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Fardús – Naguib Mahfuz

Todo se movía sin control y los muros laterales parecían oscilar. Pero lo más extraño era la ausencia de luces, como si se las hubiera tragado la oscuridad; era extraordinario aquel silencio, como si la calle estuviera inmersa en el sueño.

O el recuerdo engaña, induciendo a error e inventando cosas sin fundamento, o el mundo cambia con tal fuerza que no tiene piedad con los recuerdos.

No obstante, al hombre no se le pasaba por la cabeza volver hacia atrás pero tampoco le abandonaba aquel deseo ardiente, aquella nostalgia por un periodo de vida definitivamente pasado, que no tenía retorno. Pero ¿no era aquel cambio peor de lo que cabía suponer? ¿Qué significaban aquellos camiones parados aquí y allá? ¿Dónde estaban los numerosos cafés y las tabernas? ¿Y las luces que acompañaban el majestuoso caminar de las mujeres con sus vistosas joyas y sus vestidos provocadores?

«Habla, ya sea con alegría o con tristeza, pero no te quedes ahí inmóvil, como si no me conocieras.»

Ahí están las arcadas, a ambos lados, escasamente iluminadas, y no hay nada que merezca la pena ver o escuchar. ¿Qué ha sucedido? Ahí están las escaleras que conducen al camino, pero ¿dónde está el policía? No hay ni una garganta que cante ni una cuerda que emita un sonido, y no se oye ni un insulto.

¿Dónde estaba el viejo farmacéutico de mala fama, y su bodega, donde se podía encontrar respuesta a todas las necesidades? ¿Dónde estaba? Ni un chiste, ni un grito, ninguna disputa ni amenaza de riña, ningún ruido de pasos, nadie que pidiera ayuda, ninguna cara extraña ni nadie vomitando, bailando o intentando suicidarse. Nadie en desacuerdo con las cuentas, ningún ratero, ningún estafador ni ningún alcahuete. Ningún bastón en alto ni ninguna silla volando por los aires. No había más que camiones y tabernas cerradas, y una oscuridad casi absoluta, con unas cuantas farolas alejadas entre sí.

En el comienzo de la calle, vio un pequeño café y se dirigió hacia él como una exhalación: tal vez ése fuera el único punto de encuentro entre el pasado y el presente.

Se sentó en el mismo sitio de antaño, y tal vez hasta en la misma silla. Pero era evidente que ni el camarero ni el dueño del local eran los mismos.

Desde su sitio, no vio nada que mereciera la pena, pero en el ambiente había algo indefinido, como una advertencia.

– ¿Dónde está la gente del barrio? -le preguntó al camarero, que estaba frente a él.
– En sus casas -respondió el joven, que se esperaba otra pregunta.
– Por la calle no he visto a nadie, ni tampoco luces.

El joven sonrió, y el hombre pensó que había exagerado, pero las facciones del joven eran muy irritantes.

– ¿Qué quiere tomar? -le preguntó el joven.
– Un coñac.

El camarero no pudo contener la sonrisa. Confuso ante la petición de un coñac, sin aperitivos, dijo:

– Café…, té…, canela…, narguile
– He dicho un coñac.
– No tenemos.
– Pero yo lo he tomado aquí muchas veces.
– En los barrios populares no hay permiso para venderlo.

O aquel joven era tonto, o tenía una mente muy retorcida.

– ¿Y quién es el cantante del café?
– ¿Qué cantante? No hay ningún cantante.

Le indicó al joven que se marchara. Pronto descubriría el misterio. Le hubiera gustado discutir con el dueño del café, pero una mujer apareció en la calle. Venía por el lado de la escalera, envuelta en su melaya pero con el rostro descubierto, y lo distrajo de sus pensamientos.

Ella era el verdadero punto de encuentro, no aquel café en ruinas. En todo el barrio, sólo había una mujer que caminara envuelta en su melaya. Fardús. Sólo Fardús, ninguna otra mujer del barrio.

Cuando se acercó, él sonrió. Iba a proponerle que se sentara a su lado pero ella siguió su camino sin prestarle atención. Sus altos tacones producían un ruido especial al caminar sobre el suelo empedrado. Quizá no le había visto, porque no era posible que se hubiera olvidado de su larga relación, las alegrías, las tristezas y las conversaciones que se prolongaban hasta el alba.

