. Entonces, lleno de dolor, les dijo: «¡Os diré la verdad! ¡Ese collar lo he robado!» Me pareció que esto era preferible a declarar la terrible verdad del asesinato de la joven, pues me habrían sentenciado a muerte v me habrían ejecutado, para castigar el crimen.

Y apenas me había acusado de tal robo, me asieron del brazo y me cortaron la mano derecha, como a los ladrones, y me sumergieron el brazo en aceite hirviendo para cicatrizar la herida. Y caí desmayado de dolor. Y me dieron de beber una cosa que me hizo recobrar los sentidos. Entonces recogí mi mano cortada y regresé a mi casa.

Pero al llegar a ella, el propietario, que se había enterado de todo, me dijo: «Desde el momento que te has declarado culpable de robo y de hechos indignos, no puedes seguir viviendo en mi casa. Recoge, pues, lo tuyo y ve a buscar otro alojamiento». Yo contesté: «Señor, dame dos o tres días de plazo para que pueda buscar casa.» Y él me dijo: «Me avengo a otorgarte ese plazo». Y dejándome, se fue.

En cuanto a mí, me eché al suelo, me puse a llorar, y decía: «¡Cómo he de volver a Mossul, mi país natal; cómo he de atreverme a mirar a mi familia, después que me han cortado una mano!… Nadie me creerá cuando diga que soy inocente. No puedo hacer más que entregarme a la voluntad de Alah, que es el único que puede procurarme un medio de salvación.»

Los pesares y las tristezas me pusieron enfermo, y no pude ocuparme en buscar hospedaje. Y al tercer día, estando en el lecho, vi invadida mi habitación por los soldados del gobernador de Damasco, que venían con el amo de la casa y el jefe de los corredores. Y entonces el amo de la casa me dijo: «Sabe que el walí ha comunicado al gobernador general lo del robo del collar. Y ahora resulta que el collar no es de este jefe de los corredores, sino del mismo gobernador general, o mejor dicho, de una hija suya, que desapareció también hace tres años. Y vienen para prenderte.»

Al oír esto, empezaron a temblar todos mis miembros y coyunturas, y me dije: «Ahora sí que me condenan a muerte sin remisión. Más vale declarárselo todo al gobernador general. El será el único juez de mi vida o de mi muerte». Pero ya me habían cogido y atado, y me llevaban con una cadena al cuello a presencia del gobernador general. Y nos pusieron entre sus manos a mí y al jefe de los corredores. Y el gobernador, mirándome, dijo a los suyos: «Este joven que me traéis no es un ladrón, y le han cortado la mano injustamente. Estoy seguro de ello. En cuanto al jefe de los corredores, es un embustero y un calumniador. ¡Apoderaos de él y metedlo en un calabozo!» Después el gobernador dijo al jefe de los corredores: «Vas a indemnizar en seguida a este joven por haberle cortado la mano; si no, mandaré que te ahorquen y confiscaré todos tus bienes, corredor maldito.» Y añadió, dirigiéndose a los guardias: «¡Quitádmelo de delante, y salid todos!» Entonces el gobernador y yo nos quedamos solos. Pero ya me habían libertado de la argolla del cuello, y tenía también los brazos libres.

Cuando todos se marcharon, el gobernador me miró con mucha lástima y me dijo; «¡Oh hijo mío! Ahora vas a hablarme con franqueza, diciéndome toda la verdad, sin ocultarme nada. Cuéntame, pues, cómo llegó este collar a tus manos.» Yo le contesté: «¡Oh mi señor y soberano! Te diré la verdad». Y le referí cuanto me había ocurrido con la primera joven, cómo ésta me había proporcionado y traído a la casa a la segunda joven, y cómo, por último, llevada de los celos, había sacrificado a su compañera. Y se lo conté con todos sus pormenores. Pero no hay utilidad en repetirlas.

Y el gobernador, en cuanto lo hubo oído, inclinó la cabeza, lleno de dolor y amargura, y se cubrió la cara con el pañuelo. Y así estuvo durante una hora, y su pecho se desgarraba en sollozos. Después se acercó a mí, y me dijo:

«Sabe, ¡oh hijo mío! que la primera joven es mi hija mayor. Fue desde su infancia muy perversa, y por este motivo hube de criarla severamente. Pero apenas llego a la pubertad, me apresuré a casarla, y con tal fin la envié al Cairo, a casa de un tío suyo, para unirla con uno de mis sobrinos, y por lo tanto, primo suyo. Se casó con él, pero su esposo murió al poco tiempo, y entonces ella volvió a mi casa. Y no había dejado de aprovechar su estancia en Egipto para aprender todo género de libertinaje. Y tú, qué estuviste en Egipto, ya sabrás cuán expertas son en esto aquellas mujeres. Por eso, apenas estuvo de regreso mi hija, te encontró y se entregó a ti, y te fue a buscar cuatro veces seguidas. Pero con esto no le bastaba. Como ya había tenido tiempo para pervertir a su hermana, mi segunda hija, no le costó trabajo llevarla a tu casa; después de contarle cuanto hacía contigo. Y mi segunda hija me pidió permiso para acompañar a su hermana al zoco, y yo, se lo concedí. ¡Y sucedió lo que sucedió!

Pero cuándo mi hija mayor regresó sola, le pregunté dónde estaba su hermana. Y me contestó llorando, y acabó por decirme, sin cesar en sus- lágrimas: «Se me ha perdido en el zoco, y no he podido averiguar qué ha sido de ella». Eso fue lo que me dijo a mí. Pero no tardó en confiarse a su madre, y acabó por decirle en secreto la muerte de su hermana, asesinada en tu lecho por sus propias manos. Y desde entonces no cesa de llorar, y no deja de repetir día y noche: «¡Tengo que llorar hasta que me muera!» Y tus palabras, ¡oh hijo mío! no han hecho más que confirmar lo que yo sabía, probando que mi hija había dicho, la verdad. ¡Ya ves, hijo mío, cuán desventurado soy! De modo que he de expresarte un deseo y pedirte un favor, que confío no has de rehusarme. Deseo ardientemente que entres en mi familia, y quisiera darte por esposa a mi tercera hija, que es una joven buena, ingenua y virgen, no tiene ninguno de los vicios de sus hermanas. Y no te pediré dote para este casamiento, sino que, al contrario, te remuneraré con largueza, y te quedarás en mi casa como un hijo».

Entonces le contesté: «Hágase tu voluntad, ¡oh mi señor! Pero antes, como acabo de saber que mi padre ha muerto, quisiera mandar recoger su herencia».

Enseguida el gobernador envió un propio a Mossul, mi ciudad natal, para que en mi nombre recogiese la herencia dejada por mi padre. Y efectivamente, me casé con la hija del gobernador, y desde aquel día todos vivimos aquí la vida más próspera y dulce.

Y tú mismo, ¡oh médico! has podido comprobar con tus propios ojos cuán amado y honrado soy en esta casa. ¡Y no tendrás en cuenta la descortesía que he cometido contigo durante toda mi enfermedad tendiéndote la mano izquierda, puesto que me cortaron la derecha!».

En cuanto a mí -prosiguió el médico judío-, mucho me maravilló esta historia, y felicité al joven por haber salido de aquel modo de tal aventura. Y él me colmó de presentes y me tuvo consigo tres días en palacio, y me despidió cargado de riquezas y bienes.

Y entonces me dediqué a viajar y a recorrer el mundo, para perfeccionarme en mi arte. Y he aquí que llegué a tu imperio, ¡oh rey espléndido y poderoso! Y entonces fue cuando la noche pasada me ocurrió la desagradable aventura con el jorobado. ¡Tal es mi historia!.

Entonces el rey de la China dijo: «Esa historia, aunque logró interesárme, te equivocas, ¡oh médico, porque no es tan maravillosa ni sorprendente como la aventura del jorobado; de modo que no me queda más que mandaros ahorcar a los cuatro, y principalmente a ese maldito sastre; que es causa y principio de vuestro crimen».

Oídas tales palabras, el sastre se adelantó entre las manos del rey de la China, y dijo: «¡Oh rey lleno de gloria! Antes de mandarnos ahorcar, permíteme hablar a mí también y te referiré una historia que encierra cosas más extraordinarias que todas las demás historias juntas, y es más prodigiosa que la historia misma del jorobado.»

Y él rey de la China dijo: «Si dicen la verdad, os perdonaré a todos. Pero ¡desdichado de ti si me cuentas una historia poco interesante y desprovista de cosas sublimes! Porque no vacilaré entonces en empalaros a ti y a tus tres compañeros, haciendo que os atraviesen de parte a parte, desde la base hasta la cima». Entonces el sastre dijo…

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Las Mil y Una Noches:El Intendente

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Historia del Jorobado con el Sastre, el Corredor Nazareno, el Intendente y el Médico Judío; lo que de ello resulte y sus aventuras sucesivamente referidas.

Cuando llegó la noche 27 Shahrazade dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el rey de la China gritó: «Voy a mandar que os ahorquen a todos», el intendente dio un paso, prosternándose ante el rey, y dijo: «Si me lo permites, te contaré una historia que ha ocurrido hace pocos días, y que es más sorprendente y maravillosa que la del jorobado. Si así lo crees después de haberla oído, nos indultarás a todos.» El rey de la China dijo: «¡Así sea!» Y el intendente contó lo que sigue:

Relato del Intendente…

«Sabe, ¡oh rey de los siglos y del tiempo! que la noche última me convidáron a una comida de boda, a la cual asistían los sabios versados en el libro de la Nobleza. Terminada la lectura del Corán, se tendió el mantel, se colocaron los manjares y se trajo todo lo necesario para el festín. Pero entre otros comestibles, había un plato de arroz preparado con ajos que se llama rozbaja, y que es delicioso si está en su punto el arroz y se han dosificado bien los ajos y especias que lo sazonan. Todos empezamos a comerlo con gran apetito excepto uno de los convidados, que se negó rotundamente a tocar este plato de rozbaja. Y como le instábamos a que lo probase, juró que no haría tal cosa. Entonces repetimos nuestro ruego, pero él nos dijo: «Por favor, no me apremiéis de ese modo. Bastante lo pagué una vez que tuve la desgracia de probarlo.» Y recitó esta estrofa:

¡Si no quieres tratarte con el que fue tu amigo y deseas evitar su saludo, no pierdas el tiempo en inventar estratagemas: huye de él!.

Entonces no quisimos insistir más. Pero le preguntamos: «¡Por Alah! ¿Cual es la causa que te impide probar este delicioso plato de rozbaja?» Y contestó: «He jurado no comer rozbaja sin haberme lavado las manos cuarenta veces seguidas con sosa, otras cuarenta con potasa y otras cuarenta con jabón, o sean ciento veinte veces».

Y el dueño de la casa mandó a los criados que trajesen inmediatamente agua y las demás cosas que había pedido el convidado. Y después de lavarse se sentó de nuevo el convidado, y aunque no muy a gusto, tendió la mano hacia el plato en que todas comíamos, y trémulo y vacilante empezó a comer. Mucho nos sorprendió aquello, pero más nos sorprendió cuando al mirar su mano vimos que sólo tenía cuatro dedos, pues carecía del pulgar. Y el convidado no comía más que con cuatro dedos. Entonces le dijimos: «¡Por Alah sobre ti! Dinos por qué no tienes pulgar. ¿Es una deformidad de nacimiento, obra de Alah, o has sido víctima de algún accidente?».

