Las lenguas están vivas y son dinámicas-Tautoponimia

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La tautoponimia es un curioso fenómeno lingüístico que se manifiesta cuando un topónimo repite el nombre del accidente geográfico que designa. También se consideran tautopónimos, aquellos topónimos en los que aparece cualquier otra forma de redundancia. Todo esto suena un poco extraño, pero estas formas geográficas de pleonasmo, ‒algunas realmente divertidas‒, son bastante más frecuentes de lo que cabría esperar. Revisemos la etimología del término para arrojar algo de luz sobre su significado.

La palabra tautología (en griego, ταυτολογία, «decir lo mismo»), comparte la raíz tauto-, que denota redundancia, con nuestro término. Toponimia, también proviene del griego y significa nombres (ὄνομα) de los lugares (τόπος) Pero, ¿por qué se dan estas reiteraciones? La aparición de los tautopónimos, como la de cualquier otro topónimo, está relacionada con los asentamientos y la movilidad poblacional. Aquello que no tenía nombre no existía. Por tanto, al descubrir o ganar tierras, se hacía necesario designar los elementos que conformaban el nuevo entorno: aldeas y núcleos urbanos, tierras aledañas y accidentes geográficos. Para ello, se emplearon varios métodos de formación de palabras. Uno de los más usuales, consistía en combinar nombres genéricos –como por ejemplo «montaña» o «bosque»‒, con adjetivos que señalasen alguna de las características más relevantes del accidente en cuestión. Así se pueden encontrar cientos de lugares llamados en cientos de idiomas «monte alto» o «río seco».


Pero las lenguas están vivas y son dinámicas, se encuentran en un perpetuo estado de evolución. Con el tiempo, los idiomas cambiaron o fueron sustituidos o asimilados a otros, como solía ser común tras una conquista. En este punto, podían darse varios casos. A veces, las designaciones topográficas eran sustituidas por otras procedentes de la nueva lengua dominante. En otras ocasiones, los topónimos se respetaban al menos parcialmente, a pesar de haber sufrido un proceso de deslexicalización ‒del que Valle-Inclán fue un maestro en su aplicación como recurso literario, hablando de todo un poco‒, y por el que quedaban vacíos de su originario significado. En España, contamos con varios casos de esta modalidad de tautopónimos.

La raíz semítica «guada-» ‒que deriva de wadi, palabra que designa en árabe el valle o el cauce por el que transita o transitó una corriente de agua‒ la encontramos en gran cantidad de nombres de ríos peninsulares. En el proceso que las corrientes historiográficas mayoritarias suelen denominar Reconquista, los cristianos se reencontraron con la belleza del río Guadalquivir, Al-wadi Al- Kabir «río o cauce grande» en árabe. Al añadir la palabra «río», éste se convertió en el «río río grande». Otro ejemplo de este tipo, sería el tautopónimo lago Michigan, ‒algo así como «lago gran lago»‒, procedente de la alteración francesa del término objiwe «mishigamaa». Ocurrió lo mismo cuando los exploradores europeos alcanzaron el río Paraguay en Sudamérica. Paraguay en guaraní significa «río grande»-, de manera que cuando se antepuso la palabra «río», dio lugar a otro «río río grande». Con el Guadiana, el proceso fue algo más complejo. Los romanos, lo conocían como el río Ana, concretamente Flumen Anas, «río de los patos». Tras la conquista árabe, la palabra «río» en latín fue sustituida por su equivalente en árabe. Posteriormente, los cristianos, añadieron el descriptivo en su lengua, por tanto, cuando decimos río Guadiana, estamos diciendo algo parecido a «río río Ana»