El hombre salió del café para seguirla. Ella se dirigió hacia la tercera puerta de la calle, la empujó y entró. Él apretó el paso y entró detrás de la mujer.


Se acercó a ella en el pasadizo, cuya única luz en la oscuridad que lo envolvía era un leve resplandor que provenía de la calle y que penetraba a través de la puerta entreabierta.

– ¿Quién eres? -preguntó la mujer dándose la vuelta.
– Soy yo -respondió él con seguridad.
– ¿Quién eres? -repitió ella con seriedad y prudencia.
– El que tiene esta voz. ¿No te acuerdas?
– No.
– ¡Fardús!
– ¡Márchate!
– ¡Fardús!
– Fardús está en tu imaginación, descarado. Él se rió y dijo:
– Tú eres Fardús. Yo conozco tus trucos.

Alargó la mano para cogerla del brazo, pero la mujer se soltó y gritó enfadada; luego le dio un puñetazo en la cara. Él se quedó aturdido. Se oyeron pasos por la escalera y un gran estrépito por detrás de las paredes. Luego aparecieron unas caras furiosas a la luz de una lámpara que sostenía la mujer. El hombre exclamó asustado:

– ¿Qué está pasando? Yo soy un cliente. Lo rodearon y le abofetearon, gritando:
– ¡Ladrón!
– Dejad que me explique,
– Habla, cobarde.
– Soy un cliente.
– ¡Un cliente! ¿Quién te ha dicho que nuestra casa es un café?

Continuaron golpeándolo hasta que él gritó. Entonces, acercaron la lámpara a su rostro para verlo mejor.

– ¡Es un efendi!
– ¡Es un anciano!
– ¡Es un borracho!
– Vamos a dejar que se explique sin golpearlo -dijo uno de ellos-. ¿Por qué has venido aquí?
– ¡Por Dios! Soy un cliente, y pagaré hasta el último céntimo.

Siguieron golpeándolo violentamente hasta que cayó al suelo. Entonces, uno de ellos aconsejó que no continuaran pegándole, ya que podría morir. Luego, corrieron a llamar a la policía.
El hombre se quedó tirado en el suelo susurrando:

– Que Dios te perdone, Fardús.

Todos los presentes estaban de pie ante el inspector de policía. Tras escuchar su versión de los hechos, el inspector le preguntó al hombre:

– ¿Qué tienes tú que decir?

El hombre tenía la cara demacrada y arrugada, hinchada e inexpresiva. Además, se le había caído el tarbush de la cabeza, dejando al descubierto su gran calva. La corbata le colgaba del cuello de la camisa desgarrada, la chaqueta negra estaba cubierta de cal y polvo, y sus mandíbulas parecían bailar alrededor de la boca desdentada. Con voz fatigada, dijo:

– Sus afirmaciones son una prueba de su culpa. Me han tratado brutalmente sin motivo alguno. Solicito que me vea un médico urgentemente.
– Estás tan borracho que hasta te puedes morir por eso.
– Pero yo no me he metido con nadie.
– Has molestado a la señora.
– No, simplemente la he seguido hasta su casa, según la costumbre.
– ¿La costumbre?
– Sí, como cualquier hombre.
– ¿Y con qué derecho?
– Con legítimo derecho. Usted es una persona competente.
– Habla, no me hagas perder el tiempo.
– Yo la he invitado con la intención de pagarle la cuenta, y ella me ha golpeado.
– ¿Mantienes esa versión?
– Claro. Yo no soy un ladrón ni un maleante, sólo soy un antiguo cliente.
– ¿Cliente?
– Sí, pero no lo hacía por diversión ni por libertinaje, sino por prestar un servicio a la sociedad.
– ¡Increíble!
– He estudiado la situación de la mujer en este barrio, y mi trabajo ha sido valorado y apreciado.
– ¿Y quién te encomendó hacer todo eso?
– Es un deber humanitario que llevé a cabo espontáneamente, sin que nadie me lo encomendara.
– No te creas que vas a poder engañar a nadie con tu vergonzosa borrachera.

El hombre sonrió de forma insulsa y dio unas palmadas, luego miró a los presentes y se desplomó.