Y entonces contestó: «Hermanos, aún no lo habéis visto todo. No me falta un pulgar, sino los dos, pues tampoco le tengo en la mano izquierda. Y además, en cada pie me falta otro dedo. Ahora lo vais a ver.» Y nos enseñó la otra mano, y descubrió ambos pies, y vimos que efectivamente, no tenía más que cuatro dedos en cada uno. Entonces aumentó, nuestro asombro, y le dijimos: «Hemos llegado al límite de la impaciencia, y deseamos averiguar la causa de que perdieras los dos pulgares y esos otros dos dedos de los pies, así como el motivo de que te hayas lavado las manos ciento veinte veces seguidas.» Entonces nos refirió lo siguiente:

«Sabed, ¡oh todos vosotros! que mi padre era un mercader entre los grandes mercaderes, el principal de los mercaderes de la ciudad de Bagdad en tiempo del califa Harún Al-Rachid, Y eran sus delicias el vino en las copas, los perfumes de las flores, las flores en su tallo, cantoras y danzarinas, los ojos negros y las propietarias de estos ojos. Así es que cuando murió no me dejó dinero, porque todo lo había gastado. Pero como era mi padre, le hice un entierro según su rango, di festines fúnebres en honor suyo, y le llevé luto días y noches. Después fui a la tienda que había sido suya, la abrí, y no hallé nada que tuviese valor; al contrario, supe que dejaba muchas deudas. Entonces fui a buscar a los acreedores de mi padre, rogándoles que tuviesen paciencia, y los tranquilicé lo mejor que pude. Después me puse a vender y comprar, y a pagar las deudas, semana por semana, conforme a mis ganancias. Y no dejé de proceder del mismo modo hasta que pagué todas las deudas y acrecenté mi capital primitivo con mis legítimas ganancias.

Pero un día que estaba yo sentado en mi tienda, vi avanzar montada en una mula torda, un milagro entre los milagros, una joven deslumbrante de hermosura. Delante de ella iba un eunuco y otro detrás. Paró la mula, y a la entrada del zoco se apeó, y penetró en el mercado, seguida de uno de los dos eunucos. Y éste le dijo: «¡Oh mi señora! Por favor, no te dejes ver de los- transeúntes. Vas a atraer contra nootros alguna calamidad. Vámonos de aquí.» Y el eunuco quiso llevársela. Pero ella no hizo caso de sus palabras, y estuvo examinando todas las tiendas del zoco, una tras otra, sin que viera ninguna más lujosa ni mejor presentada que la mía. Entonces se dirigió hacia mí, siempre seguida por el eunuco, se sentó en mi tienda y me deseo la paz. Y en mi vida había oído voz más suave ni palabras mas deliciosas. Y la miré, y sólo con verla me sentí turbadísimo, con el corazón arrebatado. Y no pude apartar mis miradas de su semblante, y recité estas dos estrofas:

¡Di a la hermosa del velo suave, tan suave como el ala de un palomo!

¡Dile que al pensar en lo que padezco, creo que la muerte me aliviaría!

¡Dile que sea buena un poco nada mas! ¡Por ella, para acercarme a sus alas, he renunciado a mi tranquilidad!

Cuando oyó mis versos, me correspondió con los siguientes:

¡He gastado mi corazón amándote! ¡Y este corazón rechaza otros amores!

¡Y si mis ojos viesen alguna vez otra beldad, ya no podrían alegrarse!

¡Juré no arrancar nunca tu amor de mi corazón! ¡Y sin embargo, mi corazón está triste y sediento de tu amor!

¡He bebido en una capa en la cual encontré el amor puro! ¿Por qué no han humedecido tus labios esa copa en que encontré el amor?…

Después me dijo: «¡Oh joven mercader! ¿tienes telas buenas que enseñarme?» A lo cual contesté: «¡Oh mi señora!’ Tu esclavo es un pobre mercader, y no posee nada digno de ti. Ten, pues, paciencia, porque como todavía es muy temprano, aún no han abierto las tiendas los demás mercaderes. Y en cuanto abran, iré a comprarles yo mismo los géneros que buscas.» Luego estuve conversando con ella, sintiéndome cada vez más enamorado.

Pero cuando los mercaderes abrieron sus establecimientos, me levanté y salí a comprar lo que me había encargado, y el total de las compras, que tomé por mi cuenta, ascendía a cinco mil dracmas. Y todo se lo entregué al eunuco. Y enseguida la joven partió con él, dirigiéndose al sitió donde la esperaba el otro esclavo con la mula. Y yo entré en mi casa embriagado de amor. Me trajeron la comida y no pude comer, pensando siempre en la hermosa joven. Y cuando quise dormir huyó de mí el sueño.

De este modo transcurrió una semana, y los mercaderes me reclamaron el dinero; pero como no volví a saber de la joven, les rogué que tuviesen un poco de paciencia, pidiéndoles otra semana de plazo. Y ellos se avinieron. Y efectivamente, al cabo de la semana vi llegar a la joven montada en su mula y acompañada por un servidor y los dos eunucos. Y la joven me saludó y me dijo: «¡Oh mi señor! Perdóname que hayamos tardado tanto en pagarte. Pero ahí tienes el dinero. Manda venir a un cambista, para que vea estas monedas de oro.» Mandé llamar al cambista, y en seguida uno de los eunucos le entregó el dinero, lo examinó y lo encontró de ley. Entonces tomé el dinero, y estuve hablando con la joven hasta que se abrió el zoco y llegaron los mercaderes a sus tiendas. Y ella me dijo: «Ahora necesito estas y aquellas cosas. Ve a comprármelas.» Y compré por mi cuenta cuanto me había encargado, entregándoselo todo. Y ella lo tomó, como la primera vez, y se fue en seguida. Y cuando la vi alejarse, dije para mí: «No entiendo esta amistad que me tiene. Me trae cuatrocientos dinares y se lleva géneros que valen mil. Y se marcha sin decirme siquiera dónde vive. ¡Pero solamente Alah sabe lo que se oculta en un corazón!».

Y así transcurrió todo un mes, cada día más atormentado mi espíritu por esas , reflexiones. Y los mercaderes vinieron a reclamarme su dinero en forma tan apremiante, que para tranquilizarlos hube de decirles que iba a vender mi tienda con todos los géneros, y mi casa y todos mis bienes. Me hallé, pues, próximo a la ruina, y estaba muy afligido, cuando vi a la joven que entraba en el zoco y se dirigía a mi tienda. Y al verla se desvanecieron todas mis zozobras, y hasta olvidé la triste situación en que me encontraba durante su ausencia. Y ella se me acercó, y con su voz llena de dulzura me dijo: «Saca la balanza, para pesar el dinero que te traigo.» Y me dio, en efecto, cuanto me debía y algo más, en pago de las compras que para ella había hecho.

En seguida se sentó a mi lado y me habló con gran afabilidad, y yo desfallecía de ventura. Y acabó por decirme: «¿Eres soltero o tienes esposa?» Y yo dije: «¡Por Alah! No tengo ni mujer legítima ni concubina.» Y al decirlo, me eché a llorar. Entonces ella me preguntó: «¿Por qué lloras?» Y yo respondí: «Por nada; es que me ha pasado una cosa por la mente.» Luego me acerqué a su criado, le di algunos dinares de oro y le rogué que sirviese de mediador entre ella y mi persona para lo que yo deseaba. Y él se echó a reír, y me dijo: «Sabe que mi señora está enamorada de ti. Pues ninguna necesidad tenía de comprar telas, y sólo las ha comprado para poder hablar contigo y darte a conocer su pasión. Puedes, por tanto, dirigirte a ella, seguro de que no te reñirá ni ha de contrariarte».

Y cuando ella iba a despedirse, me vio entregar el dinero al servidor que la acompañaba. Y entonces volvió a sentarse y me sonrió. Y yo le dije: «Otorga a tu esclavo la merced que desea solicitar de ti y perdónale anticipadamente lo que va a decirte». Después le hablé de lo que tenía en mi corazón. Y vi que le agradaba, pues me dijo: «Este esclavo te traerá mi respuesta y te señalará mi voluntad. Haz cuanto te diga que hagas.» Después se levantó y se fue.

Entonces fui a entregar a los mercaderes su dinero con los intereses que les correspondían. En cuanto a mí, desde el instante que dejé de verla perdí todo mi sueño durante todas mis noches. Pero en fin, pasados algunos días, vi llegar al esclavo y lo recibí con solicitud y generosidad, rogándole que me diese noticias. Y él me dijo: «Ha estado enferma estos días;» Y yo insistí: «Dame algunos pormenores acerca de ella.» Y él respondió: «Esta joven ha sido educada por nuestra ama Zobeida, esposa favorita de Harun Al-Rachid, y ha entrado en su servidumbre. Y nuestra ama Zobeida la quiere como si fuese hija suya, y no la niega nada. Pero el otro día le pidió permiso para salir, diciéndole: «Mi alma desea pasearse un poco y volver enseguida a palacio.» Y se le concedió el permiso. Y desde aquel día no dejó de salir y de volver a palacio, con tal frecuencia, que acabó por ser peritísima en compras, y se convirtió en la proveedora de nuestra ama Zobeida. Entonces te vio, y le habló de ti a nuestra ama, rogándole que la casase contigo. Y nuestra ama le contestó: «Nada puedo decirte sin conocer a ese joven. Si me convenzo de que te iguala en cualidades, te uniré con él.» Pero ahora vengo a decirte que nuestro propósito es que entres en palacio. Y si logramos hacerte entrar sin que nadie se entere puedes estar seguro de casarte, pero si se descubre te cortarán la cabeza. ¿Qué dices a esto?» Yo respondí: «Que iré contigo.» Entonces me dijo: «Apenas llegue la noche, dirígete a la mezquita que Sett-Zobeida ha mandado edificar junto al Tigris. Entra, haz tu oración, y aguárdame.» Y yo respondí: «Obedezco, amo, y honro».

Y cuando vino la noche fui a la mezquita, entré, me puse a rezar, y pasé allí toda la noche. Pero al amanecer vi, por una de las ventanas que dan al río, que llegaban en una barca unos esclavos llevando dos cajas vacías. Las metieron en la mezquita y se volvieron a su barca. Pero una de ellos, que se había quedado detrás de los otros, era el que me había servido de mediador. Y a los pocos momentos vi llegar a la mezquita a mi amada, la dama de Sett-Zobeida. Y corrí a su encuentro, queriendo estrecharla entre mis brazos. Pero ella huyó hacia donde estaban las cajas vacías e hizo una seña al eunuco, que me cogió, y antes de que pudiese defenderme me encerró en una de aquellas cajas. Y en el tiempo que se tarda en abrir un ojo y cerrar el otro, me llevaron al palacio del califa. Y me sacaron de la caja. Y me entregaron trajes y efectos que valdrían lo menos cincuenta mil dracmas. Después vi a otras veinte esclavas blancas. Y en medio de ellas estaba Sett-Zobeida, que no podía moverse de tantos esplendores como llevaba.

