Un posible étimo árabe para rufián

rufian

Como dice Julián San Valero Aparisi, “en todas las Españas se dio el picaro, pero sus mejores escenarios fueron Madrid y Sevilla”, para añadir después, “escenario máximo de toda picardía, en Madrid, Corte de los Milagros, comjietían indígenas y extranjeros en nutrir también el hampa de la mala vida… todos concurrían a los bodegones, tabernas, posadas, garitos, ventorrillos y mancebías …”. Todo lo cual concuerda con el étimo que consideramos adecuado para hampa, el árabe anb a, ‘beber vino’. En cuanto a Sevilla, afirma que “picaros, tahúres y rufianes del mundo entero deambulaban por El Arenal, que era el meollo de la mala vida sevillana” . En el siglo XVII, escribía el racionero de la Catedral de Sevilla, Porras de la Cámara, al cardenal Niño de Guevara: “Lo que más en Sevilla hay son forzantes, amancebados, testigos falsos, jugadores, rufianes, asesinos, logreros…, vagabundos que viven del milagro de Mahoma, sólo de lo que juegan y roban… Está Sevilla menos segura y más sospechosa que Sierra Morena y tan miserable y destrozada como Jerusalén en la cautividad del Egipto” .

Sobre todo eran destacadamente abundantes en Andalucía, especialmente en Córdoba, siguiendo después en preferencias Sevilla; las sevillanas continuaron observando la costumbre morisca de ir a las casas de baños públicos, y el mismo Cervantes dice en El celoso extremeño: “Hay en Sevilla un género de gente ociosa y holgazana, a quien comúnmente suelen llamar gente de barrio» ; también Granada, Málaga, Zahara y Sanlúcar, donde indudablemente tenían asentados sus reales.

Corominas y Pascual indican que la palabra rufián es vocablo común a todos los romances de occidente, muy antiguo en Italia y el sur de Francia, y quizás nacido en el primero de estos países, aunque consideran que es de origen incierto, tal vez procedente del latín rtifus, ‘pelirrojo’.

Habitualmente se consideran las voces rufo y rufián como dos variantes de un mismo étimo, bajo la sugerencia de un origen latino, sin embargo, según Corominas, parece demostrado que rufo, ‘rufián’, no se extrajo de este vocablo, sino que fue vieja palabra indígena, documentada ya hacia el año 1500 «.

Yo creo que rufo procede del árabe rujw (similar a rajw yrijw), que significa ‘flojo, blando, flácido, relajado, acomodaticio, condescendiente, dejado, abandonado, perezoso, indolente, negligente, haragán, holgazán, gandul’. El sonido de la ja’ equivalía al sonido de la h aspirada, la cual, por ultracorrección, solía interpretarse como f, por lo que de *ruhu se escribiría *rufu .

En cuanto a rufián, pienso que su étimo adecuado sería el árabe ruyán , forma característica de los nombres que designan al macho de una especie y también plural del participio ; esta palabra significa ‘pastor, gobernante, patrón’ es decir, ‘todo aquel que cuida o vela sobre algo, que lo guarda y vigila’. Esta era, según hemos visto en los textos, la labor del rufián, que se contrataba como esbirro para servir de guarda personal de quien lo requería: garitos, burdeles, prostitutas, e incluso damas o caballeros con problemas personales, los cuales se valían de estos matones a sueldo para realizar sus venganzas personales y sus ajustes de cuentas, al margen de la justicia. Teniendo en cuenta que el ayn, sin sonido equivalente en las lenguas romances, solía sustituirse por la h aspirada, con lo cual tendríamos la misma evolución fonética de la palabra anterior, es decir *ruhyán y *rufyán.