Cuando abrió los ojos, se encontró tendido en un lecho, en una pequeña habitación blanca que olía a medicinas. Transcurrieron algunos minutos antes de que tomara conciencia de quién era y dónde se encontraba. En un momento dado, entró un hombre al que nunca había visto: tenía un aspecto respetable, como de persona que ocupara un cargo oficial. Dijo que era comisario de policía, y el hombre le miró con estupor.

El comisario le dijo que le conocía desde hacía mucho tiempo y que recordaba su actividad, cuando escribía en los periódicos y en las revistas.

– Yo era uno de sus más fervientes lectores.
– Es un placer -susurró el hombre, palpándose la frente y el mentón.
– Le reconocí en la comisaría, cuando estaba inconsciente, y ordené que le asistieran como era debido. Espero que se encuentre mejor.
– Creo que sí. Pero no tengo ni idea de lo que me ha pasado.
– Es una triste historia. Ya la recordará en su momento.

Los ojos del hombre reflejaron inquietud. El comisario continuó:

– Primero déjeme que le lea el acta.
– ¿El acta?

El comisario leyó el acta con paciencia y claridad. Él lo seguía serio y con asombro. Sin duda, en aquella horrenda aventura cualquier cosa sería suficiente para culparlo.

– ¿Cómo sucedió? -le preguntó el comisario.
– No lo sé -susurró con tristeza y preocupación.
– Es cierto que estaba en estado de embriaguez, pero no es suficiente.

Ante su silencio, el comisario añadió:

– El inspector de policía ha sospechado de algo más peligroso que la embriaguez y me ha pedido permiso para realizar un análisis gástrico.
– ¡No!
– Pero no ha hecho falta.
– No sé cómo agradecérselo. El comisario sonrió y dijo:
– Yo seguía sus interesantes estudios. ¿Cómo ha podido suceder esto?- Está claro que he perdido la cabeza -respondió el hombre, suspirando.
– Pero ha agredido a una mujer en su propia casa, y eso aumenta la culpa.
– No me lo puedo creer.
– Va a tener serias dificultades para llegar a un acuerdo con la mujer y su familia.
– ¡Qué triste destino!
– Es un episodio muy particular. Espero que no salga publicado en la prensa.

Al escuchar la palabra «prensa», el hombre suspiró. Dijo que había sido un destacado periodista antes de retirarse, hacía quince años. Luego regresó a su pueblo, anciano y sin ninguna actividad a la que dedicarse. Durante un periodo de tiempo vivió en completo ocio, y después le asaltó un vivo deseo de visitar El Cairo. Fue a la taberna, como en el pasado, y luego sus pasos lo condujeron, como de costumbre, por aquel camino.


– Pero usted debería ser el primero en saber que en el barrio ya no hay prostitución, y también cuándo fue erradicada.
– Lo había olvidado por completo. Perdí el juicio.
– Y pasó lo que pasó.
– Pasó lo que pasó.

El comisario se rió de forma tranquilizadora, dándole a entender que había hecho todo lo posible por ayudarlo, y empezó a elogiar su voluminoso libro sobre la prostitución y las prostitutas.

– Fue una gira maravillosa -dijo el hombre-. Para escribir ese libro visité muchos países orientales y occidentales, recopilando una verdadera enciclopedia.
– Usted exigía que se erradicara la prostitución y que se tratara a las prostitutas con humanidad.
– La abolición de la prostitución fue una victoria personal, hasta el punto de que mis colegas organizaron una fiesta en mi honor en el hotel Sheperd.
– Sí, ya me acuerdo. Pero ¿por qué dejó el periodismo?
– La prostitución era la cuestión esencial a la que había dedicado toda mi capacidad de escritura, tratando la historia y sus variadas formas, las víctimas y lo que las rodea. La abolición era mi objetivo. Cuando lo conseguí, me di cuenta de que ya no había nada que me resultara interesante.
– Pero ¿y su gran capacidad para escribir? Quiero decir que la prostitución no era sino uno de los innumerables problemas que existían.
– Ya no tenía ganas de escribir. Habían desaparecido de forma extraña. Era como si se hubieran roto los vínculos entre las cosas y yo…
– La verdad es que…

Pero el hombre le interrumpió, molesto:

– Mi actividad de escritor se abolió al mismo tiempo que la prostitución. Ambas se desvanecieron. Me quedé sin argumento, sin trabajo, sin entusiasmo y sin objetivos. Así que volví a mi pueblo, y rápidamente caí en el olvido.

