Cuando duerme la fe

fe_001

III

¿Qué es la fe? Es una adhesión a Dios, una adhesión consistente en un asentimiento a lo que Dios nos ha revelado, un asentimiento libre a la verdad que El nos revela. Una adhesión que causa una íntima felicidad. Y podemos preguntarnos:¿Es el asentimiento una consecuencia de que lo revelado sea verdad o, inversamente, se le considera verdad gracias al asentimiento que le presta el hombre? La veracidad de la Revelación es intrínseca (fundada en sí propia) o extrínseca (fundada en el asentimiento que le prestamos)?

Nuestra pregunta se ha desplazado a un plano más profundo. En la reflexión anterior nos referíamos al hecho externo de la validez del testimonio y de los argumentos relativos a la Tradición: ¿Son convincentes las pruebas que nos suministran los estudios bíblicos y la constante enseñanza de la Iglesia? Ahora se trata de lo que el hombre acepta en su conciencia, de su íntima convicción, de la forma en que se produce la adhesión a la fe. Y aquí de nuevo tropezamos con la divergencia ya varias veces señalada: Hay quienes consideran la fe como una simple creencia, que es el hombre que cree quien la eleva a la categoría de <fe>. Por lo tanto, cada cual tiene <su> fe, como tiene <su> verdad.

Ahora bien, tal relativización de la verdad es, desde el punto de vista gnoseológico, una contradicción, pues una proposición no puede ser –objetivamente y en el mismo sentido– a la vez verdadera y falsa. En rigor, una verdad no depende en cuanto a su <contenido> del sujeto, que la piensa. La fe, que tiene necesariamente un <contenido>, implica una afirmación. Si ella es revelada por Dios, y es la fe <verdadera>, todo <contenido> (de otra creencia) que difiera de él no puede ser, a su vez verdad. La fe –la fe verdadera– tiene que ser única. La fe verdadera que nos trajo Cristo, su <Buena Nueva> (EUAGGELION) no puede estar en contradicción con otra fe o saber –supuestamente también verdadero–. En síntesis, la fe y su <contenido>, en cuanto a su veracidad, no dependen de la adhesión personal de cada cual a ella.

Pero los hechos son testarudos. Dejemos de lado a quienes no tienen fe porque no conocen cabalmente su contenido (v.gr., una persona que en su niñez no ha asistido al catecismo o que, por prejuicio o no, nunca se ha “preocupado por la religión”). Pensemos en que hay gente que conoce perfectamente el <contenido> de la fe y que sin embargo no la hace suya y no cree…. Pongamos por caso un ateo, especialista en historia de las religiones… o a Voltaire!

Desde el punto de vista gnoseológico, podemos distinguir tres clases de verdades de fe (dogmas revelados):

a) Unos que se imponen por la razón misma. Así, por ejemplo, la existencia de Dios, que como Primer Motor del universo, Acto puro, que como intemporal es, según Aristóteles, necesario y <eterno>. Estas verdades, constituyen la Teodicea o Teología natural, que es parte de la Metafísica. Y, en una u otra forma, se hallan en el contenido de diferentes religiones.

b) Hay verdades y principios que se imponen por su altura moral, su carácter anagógico, su excelsitud. Por ejemplo, el amar a los enemigos. Aquí, siguiendo un razonamiento que usa Descartes en su Meditationes de Prima Philosophia, se trata de cogitaciones que no pueden venir del sujeto mismo, que por <antinaturales> lo sobrepasan. (Las especies logran afirmarse y evolucionar adaptándose y venciendo al medio en que viven, y allí la primera ley natural es odiar para vencer al enemigo, que amenaza destruirnos). Dentro de la misma línea se encuentra el sacrificio voluntario de la dignidad y de la vida (como de la pasión y crucifixión de Cristo). Desde luego se puede aducir que el hombre <se supera dialécticamente> y que no necesita ingerencias externas, supuestamente de lo Alto, para ello. La pregunta es: ¿puede el hombre, de sí mismo, extraer actitudes y pensamientos de esta elevación? Estamos en el discutido campo de las <ideas platónicas> –anteriores y superiores a toda cogitación humana (que solamente las refleja y realiza)–, lo que por cierto llama a reflexión.

c) Por fin, tenemos verdades que se conocen únicamente por la Revelación (v.gr. la divinidad de Cristo) así como hechos que no tienen explicación natural (v.gr. la resurrección de Lázaro). Su origen y naturaleza sólo pueden ser de carácter sobrenatural y en ellos generalmente tropiezan quienes tienen <poca fe>.