Y las damas formaban dos filas frente a la sultana. Yo di un paso y besé la tierra entre sus manos. Entonces me hizo seña de que me sentase, y me senté. Enseguida me interrogó acerca de mis negocios, mi parentela y mi linaje, contestándole yo a cuanto me preguntaba. Y pareció muy satisfecha, y dijo: «¡Alah! ¡Ya veo que no he perdido el tiempo criando a esta joven, pues le encuentro un esposo cual éste!» Y añadió: «¡Sabe que la considero como si fuese mi propia hija, y será para ti una esposa sumisa y dulce ante Alah y ante ti!» Y entonces me incliné, besé la tierra y consentí en casarme.

Y Sett-Zobeida me invitó a pasar en el palacio diez días. Y allí permanecí estos diez días, pero sin saber nada de la joven. Y eran otras jóvenes las que me traían el almuerzo y la comida y servían a la mesa.

Transcurrido el plazo indispensable para los preparativos de la boda, Sett-Zobeida rogó al Emir de los Creyentes el permiso para la boda. Y el califa, después de dar su venia, regaló a la joven diez mil dinares de oro. Y Sett-Zobeida mandó a buscar al kadí y a los testigos, que escribieron el contrato de matrímonio. Después empezó la fiesta Se prepararon dulces de todas clases y los manjares de costumbre. Comimos, bebimos y se repartieron platos de comida por toda la ciudad, durando el festín diez días completos. Después llevaron a la joven al hammam para prepararla, según es uso.

Y durante este tiempo se puso la mesa para mí y mis convidados, se trajeron platos exquisitos, y entre otras cosas, enmedio de pollos asados, pasteles de todas clases, rellenos deliciosos y dulces perfumados con almizcle y agua de rosas, había un plato de rozbaja capaz de volver loco al espíritu más equilibrado. Y yo, ¡por Alah! en cuanto me senté a la mesa, no pude menos de precipitarme sobre este plato, de rozbaja y hartarme de él. Después me sequé las manos.

Y así estuve, tranquilo hasta la noche. Pero se encendieron las antorchas y llegaron las cantoras y tañedoras de instrumentos. Después se procedió a vestir a la desposada. Y la vistieron siete veces con trajes diferentes, enmedio de los cantos y del sonar de los instrumentos. En cuanto al palacio, estaba lleno completamente por una muchedumbre de convidados. Y yo, cuando hubo terminado la ceremonia, entré en el aposento reservado, y me trajeron a la novia, procediendo su servidumbre a despojarla de todos los vestídos, retirándose después.

La cogí entre mis brazos; y tal era mi ventura, que me parecía mentira el poseerla. Pero en este momento notó el olor de mi mano con la cual había comido la rozbaja; y apenas lo notó lanzó un agudo chíllido.

Inmediatamente acudieron por todas partes las damas de palacio, mientras que yo, trémulo de emoción, no me daba cuenta de la causa de todo aquello. Y le dijeron: «¡Oh hermana nuestra! ¿qué te ocurre?» Y ella contestó: «¡Por Alah sobre vosotras! ¡Libradme al instante de este estúpido, al cual creí hombre de buenas. maneras!» Y yo le pregunté; «¿por qué me juzgas estúpido o loco?» Y ella dijo: «¡Insensato! ¡Ya no te quiero, por tu poco juicio y tu mala acción!» Y cogió un látigo que estaba cerca de ella, y me azotó con tan fuertes golpes; que perdí el conocimiento. Entonos ella se detuvo, y dijo a las doncellas:- «Cogedlo y llevádselo al gobernador de la ciudad, para que le corten la mano con que comió los ajos». Pero ya había yo recobrado el conocimiento; y al oír aquellas palabras, exclamé: ¡No hay poder y fuerza más que en Alah Todopoderoso! ¿Pero por haber comido ajos me han de cortar una mano? ¿Quién ha visto nunca semejante cosa?» Entonces las doncellas empezaron a interceder en mi favor, y le dijeron: «¡Oh hermana, no le castigues esta vez! ¡Concédenos la gracia de perdonarle!» Entonces ella dijo: «Os concedo lo que pedís; no le cortarán la mano; pero de todos modos algo he de cortarle de sus extremidades». Después se fue y me dejó solo.

En cuanto a mí, estuve diez días completamente solo y sin verla. Pero pasados los diez días, vino a buscarme y me dijo: «¡Oh tú, el de la cara ennegrecida! ¿Tan poca cosa soy para ti, que comiste ajo la noche de la boda?» Después llamó a sus siervas y les dijo: «¡Atadle los brazos y las piernas!» Y entonces me ataron los brazos y las piernas, y ella cogió una cuchilla de afeitar bien afilada y me cortó los dos pulgares de las manos y los dedos gordos de ambos pies. Y por eso, ¡oh todos vosotros! me veis sin pulgares en las manos y en los pies.

En cuanto a mí, caí desmayado. Entonces ella echó en mis heridas polvos de una raíz aromática, y así restañó la sangre. Y yo dije, primero entre mí y luego en alta voz: «¡No volveré a comer rozbaja sin lavarme después las manos cuarenta veces con potasa, cuarenta con sosa y cuarenta con jabón!»‘ Y al oírme, me hizo jurar que cumpliría esta promesa, y que no comería rozbaja sin cumplir con exactitud lo que acababa de decir.

Por eso, cuando me apremiabais todos los aquí reunidos a comer de ese plato de rozbaja que hay, en la mesa, he palidecido y me he dicho: «He aquí la rozbaja que me costó perder los pulgares.» Y al empeñaros en que la comiera, me vi obligado por mi juramento a hacer lo que visteis».

Entonces, ¡oh rey de los siglos! -dijo el intendente continuando la historia, mientras los demás circunstantes estaban escuchando- pregunté al joven mercader de Bagdad: «¿Y qué te ocurrió luego con tu esposa?» Y él me contestó:

«Cuando hice aquel, juramento ante ella, se tranquilizó su corazón, y acabó por perdonarme. Y ¡por Alah! recuperé bien el tiempo perdido y olvidé mis pesares. Y permanecimos unidos largo tiempo de aquel modo. Después ella me dijo: «Has de saber que nadie de la corte del califa sabe lo que ha pasado entre nosotros. Eres el único que logró introducirse en este palacio. Y has entrado gracias al apoyo de El-Sayedat Zobeida.» Después me entregó diez mil dinares de oro, diciéndome; `Toma éste dinero y ve a comprar una buena casa en que podamos vivir los dos».

Entonces salí, y compré una casa magnífica. Y allí transporté las riquezas de mi esposa y cuantos regalos le habían hecho, los objetos preciosos, telas, muebles y demás cosas bellas. Y todo lo puse en aquella casa que había comprado. Y vivimos juntos hasta el límite de los placeres y de la expansión.

Pero al cabo de un año, por voluntad de Alah, murió mi mujer. Y no busqué otra esposa, pues quise viajar. Salí entonces de Bagdad, después de haber vendido todos mis bienes, y cogí todo mi dinero y emprendí el viaje, hasta que llegué a esta ciudad.» Y tal es, ¡oh rey del tiempo! -prosiguió el intendente- la historia qué me refirió el joven mercader de Bagdad. Entonces todos los invitados seguimos comiendo, y después nos fuimos.

Pero al salir me ocurrió la aventura con el jorobado. Y entonces sucedió lo que sucedió.

Esta es la historia. Estoy convencido de que es mas sorprendente que nuestra aventura con el jorobado ¡Uasalám!».

Entonces dijo el rey de la China: «Pues te equivocas. No es más maravillosa que la aventura del jorobado. Porque la aventura del jorobado es mucho más sorprendente. Y por eso van a crucificaros a todos, desde el primero hasta el último».

Pero en esté momento avanzó el médico judío, besó la tierra entre las manos del sultán, y dijo: «¡Oh rey del tiempo! Te voy a contar una historia que es seguramente más extraordinaria que todo cuanto oíste, y que la misma aventura del jorobado.»

Entonces dijo el rey de la China: «Cuéntala pronto, porque no puedo aguardar más».

Y el médico judío dijo…

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Las Mil y Una Noches:El Corredor Nazareno

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Historia del Jorobado con el Sastre, el Corredor Nazareno, el Intendente y el Médico Judío; lo que de ello resulte y sus aventuras sucesivamente referidas.

Relato del Corredor Nazareno:

«Sabe, ¡oh rey del tiempo! que vine a este país para un asunto comercial. Soy un extranjero a quien el Destino encaminó a tu reino. Porque yo nací en al ciudad de El Cairo y soy copto entre los coptos. Y es igualmente cierto que me crié en El Cairo, y en aquella ciudad fue corredor mi padre antes que yo.

Cuando murió mi padre ya había llegado yo a la edad de hombre. Y por eso fui corredor como él, pues contaba con toda clase de cualidades para este oficio, que es la especialidad entre nosotros los coptos.

Pero un día entré los días estaba yo sentado a la puerta del khan de los mercaderes de granos, y vi pasar a un joven, hermoso como la luna llena, vestido con el más suntuoso traje y montado en un borrico blanco ensillado con una silla roja. Cuando me vio este joven me saludó, y yo me levanté por consideración hacia él. Sacó entonces un pañuelo que contenía una muestra de sésamo, y me preguntó: «¿Cuánto vale el ardeb de esta clase de sésamo?’ Y yo le dije: «Vale cien dracmas.» Entonces me contestó: «Avisa a los medidores de granos y ven con ellos al khan Al-Gaonalí, en el barrio de Bab Al-Nassr; allí me encontrarás.» Y se alejó, después de darme el pañuelo que contenía la muestra de sésamo.

Entonces me dirigí a todos los mercaderes de granos y les enseñé la muestra que yo había justipreciado en cien dracmas. Y los mercaderes la tasaron en ciento veinte dracmas por ardeb. Entonces me alegré sobremanera, y haciéndome acompañar de cuatro medidores, fui en busca del joven, que, efectivamente, me aguardaba en el khan. Y al verme, corrió a mi encuentro y me condujo a un almacén donde estaba el grano, y los medidores llenaron sus sacos, y lo pesaron todo, que ascendió en total a cincuenta medidas en ardebs. Y el joven me dijo: «Te corresponden por comisión diez dracmas por cada ardeb que se venda a cien dracmas. Pero has de cobrar en mi nombre todo el dinero, y lo guardarás cuidadosamente en tu casa, hasta que lo reclame. Como su precio total es cinco mil dracmas, te quedarás con quinientos, guardando para mí cuatro mil quinientos: En cuanto despache mis negocios, iré a buscarte para recoger esa cantidad.» Entonces yo le contesté: «Escucho y obedezco.» Después le besé las manos y me fui.

Y efectivamente, aquel día gané mil dracmas de corretaje, quinientos del vendedor y quinientos de los compradores, de modo que me correspondió el veinte por ciento, según la costumbre de los corredores egipciós.

