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El Acusado – Naguib Mahfuz

Iba solo en su pequeño coche, sin otra distracción que la velocidad: volaba sobre el asfalto que, separando en dos partes el desierto, conducía a Suez.

La monotonía del paisaje aumentaba su sensación de soledad, sin que apareciera ningún elemento nuevo en aquel viaje de ida y vuelta que se veía obligado a realizar una vez a la semana.

Aquel día, divisó a lo lejos un gran camión y, decidido a alcanzarlo, aumentó la velocidad de su Ramsés.

Era un camión cisterna, grande como una locomotora, en cuya parte posterior iba agarrado un ciclista que, sin sentirse fatigado, daba alguna que otra patada a la rueda izquierda mientras cantaba.

¿De dónde vendría el ciclista y adonde iría? ¿Podría haber recorrido todo aquel trayecto en bicicleta si no hubiera encontrado un vehículo que tirase de él?

El hombre sonrió con admiración y miró al ciclista con lástima. Pasaron cerca de unas colinas situadas a la derecha de la carretera, tras las cuales se extendía un gran maizal rodeado de un terreno de pasto para las cabras.

El hombre redujo instintivamente la velocidad para gozar del fresco verdor y, de pronto, un grito rasgó el silencio. Asustado, miró hacia delante y vio cómo la rueda del camión arrollaba a la bicicleta y al ciclista, y continuaba su camino como si tal cosa.

El hombre gritó aterrado y continuó dando gritos para llamar la atención del conductor del camión. Se detuvo a unos dos metros de la bicicleta y salió del coche sin pensarlo y sin dejar de dar gritos al camionero.


Se acercó, temeroso, al lugar del accidente y vio el cuerpo tendido sobre el costado izquierdo, con el brazo derecho de piel morena extendido a su lado y la pequeña mano, cubierta de contusiones y heridas, asomando por la camisa de media manga llena de polvo. De la cara, no se veía más que la mejilla derecha, y las piernas, dentro de un pantalón gris hecho jirones y empapado de sangre, continuaban sujetas a la bicicleta, que tenía las ruedas aplastadas, los radios doblados y un lado del manillar roto.

La víctima, que aparentaba como veinte años, respiraba profunda e irregularmente. Al verlo, la cara del hombre se contrajo y le dirigió una mirada triste y compasiva, pero sin saber qué hacer. Se sentía impotente en medio de aquella soledad. Desechó la idea de llevarlo en su coche, temiendo que pudieran implicarle en el accidente. Cuando por fin logró salir de su perplejidad, decidió seguir al camión que había causado el accidente. Tal vez por el camino encontrara un puesto de vigilancia o de control para denunciar el caso.

Volvió a su coche y, cuando se disponía a entrar, oyó una voz, mejor dicho, muchas voces, que le gritaban:

– ¡Quieto, no te muevas!

Se dio la vuelta y vio a un grupo de campesinos que corrían hacia él desde la zona de cultivo. Algunos iban provistos de bastones y otros de piedras.

El hombre, sin atreverse a entrar al vehículo por miedo a que le lapidaran, se volvió hacia ellos temblando por la crítica situación en la que se encontraba.

Ante aquellos rostros airados y agresivos, perdió cualquier esperanza de poder explicarse. Extendió rápidamente la mano hacia la guantera, sacó una pistola y, apuntándolos, gritó con voz temblorosa:

– Quedaos donde estáis.

Con cierta inquietud, se dio cuenta inmediatamente de que su actitud le había hecho perder la esperanza de poder explicar lo sucedido a aquellos hombres, pero no había tenido tiempo de reflexionar.

Los campesinos aminoraron la marcha y luego se detuvieron a unos diez metros, con la mirada ardiente de ira, debido a la impotencia que sentían ante la pistola.

Bajo los rayos del sol, los rostros aparecían oscuros, ajados y graves; las manos agarraban los bastones y las piedras, y los gruesos pies descalzos se aferraban al asfalto.

Entonces uno de ellos dijo:

– ¿Quieres matarnos como a él?- Yo no lo he matado, ni siquiera le he tocado. Ha sido el camión cisterna.
– No, ha sido tu coche.
– Pero si no lo habéis visto…
– Lo hemos visto todo.
– Me estáis impidiendo que alcance el camión que ha causado el accidente.
– Tú lo único que quieres es huir.

La cólera de los campesinos aumentaba y el temor del hombre crecía en la misma proporción. Le aterraba la idea de verse obligado a disparar y matar a alguien; eso le pondría en una situación crítica de la que sería imposible escapar. ¿Cómo podía librarse de aquella pesadilla? ¿Sería un sueño?

– Creedme, yo no lo he tocado. He visto con mis propios ojos cómo lo arrollaba el camión.
– Has sido tú quien lo ha atropellado.
– Habría que ir al hospital más cercano.
– ¡Vaya ocurrencia!
– ¿Y al puesto de policía?
– ¡Peor!
– Entonces, os pido que os tranquilicéis, y la verdad resplandecerá.
– No huyas y la verdad aparecerá.
– ¡Por Dios! ¿Por qué os empeñáis en ese embuste?
– Y tú, ¿por qué le has matado?

¡Qué infierno de dificultades y mentiras! ¿Cuándo se terminará esta espera infernal, el sufrimiento lento, el miedo y el pensamiento febril? ¡Por qué se habría parado! ¿Cómo iba a resplandecer la verdad? El conductor del camión cisterna ni siquiera se había enterado de lo ocurrido. No había la menor esperanza de que la situación fuera sólo un sueño aterrador.

El joven que yacía en el suelo emitió una especie de estertor, seguido de un prolongado gemido. Después enmudeció. Uno de los campesinos exclamó:

– Dios te castigará.
– Dios castigará al autor del hecho -repliqué.
– Tú has sido el autor.
– Yo lo único que he hecho ha sido pararme.
– Creías que estabas solo…
– Al contrario, pensaba en socorrerlo.
– ¡Socorrerlo!
– Es inútil hablar con vosotros.
– Completamente.


