Hassan Sabbah – El Gran Maestro de los Asesinos

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Por los espectaculares crímenes que ordenó, por las leyendas que se tejieron en torno a él, a su secta y a su castillo, el Gran Maestro de los Asesinos aterrorizó durante mucho tiempo al Oriente y al Occidente. En todas las ciudades musulmanas cayeron altos dignatarios; los cruzados tuvieron que deplorar dos o tres víctimas eminentes. Pero se olvida con demasiada frecuencia que fue en Alamut principalmente donde reinó el terror.

¿Qué reinado es peor que el de la virtud militante? El Predicador supremo quiso reglamentar cada instante de la vida de sus adeptos. Desterró todos los instrumentos de música; si descubría la más pequeña flauta, la rompía en público y la tiraba al fuego; al culpable se le cargaba de cadenas y se le apaleaba antes de expulsarlo de la comunidad. El consumo de bebidas alcohólicas estaba aún más severamente castigado. El propio hijo de Hassan, sorprendido una noche por su padre en estado de embriaguez, fue condenado a muerte inmediatamente; a pesar de las súplicas de su madre, fue decapitado al alba del día siguiente. Para dar ejemplo. Nadie se atrevió nunca más a beber un trago de vino.

La justicia de Alamut era, cuando menos, expeditiva. Se cuenta que un día se cometió un crimen en el recinto de la fortaleza. Un testigo acusó al segundo hijo de Hassan. Sin tratar de verificar los hechos, éste mandó que le cortaran la cabeza a su último hijo varón. Algunos días más tarde, el verdadero culpable confesaba y a su vez fue decapitado.

Los biógrafos del Gran Maestro mencionan la matanza de sus hijos para ilustrar su rigor y su imparcialidad y precisan que la comunidad de Alamut se convirtió, gracias a esos ejemplares castigos, en un remanso de virtud y moralidad, lo que se cree con facilidad; sin embargo, se sabe por diversas fuentes que al día siguiente de esas ejecuciones, la única mujer de Hassan, así como sus hijas, se sublevaron contra su autoridad, que él ordenó que las expulsaron de Alamut y recomendó a sus sucesores que actuaran del mismo modo en el futuro para evitar que femeninas influencias alteraran su recto juicio. (AM)

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