En suma: El <contenido> de las verdades de fe puede acreditarse, sea (a) por la razón, esto es a base de un razonamiento lógico; sea (b) por su <valor> intrínseco, debido a una evidencia ideológica; sea (c) por una manifestación (palabra o acción) divina. Estas causales no se excluyen entre sí. Así, por ejemplo, la existencia de Dios se acredita por la razón y la Revelación. De otro modo, una verdad puede formar parte del acervo dogmático de varias religiones, sin, desde luego, convalidar por ello el resto de él: así algunas verdades son tenidas en común por las tres religiones que se reclaman de la paternidad de Abraham.

Hay quienes no aceptan ninguna de estas tres vías de credibilidad (v.gr. los ateos); otros, que se reclaman exclusivamente de la (a) (como los librepensadores); otros, en fin, que aceptan la (a) y la (b), pero niegan la tercera (v.gr. los adeptos de las religiones llamadas <naturales>. Por fin, los que aceptan los tres <tipos> de verdades se dispersan en varias religiones, de las cuales sólo una –como vimos– puede ser verdadera.

El análisis del acto de fe a partir de su <contenido> –lo creído–, nos lleva pues así a una conclusión semejante a la que nos condujo la reflexión II, sobre la credibilidad de la fe en vista de los testimonios que la apoyan –los motivos de creer–. Ni uno ni otro análisis explica y justifica, en su esencia y fundamento, lo que es la fe.

Ahora bien, si no lo logra la razón discursiva (y sus instrumentos lógicos a los cuales hemos recurrido), tenemos que investigar si, humanamente, no se debe la fe a un acto de la voluntad, a una decisión personal, al ejercicio de la libertad individual de cada cual.

IV

¿Por qué cree el uno, y el otro, no? En circunstancias semejantes, se entiende. Dos personas igualmente cultivadas, de inteligencia clara, sin coacciones psíquicas, ante los mismos argumentos ¿por qué reaccionan diversamente? El uno, libremente, se decide por este lado –cree–, el otro por el opuesto –no cree–… y a veces a su pesar. Nos hace esto recordar que la fe no es simplemente un acto cognoscitivo (aceptación de un <contenido>), sino una vivencia compleja en que se cruzan diversas líneas de acción o –si se prefiere– planos de la realidad existencial. Destaquemos aquí al lado del aspecto intelectivo, el ético (en que evoluciona la libertad) y afectivo (del que deriva la <alegría de creer> que ya señalamos). Mas ésto no explica todo. Hay algo más: una pulsión que atrae a la voluntad, que la decide por el <sí>, que no pertenece al ámbito natural (ni psicológico, ni sociológico, ni a la <ley moral en mí> que decía Kant–), sino que viene de lo Alto –a través de la mas íntima profundidad del hombre–. Un don de Dios, que los teólogos llaman <gracia>.

El intento de explicar la <fe> por medios de una argumentación lógica en el plano natural nos ha empujado hacia la esfera de lo sobrenatural, al ámbito gratuito de la gracia. Un nuevo panorama se abre ante nuestros ojos del espíritu. Asomémonos a él.

El hombre tiene fe porque Dios le concede esta gracia. Aquí llegamos a un concepto –digo a una realidad transcendente– clave. En griego <gracia> se dice KHARIS, y tiene una significación múltiple: don, favor, agradecimiento… retribución, benevolencia, respeto, homenaje, entrega. El verbo correspondiente KHAIRO tiene el sentido de: alegrar (se), felicitar, aprovechar… apetecer. Y todos estos matices tiene la gracia, el don (gratuito) de Dios, que hace feliz –intensamente feliz., que se desea, que descubre la benevolencia de Dios, al cual se rinde homenaje y por el cual se le expresa nuestro reconocimiento: <Gracias a Dios!>

Si la gracia es don de Dios, y la fe una gracia ¿por qué está repartida en forma tan arbitraria en el mundo? ¿Por qué a este si, y a aquel, no? Discrimina, acaso, Dios? ¿Predestina y elige a A? ¿Y su Providencia no desfavorece y olvida a B? ¿Se compadece ello con la Bondad y Justicia divinas? Indudablemente que Dios no excluye a priori a nadie. Su amor y su benevolencia son, inicialmente, iguales –superabundantes– para todos.

¿Qué hace, entonces, la diferencia entre el creyente y el incrédulo? La aceptación del don, de la gracia. Y ello lo decide el libre arbitrio de cada cual. La libertad. El hombre responde. <Si> o <No>. Acepta o no acepta el don, aprovecha la gracia o la ignora o rechaza. Y asume la responsabilidad de su decisión. Es hombre libre. Esa es su grandeza y dignidad, y también el precio y peso de ella: la necesidad, la insalvable exigencia, de hacer uso de su libertad.