Si les daba la espalda un instante, lo lapidarían. No podía librarse de aquella tortura ni tenía posibilidad de alcanzar el camión. Él era la única víctima, sin esperanza de escapatoria. ¡Qué horror! ¿Cuál sería la responsabilidad que determinarían y el castigo que le impondrían? ¿Se salvaría el pobre muchacho? La mirada del hombre mostraba desesperación y la de los campesinos un rencor tenaz.

De pronto, aparecieron dos coches en el horizonte y, cuando los vio acercarse, el hombre respiró tranquilo. Una ambulancia y un coche de policía llegaban al lugar del accidente. Los enfermeros, rodeados por los presentes, se dirigieron inmediatamente hacia la bicicleta, liberaron con delicadeza las piernas de la víctima y transportaron al herido a la ambulancia con mucho cuidado. Luego, se fueron por donde habían llegado.

Los policías alejaron a los presentes de la bicicleta mientras un inspector examinaba en silencio el lugar del accidente. Luego, se dirigió al hombre y le preguntó:

– ¿Ha sido usted?

Los campesinos gritaron que sí, pero el inspector los mandó callar con un gesto de la mano y observó con atención al hombre. Éste respondió:

– No. Yo circulaba detrás del camión cisterna y el chico iba en su bicicleta, agarrado a la parte posterior. En un momento dado, oí un grito y lo vi bajo la rueda trasera del camión.
– El fue quien le atropello -gritaron muchos de los presentes.
– Yo no lo he tocado. Sólo he sido testigo del accidente.

Volvió el alboroto y el inspector gritó:

– Hablad con orden. -Luego, le preguntó al hombre-: ¿Ha visto el accidente en el momento en que se producía?
– No. Cuando me volví hacia el lado del que procedía el grito, vi la bicicleta bajo la rueda del camión.
– Pero ¿cómo fue a parar allí?
– No lo sé.
– ¿Y qué hizo usted?
– Paré el coche para ver lo que había sucedido y lo que se podía hacer; luego quise alcanzar al camión, pero vi a ésos corriendo hacia mí con bastones y piedras y me vi obligado a amenazarlos con la pistola.
– ¿Tiene licencia de armas?
– Sí, soy agente de cambio en Suez y viajo mucho.

El inspector se volvió hacia los campesinos y les preguntó:

– ¿Por qué le acusáis?
– Lo hemos visto con nuestros propios ojos y le hemos impedido huir -respondieron a gritos.
– ¡Embusteros! Vosotros no habéis visto nada.

El inspector le ordenó a un policía que permaneciera custodiando el lugar y a otro que avisara al fiscal. Luego, se dirigió con todos los presentes al puesto de policía para tomarles declaración.

Ali Musa, el acusado, sostuvo con firmeza su versión de los hechos, y lo mismo hicieron los campesinos. El primero repetía que a través de la investigación se descubriría la verdad. Se enteró de que la víctima, que se llamaba Iyad Al Gafari, era un vendedor ambulante que tenía diversos negocios con la mayor parte de los campesinos. Ali Musa preguntó:

– ¿Por qué me habría parado, si de verdad fuera culpable?

A lo que el inspector le respondió con frialdad:

– No todos los que atropellan a alguien huyen necesariamente.

Todos permanecieron esperando: los campesinos sentados en el suelo y Ali Musa en una silla, con permiso del inspector. El tiempo transcurría lento, pesado y penoso.

Finalizado el atestado, el inspector dejó de interesarse por los presentes, como si ya no tuviera nada que ver con el asunto, y se puso a leer el periódico para distraerse.

El hombre se preguntaba por qué los campesinos se empeñaban en acusarle, y lo que más le preocupaba era que parecían convencidos de su declaración, como si de verdad fueran sinceros. ¿Se habrían dejado engañar por las apariencias? Tal vez, como suele suceder, alguno había dado su versión de los hechos y los otros, instintivamente, le habían seguido. ¡Ah! La única esperanza era que Iyad Al Gafari se salvase: sólo él podía despertarlo de aquella pesadilla con una sola palabra.

Ali Musa le preguntó al inspector con delicadeza y esperanza:

– ¿Podemos preguntar cómo se encuentra el herido?

El inspector le miró con cara de pocos amigos; no obstante, llamó al hospital. Tras colgar, informó:

– Está en el quirófano. Ha tenido una fuerte hemorragia y el pronóstico es reservado.

Tras unos momentos de duda, Ali Musa preguntó:

– ¿Y cuándo vendrá el fiscal?
– Ya te enterarás cuando llegue.
– ¿Por qué alguien tiene que encontrarse en una situación así? -se preguntó Ali Musa en un tono muy bajo.
– Tal vez usted tenga la respuesta -replicó el inspector, y continuó leyendo el periódico.

Ali Musa recayó en aquel terrible estado de abandono, mirando aquel lugar con rencor. Aquellos campesinos deseaban que él fuera condenado, y el sentimiento era recíproco: si él pudiera condenarlos, también lo haría.

El inspector realizaba su trabajo como una máquina, y una fuerza ciega y desconocida parecía querer destruirlo inconscientemente. Había cometido muchos errores, pero era absurdo relacionar su estado de confusión con cualquier hipótesis lógica. Lanzó un suspiro y exclamó:

– ¡Ay, Dios mío!

Y más de una voz exclamó, por motivos opuestos:

– ¡Dios mío!

Visiblemente nervioso, les gritó:

– ¡No tenéis conciencia! Y ellos respondieron:
– Dios es testigo de lo que has hecho, miserable. El inspector levantó la vista del periódico y dijo enfadado:
– No voy a permitir eso. Ali, indignado, replicó:
– Si no fuera por las mentiras y los inventos, ahora estaría en mi casa tranquilamente.
– Si no fuera por tu irresponsabilidad, el pobre Iyad estaría en su casa tan tranquilo -le contestó uno de los hombres.

El inspector les lanzó una mirada que los hizo callar y, en medio de aquel silencio, la espera se hizo aún más penosa.

