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La sabiduría de Ibn ‘Arabi

Ibn ‘Arabi

Viajero inagotable (recorrió Al-Ándalus, el norte de África, Turquía y Oriente Medio), vivificó el sufismo, la corriente mística islámica que aboga por la profundización en el propio yo como modo de llegar al conocimiento de lo divino.

“Mi corazón se ha hecho capaz de todas las formas. Es (…) templo para los ídolos y Kaaba del peregrino, tablas de la Torá y libro del Corán”.

Este respeto por toda creencia es una de las muchas cosas que le granjearon en su tiempo los títulos “El más grande de los maestros” o “Sello de los Santos de Muhammad”.

Sus detractores, en cambio, lo tildaron de “destructor de la religión”, “ateo” y “enemigo de Dios”.

Los postulados del sabio murciano desatan todavía hoy, ocho siglos después, muy opuestas reacciones en el mundo islámico: En Arabia Saudí, cuna del ultraconservador whahabismo, sus libros están prohibidos.

Lo contrario sucede en Marruecos o Turquía, “en cuyos centros de saber es una figura de referencia”, explica Pablo Beneito, profesor del Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad de Murcia, traductor de la obra de Ibn Arabi y presidente de MIAS-Latina, asociación laica consagrada a la difusión de su legado.

Las enseñanzas del suní murciano han sido también profundamente integradas en la tradición espiritual de Irán, pese a ser país de mayoría chií.

Tanto es así que el Ayatollá Khomeini le recomendó su lectura a Gorvachov en su famosa carta de 1989, en que pronosticaba la inminente caída del comunismo.

La producción escrita de Ibn Arabi es casi inabarcable: cuatrocientas obras -se estima- de las que apenas se conservan cien. “Las iluminaciones de la Meca” suma ella sola 14.000 páginas. Escribió también más de mil poemas.

A todo ello se añade la confusión de numerosos escritos apócrifos que se le han atribuido a lo largo de siglos, algunos de los cuales, como el “Tratado de la unidad”, gozan de gran popularidad aún hoy.

De él se cuentan leyendas -apócrifas también- como que el Taj Mahal fue construido siguiendo el plano del Paraíso que dejó escrito.

Ibn Arabi es una figura compleja, de dimensión tan inabarcable como su propia obra, que desata amor o rechazo, y cuya vida y pensamiento, gracias al trabajo de numerosos investigadores, podemos reconstruir de manera muy precisa.

En la Murcia del rey Lobo

Ibn Arabi nació en Murcia en el 1165. Su madre era bereber. Su padre, murciano, fue un alto mando militar al servicio de Ibn Mardanis, el rey Lobo.

“Desde pequeño estuve acostumbrado a cabalgar, afilar espadas y maniobrar en campamentos militares”, relata el propio Ibn Arabi.

En la Murcia de Ibn Mardanis imperaba una visión muy abierta del Islam en la que musulmanes y cristianos convivían sin restricciones. Puede especularse que este ambiente de tolerancia dejase su impronta en el Ibn Arabi niño.

En el 1172, este mundo se desmorona con la derrota del rey Lobo. Murcia pasa a manos de los conquistadores almohades, que imponen una interpretación mucho más estricta del Islam.

Esto, sin embargo, no significa la caída en desgracia del padre de Ibn Arabi, quien los había combatido junto a su rey. Al contrario, “los almohades lo siguen teniendo en alta consideración” , afirma Fernando Mora, autor del libro “Ibn Arabi, vida y enseñanzas del gran místico andalusí”.

Tanto es así que, al servicio de la nueva bandera, la familia abandona Murcia y se traslada a Sevilla, nueva capital califal. “Siempre tendrán acceso al palacio”, afirma Mora.

Ibn Arabi tiene entonces ocho años.

Pese al rigor religioso que imponen los almohades, Sevilla es en la época una ciudad cosmopolita en pleno esplendor cultural.

“El califa tenía una biblioteca de un millón de volúmenes, conocía a Platón y a Sócrates, cuando en el medio cristiano todavía quedaban siglos para que se supiese, por ejemplo, de Aristóteles”, relata Fernando Mora.

