Cuando apenas cuenta con doce años, Ibn ‘Arabi cae gravemente enfermo, es muy probable que aquejado de la peste negra que, alrededor del año 1176, azotó el sur peninsular y el norte de África. Ésta es, dicho sea de paso, la referencia autobiográfica más antigua que aparece en sus escritos y también la primera alusión a las abundantes y profundas experiencias visionarias que ya no le abandonarían a lo largo de su vida:


Un día -cuenta Muhyiddin– caí gravemente enfermo y me hundí en el coma, hasta el punto de que se me creyó muerto. Vi entonces gentes de aspecto horrible que intentaban hacerme daño. Percibí entonces a una persona graciosa, poderosa, que exhalaba un delicioso perfume que me defendió de ellos y logró vencerlos. «¿Quién eres tú?», le pregunté. Aquel ser me respondió: «Soy la azora coránica Ya-sin, yo te protejo». Inmediatamente recobré el conocimiento y encontré a mi padre -¡Dios se haya apiadado de él!-, que me velaba, todo cubierto de lágrimas; acababa de terminar la recitación de la azora Ya-sin.

Por F. Mora

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