El tiempo pasaba tan lentamente que daba la impresión de que iba hacia atrás. Ali se sintió tan angustiado que se dirigió de nuevo al inspector y le preguntó con suma educación:

– Señor, no se puede imaginar lo que estoy pasando… ¿Puedo saber cuándo vendrá el fiscal?

El inspector, sin levantar la vista del periódico, respondió con malos modos:

– ¿Crees que tu caso es más importante que los demás?


No recordaba haber pasado en su vida por un trance tan doloroso. ¿Es que las esperanzas rotas, la hostilidad, por motivos inexplicables, de los campesinos y el cielo infinito, bajo el cual se había producido el accidente, no tenían la importancia suficiente?

Con el transcurso de las horas, se sintió terriblemente abatido. Sin tener en cuenta el riesgo que corría se dirigió de nuevo al inspector:

– Señor.
– ¿Es que no vas a callarte de una vez? -le interrumpió el otro, como si estuviera al acecho.
– Es que me siento muy angustiado.
– Si yo tuviera que compartir la angustia de todos los que han pasado por aquí, me habría muerto de pena el primer día de trabajo.
– ¿No sería posible, al menos, preguntar cómo se encuentra el herido?
– Informarán de cualquier novedad sin necesidad de que preguntemos.

«Mi vida depende de la tuya, Iyad. Las circunstancias pueden hacer caer en un error al fiscal, a pesar de su perspicacia. ¿El que acabe en la cárcel, sin culpa alguna, es algo sin importancia? Si fuera posible, sería mejor que me encogiera de hombros y sonriera con desprecio y estupidez. Antes, tenía ganas de llorar y ahora, casi tengo ganas de reírme.»

«¡Por Dios! Piensa en tus culpas pasadas para consolarte de esta situación, aunque no haya ninguna relación entre ellas. ¿Quién ha dicho que el caos se supera con el caos?»

Veo los ojos de esos campesinos a través de una lente negra impuesta durante siglos. Pero yo no soy responsable, o tal vez sí lo soy, inconscientemente. Estoy pensando, por primera vez en mi vida, y pensaré más detrás de los barrotes. Hoy he sabido algo que antes ignoraba y de lo que sólo había oído hablar: la casualidad, el destino, la fortuna, la intención, el trabajo, los campesinos, el inspector, el efendi, el viento estacional, el petróleo, el camión, la lectura de los periódicos en el puesto de policía, lo que es importante y lo que no lo es.

Es necesario volver a pensar en todas estas cosas, considerándolas de forma individual y relacionándolas entre sí. Es necesario comenzar por la primera letra del alfabeto para comprender y controlar todo, de forma que nada pueda parecer poco importante. La culpa no la tienen las calamidades sino la ignorancia.

Desde ahora, no debes someterte ni a la evidencia del sistema solar ni al lenguaje oculto de las estrellas. ¿Por qué temes al inspector que lee las esquelas fúnebres en los periódicos sin conmoverse?

– ¡Esto es intolerable! -exclamó con toda la potencia de su voz.

La cara del inspector asomó por encima del periódico con una mirada de desaprobación, pero él continuó con aspereza:

– ¡Usted no hace nada más que leer el periódico!
– ¿Quién eres tú para decirme eso?
– Lo que ha oído.
– ¿Es que no tienes miedo?
– No tengo miedo de nada.
– Si has perdido el control de los nervios, tengo medicinas para todos los males.
– Yo también tengo medicinas para todos los males.
– ¿Tú? -preguntó el inspector poniéndose de pie, furioso.
– Usted está retrasando la llegada del fiscal e impidiendo que la ley siga su curso.
– Te voy a meter en el calabozo.
– ¿Es que hay algo peor que este caos?
– ¿Te estás haciendo pasar por loco?

Ali se levantó desafiante, con la mirada perdida. El inspector llamó al policía; pero en aquel momento sonó el teléfono. El inspector levantó el auricular, escuchó durante algunos minutos y luego colgó. Miró a Ali con rencor y, reprimiendo una sonrisa maliciosa, dijo:

– La víctima ha muerto a consecuencia de las graves heridas.

Ali Musa palideció y sostuvo la mirada maliciosa del otro. Luego, poseído por una ira loca, gritó con voz trémula:

– La ley todavía no se ha pronunciado. Esperaré…

Naguib Mahfuz

©2018-paginasarabes®

El Barman – Naguib Mahfuz

En cualquier caso, tu rostro estaba siempre presente en los momentos más felices de mi vida.

Estabas apoyado con el codo del brazo izquierdo y la palma de la mano derecha en la mesa de mármol blanco, mirando a tu alrededor, como si esperases a alguien, y sonriendo constantemente. De vez en cuando, cogías una gran bayeta amarilla y limpiabas el mostrador con cuidado, luego volvías a tu sitio. Detrás de ti, en cuatro estanterías, se alineaban botellas de bebidas alcohólicas de todo tipo, como reposando adormiladas, llenas de líquido amarillo, marrón y rojo. No había ninguna semejanza o comparación entre su apariencia suave y tranquila y el fermento interior lleno de fuerza oculta e inspiración explosiva…

La cabeza, grande y redonda, el cabello negro con la raya al medio, las cejas pobladas y separadas, el espeso bigote, curvado como un arco, el amplio y fuerte mentón, los grandes y brillantes ojos azules, la nariz aguileña…, todo ello te hacía ser el rey del café-bar África.

A veces, salíamos de nuestras oficinas en el ministerio e íbamos al África a tomar café. Y no era raro que habláramos de ti, sin tú saberlo. Una vez, estando con unos compañeros, les pregunté:

– ¿Cómo habrán escogido a este barman? Un amigo, que tenía cierta experiencia, respondió mirándome con admiración:
– Quizá empezó como camarero, pero fue elegido con mucho cuidado.

Otro añadió:

– Ganan un sueldo fabuloso.
– Su conocimiento de la psicología humana es sorprendente.
– Y en cultura general es un profesor, en todo el sentido de la palabra.
– ¿No ves cómo habla, cómo se ríe y cómo discute?
– Por eso, los que vienen desde hace tiempo son, ante todo, clientes del barman.