Pero el escogimiento no es ciego; rara vez fruto del azar: es motivado. Se basa en razonamientos, datos, presiones, aspiraciones, etc. Haciendo uso de mi libertad y urgido por ella (el no hacer uso de esta fuerza es también un modo de ejercitarla) me decido, en uno y otro sentido, en vista de mis motivaciones, juicios de valor, inclinaciones… Y aquí también, interviene la gracia, que puede insinuar la dirección de nuestro escogimiento.

La libertad escoge entre la aceptación de la gracia de Dios o su rechazo. (Subrayamos la libertad). Pero dentro de este acto libre, la gracia inclina (no fuerza) a la libertad hacia la acogida del don de Dios. (Subrayamos la gracia). La gracia influye en la libertad. Esta construcción, desde luego teórica y analítica, del mecanismo de la libre decisión (que en sí es una unidad de intimidad indiscernible) puede prolongarse al infinito: el aceptar la gracia para que influya positivamente en la decisión que implica el acto de fe es, a su vez, un acto libre… al cual concurre la gracia. La libertad y la acogida de la gracia (por acción, precisamente, de ella) se condicionan recíprocamente. En el acto de creer –la fe–, el <peso> de la gracia en la libre decisión es determinado por la libertad; pero, del otro, la libertad es inclinada eficazmente, hacia la fe por la gracia.

Visto en una perspectiva teológica, lo predominante es la gracia; visto en una perspectiva ética, lo es la libertad. ¿Cuál de ellas privilegiar? ¿O no se condicionarán, en la realidad de nuestra intimidad, la una y la otra? Alguien dirá que éso es aceptar una contradicción y que esa explicación es lógicamente invalidad. Otro lo aceptará como una manifestación más de la conformación dialéctica de la existencia y del ser. Por fin, el creyente reconocerá que la implicancia gracia-libertad es un misterio. Y que, precisamente es propio de los misterios revelarse por la fe. La Revelación se funda en sí misma, es decir: la fe viene de Dios.

V

Contradición lógica –dialéctica humana– misterio divino: he allí las tres <explicaciones> de la esencia de la fe, de la fe revelada y que revela. Y aquí llegamos a un nuevo punto crucial de nuestra meditación. Re-(o des-)velar se dice en griego con el verbo APOKALYPTO; KALYPTO es cubrir, esconder con un velo. En la APOKALYPSIS se retira este velo: se revela. Se revela una <verdad> (ALETHEIA). Recordemos que LÉTHE significa oculto, latente, olvidado. La revelación saca lo escondido a la luz (le retira el velo que lo oculta) lo hace patente, lo acredita como <verdad>, ALETHEIA, lo recordado, visible en su descobertura, lo que presenta a lo que es como es. MYSTERION viene de MYO (emparentado con el término latino <mutus>) quiere decir cerrado, recogido sobre sí mismo, mudo. Por la <Apocalipsis> (revelación) el misterio aparece en su verdad (presentación de su realidad), descubre, trae a la luz lo oscuro, sin violar el recato de su esencia.

En la Revelación, en la Palabra divina dirigida a los hombres, esta acción apocalíptica es obra de Dios. Y el creyente la recibe y acoge por la fe, que –más allá de dialécticas y lógicas humanas –se hace evidente por su propia presencia. Esta es la certeza que nos trasmite la Sagrada Escritura, la Tradición y la Iglesia. La Buena Nueva (EUAGGELION), que nos trajo Cristo, el Verbo de Dios encarnado, supone, para su aceptación, la confianza del hombre en Dios, quien le da gratuitamente (por KHARIS) el don de confiar en El. Fe y gracia –indiscernibles entre sí– se integran con la libertad humana, se unifican con ella, de modo que constituyen un solo acto a la gloria de Dios.

La fe, empero, no es una simple cogitación de nuestra mente al lado de otras: don tan magnífico y anagógico implica una sobreabundancia en nuestro <corazón>: otras virtudes, sean teologales (amor y esperanza), cardinales, morales o anímicas la acompañan y se apoyan en ella. La fe es una plenitud, una riqueza que, necesariamente, es jubilosa y comunicativa, deseable y exaltante, que hace del creyente un hombre nuevo (y por ello incomprensible para quien carece de fe).

Y aquí nos viene a la memoria que el verbo PEITHO –que deriva de la raíz PITH– tiene también la significación de <solicitar>, <promover>. La consideración de PITH (<fid>) sería incompleta si no tomamos en serio este aspecto fundamental para el hombre: la gracia se pide, la fe alcanza su plenitud en la plegaria –confiante y jubilosa– que la implora a Dios.

El sentido profundo y transcendente de la raíz PITH es <¡Señor, danos la fe!> PITH.

Referencias:
La sinrazón metafísica del ateísmo de Agustín Basave Fernández Del Valle,
Las dos Ciudades de Gibrán Khalil Gibrán,
PITH: una meditación raigal sobre la fe de Alberto Wagner de Reyna

©2016-paginasarabes®

Deja un comentario