Estudiosos de toda Europa viajaban a Sevilla para asomarse a este mar infinito de saber que abarcaba de la medicina a la religión.

Fue un tiempo de viajes. La inmensidad de los territorios islámicos permitía moverse sin peligro de Al-Ándalus a Persia. Todo musulmán estaba obligado, además, a peregrinar a la Meca al menos una vez en la vida.

Esto generaba conocimiento y un continuo intercambio.

“Había barrios andalusíes en Fez, Túnez, Alejandría, la Meca”, cuenta Fernando Mora.

Criado en este ambiente, Ibn Arabi se convierte en un joven brillante que aprende retórica, leyes, poesía y a recitar el Corán.

Como toca a su edad, también se dejó tentar por los brillos de nocturnos de Sevilla, donde el erudito y el asceta convivían con el vividor, el rufián, el juglar.

Se sume en fiestas, justas poéticas, cacerías.

Estas exploraciones terminan de manera abrupta cuando, una noche de farra en la casa de un miembro de la alta sociedad sevillana, una voz sin dueño le espeta: “¡No es esto para lo que te he creado!”

El propio místico narra como, aterrado, huyó de la casa, dio sus ropas a un mendigo y se instaló en una tumba abandonada del cementerio.

Fue su primer retiro. El místico iniciaba su andadura.

Las padres de Ibn Arabi tardaron mucho en aceptar que su hijo abandonase una prometedora carrera palaciega para abrazar el voto de pobreza y consagrarse a lo divino.

Además, decía haber recibido la iluminación y tener la guía de visiones que lo visitaban y aconsejaban en sueños.

El padre, temiendo que su hijo hubiese enloquecido, lo llevó a Córdoba ante el mismísimo Averroes, médico personal del califa y traductor de Aristóteles.

El encuentro entre los dos gigantes se resuelve con un breve diálogo, pero es suficiente para dejar al filósofo y jurista cordobés conmocionado por la profunda sabiduría del jovencísimo Ibn Arabi.

Su sistema de pensamiento, sin embargo, estaba muy lejos aún de forjarse. Eso empezaría a cambiar en el 1184 cuando, con veinte años, descubre el camino que iba a determinar su vida: el sufismo.

La senda sufí

El sufismo, corriente mística y ascética del Islam, considera que Dios puede ser hallado en cualquier forma o creencia.

Esta voluntad de apertura no impidió que en Al-Ándalus los almohades la toleraran ampliamente.

De hecho, “se erigieron, mediante una leyenda, en vengadores de la memoria del persa al-Ghazali, el gran sintetizador del misticismo islámico”, señala el historiador Javier Albarrán.

Tanto es así que, bajo el dominio de este imperio, se crearon los primeros diccionarios hagiográficos de sufíes del Occidente islámico, como el de al-Tadili.

La principal inspiración de los sufíes es el propio Corán:

“Por mucho que se diga, en el Corán hay un montón de pasajes en que se respeta a todos los mensajeros de la humanidad, de cada pueblo”, afirma Fernando Mora.

Y añade: “El Corán dice que, si Dios hubiese querido, hubiera creado a todos con la misma religión, y que nadie puede ser convertido a la fuerza. Otra cosa son las interpretaciones reductoras que hacen algunos”.

El sufismo tiene su eje en la búsqueda interior: “Ayer era inteligente, por lo que quería cambiar el mundo. Hoy soy sabio, por lo que me quiero cambiar a mí mismo”, escribió el poeta y místico persa Rumi.

El sufismo asume también que nada existe sin su contrario: “Las cosas se vuelven claras mediante sus opuestos”, dice de nuevo Rumi.

En esta visión abierta y eterogénea de la divinidad, rayana en el panteísmo, encontró Ibn Arabi el carrete con que hilar su propio pensamiento:

“Es Dios quien se muestra en cada faz, a quien se busca en cada señal (…) Ni una sola de sus criaturas puede dejar de encontrarlo en su naturaleza original”, escribió.

Ruta propia

En sus años iniciales de búsqueda, y también después, Ibn Arabi se acercó a muchísimos maestros, algunos por completo iletrados: Para él, entendimiento e inteligencia no son lo mismo. El primero va mucho más allá.