También se dan casos, en los que el nombre del accidente y el accidente en sí mismo, son coincidentes, dando lugar a un redundancia pura. Así, el lago Chad ‒por cierto, un lago menguante, ya casi testimonial, víctima de la desertización y las malas políticas en regadío e infraestructuras‒, viene a ser el «lago lago», pues tchad en kanuri, significa lago. Igual ocurre con el río Tyne, en Inglaterra, pues tin en la antigua lengua céltica que se hablaba en sus riberas, significa río, de modo que estaríamos ante el «río río». El desierto del Sáhara ‒por cierto, un desierto creciente, que cada año se extiende, allanando el camino al hambre y a la desolación‒ es el «desierto del desierto», pues «sáhara» es la transliteración de la palabra árabe (صحرا) para designar estas extensiones de tierra de gran aridez. Entre los tautopónimos de este clase, creo que el correspondiente al río Guadix, ocupa un lugar preferente. Además de la raíz «guada», cuenta con la terminación «-ix», que en la antigua lengua fenicia, significaba también río. Por tanto, río Guadix, podría ser traducido como «río río río» Pero el ganador de esta categoría, es Torpenhow Hill. La denominación de esta colina situada en el condado de Cumbria, en el norte de Inglaterra, cuenta con una cuádruple tautología. Torr en inglés antiguo, penn en galés, haug-r en danés y hill en inglés moderno, viene a significar lo mismo «colina, elevación del terreno» Cada pueblo que se hizo con el territorio en el que se encuentra Torpenhow Hill, fue añadiendo su propio descriptivo al término anterior para designar al accidente, dando lugar a la fantástica y requetetautológica, ‒perdón por el engendro archisilábico‒ «colina colina colina colina».


Otra fuente de curiosos tautopónimos, esta más reciente, son las malas traducciones modernas. A pesar de los intentos de la ONU de normalizar y estandarizar los nombres geográficos, no se ha conseguido solventar ciertos problemas. Las herramientas de traducción cada vez están más generalizadas, pero ofrecen traducciones poco cuidadas en las que a veces se incluyen los descriptores geográficos al final del nombre sin ninguna separación, a pesar de que dichos descriptores ya van implícitos en el propio topónimo. La información cartográfica digital es cada vez más abundante, lo cual es maravilloso. La cuestión es que no todas las fuentes son creíbles y muchas veces se ofrece información imprecisa o incorrecta. De un tiempo a esta parte, la urgente necesidad de adaptar los topónimos procedentes de lenguas con alfabetos no occidentales, llevó a generar transcripciones inadecuadas a lenguas europeas, sin contar con las particularidades de cada una de ellas. Son ejemplos de estos tautopónimos, los nombres de los lagos en ruso. Acaban en -ozero, terminación cuyo significado es «lago», de modo que no sería necesario anteponer descriptor alguno, aunque se hace, dando lugar a denominaciones tan eufónicas como redundantes. Así tenemos el ozero Topozero. Igual ocurre con los ríos chinos, que terminan en -jiang o con las montañas centroasiáticas que lo hacen en -shan.

Existen decenas de denominaciones tautopónimas diseminadas por todo el planeta. Os invito a recorrer estos lugares, aunque sea en un tour virtual etimológico-geográfico (aquí y aquí más ejemplos) Navegaréis por las aguas del Mississippi, del Loch Watten o del golfo de Botnia, podréis subir al peñón de Gibraltar, visitar el Dodecaneso y perderos en el mágico Val d’Aran. Coincidiréis conmigo en que la belleza de muchos de estos lugares es tal, que bien merece ser doble o triplemente alabada.

Por Iñaki Sánchez
Con información de:La Piedra de Sísifo


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Historia de Etiopía y las fuentes del Nilo Azul

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Nacimiento del Nilo Azul (mapa de 1650)

Acaba de pasar el punto álgido de la efeméride cervantina en la que, entre otros muchos datos, más de uno se habrá llevado la sorpresa de descubrir que el primer país que publicó el Quijote (después de España, se entiende) fue Inglaterra: traducción de Thomas Shelton, en 1620. Ese interés por nuestra literatura, que no tuvo correspondencia a la inversa en el caso de Shakespeare, por ejemplo, ha dado lugar a casos un tanto estrambóticos. Así, aunque sea a toro pasado, no me resisto a reseñar la relativamente reciente publicación de un libro al que se puede tildar de insólito, entre otros muchos adjetivos. Digo a toro pasado porque dicha publicación se hizo hace ahora un par de años y pasó bastante desapercibida a pesar de su importancia y del hecho asombroso, casi grotesco, de que el texto fuera escrito por un español hace la friolera de casi cuatrocientos años. En efecto, cuatro siglos pasaron y aquí nadie se acordó de él hasta ahora.





Me refiero a la excepcional Historia de Etiopía de Pedro Páez Jaramillo, redactada también por aquellos tiempos, muy poco después: en 1622. Si alguien se está preguntando cómo se le ocurrió a un español que vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII escribir algo tan raro, la respuesta es que se trataba de un misionero jesuita que recorrió de cabo a rabo aquellas latitudes africanas, los actuales países de Etiopía y Sudán, siendo el primer occidental en descubrir las fuentes del Nilo Azul. O sea, centuria y media antes de que lo hiciera el escocés James Bruce, que pasa por ser el descubridor oficial.