En cuanto al joven, después de un mes de ausencia, vino a verme y me dijo: «¿Dónde están los dracmas?» Y le contesté en seguida: «A tu disposición; helos aquí metidos en este saco.» Pero él me dijo: «Sigue guardándolos algún tiempo hasta que yo venga a buscarlos.» Y se fue y estuvo ausente otro mes, y regresó y me dijo: «¿Dónde están los dracmas?» Entonces yo me levanté, le saludé y le dije: «Aquí están a tu disposición. Helos aquí.» Después añadí: «¿Y ahora quieres honrar mi casa viniendo a comer conmigo un plato o dos, o tres o cuatro?» Pero se negó y me dijo: «Sigue guardando el dinero, hasta que venga a reclamártelo, después de haber despachado algunos asuntos urgentes.» Y se marchó. Y yo guardé cuidadosamente el dinero que le pertenecía, y esperé su regreso.

Volvió al cabo de un mes, y me dijo: «Esta noche pasaré por aquí y recogeré el dinero.» Y le preparé los fondos; pero aunque le estuve aguardando toda la noche y varios días consecutivos, no volvió hasta pasado un mes; mientras yo decía para mí: «¡Qué confiado es ese joven! En toda mi vida, desde que soy corredor en los khanes y los zocos, he visto confianza como ésta.» Se me acercó y le vi, como siempre, en su borrico, con suntuoso traje; y era tan hermoso como la luna llena, y tenía el rostro brillante y fresco como si saliese del hammam, y sonrosadas las mejillas y la frente como una flor lozana, y en un extremo del labio un lunar, como gota de ámbar negro, según dice el poeta:

¡La luna llena se encontró con el sol en lo alto de la torre, ambos en todo el esplendor de su belleza!

¡Tales eran los dos amantes! ¡Y cuantos los veían, tenían que admirarlos y desearles completa felicidad!

¡Y ahora son tan hermosos, que cautivan el alma!

¡Gloria, pues, a Alah, que realiza tales prodigios y forma sus criaturas a su deseo!

Y al verle, le besé las manos e invoqué para él todas las bendiciones de Alah, y le dije: «¡Oh mi señor! Supongo que ahora recogerás tu dinero.» Y me contestó: «Ten todavía un poco de paciencia; pues en cuanto acabe de despachar mis asuntos vendré a recogerlo.» Y me volvió la espalda y se fue. Y yo supuse que tardaría en volver, y saqué el dinero y lo coloqué con un interés de veinte por ciento, obteniendo de él cuantiosa ganancia. Y dije para mí:- «¡Por Alah! Cuando vuelva, le rogaré que acepte mi invitación, y le trataré con toda largueza, pues me aprovecho de sus fondos y me estoy haciendo muy rico.»

Y transcurrió un año, al cabo del cual regresó, y le vi vestido con ropas más lujosas que antes, y siempre montado en su borrico blanco, de buena raza.

Entonces le supliqué fervorosamente que aceptase mi invitación y comiera en mi casa, a lo cual me contestó:: «No tengo inconveniente, pero con la condición de que el dinero para los gastos no los saques de los fondos que me pertenecen y están en tu casa.» Y se echó a reír. Y yo hice lo mismo. Y le dije: «Así sea, y de muy buena gana.» Y le llevé a casa, y le rogué que se sentase, y corrí al zoco a comprar toda clase de víveres, bebidas y cosas semejantes, y lo puse todo sobre el mantel entre sus manos, y le invité a empezar, diciendo: «¡Bismnah!» Entonces se acercó a los manjares, pero alargó la mano izquierda, y se puso a comer con esta mano izquierda. Y yo me quedé sorprendidísimo, y no supe qué pensar. Terminada la comida, se lavó la mano izquierda sin auxilio de la derecha, y yo le alargué la toalla para que se secase, y después nos sentamos a conversar.

Entonces le dije: «¡Oh mi generoso señor! Líbrame de un peso que me abruma y de una tristeza que me aflige. ¿Por qué has comido con la manó izquierda? ¿Sufres alguna enfermedad en tu mano derecha?» Y al oirlo el mancebo, me miró y recitó estas estrofas:

¡No preguntes por los sufrimientos y dolores de mi alma! ¡Conocerías mi mal!

¡Y sobre todo, no preguntes si soy feliz! ¡Lo fuíl ¡Pero hace tanto tiempo! ¡Desde entonces, todo ha cambiado! ¡Y contra lo inevitable no hay más que invocar la cordura!

Después sacó el brazo derecho de la manga del ropón, y vi que la mano estaba cortada, pues, aquel brazo terminaba en un muñón. Y me quedé asombrado profundamente. Pero él me dijo: «¡No te asombres tanto! Y sobre todo, no creas que he comido con la mano izquierda por falta de consideración a tu persona, pues ya ves que ha sido por tener cortada la derecha. Y el motivo de ello no puede ser más sorprendente.» Entonces le pregunté: «¿Y cuál fue la causa?» Y el joven suspiró, se le llenaron de lágrimas los ojos, y dijo:

«Sabe que yo, soy de Bagdad. Mi padre era uno de los principales personajes entre los personajes. Y yo, hasta llegar a la edad de hombre, pude oír los relatos de los viajeros, peregrinos y mercaderes que en casa de mi padre nos contaban las maravillas de los países egipcios. Y retuve en la memoria todos estos relatos, admirándolos en secreto, hasta que falleció mi padre. Entonces cogí cuantas riquezas pude reunir, y mucho dinero, y compré gran cantidad de mercancías en telas de Bagdad y de Mossul, y otras muchas de alto precio y excelente clase; lo empaqueté todo y salí de Bagdad. Y como estaba escrito por Alah que había de llegar sano y salvo al término de mi viaje, no tardé en hallarme en esta ciudad de El Cairo, que es tu ciudad.»

Pero en este momento el joven se echó a llorar y recitó estas estrofas:

¡A veces, el ciego, el ciego de nacimiento, sabe sortear la zanja donde cae el que tiene buenos ojos!

¡A veces, el insensato sabe callar las palabras que, pronunciadas por el sabio, son la perdición del sabio!

¡A veces, el hombre piadoso y creyente sufre desventuras, mientras que el loco, el impío, alcanza la felicidad!

¡Así, pues, conozca el hombre su impotencia! ¡La fatalidad es la única reina del mundo!

Terminados los versos, siguió en esta forma su relación:

«Entré, pues, en El Cairo, y fui, al khan Serur, deshice mis paquetes, descargué mis camellos y puse las mercancías en un local que alquilé para almacenarlas. Después di dinero a un criado para que comprase comida, y dormí un rato, y al despertarme, salí a dar una vuelta por Bain Al-Kasrein, regresando después al khan Serur, en donde pasé la noche.

Cuando me desperté por la mañana, dije para mí, desliando un paquete de telas: «Voy a llevar esta tela al zoco y a enterarme de cómo van las compras.» Cargué las telas en los hombros de un criado, y me dirigí al zoco, para llegar al centro de los negocios, un gran edificio rodeado de pórticos y de tiendas de todas clases y de fuentes. Ya sabes que allí suelen estar los corredores, y que aquel sitio se llama el kaisariat Guergués.

Cuando llegué, todos los corredores, avisados de mi viaje, me rodearon, y yo les di las telas, y salieron en todas direcciones a ofrecer mis géneros a los principales compradores de los zocos. Pero al volver me dijeron que el precio ofrecido por mis mercaderías no alcanzaba al que yo había pagado por ellas ni a los gastos desde Bagdad hasta El Cairo. Y como no sabía qué hacer, el jeque principal de los corredores me dijo: «Yo sé el medio de que debes valerte para que ganes algo. Es sencillamente que hagas lo que hacen todos los mercaderes. vender al por menor tus mercaderías a los comerciantes con tienda abierta, por tiempo determinado, ante testigos y por escrito, que firmaréis ambos, con intervención de un cambiante. Y así, todos los lunes y todos los jueves cobrarás el dinero que te corresponda. Y de este modo, cada dracma te producirá dos dracmas y a veces más. Y durante este tiempo tendrás ocasión de visitar El Cairo y de admirar el Nilo.»

Al oír estas palabras, dije: «Es en verdad una idea excelente.» Y en seguida reuní a los pregoneros y corredores y marché con ellos al khan Serur y les di todas las mercaderías, que llevaron a la kaisariat. Y lo vendí todo al por menor a los mercaderes, después que se escribieron las cláusulas de una y otra parte, ante testigos, con intervención de un cambista de la kaisariat.

Despachado este asunto, volví al khan, permaneciendo allí tranquilo; sin privarme de ningún placer ni escatimar ningún gasto. Todos los días comía magníficamente, siempre con la copa de vino encima del mantel. Y nunca faltaba en mi mesa buena carne de carnero, dulces y confituras de todas clases. Y así seguí, hasta que llegó el mes en que debía cobrar con regularidad mis ganancias. En efecto, desde la primera semana de aquel mes, cobré como es debido mi dinero. Y los jueves y los lunes me iba a sentar en la tienda de alguno de los deudores míos, y el cambista. y el escribano público recorrían cada una de las tiendas, recogían el dinero y me lo entregaban.

Y fue en mí una costumbre el ir a sentarme, ya en una tienda, ya en otra. Pero un día, después de salir del hammam, descansé un rato; almorcé un pollo, bebí algunas copas de vino, me lavé enseguida las manos, me perfumé con esencias aromáticas y me fui al barrio de la kaisariat Guergués, para sentarme en la tienda de un vendedor de telas llamado Badreddin Al-Bostani. Cuando me hubo visto me recibió con gran consideración y cordialidad, y estuvimos hablando una hora. Pero mientras conversábamos vimos llegar una mujer con un largo velo de seda azul. Y entró en la tienda para comprar géneros, y se sentó a mi lado en un taburete. Y el velo que le cubría la cabeza, y le tapaba ligeramente el rostro, estaba echado a un lado, y exhalaba delicados aromas y perfumes. Y la negrura de sus pupilas, bajo el velo, asesinaba las almas y arrebataba la razón. Se sentó y saludó a Badreddín, que después, de corresponder a su salutación de paz, se quedó de pie ante ella, y empezó a hablar, mostrándole telas de varias clases. Y yo, al oír la voz de la dama, tan llena de encanto y tan dulce, sentí que el amor apuñalaba mi hígado.

Pero la dama, después de examinar algunas telas, que no le parecieron bastante lujosas, dijo a Badreddin: «¿No tendrías por casualidad una pieza de seda blanca tejida con hilos de oro puro?» Y Badreddin fue al fondo de la tienda, abrió un armario pequeño, y de un montón de varias piezas de tela sacó una de seda blanca, tejida con hilos de oro puro, y luego la desdobló delante de la joven. Y ella la encontró muy a su gusto y a su conveniencia, y le dijo al mercader: «Como no llevó dinero encima, creo que me la podré llevar, como otras veces, y en cuanto llegue a casa te enviaré el importe,» Pero el mercader le dijo: «¡0h mi señora! No es posible por esta vez, porque esa tela no es mía, sino del comerciante que está ahí sentado, y me he compromentido a pagarle hoy mismo;» Entonces sus ojos lanzaron miradas de indignación, y dijo: «Pero desgraciado, ¿no sabes que tengo la costumbre de comprarte las telas más caras y pagarte más de lo que me pides. ¿No sabes que nunca he dejado de enviarte su importe inmediatamente?» Y el mercader contestó: «Ciertamente, ¡oh mi señora! Pero hoy tengo que pagar ese dinero en seguida.» Y entonces la dama cogió la pieza de tela, se la tiró a. la cara al mercader, y le dijo: «¡Todos sois lo mismo en tu maldita corporación!» Y levantándose airada, volvió la espalda para salir.