En la práctica, dentro de la vida rufianesca, ambos conceptos se confundían en la germanía, pero esto ocurría también ya en la lengua árabe, pues Lañe da como sinónimas las raíces de donde derivan, raja y ra’á, junto con otras dos muy interesantes, que son liassa y lana, todas con el significado común de ‘ser blando, ceder, ser servicial’; así encontramos el sustantivo layn como ‘flojo, suave, manejable’, lo mismo que rujw. Pues bien, en Alfonso de Palencia volvemos a encontrar unidas semejantes voces cuando dice: “Leño… es el rufián o alcaguete enseñoreado a las inundarías y el que las engaña: dicese leño porque primero las halaga con blandas palabras a las mesquinas para que sean burdeleras”; y también dice: “abenidor” y «Agapeta es rufián que desonestamente conversa con las fembras y es nombre de priapo”.

Lcnó es palabra latina antigua que significa ‘alcahuete’, de donde se tomó después, en el siglo XVM, el culterano lenocinio, y lénis equivale a ‘dulce, suave al tacto’; la coincidencia semántica se repite. Ernout y Meillet afirman que son voces antiguas en latín, clásicas, usuales, pero sobre todo populares, considerando que lcnó es, sin duda, un préstamo de otra lengua. Es posible que en latín tuviese ya un origen semítico, si lo comparamos con el árabe layn, ‘suave, blando, dulce, flojo, manejable’, cuya derivación normal sería *lSn.

En cuanto a la otra variante rudio, que aparece indistintamente con las anteriores, creo que procede también del árabe rud’ (orid’ ), ‘ayuda, apoyo; ayudante, auxiliar; valedor’, o más probablemente del adjetivo de cualidad de la misma raíz verbal radi’ (o rudi’), pues el verbo radu’ a significa ‘ser malo, depravado y abyecto’.

En el estudio de José Luis Alonso Hernández, que titula El lene/naje de los maleantes españoles en los siylos XVI y XVII: La Gemianía, es sumamente interesante el apartado que dedica a la “Jerarquización de la Valentó- nica», cuyo núcleo central es el rufián-valentón; desenlie en él este autor el proceso de las diversas fases por las que ha de pasar el aspirante a seguir esta “carrera” de la delincuencia profesional. Muchos de los nombres que va a recibir, en cada una de las etapas que ha de superar, están enraizados en la lengua árabe.

Parece ser que la cualidad indispensable para iniciar el ingreso en estos cursos era la calidad de chulo (chulamo o chulillo), calificativo que generalmente se conservaba hasta llegar al doctorado: la iniciación se hacia, como aprendiz, con la categoría de mandil, cuya denominación procede del árabe mandil (trainel, payóte o mandílete), tomado quizás no tanto de la prenda de este nombre, a modo de delantal, cuanto por su oficio de recadero entre rufianes y prostitutas, puesto que mandil es el nombre de instrumento del verbo nadala, ‘transportar de un lado a otro’, según puede verse en los siguientes versos del Romancero General:

Al mandil llaman trainel, porque lleva y trae recados …

De aquí se pasaba a la categoría de rufián (rudio, pendencia, gancho …), y de rufián se ascendía posteriormente a la posición de jaque (bravo, valentón, valiente). Esta categoría se completaba en la de jaque-rufián (algo así como teniente-coronel de estas milicias), el cual recibía también los nombres de germano, matón y guapo, a más de algún otro.

El grado máximo del personal en activo era el de jayán, también llamado cherinol. Yo creo, como Eguílaz, que jayán viene del árabe y que su étimo es la palabra hayyí , ‘vivo, animoso, fuerte’, pero que este étimo sólo seria adecuado al castellano para la acepción como ‘persona de gran estatura, robusta y de muchas fuerzas’. En este sentido se empleaba también jara las mujeres, del mismo modo que en Andalucía se las tilda de jaquetonas; así se dice en el tranco Vil de El Diablo Cojudo: «y en un balcón grande de la fachada va la Esperanza: una jayana vestida de verde, muy larga de estatura, y muchos pretendientes por abajo

