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La estrecha relación de Borges con el cuento árabe

… El fino olor del té, el olor del sándalo.
Las mezquitas de Córdoba y del Aska
Y el tigre, delicado como el nardo.
Tal es mi Oriente. Es el jardín que tengo
Para que tu memoria no me ahogue.

Borges, «El Oriente», La rosa profunda

El Oriente de Borges es amplio y variopinto como sugieren estos versos -los últimos de una enumeración de treinta y seis líneas- . Incluye a China y a Japón, con sus respectivas religiones, literaturas, costumbres, ideologías; coloca en lugar destacado a Persia, sus ciudades mitológicas y sus poetas profundos. Pero el término Oriente designa fundamentalmente, en el atlas literario del argentino, a la cultura árabe. Algunos contemporáneos reprocharon a Borges su afición por lo exótico tempranamente, ya tras la publicación de su primer experimento narrativo: Historia universal de la infamia ( 1935) contenía en efecto, entre imposturas y verdades, dos relatos versionados de Las mil y una Noches«La cámara de las estatuas» e «Historia de los dos que soñaron»-, una historia ambientada en el Sudán musulmán -al parecer extraída de The Lake Regions of Equatorial Africa, del arabista R.F. Burton– y otra titulada «Un doble de Mahoma» inspirada en una reflexión de Swedenborg.

Las obras posteriores -poesía, narrativa o ensayo- no harán más que confirmar esta preferencia. A partir de entonces Borges localizará sus relatos en Babilonia, Babel, Alejandría, Alhambra, los encabezará con citas de Alcorán y aprovechará las posibilidades literarias de nombres como Averroes, Almotásim, Abenjacán el Bojarí, Abulcasim el Hadramí, Omar Kayyán … Ningún tema será sin embargo tan recurrente a lo largo de toda su producción corno la fascinación por las mil y una noches. Borges conoce tan profundamente la colección de cuentos árabes que, además de utilizar sus aventuras como fuente de inspiración para relatos propios, se decide en sus últimos años a pronunciar una conferencia sobre la obra, recogida luego entre los ensayos de Siete noches ( 1980). Aquí resume las ideas que acerca de él ha ido desgranando por sus textos a lo largo de cuarenta y cinco años: su origen tal vez indio, tal vez persa, la diferente pericia de sus traductores europeos, el acierto rotundo del árabe anónimo que añadió una más a «Las mil noches» del título original, introduciendo la sugerencia de lo interminable:

En el título de Las mil y una noches hay algo muy importante: la sugestión de un libro infinito. Virtualmente, lo es. Los árabes dicen que nadie puede leer Las mil y una noches hasta el fin. No por razones de tedio: se siente que el libro es infinito.

Tengo en casa los diecisiete volúmenes de la versión de Burton. Sé que nunca los habré leído todos pero sé que ahí están las noches esperándome; que mi vida puede ser desdichada pero ahí estarán los diecisiete volúmenes; ahí estará esa especie de eternidad de Las mil y una Noches del Oriente. (Vol. III, pág. 237).

Son numerosas las razones que justifican tal preferencia; enumeraremos sólo las más evidentes. La primera de ellas pudiera ser estrictamente literaria: para quien se mantuvo firme desde los años vanguardistas en el repudio del psicologismo, los cuentos árabes fueron un modelo, un ejemplo perfecto de narración pura. Este es el contexto que permite explicar las declaraciones de Borges en el prólogo a El Informe de Brodie (1970):

He intentado, no sé con que fortuna, la redacción de cuentos directos. No me atrevo a afirmar que son sencillos; no hay en la tierra una sola página, una sola palabra, que lo sea, ya que todas postulan el universo, cuyo más notorio atributo es la complejidad … Mis cuentos, como los de las Mil y Una Noches, quieren distraer y conmover y no persuadir.
(Vol. II, pág.399).

Sin duda Borges fracasa en este intento: si es cierto que sus cuentos no son sencillos, también lo es que no son directos, como la paciente crítica que se dedica a su exégesis puede confirmar. Y es que el argentino, prototipo del poeta-filósofo, hubiera preferido ser -no se cansa de repetirlo- un rapsoda épico o uno de los confabulatores nocturni que recitaban de noche aquellos mil y un cuentos, a quienes Borges dedica por cierto una breve prosa del libro Historia de la noche:

Balkh Nishapur, Alejandría: no importa el nombre. Podemos imaginar un zoco, una taberna, un patio de altos miradores velados, un río que ha repetido los rostros de las generaciones. Podemos imaginar asimismo un jardín polvoriento, porque el desierto no está lejos. Se ha formado una rueda y un hombre habla … No sabe (nunca lo sabrá) que es nuestro bienhechor. Cree hablar para unos pocos y unas monedas y en un perdido ayer entreteje el Libro de las Mil y Una Noches .
(«Alguien», Vol. III, pág. 171 ).

Este es el tipo de literato que Borges hubiera querido ser, tal como quisiera que a él hubiera correspondido la suerte de hallar primero esas tramas sorprendentes de lámparas, genios y palacios encantados. Así se explicaría otra tajante afirmación del escritor. Llegaba a lamentarse Borges de la dificultad que encuentra el novelista de aventuras contemporáneo para no incurrir en la mera repetición de los siete viajes de Simbad, compendio insuperable de la imaginación humana. También el relato de las aventuras de Aladino sirve de modelo para la preceptiva borgeana: la solidez de su construcción narrativa es lo que le permite relacionarla con la moderna novelística policíaca, a la que el argentino era tan efecto.