El lo es todo. Todo en él es original, hasta su nombre: VasiliadisVasiliadis. Escucha qué bien suena al oído.

Le miré con respeto y me apresuré a tributarle esa forma de admiración característica, en general, de la adolescencia.


Su amistad era preciosa para mí, por eso me sentía feliz cada vez que me recibía con una cálida y radiante sonrisa que hacía disipar mis preocupaciones. Los días de fiesta por la tarde, mi joven amigo me invitaba a ir al local antes de que comenzaran las veladas. ¡Y qué veladas! En cuanto me sentaba a la barra, él extendía la mano hacia la botella de Dewar’s y me servía un poco en el curvado vaso; luego contemplaba los gestos que yo hacía al beber y me preguntaba con interés:

– ¿Dónde vas a ir esta tarde?

Yo le respondía que al cine, al teatro o a algún club nocturno, y él replicaba:

– Todo eso está muy bien cuando se es joven.
– Juventud…, juventud -decía yo riendo-. ¿Por qué esa constante exaltación de la juventud? ¿Es que cada etapa de la vida no tiene sus propios valores?
– Tú menosprecias la juventud porque eres joven. Pero piensa detenidamente en el valor del tesoro que tienes en tu corazón.
– No exageres, Vasiliadis. La vida no consiste sólo en energía, no se puede medir únicamente en horas y minutos.
– Entonces, ¿qué es la vida?
– Por encima de todo, Vasiliadis, es dinero.
– El dinero es muy importante, pero la juventud lo es más. El aspecto…
– Olvídate de mi aspecto -le interrumpí-. ¿Qué sabes tú acerca de un modesto funcionario de aquel siniestro ministerio cuya entrada puedes ver desde tu sitio, detrás de la barra? Los deseos son numerosos pero las posibilidades escasas, por tanto, no me hables de juventud…
– ¿Y tú sabes cómo era el propietario de este café cuando emigró a Egipto?
– Llegó pobre y acabado, pero luego se abrió camino en un mundo distinto del ministerio y el funcionariado, con todos los ascensos y los aumentos de sueldo congelados por tiempo indefinido. ¿Qué le queda a la juventud?
– Lo que hoy está bloqueado, mañana puede moverse. Nada permanece tal cual. Toma otra copa.

Mientras me llenaba el vaso, empecé a creer en Vasiliadis y a aprobar su lógica. Luego, me despedí de él con más afecto.

Una mañana de un día de fiesta, regresando de Al Qarafa, encontré en casa una invitación de Vasiliadis y me puse muy contento. Por la tarde, me senté junto a él y le dije:

– Éste es un día de bebida, flores y buenos pensamientos.

Me llenó el vaso y me regaló un clavel y una sonrisa. Todo me pareció tan agradable que hasta me olvidé del propio Vasiliadis y empecé a recitar en voz baja:

Hasta que el secreto te ha herido
has ocultado tu amor.
Crueles han sido tus censores.

– ¿Es una poesía? -preguntó.
– Sí-contesté riéndome,
– Explícame el significado.

Empecé a explicarle palabra por palabra y él me escuchó sonriendo. Luego dijo:

– Es verdaderamente bello. Pero ¿tú eres un enamorado o un poeta?
– Un enamorado -le respondí en un tono de confesión.
– Verdaderamente bello, mas ¿por qué aludes a la ocultación y a la crueldad?
– Así es el amor en nuestro país.
– El amor significa hablar, amar y gozar con la persona amada.
– Así era para los griegos.
– Y para los romanos… para todos.
– ¡Por Dios, Vasiliadis! Gobierna tú el mundo -exclamé con entusiasmo.
– Tú eres un joven fuerte y bien educado. Cualquier chica puede quererte, pero no ocultes nada porque si no, ¿cómo puede la amada saber que la amas? Y no te preocupes por los reproches que te puedan hacer las personas injustas…, toma.

Me llenó de nuevo el vaso y yo creí en sus palabras, recuperando la fe perdida. Luego, me marché con el corazón lleno de gratitud.

«Los días pasan pero el cabello no se te vuelve blanco, Vasiliadis, ni tus ojos pierden el brillo.»


Una noche, le pregunté mirándole con estupor:

– ¿Qué haces para conservar la juventud?
– Tener amigos como tú -respondió con una inteligente sonrisa.
– Tus palabras son siempre agradables -le dije, tomando el vaso.
– ¿Cómo está tu hijo? -me preguntó con amabilidad.
– Va mejor. Y parece que viene otro de camino.
– ¡Enhorabuena! Es el momento de tener hijos. Tú eres un hombre respetable; sólo tienes un defecto: en seguida te quejas.
– La verdad es que la vida no me satisface.
– ¿Cómo puedes decir eso, si eres un funcionario respetable, además de esposo y padre?
– Me refiero al país y a la vida política, aunque tal vez a ti no te interesen esas cosas.
– Sólo desde la distancia. Desde mi sitio, detrás de la barra, he visto muchas manifestaciones y he oído muchos gritos. He visto a la policía persiguiendo a los estudiantes y la llegada de camiones militares y ambulancias, muchas… muchas veces. Pero ¿por qué sois tan impacientes?
– Éste es un país desafortunado, Vasiliadis.
– Así es la política en todos los países. En el mío, Grecia, se ha vertido mucha sangre. No te pongas triste, piensa dónde estabas ayer y dónde estás hoy. Aquí brindarás por las victorias futuras y yo te recordaré este momento. Toma…

Llenó mi vaso de nuevo. Los rasgos de mi rostro se relajaron y, no sé por qué razón, me sentí alegre. Me marché, deseando que nuestra amistad durase siempre.

A medida que pasaba el tiempo, aumentaba mi admiración por su extraordinaria vitalidad. Aunque le observaba meticulosamente, no encontraba ninguna señal del paso de los años. Sus ojos brillaban como el cristal, sin el menor síntoma de debilidad. ¿De dónde sacaba aquella fuerza renovadora?