Pero, sin embargo, el sentido que en castellano se dio a este vocablo como ‘rufián y matón’, está más próximo de la voz árabe jayyfin, ‘traidor’ que expresa la profesionalidad del já’in , ‘el que es malo, ruin, perverso, malvado, merodeador, bandido’ y al que Pedro de Alcalá traduce por ‘maldadoso». Podrían incluirse en este nombre de oficio todas las acepciones del verbo jana : ‘traicionar, engañar, abandonar, violar, romper, fallar, perjudicar; ser infiel, ser perjuro, delator, malversador; infestar las rutas y cometer bandidaje; robar’; el sustantivo jawüna es ‘fullería, trampa en el juego, trapacería’. En la semántica de esta raíz j-w-n se encuentra concentrada toda la gama de actuaciones que eran propias de un auténtico jayán, jefe máximo en activo de la valentónica germanesca, a quien todos respetaban, y que al jubilarse podía aspirar a ser miembro del Trono Subido o consejo supremo.

Nuestra literatura del Siglo de Oro se vio seducida, a veces, por este mundo aparte de la picaresca, que disponia de un léxico absolutamente peculiar; como dice Deleito, “la chusma del hampa usaba una jerga especial, que se llamaba de germanía por extensión: por aplicarse esta palabra, que significa hermandad, a la asociación de picaros, hermanos o germanos, que formaban 1111 grupo aparte de la sociedad corriente. Usaban aquel lenguaje para su seguridad, como forma de entenderse entre sí, sin que los profanos penetrasen el sentido de sus palabras” .

A este lenguaje de germanía se le llamaba también jacarandina, jerigonza y algarabía, del árabe al-carabiyya, ‘la lengua arábiga’, lo que hace suponer que entre estas gentes militaban muchos arabófonos todavía ; esto, unido a la abundancia de apodos o «alias” y de patronímicos, tan característicos en la onomástica árabe, que se encuentran entre los nombres de personajes que se hicieron célebres en la picaresca española, apoyan el convencimiento de que la aportación prestada por los moriscos en este estrato social debe de ser tenida en cuenta.

Si investigamos profundamente sobre el origen de las palabras de esta lengua peculiar, vemos que muchas de ellas son fácilmente reconocibles en el vocabulario árabe, según podremos ir comprobando. Por ejemplo, entre los nombres que recibían las mujeres de vida pública, rameras que convivían en este ambiente del «hampa», se citan algunas que nos resultan insólitas en la lengua castellana, como: iza o más antiguo y (a, que creo se corresponde con la voz * i s s a (en árabe granadino, por la imüla convertido en issa), ‘la que ronda o busca de noche’, rabiza, probablemente de rabisa, ‘la que acecha, está apostada, aguarda o espera a alguien’ ; gaya, quizás de giiyya, ‘seductora; la que descarria, pierde o extravía’, voz que pasaría también a Francia; podrían citarse otras muchas calificaciones, algunas de étimos oscuros, como marquida, marquisa sinónimos también de coima, maraña, pencuria, hurgamandera ,chula y chulamo, bizmaca, golfa, godeña (las de más alcurnia y que ganaban más), dama de achaque, tusona (dama del tusón, por toisón), cantonera…

Según Bonnecase, en el siglo XVII había en la Corte de Madrid unas 300.000 mujeres públicas. El francés Brunel, refiriéndose a Madrid, decía:

No hay ciudad en el mundo donde se vean más meretrices a todas horas del dia. Las calles y los paseos están llenos. Van con velos negros, y los repliegan sobre el rostro, no dejando sino un ojo al descubierto. Hablan de modo atrevido a la gente, mostrándose tan impúdicas como disolutas… Estas pecadoras campan con entera libertad por Madrid, porque las grandes damas y las mujeres de bien no salen apenas

A los burdeles se les llamaba también manflas y pifias. Sería necesario hacer un estudio muy detenido y profundo sobre este singular vocabulario, en donde hay un verdadero derroche de matices:

Virios, jaques y mandiles, coimas, marquizas, chulamas…

También sus costumbres sociales eran muy peculiares. Las bodas solían realizarse al margen de la iglesia, a la que llamaban altana o antana, y así llamaban altanarse, según palabras de Alonso Hernández, al hecho de “casarse a la manera de los rufos y putas, es decir, ponerse un hombre y una mujer de acuerdo para vivir juntos y repartir las ganancias que del oficio de la mujer se deducen” .