Los dos hombres se intercambiaron una larga mirada; luego el comisario sonrió y dijo:

– Cuando yo era subteniente, el barrio formaba parte de mi zona. Le veía a usted muy a menudo en el café El Arabi.
– Era parte de mi trabajo.
– Pero usted…, quiero decir…, se divertía y jugaba…
– Sí. Era el corazón que escuchaba los sufrimientos al final de la noche. -Le pareció que el comisario sentía cierto embarazo al recordar el pasado; no obstante, continuó-: Es como si formáramos parte del mal que combatimos.

Extendió la mano hacia el comisario y, estrechándole la suya, concluyó:

– Espero que, gracias a usted, pueda regresar a mi pueblo bien protegido. Ya no me volveré a alejar de allí mientras viva.

Naguib Mahfuz

©2019-paginasarabes®

El Acusado – Naguib Mahfuz

Iba solo en su pequeño coche, sin otra distracción que la velocidad: volaba sobre el asfalto que, separando en dos partes el desierto, conducía a Suez.

La monotonía del paisaje aumentaba su sensación de soledad, sin que apareciera ningún elemento nuevo en aquel viaje de ida y vuelta que se veía obligado a realizar una vez a la semana.

Aquel día, divisó a lo lejos un gran camión y, decidido a alcanzarlo, aumentó la velocidad de su Ramsés.

Era un camión cisterna, grande como una locomotora, en cuya parte posterior iba agarrado un ciclista que, sin sentirse fatigado, daba alguna que otra patada a la rueda izquierda mientras cantaba.

¿De dónde vendría el ciclista y adonde iría? ¿Podría haber recorrido todo aquel trayecto en bicicleta si no hubiera encontrado un vehículo que tirase de él?

El hombre sonrió con admiración y miró al ciclista con lástima. Pasaron cerca de unas colinas situadas a la derecha de la carretera, tras las cuales se extendía un gran maizal rodeado de un terreno de pasto para las cabras.

El hombre redujo instintivamente la velocidad para gozar del fresco verdor y, de pronto, un grito rasgó el silencio. Asustado, miró hacia delante y vio cómo la rueda del camión arrollaba a la bicicleta y al ciclista, y continuaba su camino como si tal cosa.

El hombre gritó aterrado y continuó dando gritos para llamar la atención del conductor del camión. Se detuvo a unos dos metros de la bicicleta y salió del coche sin pensarlo y sin dejar de dar gritos al camionero.


Se acercó, temeroso, al lugar del accidente y vio el cuerpo tendido sobre el costado izquierdo, con el brazo derecho de piel morena extendido a su lado y la pequeña mano, cubierta de contusiones y heridas, asomando por la camisa de media manga llena de polvo. De la cara, no se veía más que la mejilla derecha, y las piernas, dentro de un pantalón gris hecho jirones y empapado de sangre, continuaban sujetas a la bicicleta, que tenía las ruedas aplastadas, los radios doblados y un lado del manillar roto.

La víctima, que aparentaba como veinte años, respiraba profunda e irregularmente. Al verlo, la cara del hombre se contrajo y le dirigió una mirada triste y compasiva, pero sin saber qué hacer. Se sentía impotente en medio de aquella soledad. Desechó la idea de llevarlo en su coche, temiendo que pudieran implicarle en el accidente. Cuando por fin logró salir de su perplejidad, decidió seguir al camión que había causado el accidente. Tal vez por el camino encontrara un puesto de vigilancia o de control para denunciar el caso.

Volvió a su coche y, cuando se disponía a entrar, oyó una voz, mejor dicho, muchas voces, que le gritaban:

– ¡Quieto, no te muevas!

Se dio la vuelta y vio a un grupo de campesinos que corrían hacia él desde la zona de cultivo. Algunos iban provistos de bastones y otros de piedras.

El hombre, sin atreverse a entrar al vehículo por miedo a que le lapidaran, se volvió hacia ellos temblando por la crítica situación en la que se encontraba.