– ¿Tú bebes mucho, Vasiliadis?
– No, amigo mío, sólo un vaso antes de comer.
– ¿Y en la cena?
– Mi cena consiste en yogur, lechuga y una manzana.
– ¿Y no tienes preocupaciones?
– Como todo el mundo. Pero no me dejo vencer por la tristeza, como la mayor parte de la gente.

Observó que yo había dejado mi asiento habitual para sentarme detrás del biombo que separaba el café del rincón en el que se tomaban bebidas alcohólicas.

– Veo que prefieres permanecer escondido. Riéndome, le respondí:
– Mi hijo es todavía joven, y una vez le vi pasar con algunos amigos por delante del café.
– ¡Es increíble que un padre tenga miedo de su hijo!
– Mis hijos me preocupan mucho.
– ¿Por qué? Tú eres un buen hombre.
– Apenas coincidimos en nada, ya sean opiniones o gustos. La verdad es que me siento como un extraño.
– ¿Y por qué quieres que sean como tú?
– En nuestra época… El me interrumpió:
– ¿Quieres decir cuando todas las promociones y los ascensos estaban congelados? No pude contener la risa.
– Entonces, ¿a que no te molesta la rebeldía de los hijos? -Y tras una breve pausa añadió-: Aprende de ellos, si puedes. Toma.
Alcé el vaso brindando:
– ¡Por la rebelión y la desobediencia!

A pesar de que uno mismo es el último en darse cuenta del efecto del tiempo en su persona, había signos indiscutibles que me convencían del gran cambio que se había producido en mí, mientras que no observaba ninguno en Vasiliadis.

Una noche, fui a verle. Me miró preocupado y yo adiviné el motivo. Mientras me servía una copa, me comentó:
– Te noto distinto.
– Ayer me jubilaron -respondí bajando la cabeza.
– ¡Bravo! -exclamó él tendiéndome la mano.
– ¿Por qué me felicitas, Vasiliadis?
– Porque has terminado un viaje con éxito para iniciar otro.
– ¿Qué otro?
– La vida comienza a los sesenta años.
– ¿En el café África?
– Hasta ahora, sólo te preocupabas de los detalles de la vida -dijo meneando la cabeza-. A partir de ahora, te preocuparás sólo de las cosas esenciales.

– La verdad es que me he sentido completamente anulado.
– Lo mismo dijiste una vez a propósito de la juventud.
– No tengo a nadie conmigo, excepto a mi mujer, y si no fuese por el sentido del deber, ninguno de mis hijos vendría a verme.
– Piensa sólo en una cosa: cómo disfrutar de la vida después de los sesenta años.
– Pero ¿a esa edad queda algo de la vida?
– La vida vieja se ha terminado pero la nueva todavía no se ha iniciado.
– A veces siento vértigo -dije desmoralizado-, y me parece que nada merece la pena.
– Tienes buena salud y muchos amigos. Además, la vida aquí ya no transcurre con la monotonía de antes.
– Siento una profunda tristeza interior que sólo espera la ocasión de aflorar a la superficie.
– Pero no puedes borrar las experiencias felices de tu vida pasada y presente.
– Parece que lo único que sabes decir son cosas agradables.
– Tenemos todavía muchos días por delante para encontrarnos, hablar e intercambiar afecto.
– Que se haga la voluntad de Dios.
– Puedes visitar de nuevo el parque zoológico, el acuario, los monumentos… Toma, bebe.

Me llenó el vaso y pensé que Vasiliadis era un tesoro.


Un día, mientras me preparaba para recibir el mes del Ramadán, tuve un cólico nefrítico. Mis hijos vinieron a verme y también los amigos, y pasamos el rato hablando de enfermedades y de política.

Una mañana, mi mujer me dijo que un extranjero quería verme. Unos minutos después, Vasiliadis me abrazaba efusivamente, y su espeso bigote me rozaba la boca y la mejilla. Era la primera vez que le veía con traje y sombrero. Me dijo riendo:

– El bar está triste sin tu risa. Yo le respondí, palpándome la parte baja de la espalda:
– ¡El dichoso cólico! Que Dios te proteja, Vasiliadis.
– Es sólo una dolencia pasajera. Tengo que confesarte que, sin ti, Vasiliadis no vale nada.
– ¿Y qué valgo yo sin ti, querido amigo?
– ¿Cuándo volverás con nosotros?
– Tal vez a finales de semana. ¿Dónde está la juventud?, dime, ¿dónde?- Ya te he dicho que es una dolencia pasajera y que pronto continuaremos con nuestra buena vida.

La verdad es que su visita me dio más ánimo que la de mis hijos. La noche que regresé al África me abrazó en presencia de todos y yo alcé mi vaso diciendo:

– ¡A la salud de Vasiliadis, símbolo del amor y la lealtad!

Le conté que había soñado que la muerte había venido a visitarme, y él me respondió:

– No creas en esas cosas. La muerte sólo viene una vez y, cuando lo hace, le sigue la mayor de las felicidades.

– Hablas como si supieras lo que ocurre después de la muerte.
– ¿De dónde has venido? -me preguntó con confianza-. ¿No se parece la oscuridad de la que has venido a la oscuridad a la que irás después de una larga vida? De las primeras tinieblas fue posible que surgiera la vida. Así pues, nada impide que la vida continúe en las segundas tinieblas.
– ¡Bravo, Vasiliadis! -exclamé embriagado-. Hablas como un santo.

Un día, estaba dando un largo paseo entre jardines y monumentos, y me senté en un lugar solitario, bajo los rayos espléndidos del sol.

Pero nada impide la realidad: perdí la consciencia durante no sé cuánto tiempo. Cuando volví en mí, me encontré tendido en el lecho, como un muerto. Pensé que era el fin, pero mi apego a la vida no disminuyó.

– Vasiliadis te manda saludos -me dijo un amigo que vino a visitarme.

Los párpados se me contrajeron debido al interés que por primera vez sentía por algo desde que estaba postrado en el lecho.

– ¿Sabe él cómo me encuentro? -le pregunté.
– Sí. Algunos amigos le han informado y se ha puesto muy triste.