A la vez, “jamás se adscribió a una filiación particular que limitara el alcance de su enseñanza”, resalta Pablo Beneito.

Nunca se presentó a sí mismo como fundador de una escuela. No buscó la institucionalización de su mensaje, sino que éste permaneciese vivo, abierto a todos los lenguajes.

“Ibn Arabi no habla sólo a los musulmanes, sino a toda la humanidad”, concluye Beneito.

“Fue una persona muy inquieta en cuanto a saber y búsqueda del conocimiento”, añade Fernando Mora. “Visitó y se entrevistó con personas de todas las doctrinas que pudo”.

En tiempos de Ibn Arabi, Al-Ándalus albergaba todo tipo de eremitas, santos, peregrinos y contemplativos.

La Península “ era un centro espiritual de gran magnitud. Un cofre de tesoros cuyas huellas viven todavía; habría que recuperarlas para la educación, el arte”, señala Ana Crespo, artista y autora del libro “Los bellos colores del corazón”, sobre el cromatismo en el sufismo.

En esta época de consolidación espiritual, el joven Ibn Arabi frecuenta a maestros entre los que figuran dos mujeres: la octogenaria Yasmina de Marchena y la nonagenaria Fátima de Córdoba.

Otros sabios de los que aprendió fueron Abd Allah Muhammad de Aljarafe, quien pasó cincuenta años en una celda sin encender luz ni fuego, o Abu Ali Al-Sakkaz, hombre que jamás pronunció la palabra “yo”.

En Sevilla se cruza con el que será su más joven maestro: un niño de diez años que, según narra el propio Ibn Arabi, lo hizo sentir minúsculo “con sólo una sonrisa”.

Huida de Al-Ándalus

A la muerte de sus padres, Ibn-Arabi decide abandonar Al-Ándalus de manera definitiva. Lo hace de noche y a escondidas del califa quien, en su afán por protegerlo, le había ofrecido trabajo a él y matrimonio a sus hermanas.

“En esa época las circunstancias en Al-Ándalus no eran las más prometedoras”, explica Mora. “En pocos años Sevilla caería en manos de Fernando III. Tal vez él tuviera alguna intuición al respecto”.

Antes de cruzar para siempre el Estrecho en dirección a Marruecos, hace una última visita a Murcia.

De Fez a la Meca

Fez es en aquel entonces un centro de saber académico y sufí, además de refugio de andalusíes emigrados. Albergaba la primera universidad del mundo, que atraía a estudiantes de todos los rincones del territorio islámico.

Allí acude Ibn Arabi, y se nutre de nuevos conocimientos. Para entonces ya ha escrito algunas de sus obras: “El divino gobierno del reino humano”, “El viaje nocturno”, “El crepúsculo de las estrellas y la aparición de las lunas crecientes de los secretos y las ciencias”.

En 1201 emprende la prescriptiva peregrinación a la Meca, que le llevará a conocer Túnez, Alejandría, el Cairo.

Visita también Palestina, Jerusalén y Medina, donde presenta sus respetos ante la tumba del Profeta.

Tras un año de viaje, llega a la Meca. Allí pronto empieza a ser conocido por sus enseñanzas.

Es en esta ciudad donde se cruza con la joven que inspirará los versos de “El intérprete de los deseos”, compendio de poemas amorosos cuya escritura no concluirá hasta diez años después.

De toda su ingente obra poética, esta es la única que ha sido traducida a lenguas europeas y la que lo hizo conocido en Occidente, ya en el siglo XX.

El libro, por su temática, despertó las suspicacias de los ultraortodoxos, que lo acusaron de falso santo con apetitos terrenales.

“Las imágenes amorosas, que a primera vista son mundanas, tienen un significado espiritual”, argumenta Mora. “En Ibn Arabi no está clara la diferencia entre el amor divino y el humano”.

Esto nos ayuda a trazar algunos rasgos de su personalidad: “Era un hombre inmerso en un mundo trascendental, un contemplativo profundo, pero no vivía en las nubes: Viajó muchísimo, tuvo mujeres, hijos”.