Sj Pedro Páez Jaramillo
Sj Pedro Páez Jaramillo

Páez era natural de la villa madrileña de Olmeda de las Cebollas, que desde 1953 se llama Olmeda de las Fuentes aunque, curiosamente, ello no tiene nada que ver con el nacimiento del Nilo sino con la cantidad de manantiales de la localidad. En 1582 ingresó en la Compañía de Jesús y fue destinado a la ciudad india de Goa, donde seis años más tarde fue ordenado sacerdote. Desde allí realizó su primer viaje a Etiopía, acompañado del padre Antonio de Montserrat, otro jesuita que había recorrido el sudoeste asiático. Recorrieron regiones jamás pisadas antes por ningún europeo pero terminaron engañados por un mercader, apresados y vendidos como esclavos a los turcos, pasando siete años de penoso cautiverio en galeras hasta que Felipe II gestionó el pago de su rescate.

Sj padre Antonio de Montserrat
Sj padre Antonio de Montserrat

Gravemente enfermos volvieron a Goa. Montserrat falleció pero Páez logró sobrevivir y tras ocho meses de convalecencia, se dio cuenta de que Etiopía había dejado huella en él, así que regresó en 1603, disfrazado de armenio. Esta vez tuvo más suerte y pudo quedarse sin problemas gracias a que, siguiendo la norma misionera jesuítica, aprendió el idioma y se empapó de la cultura autóctona. Así pudo trabar contacto y amistad no sólo con las gentes sino incluso con los emperadores mismos, Za Dengel y Susinios, a los que consiguió convencer para convertirse al catolicismo. Es más, se convirtió en consejero del segundo, acompañándole en varios viajes (en uno de ellos descubrió ese punto donde nace el Nilo Azul, momento que describió diciendo: “Confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver el rey Ciro, el gran Alejandro y Julio César”, y para el que hizo también de arquitecto e ingeniero, construyendo un palacio y una iglesia a orillas del lago Tana -donde están las fuentes-, así como varios puentes.

Páez estuvo diecinueve años en el país, pasó por Yemen (donde también terminó dominando su lengua, al igual que el árabe) y se convirtió en un erudito, experto en la historia y la cultura etíopes hasta el punto de poder escribir varios libros pedagógicos (un diccionario, un catecismo, una gramática…). Su obra magna, sin embargo, fue la sensacional Historia de Etiopía, para la que utilizó el portugués. Sensacional porque además no se dejó llevar por la imaginación, como era frecuente en aquellos tiempos, y procuró aplicar un criterio estrictamente científico.





Ese libro es un compendio de conocimientos empíricos sobre geografía, historia, fauna, flora, costumbres, creencias, arte y, en suma, todo lo referente a aquel rincón del mundo (extendiendo la descripción al sur de Arabia), aparte de su propia experiencia personal como misionero y explorador. Hasta nos dejó la primera alusión a una desconocida bebida llamada café. El manuscrito original, compuesto por cuatro tomos, se conserva en el archivo histórico de los jesuitas y tiene algo que lo hace aún más rara avis todavía: el hecho de que jamás se editara, permaneciendo inédito hasta que en una fecha tan cercana como 1945 las imprentas lo sacaron por primera vez. Y no fue en español sino en portugués.

Lago Tana  ©NASA en ©Wikimedia
Lago Tana  ©NASA en ©Wikimedia

Incomprensiblemente, para poder leer la Historia de Etiopía en nuestro idioma ha habido que esperar hasta hace un par de años, cuando se celebró el 450º aniversario del nacimiento de Páez y una editorial la puso en el mercado en dos volúmenes y con un mapa de 1650. El jesuita murió de malaria en 1622, nada más terminar el libro, y su cuerpo fue enterrado en aquella tierra sin que sepamos el punto exacto, probablemente en la ciudad de Górgora, que se asoma al Nilo Azul desde una colina. Un sitio perfecto para su descubridor, un hombre que, en palabras del escritor viajero Javier Reverte, “si fuera inglés sería tan conocido en el mundo como Livingstone”.

Por Jorge Alvarez
Con información de LBV

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