Pero yo comprendí que mi alma se iba con ella, me levanté apresuradamente y le dije: «¡Oh mi señora! Concédeme la gracia de volverte un poco hacia mí y desandar generosamente tus pasos.» Entonces ella volvió su rostro hacia donde yo estaba, sonrió discretamente, y me dijo: «Consiento en pisar otra vez esta tienda, pero es sólo en obsequio tuyo.» Y se sentó en la tienda frente a mí. Entonces, volviéndome hacia Badreddin, le dije: «¿Cuál es el precio de esta tela?» Badreddin contestó: «Míl cien dracmas.» Y yo repuse: «Está bien, te pagaré además cien dracmas de ganancia. Trae un papel para que te de el precio por escrito.» Y cogí la pieza de seda tejida con oro, y a cambio le di el precio por escrito, luego entregué la tela a la dama, diciéndole: «Tómala, y puedes irte sin que te preocupe el precio, pues ya me lo pagarás cuando gustes. Y para ésto te bastará venir un día entre los días a buscarme en el zoco, donde siempre estoy sentado en una o en otra tienda. Y si quieres honrarme aceptándola como homenaje mío, te pertenece desde ahora.» Entónces me contestó: «¡Alah te lo premie con toda clase de favores! ¡Ojalá alcances todas las riquezas que me pertenecen, convirtiéndote en mi dueño y en corona de mi cabeza! ¡Así oiga Alah mi ruego!» Y yo le repliqué: «¡Oh señora mía, acepta, pues, esta pieza de seda! ¡Y que no sea esta sola! Pero te ruego que me otorgues el favor de que admire un instante el rostro que me ocultas.» Entonces se levantó el finísimo velo que le cubría la parte inferior de la cara y no dejaba ver más que los ojos.

Y vi aquel rostro de bendición, y esta sola mirada bastó para aturdirme, avivar el amor en mi alma y arrebatarme la razón. Pero ella se apresuró a bajar el velo, cogió la tela, y me dijo: «¡Oh dueño mío, que no dure mucho tu ausencia, o moriré desolada!» Y después se marchó. Y yo me quedé solo con el mercader hasta la puesta del sol.

Y me hallaba como si hubiese perdido la razón y el sentido, dominado en absoluto por la locura de aquella pasión tan repentina. Y la violencia de este sentimiento hizo que me arriesgase a preguntar al mercader respecto a aquella dama. Y antes de levantarme para irme, le dije: «¿Sabes quién es esa dama?» Y me contestó: «Claro que sí. Es una dama muy rica. Su padre fue un emir ilustre, que murió, dejándole muchos bienes y riquezas.»

Entonces me despedí del mercader y me marché, para volver al khan Serur, donde me alojaba y mis criados me sirvieran de comer; pero yo pensaba en ella, y no pude probar bocado. Me eché a dormir; pero el sueño huía de mi persona, y pasé toda la noche en vela, hasta por la mañana.

Entonces me levanté, me puse un traje más lujoso todavía que el de la víspera, bebí una copa de vino, me desayuné con un buen plato, y volví a la tienda del mercader, a quien hube de saludar, sentándome en el sitio de costumbre. Y apenas había tomado asiento, vi llegar a la joven, acompañada de una esclava. Entró, se sentó y me saludó, sin dirigir el menor saludo de paz a Badreddin. Y con su voz tan dulce y su incomparable modo de hablar, me dijo: «Esperaba que hubieses enviado a alguien a mi casa para cobrar los mil doscientos dracmas que importa la pieza de seda.» A lo cual contesté: «¿Por qué tanta prisa, si a mí no me corre ninguna?» Y ella me dijo: «Eres muy generoso, pero yo no quiero que por mí pierdas nada.» Y acabó por dejar en mi mano el importe de la tela, no obstante mi oposición. Y empezamos a hablar. Y de pronto me decidí a expresarle por señas la intensidad de mi sentimiento. Pero inmediatamente se levantó y se alejó a buen paso, despidiéndose por pura cortesía. Y sin poder contenerme, abandoné la tienda, y la fui siguiendo hasta que salimos del zoco. Y la perdí de vista, pero se me acercó una muchacha, cuyo velo no me permitía adivinar quién fuese, y me dijo: «¡Oh mi señor! Ven a ver a mi señora, que quiere hablarte.» Entonces, muy sorprendido, le dije: «¡Pero si aquí nadie me conoce!» Y la muchacha replicó: «¡Oh cuán escasa es tu memoria! ¿No recuerdas a la sierva que has visto ahora mismo en el zoco, con su señora, en la tienda de Badreddin?» Entonces eché a andar detrás de ella, hasta que vi a su señora en una esquina de la calle de los Cambios.

Cuando ella me vio, se acercó a mí rápidamente, y llevándome. a un rincón de la calle, me dijo: «¡Ojo de mi vida! Sabe que con tu amor llenas todo mi pensamiento y mi alma. Y desde la hora que te vi, ni disfruto del sueño reparador, ni como, ni bebo.» Y yo le contesté: «A mí me pasa igual; pero la dicha que ahora gozo me impide quejarme.» Y ella dijo: «¡Ojo de mi vida!: ¿Vas a venir a mi casa, o iré yo a la tuya?» Yo repuse: «Soy forastero y no dispongo de otro lugar que el khan, en donde hay demasiada gente.. Por tanto, si tienes bastante confianza en mi cariño para recibirme en tu casa, colmarás mi felicidad.» Y ella respondió: «Cierto que sí pero esta noche es la noche del viernes y no puedo recibirte. Pero mañana después de la oración del mediodía, monta en tu borrico, y pregunta por el barrio de Habbania, y cuando llegues a él, averigua la casa de Barakat, el que fue gobernador, conocido por Aby-Schama. Allí vivo yo. Y no dejes de ir, que te estaré esperando.»

Yo estaba loco de alegría; después nos separamos. Volví al khan Serur, en donde habitaba, y no pude dormir en toda la noche. Pero al amanecer me apresuré a levantarme, y me puse un traje nuevo, perfumándome con los más suaves aromas, y me proveí de cincuenta dinares de oro, que guardé en un pañuelo. Salí del khan Serur, y me dirigí hacia el lugar llamado Bab-Zauilat, alquilando allí un borrico, y le dije al burrero: «Vamos al barrio de Habbania:» Y me llevó en muy escaso tiempo, llegando a una calle llamada Darb Al-Monkari, y dije al burrero: «Pregunta en esta calle por la casa del nakib Aby-Schama.» El burrero se fue, y volvió a los pocos momentos con las señas pedidas, y me dijo: «Puedes apearte.» Entonces eché pie a tierra, y le dije: «Ve adelante para enseñarme el camino.» Y me llevó a la casa, y entonces le ordené: «Mañana por la mañana volverás aquí para llevarme de nuevo al khan.» Y el hombre me contestó que así lo haría. Entonces le di un cuarto de dinar de oro, y cogiéndolo, se lo llevó a los labios y después a la frente, para darme las gracias, marchándose en seguida.

Llamé entonces a la puerta de la casa. Me abrieron dos jovencitas, y me dijeron: «Entra, ¡oh señor! nuestra ama te aguarda impaciente. No duerme par las noches a causa de la pasión que le inspiras.»

Entré en un patio, y vi un soberbio edificio con siete puertas; y aparecía toda la fachada llena de ventanas, que daban a un inmenso jardín. Este jardín encerraba todas las maravillas de árboles frutales y de flores; lo regaban arroyos y lo encantaba el gorjeo de las aves. La casa era toda de mármol blanco, tan diáfano y pulimentado, que reflejaba la imagen de quien lo miraba, y los artesonados interiores estaban cubiertos de oro y rodeados de inscripciones y dibujos de distintas formas. Todo su pavimento era de mármol muy rico y de fresco mosaico. En medio de la sala hallábase una fuente incrustada, de perlas y pedrería. Alfombras de seda cubrían los suelos; tapices admirables colgaban de los muros, y en cuanto a los muebles, el lenguaje y la escritura más elocuentes no podrían describirlos.

A los pocos momentos de entrar sentarme…

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y sé calló discretamente.

Pero cuando llegó la noche 26…

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el mercader prosiguió así su historia al corredor copto del Cairo, el cuál se la contaba al sultán de aquella ciudad de la China:

«Vi que se me acercaba la joven, adornada con perlas y pedrería, luminosa la cara y asesinos los negros ojos. Me sonrió, me cogió entre sus brazos, y me estrechó contra ella. Enseguida juntó sus labios con los míos. Y yo hice lo propio. Y ella me dijo: «¿Es cierto que te tengo aquí, o es un sueño? Yo respondí: «¡Soy tu esclavo!» Y ella dijo: «¡Hoy es un día de bendición! ¡Por Alah! ¡Ya no vivía, ni podía disfrutar comiendo y bebiendo!» Yo contesté: «Y yo igualmente.» Luego nos sentamos, y yo, confundido por aquel modo de recibirme, no levantaba la cabeza.

Pero pusieron el mantel y nos presentaron platos exquisitos: carnes asadas, pollos rellenos y pasteles de todas clases. Y ambos comimos hasta saciarnos, y ella me ponía los manjares en la boca, invitándome cada vez con dulces palabras y miradas insinuantes, Después me presentaron el jarro y la palangana de cobre, y me lavé las manos, y ella también, y nos perfumamos con agua de rosas y almizcle, y nos sentamos para departir.

Entonces ella empezó a contarme sus penas, y yo hice lo mismo. Y con esto me enamoré todavía más. Y enseguida empezamos con mimos y juegos. Pero no sería de ninguna utilidad detallarlos. Y lo demás, con sus pormenores, pertenece al misterio.

A la mañana siguiente me levanté, puse disimuladamente debajo de la almohada el bolsillo con los cincuenta dinares de oro, me despedí de la joven y me dispuse a salir. Pero ella se echó a llorar, y me dijo: «¡Oh dueño mío! ¿cuándo volveré a ver tu hermoso rostro?» Y yo le dije: «Volveré esta misma noche.»

Y al salir encontré a la puerta el borrico que me condujo la víspera; y allí estaba también el burrero esperándome. Monté en el burro, y llegué al khan Serur, donde hube de apearme, y dando media dinar de oro al burrero, le dije: «Vuelve aquí al anochecer.» Y me contestó: «Tus órdenes están sobre mi cabeza.» Entré entonces en el khan y almorcé. Después salí para recoger de casa de los mercaderes el importe de mis géneros. Cobré las cantidades, regresé a casa, dispuse que preparasen un carnero asado, compré dulces y llamé a un mandadero, al cual di las señas de la casa de la joven, pagándole por adelantado y ordenándole que llevara todas aquellas cosas. Y yo seguí ocupado en mis negocios hasta la noche, y cuando, vino a buscarme el burrero, cogí cincuenta dinares de oro, que guardé en un pañuelo, y salí.