Veinte años de vagabundeo

La peregrinación a la Meca no sacia las ansias de mundo de Ibn Arabi. Durante los veinte años siguientes recorre los dominios del Islam hasta sus confines, siempre escribiendo y sumando discípulos. En Bagdad ofrece lecturas públicas de su “Epístola de la santidad”. Da a conocer en tierras orientales a los sufíes andalusíes, haciendo de puente entre ambas tradiciones.

En Mosul escribe el “Libro de las revelaciones de Mosul”.

En Anatolia, adonde acude invitado por el rey de Konya, establece una profunda amistad con Kayka’us, su hijo y sucesor. Juntos compartirán una larga relación epistolar.

Tiene aquí origen la fuerte conexión histórica entre Ibn Arabi y Turquía. De hecho, fue un sultán otomano quien, a los dos siglos de la muerte del sabio murciano, cuando sus enseñanzas habían caído en el olvido, contribuyó a revivirlas alzando una mezquita en el lugar de Damasco donde reposan sus restos todavía hoy.

La Perla del Desierto

Damasco, la “Perla del Desierto”, el “Refugio de Profetas” donde, según la tradición islámica había de descender Jesucristo en el fin de los tiempos: Ese fue el lugar elegido por Ibn Arabi para establecerse por fin en 1223, tras toda una vida de vagabundeo.

Allí pasó los últimos diecisiete años de su vida, rodeado de familia, discípulos y amigos, culminando las ambiciosas obras que había empezado a escribir mucho tiempo atrás.

No es hasta el 1238, dos años antes de su muerte, cuando concluye el vastísimo compendio de metafísica islámica “Las iluminaciones de la Meca”.

“Absolutamente todo, incluidas las piedras, está imbuido de vida”, nos dice en él el sabio murciano.

También en ese periodo completa “Los engarces de las sabidurías”, su libro más atacado por la ortodoxia islámica durante siglos y que él asegura haber recibido de manos del propio Muhammad en un sueño.

Termina también “El gran diwan” o “Diwan de los conocimientos divinos”, que compendia los más de mil poemas que hizo a lo largo de su vida y que, ocho siglos después, sigue sin traducirse de manera completa.

Por José Miguel Vilar-Bou
Con información de El Diario

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El Kaftan, referente de la femineidad árabe

Kaftán tradicional marroquí

Las mujeres occidentales estamos acostumbradas a prestar mucha atención a la moda.

Combinamos colores, texturas y formas a la hora de elegir una prenda para vestir.

Evidentemente no es algo exclusivo de las que nacimos en esta parte del planeta.

Las mujeres de Medio Oriente comparten la pasión por el buen vestir.

Es por ello que a través de los tiempos las mujeres árabes se preocuparon por lucir prendas que resalten su femineidad  y buen gusto.

Colores vibrantes, texturas suaves y exquisitos bordados hacen de sus vestidos un placer a la vista.

Por razones culturales y religiosas debieron ingeniarse para lucir bellas sin transgredir los límites que sus culturas marcaban. Es por esto que los trajes no debían dejar ver su anatomía y tampoco marcar escandalosamente sus curvilíneas figuras. Sin embargo podían ornamentar sus vestidos con maravillosos y elaborados bordados.

En este contexto, nace el Kaftán, una prenda femenina que supo permanecer en el tiempo y cruzar fronteras.

Kaftán de boda

Veamos entonces cuál fue el momento de su creación.

El Kaftán nace en Persia como una prenda masculina. Una túnica lisa de confección sencilla, de algodón o lana, se transformó en las manos femeninas en un traje con colores vibrantes, de seda, lino o algodón, bordado con hilos de oro y enriquecido con pedrería. Los nobles turcos y árabes adoptaron también el terciopelo para su confección. Ceñido a la cintura y en ocasiones con capas superpuestas de géneros cuidadosamente seleccionados.

Fue llevado al norte de África por los conquistadores y ha adquirido su impronta y particularidad en cada región. Es considerado patrimonio cultural del pueblo marroquí y de las mujeres Amazigh.

Su fama se extendió por Europa a través del Al- Andalus y en Portugal en el período de reinado del rey Sebastián.

Ocupó preponderancia en los Imperios Otomano y las cohortes de los reinos árabes de todo Oriente Medio.