Tras marcharse mi amigo, le dije a mi mujer:

– Si viene el extranjero, hazle pasar inmediatamente.

Era un ser extraordinario y pensé que renovaría mi vida con su increíble magia.

Cada vez que sonaba el timbre, los párpados se me contraían y me preparaba para el encuentro, pero Vasiliadis no venía. Me preguntaba qué podía haberle pasado, pero no encontraba una respuesta satisfactoria. Empecé a sentirme angustiado, y un día le dije a un amigo:

– Vasiliadis no ha venido a visitarme.
– Está muy ocupado -dijo el hombre, como disculpándole.
– Pero la última vez que estuve enfermo vino en seguida a verme.

El hombre permaneció en silencio, y yo le dije, afectado:

– Hazle saber que estoy disgustado.

Pensé que por fin vendría, a pesar de sus ocupaciones. Esperé mucho tiempo en vano, y la tristeza empezó a transformarse en enfado. Me convencí de que había dejado de interesarse por mí al saber que mi fin se acercaba. ¡El muy falso! Su pretendida amistad no era más que habilidad profesional.

Mi amigo vino a visitarme por tercera vez cuando me encontraba entre la vida y la muerte. Me oyó susurrar el rítmico nombre de Vasiliadis con pena y me dijo, acercándose a mí:

– Vasiliadis descansa en paz.
– ¡No! -grité, a pesar de mi debilidad.
– Eso dijimos todos. No podíamos dar crédito a nuestros ojos cuando le vimos desplomarse detrás de la barra del bar. Un momento antes, había estado charlando y riéndose, erguido como una estatua. Pero, por el amor de Dios, dime cómo es posible que un hombre tan fuerte como él se muera, si no es de un golpe fatal.

Naguib Mahfuz


©2018-paginasarabes®

El vacío – Naguib Mahfuz

Caballeros árabes en el ataque – Adolf Schreyer (1869)

Sería un enfrentamiento violento, salvaje, para satisfacer la sed de venganza alimentada durante veinte años de resignación e impaciente espera. Los ojos del hombre brillaban de ira mientras caminaba rodeado por sus secuaces, todos ellos provistos de bastones para golpear a sus enemigos. Mientras el grupo continuaba su camino, algunos se unieron con cestos llenos de piedras y guijarros. Los hombres avanzaron hacia la desierta montaña decididos a luchar. ¡Tu fin se avecina, Shardaha!

De vez en cuando, un barrendero o un sepulturero miraban el extraño cortejo, centrando su atención en el hombre que parecía el cabecilla de la banda, preguntándose con curiosidad, estupor y desaprobación quién sería ese nuevo jefe al que nunca habían visto.

… ¡Bien pronto le conoceréis y le recordaréis para siempre, moscas del universo!

El sol, al ocaso, proyectaba su luz incandescente sobre los turbantes bordados, y soplaba un fuerte viento del desierto que quemaba los rostros de la gente y esparcía melancolía y odio en el ambiente.

Alguien de la banda le preguntó al hombre al oído:

– Jefe Sharshara, ¿se encuentra Shardaha en el camino de la montaña?

– No. Para llegar tenemos que pasar por el barrio de Al Gawwala.

– Entonces, correrá la noticia de que vamos hacia allí y tu enemigo te estará esperando. Sharshara frunció el ceño y dijo:

– Nuestro deseo es demasiado fuerte: con astucia podemos obtener la victoria, pero no satisfacer la sed de venganza.


«Veinte años en el destierro, manteniendo siempre la sed de venganza, lejos de la vida nocturna de El Cairo, en los ignotos puertos de Alejandría. La única motivación de tu vida es la venganza. Comida, bebida, dinero, mujeres, cielo, tierra…, todo ha estado inmerso en nubes, y los sentimientos se han concentrado en el doloroso proceso de preparación, siendo la venganza su único pensamiento. El amor, la seguridad el dinero…, todo cuanto poseías lo has sacrificado en los preparativos del terrible día. De este modo, la flor de la vida se fundió en el horno del rencor, el odio y el dolor. No estabas satisfecho con tu lenta pero constante superioridad sobre los trabajadores del puerto. No obtenías un fruto auténtico de tu victoria sobre los Yafars en los combates de Kum y Dikka. ¡Qué fácil era vivir como un matón respetado por todos y adoptar Alejandría como lugar de residencia con el nombre de Sharshara resonando bajo el cielo! Pero lo único que tus ojos inyectados en sangre ven en el mundo es a Shardaha en su estrecho camino, su zigzagueante y empinada callejuela y su bravuconería despótica y odiosa. Lahluba, ¡maldito seas!»

El desierto camino de la montaña se terminó en la puerta de la ciudad, y el grupo la cruzó dirigiéndose al poblado barrio de Al Gawwala. Sharshara, con un tono autoritario y duro como un golpe de hacha en una piedra, ordenó:

– No habléis con nadie.

Al paso del cortejo, todos los que estaban en las tabernas y en los cafés se quedaron mirando al nuevo cabecilla; luego empezaron a sentir inquietud y miedo.

– Pensarán que venimos con intención de hacerles daño -dijo uno del grupo.

Sharshara miró las caras pálidas de los que los observaban y dijo en voz alta:

– Hombres, venimos en son de paz. Los hombres se tranquilizaron y saludaron a los recién llegados.

– Buscamos Shardaha -aclaró, mirando de forma significativa al compañero que había hablado anteriormente.

Luego, continuó su camino agitando su amenazador bastón y pensando: «No cesan de mirarte con curiosidad, como si no hubieras nacido en este barrio, en pleno Shardaha. Pero parece que lo único que la gente recuerda es a las víctimas y a los criminales.»

A los veinte años, había trabajado en una fábrica, y su afición favorita era jugar a las canicas bajo una morera. Era huérfano y no tenía adonde ir, pero podía dormir en la propia fábrica gracias a la caridad de Amm Zahra, el propietario. La primera vez que llevó aceite de linaza a casa de Lahluba, éste le dio un golpe en la nuca a modo de saludo. Y Zainab, ¡qué bella era!