Al entrar en la casa pude ver que todo lo habían limpiado, lavado el suelo, brillante la batería de cocina, preparados los candelabros, encendidos los faroles, prontos los manjares y escanciados los vinos y demás bebidas. Y ella, al verme, se echó en mis brazos, y acariciándome me dijo: «¡Por Alah! ¡Cuanto te deseo!» Y después nos pusimos a comer avellanas y nueces hasta media noche, En la mañana me levanté, puse los cincuenta dinares de oro en el sitio de costumbre, y me fui.

Monté en el borrico, me dirigí al khan, y allí estuve durmiendo. Al anochecer me levanté y dispuse que el cocinero del khan preparase la comida: un plato de arroz salteado con manteca y aderezado con nueces y almendras, y otro plato de cotufas fritas, con varias cosas más. Luego compré flores, frutas y varias clases de almendras, y las envié á casa de mi amada. Y cogiendo cincuenta dinares; de oro, los puse en un pañuelo y salí. Y aquella noche me sucedió con la joven lo que estaba escrito que sucediese.

Y siguiendo de este modo, acabé par arruinarme en absoluto, y ya no poseía un dinar, ni siquiera un dracma. Entonces dije para mí que todo ello había sido obra del shaitán. Y recité las siguientes estrofas:

¡Si la fortuna abandonase al rico, lo veréis empobrecerse y extinguirse sin gloria, como el sol que amarillea al ponerse!.

Y al desaparecer, su recuerdo se borra para siempre de todas las memorias ¡Y si vuelve algún día, la suerte no le sonreiría nunca!.

¡Ha de darle vergüenza presentarse en las calles! ¡Y a solas consigo mismo, derramará todas las lágrimas de sus ojos!.

¡Oh, Alah! ¡El hombre nada puede esperar de sus amigos, porque si cae en la miseria, hasta sus parientes renegarán de él!.

Y no sabiendo qué hacer, dominado por tristes pensamientos, salí del khan para pasear un poco, y llegué a la plaza de Bain Al-Kasrain, cerca de la puerta de Zauilat. Allí vi un gentío enorme que llenaba toda la plaza, por ser día de fiesta y de feria. Me confundí entre la muchedumbre, y por decreto del Destino hallé a mi lado un jinete muy bien vestido. Y como la gente aumentaba, me apretujaron contra él, y precisamente mi mano sé encontró pegada a su bolsillo; y noté que el bolsillo contenía un paquetito redondo. Entonces metí rápidamente la mano y saqué el paquetito; pero no tuve bastante destreza para que él no lo notase. Porque el jinete comprobó por la disminución de peso que le habían vaciado el bolsillo. Volvióse iracundo, blandiendo la maza de armas, y me asestó un golpazo en la cabeza. Caí al suelo, y me rodeó un coro de personas, algunas de las cuales impidieron que se repitiera la agresión cogiendo al caballo de la brida y diciendo al jinete: «¿No te da vergüenza aprovecharte de las apreturas para pegar a un hombre indefenso?» Pero él dijo: «¡Sabed todos que ese individuo es un ladrón!».

En aquel momento volví en mí del desmayo en que me encontraba, y oí que la gente decía: «¡No puede ser!. Esté joven tiene sobrada distinción para dedicarse al robo:» Y todos discutían sí yo habría o no robado, y cada vez era mayor la disputa. Hube de verme al fin arrastrado, por la muchedumbre, y quizá habría podido escapar de aquel jinete, que no quería soltarme, cuando por decreto del Destido, acertaron a pasar por allí el walí y su guardia, que atravesando la puerta de Zauilat, se aproximaron al grupo en que nos encontrábamos: Y el walí preguntó: «¿Qué es lo. que pasa?» Y contestó el jinete: ¡Por Alah! ¡Oh Emir! He aquí a un ladrón. Llevaba yo un bolsillo azul con veinte dinares de oro, y entre las apreturas ha encontrado manera de quitármelo.» Y el walí preguntó al jinete: «¿Tienes algún testigo?» Y el jinete contestó: «No tengo ninguno.» Entonces el walí llamó al mokadem, jefe de policía, y le dijo: «Apodérate de ese hombre y regístralo,»-Y el mokaden me echó mano, porque ya no me protegía Alah, y me despojó de toda la ropa, acabando por encontrar el bolsillo, que era efectivamente de seda azul. El walí lo cogió y contó el dinero, resultando que contenía exactamente los veinte dinares de oro, según el jinete había afirmado.

Entonces el walí llamó a sus guardias, y les dijo: -Traed acá a ese hombre.» Y me pusieron en sus manos, y me dijo: «Es necesario declarar la verdad. Dime si confiesas haber robado este bolsillo.» Y yo, avergonzado, bajé la cabeza y reflexioné un momento, diciendo entre mí: «Si digo que no he sido yo, no me creerán, pues acaban de encontrarme el bolsillo encima, y si digo que lo he robado me pierdo.» Pero acabé por decidirme, y contesté: «Sí, lo he robado».

Al verme quedó sorprendido el walí, y llamó a los testigos para que oyesen mis palabras, mandándome que las repitiese ante ellos. Y ocurría todo aquello en la Bab-Zauilat.

`El walí mandó entonces al portaalfanje que me cortase la mano, según la ley contra los ladrones. Y el portaalfanje me cortó inmediatamente la mano derecha. Y el jinete se compadeció de mí e intercedió con el walí para que no me cortasen la otra mano. Y el walí le concedió esa gracia y se alejó. Y la gente me tuvo lástima, y me dieron un vaso de vino para infundirme aliento, pues había perdido mucha sangre, y me hallaba muy débil. En cuanto al jinete, se acercó a mí, me alargó el bolsillo y me lo puso en la mano, diciendo: «Eres un joven bien educado y no se hizo para ti el oficio de ladrón:» Y dicho esto se alejó, después de haberme obligado a aceptar el bolsillo. Y yo me marché también, envolviéndome el brazo con un pañuelo y tapándolo con la manga del ropón. Y me había quedado muy pálido y muy triste a consecuencia de lo ocurrido.

Sin darme cuenta, me fui hacia la casa de mi amiga. Y al llegar, me tendí extenuado en el lecho Pero ella, al ver mi palidez y mi decaimiento, me dijo: «¿Qué te pasa? ¿Cómo estás tan pálido?» Y yo contesté: «Me duele mucho la cabeza; no me encuentro bien.» Entonces, muy entristecida, me dijo; «¡Oh dueño mío, no me abrases el corazón! Levanta un poco la cabeza hacia mí, te lo ruego, ¡ojo de mi vida! y dime lo que te ha ocurrido. ‘Porque adivino en tu rostro muchas cosas.» Pero yo le dije: «¡Por favor! Ahórrame la pena de contestarte.» Y ella, echándose a llorar, replicó: «¡Ya veo que te cansaste de mí, pues no estás conmigo, como de costumbre!» Y derramó abundantes lágrimas mezcladas con suspiros, y de cuando en cuando interrumpía sus lamentos para dirigirme preguntas, que quedaban sin respuesta; y así estuvimos hasta la noche. Entonces nos trajeron de comer y nos presentaron los manjares, como solían. Pero yo me guardé bien de aceptar, pues me habría avergonzado coger los alimentos con la mano izquierda, y temía que me preguntase el motivo de ello. Y por tanto, exclamé: «No tengo ningún apetito ahora.» Y ella dijo: «Ya ves como tenía razón. Entérame de lo que te ha pasado, y por qué estás tan afligido y con luto en el alma y en el corazón.» Entonces acabé por decirle: «Te lo contaré todo, pero poco a poco, por partes.» Y ella, alargándome una copa de vino, repuso: «¡Vamos, hijo mío! Déjate de pensamientos tristes. Con esto se cura la melancolía. Bebe este vino, y confíame la causa de tus penas.» Y yo le dije: «Si te empeñas, dame tú misma de beber con tu mano.» Y ella acercó la copa a mis labios, inclinándola con suavidad, y me dio de beber. Despues la llenó de nuevo, y me la acercó otra vez. Hice un esfuerzo, tendí la mano izquierda y cogí la copa. Pero no pude contener las lágrimas y rompí a llorar.

Y cuando ella me vio llorar, tampoco pudo contenerse, me cogió la cabeza con ambas manos, y dijo, ¡Oh, por favor! ¡Dime el motivo de tu llanto! ¡Me estás abrasando el corazón! ¡Dime también por qué tomaste la copa con la mano izquierda.» Y yo le contesté: «Tengo un tumor en la derecha.» Y ella replicó: «Enséñamelo; lo sajaremos, y te aliviarás.» Y yo respondí: «No es el momento oportuno para tal operación. No insistas, porque estoy resuelto a no sacar la mano.» Vacié por completo la copa, y seguí bebiendo cada vez que ella me la ofrecía, hasta que me poseyó la embriaguez, madre del olvido. Y tendiéndome en el mismo sitio en que me hallaba, me dormí.

Al día siguiente, cuando me desperté, vi que me había preparado el almuerzo: cuatro pollos cocidos, caldo de gallina y vino abundante. De todo me ofreció, y comí y bebí, y después quise despedirme y marcharme. Pero ella me dijo: «‘¿Adónde piensas ir?» Y yo contesté: «A cualquier sitio en que pueda distraerme y olvidar las penas que me oprimen el corazón.» Y ella me dijo: «¡Oh, no te vayas! ¡Quédate un poco más!» Y yo me senté, y ella me dirigió una intensa mirada, y me dijo: «Ojo de mi vida, ¿qué locura te aqueja? Por mi amor te has arruinado. Además, adivino que tengo también la_ culpa de que hayas perdido la mano derecha. Tu sueño me ha hecho descubrir tu desgracia. Pero ¡por Alah! jamás me separaré de ti. Y quiero casarme contigo legalmente.»

Y mandó llamar a los testigos, y les dijo: «Sed testigos de mi casamiento con este joven. Vais a redactar el contrato de matrimonio, haciendo constar que me ha entregado la dote.»

Y los testigos redactaron nuestro contrato de matrimonio. Y ella les dijo: «Sed testigos asimismo de que todas las riquezas que me pertenecen, y que están en esa arca que veis, así como cuanto poseo, es desde ahora propiedad de este joven. Y los testigos lo hicieron constar, y levantaron acta de su declaración, así como de que yo aceptaba, y se fueron después de haber cobrado sus honorarios.

Entonces la joven me cogió de la mano, y me llevó frente a un armario, lo abrió y me enseñó un gran cajón, que abrió también y me dijo: «Mira lo que hay en esa caja.» Y al examinarla, vi que estaba llena de pañuelos, cada uno de los cuales formaba un paquetito. Y me dijo: «Todo esto son los bienes que durante el transcurso del tiempo fui aceptando de ti. Cada vez que me dabas un pañuelo con cincuenta dinares de oro, tenía yo buen cuidado de guardarlo muy oculto en esa caja. Ahora recobra lo tuyo. Alah te lo tenía reservado y lo había escrito en tu Destino. Hoy te protege Alah, y me eligió para realizar lo que él había escrito. Pero por causa mía perdiste la mano derecha, y no puedo corresponder como es debido a tu amor ni a tu adhesión a mi persona, pues no bastaría aunque para ello sacrificase mi alma.» Y añadió: «Toma posesión de tus bienes.» Y yo mandé fabricar una nueva caja, en la cual metí uno por uno los paquetes que iba sacando del armario de la joven.