Según la revista VOGUE , fue Christian Dior quien exalta esta prenda en sus creaciones de batas de noche. Yves Saint Laurent, referencia este traje y lo adapta como prenda de cóctel y fiesta.

Balenciaga se inspira en sus diseños eligiendo texturas como el brocado.

Como podemos apreciar, esta prenda cruzó fronteras y mantuvo a través del tiempo toda su belleza proporcionando a quien lo luce  un éxito rotundo en buen gusto y belleza.

Hoy podemos ver en las pasarelas del mundo múltiples diseños de Kaftán que fiel a su función, resalta lo mejor de la figura femenina dotando a quien lo lleva de un exquisito buen gusto.

Por último te invitamos a crear tu propio diseño de Kaftán para lucirlo en una ocasión especial o tal vez como opción para tu boda. El mercado ofrece una variedad de géneros con texturas y diseños exclusivos así como también hilos y pedrería para bordados. También puedes optar por elegir tu próximo Kaftán de fiesta en las distintas tiendas on line.

Por Páginas Árabes

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Los Árabes y la Cartografía en la Edad Media

Al Biruni en un sello de la Unión Soviética y el mapamundi que dibujó

El retroceso geográfico experimentado en la Edad Media fue de tal envergadura que la esfericidad de la Tierra llegó a considerarse irrisoria y herética por no ajustarse al contenido de la Biblia, que en el colmo de la insensatez era el libro del saber por antonomasia. Ante tal perspectiva se comprenderá que, en sus comienzos, las doctrinas científicas fuesen consideradas irrelevantes e innecesarias, cuando no peligrosas.

La vida intelectual del mundo cristiano estuvo pues centrada en la iglesia, regida por padres para los que la Biblia era la única referencia. La ignorancia no debe de resultar sorprendente, a la vista de las fuentes que servían de referencia.

El célebre Lactancio, preceptor de un hijo del emperador Constantino, escribió a propósito de los partidarios de la esfericidad terrestre ¿Puede alguien ser tan insensato como para creer que hay hombres con los pies más altos que sus cabezas, o lugares donde llueva hacia arriba?.

Más allá llegaba el converso Cosmas de Alejandría doscientos años después, ya que a la mofa añadía algo tan serio (por entonces) como acusar de herejía a los defensores de la citada esfericidad (Topografía Cristiana. 547). Como su modelo se apoyaba en el tabernáculo, defendía que: su mesa es el esquema de la Tierra, los doce panes expuestos sobre ella se refieren a los doce meses, el arca de madera alude al océano, y la corona de oro de la misma a las tierras situadas al otro lado de dicho océano. El candelabro de siete brazos es una alusión mística al Sol y a los siete días de la semana.

La interpretación literal de las sagradas escrituras condujo en definitiva a una visión surrealista del mundo. En clara contraposición con sus homólogos orientales ha de situarse la posición de los primeros padres en el occidente medieval. Ese fue el caso de San Isidoro, quien claramente se decanta por la esfericidad cuando asegura que la esfera de los cielos está centrada en la Tierra y que tal esfera no tiene principio ni fin. Asimismo emplea varias veces la palabra globo al citar la Luna o los planetas, refiriendo directamente la esfera terrestre cuando menciona que el océano, extendido por toda la periferia del globo, baña casi todos los confines del orbe.

Otra prueba indirecta se encuentra en la Epístola Sisebuti, un poema astronómico escrito por el rey godo al obispo sevillano, en donde se comenta al hablar de un eclipse que el globo de la Tierra se encontraba entre la Luna y el Sol. A San Isidoro se debe uno de los primeros mapas medievales, que incluyó en sus Etimologías y llegó a ser el primero impreso (Augsburgo. 1472). Como es sabido se trata del mapa denominado de Ten O, en el que aparecen los tres continentes entonces conocidos, rodeados por el océano primigenio. La influencia bíblica se manifiesta claramente al asignar cada uno de ellos a los hijos de Noé (África a Cam, Asia a Sem y Europa a Jafet).

El mapa isidoriano tal como figuraba en la primera página del capítulo IV de las
Etimologías. La imagen de la derecha es un mapa Hispanomusulmán influenciado por
el clásico de San Isidoro, conservado en la Biblioteca Nacional.