Si no hubiera sido por el tirano de Shardaha, ella sería mi esposa desde hace veinte años. El tuvo ocasión de pedir su mano antes que tú, pero no se fijó en ella hasta la noche de bodas. Los clubs quedaron destrozados, el músico huyó y los instrumentos musicales se hicieron añicos. Tú permaneciste inmóvil como un objeto o una parte del mobiliario. No es que fueras débil o cobarde sino que la lucha estaba por encima de tus posibilidades. Te tiraron al suelo y empezaron a darte patadas. Luego él se rió de forma odiosa y dijo con sarcasmo:

«-Bienvenido sea el esposo del aceite de linaza.»

Mi galabeya nueva había sido desgarrada, el turbante se había perdido y me habían robado los ahorros de toda la vida. Entonces dije:

»-Yo soy de Shardaha, señor. Todos somos tus hombres y estamos bajo tu protección.

»Él me golpeó en la nuca, como para darme a entender su benevolencia, y preguntó a sus hombres con sarcasmo:

»-¿Qué creéis que debo hacer con él?

»-Yo soy tu servidor, señor, pero déjame marchar…

»-¿Te está esperando tu esposa?

»-Sí, señor. Y quiero mi dinero. La galabeya no me preocupa tanto.

»Te agarró de los pelos y te empujó hacia él; luego dijo con un tono nuevo, serio e intimidatorio:

»-¡Sharshara!

»-A sus órdenes, señor.

«-Repúdiala.

«-¿Qué?

»-Te ordeno que la repudies, que repudies a tu esposa ahora…

«-Pero…

»-Es bella, pero la vida aún lo es más.

»-Pero si me he casado con ella esta tarde…

»-Y esta noche te divorciarás. Estas cosas es mejor hacerlas rápido.

«Lanzó lamentos de desesperación y el otro le dio una fuerte patada. En unos momentos le despojaron de su ropa y, de un golpe en la nuca, lo arrojaron al suelo. Luego le golpearon con una vara hasta que perdió el conocimiento. A continuación, le arrojaron a la cara orina de caballo. El hombre le ordenó:

«-¡Repúdiala!


»Sharshara lloró de dolor y humillación pero no pronunció ni una sola palabra. El otro dijo en un tono irónico:

«-Nadie te reclamará la parte aplazada de la dote. 1

«Uno de los hombres le zarandeó con fuerza diciendo:

»-Da gracias a Dios y muestra gratitud a tu señor.

»Dolor, humillación y pérdida de la esposa. Y ahora, el olor de las droguerías de Gawwala me hace retornar al pasado, incluso más que mi presencia física, los antiguos campos de juego y el rostro de Zainab que había amado desde que tenía diez años.

»Durante veinte años, mi corazón sólo había sentido rencor, mientras que hasta entonces únicamente sentía amor y diversión. Dentro de poco no lamentaré las cosas que he perdido en la vida. Cuando te tenga bajo mis pies, Lahluba, y te diga: “¡Repúdiala!”, recuperaré veinte años de mi vida perdidos en el infierno. También encontraré cierto consuelo por el dinero que he gastado en este empeño, el dinero conseguido con trabajo, robo, pillaje y la exposición a toda clase de peligros.»

Cuando apareció a lo lejos el túnel que conducía a Shardaha, se dirigió a sus hombres diciendo:

– Arremeted contra los hombres de Lahluba y dejad en paz al resto.

No dudó ni un momento de que la noticia de su incursión habría llegado a Shardaha antes que él, y dentro de poco se encontraría cara a cara con Lahluba. Sólo le separaba de su objetivo un pequeño túnel.

Condujo a sus hombres con cautela, pero en la entrada del túnel no encontraron a nadie. Entraron todos a la vez empuñando sus bastones y lanzando terribles gritos, mas la calle estaba vacía: la gente se había refugiado en las casas y en las tabernas. La calle de Shardaha se extendía solitaria hasta el espacio abierto que limitaba con el desierto. Uno de sus acompañantes le susurró al oído;

– Es una trampa…, una trampa, señor Abu Al Abbás.

– Lahluba no utiliza trampas -dijo Sharshara con extrañeza, y gritó-: ¡

Lahluba! ¡Da la cara, cobarde!

Pero nadie respondió ni salió a la calle. Miró al frente, con actitud acechante y desconcertada, recibiendo una asfixiante bocanada de aire caliente. ¿Cómo soltaría el lastre de veinte años de odio y rencor? Vio la pequeña y arqueada puerta de la fábrica cerrada y se dirigió hacia ella con precaución. Dio un golpe con el bastón y, desde dentro, una voz temblorosa suplicó:

– ¡No me hagas daño!

Sharshara respondió en tono triunfal:

– Amm Zahra, sal y no te pasará nada.

La cara del anciano apareció por un ventanuco situado encima de la puerta, mirando alrededor con su vista débil.

– No tengas miedo, nadie quiere hacerte daño. ¿No te acuerdas de mí?

El anciano se le quedó mirando; luego le preguntó desconcertado:

– ¿Quién eres? ¡Que Dios te proteja!

– ¿Te has olvidado del joven que trabajaba para ti? El hombre abrió los ojos, sorprendido, y exclamó:

– ¡ Sharshara! Por el Libro Sagrado, Sharshara en carne y hueso.

El anciano abrió la puerta inmediatamente y corrió hacia él con los brazos abiertos, ocultando el temor que sentía en su interior. Se abrazaron. Sharshara esperó con paciencia hasta que el anciano terminó de darle la bienvenida, y luego le preguntó:

– ¿Dónde está Lahluba? ¿Por qué no ha venido a defender su barrio?

– ¡Lahluba!

– ¿Dónde está ese cobarde camorrista?

El anciano suspiró y levantó la cabeza, mostrando su cuello delgado con prominentes venas, luego dijo:

– ¿No lo sabes, hijo? Lahluba murió hace tiempo.

– ¡No! -gritó Sharshara desde lo más profundo de su corazón, tambaleándose como si hubiera recibido un golpe.

– Es la verdad, hijo.