Me levanté entonces y la estreché en mis brazos. Y siguió diciéndome las palabras más gratas y lamentando lo poco que podía hacer por mí en comparación de lo que yo había hecho por ella. Después, queriendo colmar cuanto había hecho, se levantó e inscribió a mi nombre todas las alhajas y ropas de lujo que poseía, así como sus valores, terrenos y fincas, certificándolo con su sello y ante testigos.

Y aquella noche, se durmió muy entristecida por la desgracia que me había ocurrido por su causa.

Y desde aquel momento no dejó de lamentarse y afligirse de tal modo, que al cabo de un mes se apoderó de ella un decaimiento, que se fue acentuando y se agravó, hasta el punto de que murió a los cincuenta días.

Entonces dispuse todos los preparativos de los funerales, y yo mismo la deposité en la sepultura y mandé verificar cuantas ceremonias preceden al entierro. Al regresar del cementerio entré en la casa y examiné todos sus legados y donaciones, y vi que entre otras cosas me había dejado grandes almacenes llenos de sésamo. Precisamente de este sésamo cuya venta te encargué, ¡oh mi señor! por lo cual te aviniste a aceptar un escaso corretaje, muy inferior a tus méritos.

Y esos viajes que he realizado y que te asombraban eran indispensables para liquidar cuanto ella me ha dejado, y ahora mismo acabo de cobrar todo el dinero y arreglar otras cosas.

Te ruego, pues, que no rechaces la gratificación que quiero ofrecerte, ¡oh tú que me das hospitalidad en tu casa y me invitas a compartir tus manjares! Me harás un favor aceptando todo el dinero que has guardado y que cobraste por la venta del sésamo.

Y tal es mi historia y la causa de que coma siempre con la mano izquierda.»

Entonces, yo, ¡oh poderoso rey! dije, al joven: «En verdad que me colmas de favores y beneficios» Y me contestó: «Eso no vale nada. ¿Quieres ahora, ¡oh excelente corredor! acompañarme a mi tierra, que, como sabes, es Bagdad? Acabo de hacer importantes compras de géneros en El Cairo, y pienso venderlos con mucha ganancia en Bagdad: ¿Quieres ser mi compañero de viaje y mi socio en las ganancias?» Y contesté: «Pongo tus deseos sobre mis ojos.» Y determinamos partir a fin del mes.

Mientras tanto, me ocupé en vender sin pérdida ninguna todo lo que poseía, y con el dinero que aquello me produjo compré también muchos géneros. Y partí con el joven hacia Bagdad; y desde allí después de obtener ganancias cuantiosas y comprar otras mercancías, nos encaminamos a este país que gobiernas, ¡oh rey de los siglos!.

Y el joven vendió aquí todos sus géneros y ha marchado de nuevo a Egipto, y me disponía a reunirme con él, cuando me ha ocurrido esta aventura con el jorobado, debida a mi desconocimiento del país, pues soy un extranjero , que viaja para realizar sus negocios.

Tal es, ¡oh rey de los siglos! la historia, que juzgo más extraordinaria que la del jorobado.»

Pero el rey, contestó: «Pues a mi no me lo parece. Y voy a mandar que os ahorquen a todos, para que paguéis el crimen cometido en la persona de mi bufón, este pobre jorobado a quien matasteis.»

En este momento de su narración, Shahrazade vio aparecer la mañana; y se calló discretamente.

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Las Mil y Una Noches:Historia del Jorobado

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Historia del Jorobado con el Sastre, el Corredor Nazareno, el Intendente y el Médico Judío; lo que de ello resulte y sus aventuras sucesivamente referidas.

Entonces Shahrazade dijo al rey Schahriyar:

«He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de las edades y de los siglos, hubo en una ciudad de la China un hombre que era sastre y estaba muy satisfecho de su condición. Amaba las distracciones apacibles y tranquilas y de cuando en cuando acostumbraba a salir con su mujer, para pasearse y recrear la vista con el espectáculo de las calles y los jardines. Pero cierto día que ambos habían pasado fuera de casa, al regresar a ella, al anochecer, encontraron en el camino a un jorobado de tan grotesca facha, que era antídoto de toda melancolía y haría reír al hombre más triste, disipando todo pesar y toda aflicción. Inmediatamente se le acercaron el sastre y su mujer, divirtiéndose tanto con sus chanzas, que le convidaron a pasar la noche en su compañía. El jorobado hubo de responder a esta oferta como era debido, uniéndose a ellos, y llegaron juntos a la casa. Entonces el sastre se apartó un momento para ir al zoco antes de que los comerciantes cerrasen sus tiendas, pues quería comprar provisiones con que obsequiar al huésped. Compró pescado frito, pan fresco, limones, y un gran pedazo de halaua para postre. Después volvió, puso todas estas cosas delante del jorobado, y todos se sentaron a comer.

Mientras comían alegremente, la mujer del sastre tomó con los dedos un gran trozo de pescado y lo metió por broma todo entero en la boca del jorobado, tapándosela con la mano para que no escupiera el pedazo, y dijo: «¡Por Alah! Tienes que tragarte ese bocado de una vez sin remedio, o si no, no te suelto.»

Entonces, el jorobado, tras de muchos esfuerzos, acabó por tragarse el pedazo entero. Pero desgraciadamente para él, había decretado el Destino que en aquel bocado hubiese una enorme espina. Y esta espina se le atravesó en la garganta ocasionándole en el acto la muerte.

Al llegar a este punto de su relato, vio Shahrazade, hija del visir, que se acercaba la mañana, y con su habitual discreción no quiso proseguir la historia, para no abusar del permiso concedido por el rey Schahriar.

Entonces, su hermana la joven Dunyazad, le dijo: «¡Oh hermana mía! ¡Cuán gentiles, cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras!» Y Shahrazade respondió: «¿Pues qué dirás la noche próxima, cuando oigas la continuacion, si es que vivo aún, porque así lo disponga la voluntad de este rey lleno de buenas maneras y de cortesía?»

Y el rey Schahriyar dijo para sí: «¡Por Alah! No la mataré hasta no oír lo que falta de esta historia, que es muy sorprendente.»

Después el rey Schahriyar acogió a Shahrazade entré sus brazos hasta que llegó la mañana. Entonces el rey se levantó y se fue a la sala de justicia. Y en seguida entró el visir, y entraron asimismo los emires, los chambelanes y los guardias, y el diván se llenó de gente. Y el rey empezó a juzgar y a despachar asuntos, dando un cargo a éste, destituyendo a aquel, sentenciando en los pleitos pendientes, y ocupando su tiempo de este modo hasta acabar el día. Terminadó el diván, el rey volvió a sus aposentos y fue en busca de Shahrazade.

Y cuando llegó la noche 25…

Dunyazad dijo a Shabrazade: «¡Oh hermana mía! Te ruego que nos cuentes la continuación de esa historia del jorobado, con el sastre y su mujer.» Y Shahrazade repuso: «¡De todo corazón y como debido homenaje! Pero no sé si lo consentirá el rey.» Entonces el rey se apresuró a decir: «Puedes contarla.» Y Shahrazade dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el sastre vio morir de aquella manera al jorobado, exclamó: «¡Sólo Alah él Altísimo y Omnipotente posee la fuerza y el poder! ¡Qué desdicha que este pobre hombre haya venido a morir precisamente entre nuestras manos!» Pero la mujer replicó: «¿Y qué piensas hacer ahora? ¿No conoces estos versos del poeta?

¡Oh alma mía! ¿por qué te sumerges en lo absurdo hasta enfermar? ¿Por qué te preocupas con aquello que te acareará la pena y la zozobra?

¿No temes al fuego, puesto que vas a sentarte en él? ¿No sabes que quien se acerca al fuego se expone a abrasarse?.

Entonces su marido le dijo: «No sé, en verdad, qué hacer.» Y la mujer respondió: «Levántate, que entre los dos lo llevaremos, tapándole con una colcha de seda, y lo sacaremos ahora mismo de, aquí, yendo tú detrás y yo delante. Y por todo el camino irás diciendo en alta voz: «¡Es mi hijo, y ésta es su madre! Vamos buscando a un médico que lo cure. ¿En dónde hay un médico?»

Al oír el sastre estas palabras se levantó, cogió al jorobado en brazos, y salió de la casa en seguimiento de su esposa. Y la mujer empezó a clamar: «¡Oh mi pobre hijo! ¿Podremos verte sano y salvo? ¡Dime! ¿Sufres mucho? ¡Oh maldita viruela! ¿En qué parte del cuerpo te ha brotado la erupción?» Y al oírlos, decían los transeúntes: «Son un padre y una madre que llevan a un niño enfermo de viruelas.» Y se apresuraban a alejarse.

Y así siguieron andando el sastre y su mujer, preguntando por la casa de un médico, hasta que los llevaron a la de un médico judío. Llamaron entonces, y en seguida bajó una negra, abrió la puerta, y vio a aquel hombre que llevaba un niño en brazos, y a la madre que lo acompañaba. Y ésta le dijo: «Traemos un niño para que lo vea el médico. Toma este dinero, un cuarto de dinar, y dáselo adelantado a tu amo, rogándole que baje a ver al niño, porque está muy enfermo.»

Volvió a subir entonces la criada, y en seguida la mujer del sastre traspuso el umbral de la casa, hizo entrar a su marido, y le dijo: «Deja en seguida ahí el cadáver del jorobado. Y vámonos a escape.» Y el sastre soltó el cadáver del jorobado, dejándolo arrimado al muro, sobre un peldaño de la escalera, y se apresuró a marcharse, seguido por su mujer.

En cuanto a la negra, entró en casa de su amo el médico judío, y le dijo: «Ahí abajo queda un enfermo, acompañado de un hombre y una mujer, que me han dado para ti este cuarto de dinar para que recetes algo que le alivie. Y cuando el médico judío vio el cuarto de dinar, se alegró mucho y se apresuró a levantarse; pero con la prisa no se acordó de coger una luz para bajar. Y por esto tropezó con el jorobado, derribándole. Y muy asustado, al ver rodar a un hombre, le examinó en seguida,. y al comprobar que estaba muerto, se creyó causante de su muerte. Y gritó entonces: «¡Oh Señor! ¡Oh Alah justiciero! Por las diez palabras santas!» Y siguió invocando a Harún, a Yuschah, hijo de Nun, y a los demás. Y dijo: «He aquí que acabo de tropezar con este enfermo, y le he tirado rodando por la escalera. Pero ¿cómo salgo yo ahora de casa con un cadáver?» De todos modos, acabó por cogerlo y llevarlo desde el patio a su habitación, donde lo mostró a su mujer, contando todo lo ocurrido. Y ella exclamó aterrorizada: «¡No, aquí no lo podemos tener! ¡Sácalo de casa cuanto antes! Como continúe con nosotros hasta la salida del sol, estamos perdidos sin remedio. Vamos a llevarlo entre los dos a la azotea y desde allí lo echaremos a la casa de nuestro vecino el musulmán. Ya sabes que nuestro vecino es el intendente proveedor de la cocina del rey, y su casa está infestada de ratas, perros y gatos, que bajan por la azotea para comerse las provisiones de aceite, manteca y harina. Por tanto, esos bichos no dejarán de comerse este cadáver, y lo harán desaparecer.»