Por Carmen Espejo Cala

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Aladino y la lámpara maravillosa – Un cuento Chino

Un joven llamado Aladino no tenía más que frotar una vieja lámpara de aceite para que apareciera un genio todopoderoso y le concediera lo que pidiese. Es una de las tantas narraciones de Sherezade, que cada noche contaba un cuento para poder salvar la cabeza.

Un cuento de las Mil y Una Noches

Las mil y una noches es una antología de relatos fantásticos originados a partir del libro persa, (posiblemente con antecedentes en la India), Hazâr afsâna, (que significa Mil leyendas), por el traductor y literato árabe Abu Abd-Allah Muhammad el-Gahshigar. Este autor vivió en el siglo XI pero ya antes había otras recopilaciones parecidas, como la Alf Layla, (Mil noches), dos centurias anterior y que, a su vez, se basaba en el citado Hazâr afsâna. En Occidente conocemos la versión que tradujo el orientalista francés Antoine Galland, que vivió entre 1645 y 1715. Galland viajó por Oriente Medio y Asia, para la Compañía Francesa de las Indias Orientales, con el objetivo de reunir una colección de muestras diversas destinada al gabinete del ministro Colbert. Ello le permitió aprender numerosas lenguas exóticas y decidirse a empezar a traducir Las mil y una noches en 1704, si bien hay que destacar que no se trata de una transcripción literal y está adaptada a los gustos europeos de entonces: eliminando los pasajes más escandalosos, que contenían sexo o violencia extrema.

Obviando esas partes, era una obra muy apropiada para el público infantil y juvenil. De hecho, así se concibió durante mucho tiempo hasta que en el último cuarto del siglo XIX el célebre explorador y erudito Sir Richard Burton publicó su propia traducción, ésta completa y sin autocensura, que completó con una versión en inglés de otra pieza controvertida, El jardín perfumado. Como dato curioso cabe añadir que en España fue el escritor Vicente Blasco Ibáñez quien realizó la edición más importante.



Las mil y una noches está constituida por unos setenta cuentos que tienen como nexo común la narración que hace la valiente Sherezade, que cada jornada le cuenta al sultán un cuento que continuará a la siguiente, de manera que éste, ansioso por saber cómo sigue, nunca la decapita como es su costumbre tras pasar la noche con una mujer. En realidad la historia de Sherezade parece ser una incorporación posterior, en torno al siglo XV, pero se integra perfectamente en el relato conjunto y ya es inseparable de él. Algo parecido ocurrió con Aladino.

Manuscrito de las Mil y una noches

La Historia de Aladino obra de un Cristiano Maronita

Aladino no pertenecía a la recopilación original, sino que lo añadió Galland en el siglo XVIII tras oírselo contar a un cristiano maronita de Alepo llamado Youhenna Diab, alias Hanna, quien había acompañado a París a Paul Lucas, un naturalista, anticuario y médico francés que había viajado por varios países mediterráneos, (Grecia, Turquía, Egipto) ,en tres viajes que realizó a caballo entre los siglos XVII y XVIII. Galland transcribió la narración oral de Diab a finales de 1709 y la incluyó en los volúmenes IX y X que preparaba de Las mil y una noches, considerando que se ajustaba al espíritu de esa obra: genios, magos, exotismo, moraleja…

Aladino y su origen Árabe

Para aclarar algunas cuestiones, recordemos que Aladino vive sus aventuras en China, “un país del lejano Oriente”, esto no quiere decir que el cuento proviniera de allí; su origen es árabe y todos sus elementos así lo demuestran. Simplemente se localiza en el Lejano Oriente por ser un lugar remoto, tan misterioso y sugestivo como lo fue hasta hace poco.

El problema está en que no se conserva ninguna versión o fuente árabe medieval, si es que es tan antiguo. Sólo se han encontrado dos manuscritos de esa procedencia guardados en la Biblioteca Nacional de Francia, ambos dieciochescos; uno sería una copia de otro escrito en Bagdad y el segundo ni siquiera lo habría escrito un musulmán sino un sacerdote cristiano llamado Dionysios Shawish, también conocido como Dom Denis Chavis.



De hecho, el ambiente es musulmán, la religión también lo parece e incluso otros aspectos, como que aparezca un comerciante judío o al emperador se le llame sultán. Se ha interpretado, además, que el malvado brujo que se hace pasar por tío de Aladino, y que en el cuento procede del Magreb, sería de Marruecos, tierra que sería el otro extremo del mundo conocido en ese contexto islámico. Incluso el nombre del protagonista, al igual que los de otros personajes, tiene resonancias: ‘Alā ‘ad-Dīn, significa nobleza o gloria de la fe en árabe.

Antoine Galland

Galland había empezado su traducción de Historia de Aladino y la lámpara maravillosa de forma muy clara: “En la capital de un reino de la China, muy rico y muy vasto, cuyo nombre no acude ahora a mi memoria…”. En 1885 Burton también se decidió por esa ubicación: “Me ha llegado, oh Rey de la Era, que habitaba en una ciudad de las ciudades de China un hombre que era sastre, pobre y con un hijo, Alaeddin”. Hoy, con la potente influencia audiovisual del cine, (El ladrón de Bagdad, Aladdin), parece optarse por decir simplemente Lejano Oriente, sin concretar.

Con información de La Brújula Verde

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