– No, no. Tú chocheas -dijo Sharshara con voz terrible.

– De verdad que murió -aseguró el anciano, retrocediendo un paso por el miedo.

Sharshara se vino abajo. Entonces el anciano continuó:

– Hará unos cinco años.

«¡Ah! ¿Por qué todos los seres desaparecen y no queda más que el polvo?»

– Créeme, está muerto. Le invitaron a un banquete en casa de su hermana y comió cuscús. Él y muchos de sus hombres murieron envenenados.


Respiraba con dificultad, como si el aire estuviera cargado de ladrillos. Se sintió sumergido en lo más profundo de la tierra, sin saber qué quedaba de él en la superficie. Miró a Amm Zahra con impotencia y murmuró:

– Entonces ¿Lahluba ha muerto?

– Sí, y el resto de sus hombres se han dispersado por temor a que los capturaran.

– ¿No ha quedado ninguno?

– Ninguno, gracias a Dios.

De pronto, Sharshara exclamó con voz atronadora:

– ¡Lahluba, cobarde! ¿Por qué has muerto, cobarde?

El anciano, alarmado por la violencia del tono, intentó calmarlo diciendo:

– Tranquilízate, y da gracias a Dios. Sharshara hizo un movimiento para dirigirse a sus hombres, pero de pronto se detuvo y preguntó:

– ¿Y qué sabes de Zainab?

– ¿Zainab? -preguntó a su vez el anciano, desorientado.

– Anciano, ¿te has olvidado de la esposa que me obligaron a repudiar el mismo día de la boda?

– Ah, sí… Ella ahora vende huevos en el barrio de Al Gahsh.

Decepcionado y derrotado, miró a sus hombres, el grupo en el que había gastado la vida, el dinero y la paciencia. Se sentía como si hubiera estado dando palos de ciego.

– Esperadme en la montaña-les ordenó con mal humor.

Los observó con frialdad mientras desaparecían en el túnel uno tras otro. ¿Se reuniría con ellos? ¿Cuándo y por qué? ¿Regresaría por la calle de Gawwala o por el descampado? ¿Y Zainab?…

Sí, Zainab. Por ella había quemado veinte años de su vida. ¿De verdad había sido por ella? «No llegarás a ella pasando sobre el tirano derrotado, como te habías imaginado. Ya está muerto, y no sirve de nada profanar las tumbas. ¡Qué horrible es el vacío! Ahora, ella está en su tienda; ella, y nadie más. ¡Quién se iba a imaginar que nos encontraríamos de una forma tan clandestina y embarazosa!»

Se sentó en un café tan pequeño como una celda y empezó a mirar la tienda, llena de clientes. Allí estaba, una mujer extraña llena de grasa y experiencia de la vida. Los años habían hecho madurar sus inocentes facciones. Iba vestida de negro de la cabeza a los pies, pero su rostro conservaba gran parte de su antigua belleza.

Regateaba y discutía con los clientes, mostrándose unas veces simpática y otras peleona, como una auténtica experta en el comercio. «Ahí está, si la quieres. Puedes tenerla sin peleas, pero también sin honor. Ya no podrás pisarle el pecho a Lahluba y ordenarle que la repudie. ¡Qué horrible es el vacío!»

No podía apartar los ojos de ella. Los recuerdos se vertieron sobre él, haciéndole sentir extrañeza, melancolía y una indecisión desesperante. No tenía idea de lo que iba a hacer. Había creído que Zainab lo era todo en la vida. Pero ¿dónde estaba ella ahora?

Se produjo el ocaso, como si fuera el fin de la existencia, y los clientes empezaron a marcharse. Por fin, Zainab se sentó en una pequeña silla de paja y comenzó a fumar un cigarrillo. Para huir de la confusión, él decidió acudir a su lado. Se puso delante de ella y le dijo:

– Buenas tardes, señora.

Zainab alzó los ojos, pintados de kohl, y le miró. Continuó fumando, sin reconocerle, y le preguntó:

– ¿Desea algo?

– No, gracias.

Ella le volvió a mirar con repentino interés y los ojos de ambos se encontraron. La mujer alzó las cejas y esbozó una sonrisa.

– ¡Soy yo! -exclamó él.

– ¡Sharshara!

– En persona, pero al cabo de veinte años.

– ¡Toda una vida!

– Ha sido como una enfermedad.

– Gracias a Dios estás bien. Pero ¿dónde te habías metido?

– En el territorio de Dios.

– ¿Qué tal el trabajo, la familia y los hijos?

No tengo nada de eso.

– ¡Al fin has vuelto a Shardaha!

– En vano.

Ella le miró con curiosidad y duda.

– Me ha precedido la muerte -dijo él lleno de cólera.

– Ya todo ha pasado -susurró ella, inquieta.

– La esperanza está sepultada con él.

– Ya todo ha pasado -repitió. Se intercambiaron una larga mirada; luego él le preguntó:

– Y tú, ¿cómo estás?

Señalando hacia las cajas de huevos, Zainab respondió:

– Como puedes ver, de maravilla.

Tras un momento de duda, él le preguntó:

– ¿Y no… no te has vuelto a casar?

– Mis hijos ya son mayores.

Era una respuesta sin sentido, una excusa similar a una trampa. ¿De qué servía el regreso, si antes no recuperaba el honor perdido? ¡Qué terrible es el vacío!

– Siéntate -le dijo ella, señalando hacia una silla vacía en una esquina de la tienda.

Su voz era dulce, como el pasado, pero ahora no quedaba más que polvo.

– Otro día -respondió Sharshara con amargura. Luego, tras dudarlo, le estrechó la mano y se marchó. La ocasión no volvería a repetirse. Se sintió igual que veinte años atrás, pero ahora la esperanza no estaba enterrada. Desechó la idea de ir a la montaña pasando por Al Gawwala: no quería ver a nadie ni que le vieran. Y se dirigió al descampado.


Naguib Mahfuz


Notas:

  1. Parte de la dote que el esposo debe pagar únicamente si se consuma el matrimonio. (N. de la T.)

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