Entonces el médico judío y su mujer cogieron al jorobado y lo llevaron a la azotea, y desde allí lo hicieron descender pausadamente hasta la casa del mayordomo, dejándolo de pie contra la pared de la cocina. Después se, alejaron, descendiendo a su casa tranquilamente.

Pero haría pocos momentos que el jorobado se hallaba arrimado contra la pared, cuando el intendente, que estaba ausente, regresó a su casa, abrió la puerta, encendió una vela, y entró. Y encontró a un hijo de Adán de pie en un rincón: junto a la pared de la cocina. Y el intendente, sorprendidísimo, exclamó: «¿Qué es eso? ¡Por Alah! He aquí, que el ladrón que acostumbraba a robar mis provisiones no era un bicho, sino un ser humano. Este es el que me roba la carne y la manteca, a pesar de que las guardo cuidadosamente por temor a los gatos y a los perros. Bien inútil habría sido matar a todos los perros y gatos del barrio, como pensé hacer puesto que este individuo es el que bajaba por la azotea.» Y en seguida agarró el intendente una enorme estaca,, yéndose para el hombre, y le dio de garrotazos, y aunque le vio caer, le siguió apaleando. Pero como el, hombre no se movía, el intendente advirtió que estaba muerto, y entonces dijo desolado: «¡Sólo Alah el Altísimo y Omnipotente posee la fuerza y el poder!» Y después añadió: «¡Malditas sean la manteca y la carne, y maldita esta noche! Se necesita tener toda la mala suerte que yo tengo para haber matado así a este hombre. Y no sé qué hacer con él.» Después lo miró con mayor atención, comprobando que era jorobado. Y le dijo: «¿No te basta con ser jorobeta? ¿Querías también ser ladrón y robarme la carne y la manteca de mis provisiones? ¡Oh Dios protector, ampárame con el velo de tu poder!» Y como la noche se acababa, el intendente se echó a cuestas al jorobado, salió de su casa anduvo cargado con él, hasta que llegó a la entrada del zoco. Paróse entonces, colocó de pie al jorobado junto a una tienda, en la esquina de una bocacalle, y se fue.

Y al poco tiempo de estar allí el cadáver del jorobado, acertó a pasar un nazareno. Era el corredor de comercio del sultán. Y aquella noche estaba beodo. Y en tal estado iba al hammam a bañarse. Su borrachera le incitaba a las cosas más curiosas, y se decía: «¡Vamos, que eres casi como el Mesías!» Y marchaba haciendo eses y tambaleándose, y acabó por llegar adonde estaba el jorobado. Pero de pronto vio al jorobado delante de él, apoyado contra la pared. Y al encontrarse con aquel hombre, que seguía inmóvil, se le figuró que era un ladrón y que acaso fuese, quien le había robado el turbante, pues el corredor nazareno iba sin nada a la cabeza. Entonces se abalanzó contra aquel hombre, y le dio un golpe tan violento en la nuca que lo hizo caer al suelo. Y en seguida empezó a dar gritos llamando al guarda del zoco. Y con la excitación de su embriaguez, siguió golpeando al jorobado y quiso estrangularlo, apretóndole la garganta con ambas manos. En este momento llegó el guarda del zoco y vio al nazareno encima del musulmán, dándole golpes y a punto de ahogarlo. Y el guarda dijo:

¡Deja a ese hombre y levántate!», Y el cristiano se levantó. Entonces el guarda del zoco se acercó al jorobado, que se hallaba tendido en el suelo, lo examinó, y vio que estaba muerto. Y gritó entonces: «¿Cuándo se ha visto que un nazareno tenga la audacia de golpear a un musulmán y matarlo? Y el guarda se apoderó del nazareno, le ató las manos a la espalda y le llevó a casa del walí. Y el nazareno, se lamentaba y decía: «¡Oh Mesías, oh Virgen! ¿Cómo habré podido matar a ese hombre? ¡Y qué pronta ha muerto, sólo de un puñetazo! Se me pasó la borrachera, y ahora viene la reflexión.»

Llegados a casa del walí, el nazareno y el cadáver del jorobado quedaron encerrados toda la noche, hasta que él walí se despertó por la mañana. Entonces el walí interrogó al nazareno, que no pudo negar los hechos referirlos por el guarda, del zoco. Y el walí no pudo hacer otra cosa que condenar a muerte a aquel, nazareno que había matado a un musulmán. Y ordenó que el portaalfanje pregonara por toda la ciudad la sentencia de muerte del corredor nazareno. Luego mandó que levantasen la horca y se llevasen a ella al sentenciado.

Entonces se acercó el portaalfanje y preparó la cuerda, hizo el nudo corredizo, se lo pasó al nazareno por el cuello, y ya iba a tirar de él, cuando de pronto el proveedor del sultán hendió la muchedumbre y abriéndose camino hasta el nazareno, que estaba de pie junto a la horca, dijo al portaalfanje: «¡Detente! ¡Yo soy quien ha matado a ese hombre!» Entonces el walí le preguntó: «¿Y por qué le mataste?» Y el intendente dijo: «Vas a saberlo. Esta noche, al entrar en mi casa, advertí que se había metido en ella descolgándose por la terraza, para robarme las provisiones. Y le di un golpe en el pecho con un palo, y en seguida le vi caer muerto. Entonces le cogí a cuestas y le traje al zoco, dejándole de pie arrimado contra una tienda en tal sitio y en tal esquina. Y he aquí que ahora, con mi silencio iba a ser causa de que matasen a este nazareno, después de haber sido yo quien mató a un musulmán. ¡A mí, pues, hay que ahorcarme!»

Cuando el walí hubo oído las palabras del proveedor, dispuso que soltasen al nazareno, y dijo al portaalfanje: «Ahora mismo ahorcarás a este hombre, que acaba de confesar su delito.»

Entonces el portaalfanje cogió la cuerda que había pasado por el cuello del cristiano y rodeó con ella el cuello del proveedor, lo llevó juntó al patíbulo, y lo iba a levantar en el aire, cuando de pronta el médico judío atravesó la muchedumbre, y dijo a voces al portaalfanje: «¡Aguarda! ¡El única culpable soy yo!» Y después contó así la cosa: «Sabed todos que este hombre me vino a buscar para consultarme, a fin de que lo curara. Y cuando yo bajaba la escalera para verle, como era de noche, tropecé, con él y rodó hasta lo último de la escalera, convirtiéndose en un cuerpo sin alma. De modo que no deben matar al proveedor, sino a mí solamente. Entonces el walí dispuso la muerte del médico judío. Y el portaalfanje quitó la cuerda del cuello del proveedor y la echó al cuello del médico judío, cuando se vio llegar al sastre, que, atropellando a todo el mundo, dijo: «¡Detente! Yo soy quien lo maté. Y he aquí lo que ocurrió. Salí ayer de paseo y regresaba a mi casa al anochecer. En el camino encontré a este jorobado, que estaba borracho y muy divertido, pues llevaba en la mano una pandereta y se acompañaba con ella cantando de una manera chistosísima. Me detuve para contemplarle y divertirme, y tanto me regocijó, que lo convidé a comer en mi casa. Y compré pescado entre otras cosas„ y, cuando estábamos comiendo, tomó mi mujer un trozo de pescado, que colocó en otro de pan, y se lo metió todo en la boca a este hombre y el bocado le ahogó, muriendo en el acto. Entonces lo cogimos entre mi mujer y yo y lo llevamos a casa del médico judío. Bajó a abrimos una negra, y yo le dije lo que le dije. Después le di un cuarto de dinar para su amo. Y mientras ella subía, agarré en seguida al jorobado y lo puse de pie contra el muro de la escalera, y yo y mi mujer nos fuimos rápidamente. Entretanto, bajó el médico judío para ver al enfermo; pero tropezó con el jorobado, que cayó en tierra, y el judío creyó que lo había matado él.»

Y en este momento, el sastre se volvió hacia el médico judío y le dijo: ¿No fue así?» El médico repuso: «¡Esa es la verdad!» Entonces, el sastre, dirigiéndose al walí, exclamó: ¡Hay, pues, que soltar al judío y ahorcarme a mí!»

El walí, prodigiosamente asombrado, dijo entonces: «En verdad que esta historia merece escribirse en los anales y en los libros.» Después mandó al portaalfanje que soltase al judío y ahorcase al sastre, que se había declarado culpable. Entonces el portaalfanje llevó al sastre junto a la horca, le echó la soga al cuello, y dijo: «¡Esta vez va de veras! ¡Ya no habrá ningún otro cambio!» Y agarró la cuerda.

¡He aquí todo, por el momento! En cuanto al jorobado, no era otro que el bufón del sultán, que ni una hora podía separarse de él. Y el jorobado, después de emborracharse aquella noche, se escapó de palacio, permaneciendo ausente toda la noche. Y al otro día, cuando el sultán preguntó por él, le dijeron: ¡Oh señor, el walí te dirá que el jorobado ha muerto, y que su matador iba a ser ahorcado!, Por eso el walí había mandado ahorcar al matador, y el verdugo se preparaba a ejecutarle; pero entonces se presentó un segundo individuo, y luego un tercero, diciendo todos: «¡Yo soy el único que ha matado al jorobado!» «Y cada cual contó al walí la causa de la muerte.»

Y el sultán, sin querer escuchar más, llamó a un chambelán y le dijo: «Baja en seguida en busca, del walí y ordénale que, traiga a toda esa gente que está junto a la horca.»

Y el chambelán bajó, y llegó junto al patíbulo, precisamente cuando el verdugo iba a éjecutar al sastre.» Y el chambelán gritó: «¡Detente!» Y en seguida le contó al walí que esta historia del jorobado había llegado a oídos del rey. Y se lo llevó, y se llevó también al sastre, al médico judío, al corredor nazareno y al proveedor, mandando transportar también el cuerpo del jorobado, y con todos ellos marchó en busca del sultán.

Cuando el walí se presentó entre las manos del rey; se inclinó, y besó la tierra, y refirió toda la historia del jorobado, con todos sus pormenores, desde el principio hasta el fin. Pero es inútil repetirla.

El sultán, al oir tal historia, se maravilló mucho y llegó al límite más extremo de la hilaridad. Después mandó a los escribas de palacio que escribieran esta historia con aguja de oro. Y luego preguntó a todos los presentes: «¿Habéis oído alguna vez historia semejante a la del jorobado?» Entonces el corredor nazareno avanzó un paso, besó la tierra entre las manos del rey, y dijo: «¡Oh rey de los siglos y del tiempo! Sé una historia mucho más asombrosa que nuestra aventura con el jorobado. La referiré, si me das tu venia, por que es mucho más sorprendente, más extraña y más deliciosa que la del jorobado.»

Y dijo el rey: «¡Ciertamente! Desembucha lo que hayas de decir para que lo oigamos!».

Entonces, el corredor nazareno dijo…

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