A partir de El Lazarillo de Tormes, a los picaros valentones, que desafiaban y perseguían a cualquiera, también se les denominó jacos, jácaros, jacarandos y jacarandinos. Se hizo, incluso, una poesía rufianesca, a la que se le dio el nombre de jácara, del árabe yakkara, ‘hacer rabiar, molestar a alguno’. Esta palabra designaba un tipo de romance alegre en que por lo regular se cuentan hechos de la vida airada, y, en lenguaje de germania, según palabras de Cotarelo Mori, “se aplicó en un principio a designar el conjunto de jaques, rufianes o picaros, su vida y sus costumbres, o lo que es igual, a la picaresca; pero en lo que tenia de más alegre, ruidoso y menos criminal; y jacarandina, según expresión de Salillas, «quiere decir junta o reunión de picaros, lenguaje de picaros, engaño de picaros y música de píttcaros».

Como muestra de este léxico de la picaresca, podemos leer en la jácara de Quevedo, que titula «Carta de Escarramán a la Méndez”, frases como éstas:

Ya está guardando en la trena tu querido Escarramán, que unos alfileres vivos me prendieron sin pensar.
Prendiéronme en la bayuca, entrándome a remojar cierta pendencia mosquito que se ahogó en vino y pan.
Como el ánima del sastre suelen los diablos llevar, iba en poder de la gura tu desdichado jayán.
A la Pava del cercado, la Quirinos y Cerdán, a la Escobedo y la Téllez, a la Rocha y la Guzmán,
a Mama, y a Taita el viejo, que en la guarda vuestra están, y a toda la gurullada , mis encomiendas darás.
Fecha en Sevilla, a las once de este mes que corre ya.
El menor de tus rufianes y el mayor de los de acá

Kscarramán fue un famoso jaque sevillano, que vivió en los principios del siglo XVII, según lo afirma Cervantes en su entremés El rufián viudo, y sus hazañas se cantaban ya en los romances populares.

La plana mayor de la Germania, formada por los jubilados distinguidos, era el llamado Trono Subido y también Padres de la Jerigonza o Padres de la Facultad Matante, Tercio de la Liga, etc.

Pfandl hace un resumen de los oficios menudos de los picaros: “Fauna abigarrada en encrucijadas y callejones, formada por mendigos, caldereros, pregoneros, mozos de muías…, traficantes, buhoneros, inválidos, vendedores, arrieros y titiriteros, músicos ambulantes y prestidigitadores; las más ínfimas y menos decorosas profesiones, como las de taberneros, cortadores, figoneros, esbirros y verdugos; y…, la gente maleante de toda suerte y condición, como los rufianes, alcahuetes, fulleros, bandidos y salteadores…” . Pues, como se dice en El coloquio de los perros, “esto del ganar de comer holgando tiene muchos aficionados y golosos”.

La gente del “hampa” constituía un mundo aparte dentro de la sociedad, un mundo reconocido y admitido como normal, aunque las fronteras que lo delimitaban eran fácilmente transgredidas, pues muchos hijos de buenas familias se pasaban a esta vida desenfadada e irresponsable, atraídos por el deseo de aventura y libertad, tanto física como moral, pero hay una gran diferencia entre el picaro y el rufián: el primero «no tenía malos instintos, no era perverso, sólo cínico y amoral. Si robaba, era lo indispensable para comer, y más que el robo propiamente tal, practicaba el hurto. El rufián, al revés, era perdonavidas, ladrón de profesión y a veces asesino» .

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Por Elena Pezzi

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