La configuración de este mapa del obispo sevillano mediatizó todas las representaciones cartográficas posteriores, además de auspiciar la aparición de los globos tripartitos que en manos del Salvador figuran todavía en numerosas iglesias.

Al considerar que el Corán recomendaba la necesidad de observar el cielo y la Tierra para encontrar en ellos pruebas favorables a su fe, es natural que los pensadores musulmanes supusieran que las ciencias geográficas deberían ser del agrado de Dios; ellas les proporcionaban además los medios necesarios para conocer con exactitud el posible itinerario que debían seguir en sus peregrinaciones a la Meca.

Otras de sus aplicaciones eran asimismo básicas para ellos: identificación del mes de Ramadán, fijar las horas de oración y la Qibla, es decir la dirección de la Cava en la Meca. Con todo ello presente, es natural que surgieran en su cultura grandes figuras en esta rama del conocimiento.

Dos instrumentos para determinar aproximadamente la qibla.

Aunque no proceda glosar aquí, con todo detalle, la aportación de los árabes al desarrollo científico de occidente, sí hay que hacer notar que en el aspecto cartográfico enlazaron directamente con las fuentes griegas a través de la biblioteca de Alejandría y de Bizancio, de forma que en este campo del conocimiento no se produjo para ellos el paréntesis antes aludido. De hecho llegaron a determinar el radio de la Tierra, en el califato de Bagdad, mediante un procedimiento tan novedoso como el ideado por al Biruni, el mayor genio de la civilización musulmana junto a Avicena.

La medida de la Tierra efectuada por al Biruni
La medida de la Tierra efectuada por al Biruni

Al Biruni explicó en su Tahdid como midió indirectamente la altura de una montaña, para luego evaluar desde su cima la depresión del horizonte sensible. A él se debe además un mapamundi del siglo XI, en el que aparece la distribución del mar y de la tierra. De la importancia de sus determinaciones puede dar idea la circunstancia de que no se mejorasen hasta bien entrado el siglo XVII, gracias a los trabajos del francés Picard.

Sin embargo, el geógrafo árabe por excelencia es al Idrisi, nacido en Ceuta al final del siglo XI; no obstante puede considerarse hispánico en cuanto que descendía de nobles granadinos afincados en Málaga y refugiados después en la ciudad africana, cuando el rey de Granada conquistó aquella ciudad, y en tanto que su bagaje intelectual básico lo adquirió en la Universidad de Córdoba.

Es muy probable que su alta alcurnia y su innegable prestigio influyeran poderosamente sobre el rey normando Roger II para que este lo invitase a su corte de Palermo, encargándole allí una detallada representación del mundo conocido por aquel entonces. El mapa se dibujó sobre un soporte de madera y después se grabó sobre una base de plata, lamentablemente no se conservan ninguna de las dos plataformas. Finalizado este, el rey dispuso la redacción del necesario texto aclaratorio, que apareció en el año 1154 con el título Recreo de quien debe recorrer el mundo, aunque el propio Idrisi prefiriera el más breve de Libro de Roger.

El ceutí al Idrisi y su mapamundi. Obsérvese que el Sur figura en la parte superior del dibujo.

Como anexo del texto se incluyeron setenta mapas regionales, dejando así constancia de que tales representaciones son el complemento ideal de la geografía descriptiva. En los mapas 31, 32, 41 y 42 figuraba la Península Ibérica con su clásica imagen triangular, encontrándose en el primero de ellos la imagen del antiguo reino de Granada. No obstante conviene añadir que en seis de los manuscritos de de ese Libro de Roger se incluye además un pequeño mapa circular, orientado al Sur, con el primigenio océano perimetral, al igual que había hecho antes al Biruni.

La influencia de la obra de Idrisi sobre la producción geográfica y cartográfica posterior es obvia en el caso de la musulmana, aunque también se dejara sentir sobre los mapas realizados por Petrus Vesconte y Abraham Cresques, por citar dos ejemplos muy significativos.

La Península Ibérica según al Idrisi.

Por Mario Ruíz Morales, Subdelegación del Gobierno de Granada, Universidad de Granada

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