Ante aquellos rostros airados y agresivos, perdió cualquier esperanza de poder explicarse. Extendió rápidamente la mano hacia la guantera, sacó una pistola y, apuntándolos, gritó con voz temblorosa:

– Quedaos donde estáis.

Con cierta inquietud, se dio cuenta inmediatamente de que su actitud le había hecho perder la esperanza de poder explicar lo sucedido a aquellos hombres, pero no había tenido tiempo de reflexionar.

Los campesinos aminoraron la marcha y luego se detuvieron a unos diez metros, con la mirada ardiente de ira, debido a la impotencia que sentían ante la pistola.

Bajo los rayos del sol, los rostros aparecían oscuros, ajados y graves; las manos agarraban los bastones y las piedras, y los gruesos pies descalzos se aferraban al asfalto.

Entonces uno de ellos dijo:

– ¿Quieres matarnos como a él?- Yo no lo he matado, ni siquiera le he tocado. Ha sido el camión cisterna.
– No, ha sido tu coche.
– Pero si no lo habéis visto…
– Lo hemos visto todo.
– Me estáis impidiendo que alcance el camión que ha causado el accidente.
– Tú lo único que quieres es huir.

La cólera de los campesinos aumentaba y el temor del hombre crecía en la misma proporción. Le aterraba la idea de verse obligado a disparar y matar a alguien; eso le pondría en una situación crítica de la que sería imposible escapar. ¿Cómo podía librarse de aquella pesadilla? ¿Sería un sueño?

– Creedme, yo no lo he tocado. He visto con mis propios ojos cómo lo arrollaba el camión.
– Has sido tú quien lo ha atropellado.
– Habría que ir al hospital más cercano.
– ¡Vaya ocurrencia!
– ¿Y al puesto de policía?
– ¡Peor!
– Entonces, os pido que os tranquilicéis, y la verdad resplandecerá.
– No huyas y la verdad aparecerá.
– ¡Por Dios! ¿Por qué os empeñáis en ese embuste?
– Y tú, ¿por qué le has matado?

¡Qué infierno de dificultades y mentiras! ¿Cuándo se terminará esta espera infernal, el sufrimiento lento, el miedo y el pensamiento febril? ¡Por qué se habría parado! ¿Cómo iba a resplandecer la verdad? El conductor del camión cisterna ni siquiera se había enterado de lo ocurrido. No había la menor esperanza de que la situación fuera sólo un sueño aterrador.

El joven que yacía en el suelo emitió una especie de estertor, seguido de un prolongado gemido. Después enmudeció. Uno de los campesinos exclamó:

– Dios te castigará.
– Dios castigará al autor del hecho -repliqué.
– Tú has sido el autor.
– Yo lo único que he hecho ha sido pararme.
– Creías que estabas solo…
– Al contrario, pensaba en socorrerlo.
– ¡Socorrerlo!
– Es inútil hablar con vosotros.
– Completamente.


Si les daba la espalda un instante, lo lapidarían. No podía librarse de aquella tortura ni tenía posibilidad de alcanzar el camión. Él era la única víctima, sin esperanza de escapatoria. ¡Qué horror! ¿Cuál sería la responsabilidad que determinarían y el castigo que le impondrían? ¿Se salvaría el pobre muchacho? La mirada del hombre mostraba desesperación y la de los campesinos un rencor tenaz.

De pronto, aparecieron dos coches en el horizonte y, cuando los vio acercarse, el hombre respiró tranquilo. Una ambulancia y un coche de policía llegaban al lugar del accidente. Los enfermeros, rodeados por los presentes, se dirigieron inmediatamente hacia la bicicleta, liberaron con delicadeza las piernas de la víctima y transportaron al herido a la ambulancia con mucho cuidado. Luego, se fueron por donde habían llegado.

Los policías alejaron a los presentes de la bicicleta mientras un inspector examinaba en silencio el lugar del accidente. Luego, se dirigió al hombre y le preguntó:

– ¿Ha sido usted?

Los campesinos gritaron que sí, pero el inspector los mandó callar con un gesto de la mano y observó con atención al hombre. Éste respondió:

– No. Yo circulaba detrás del camión cisterna y el chico iba en su bicicleta, agarrado a la parte posterior. En un momento dado, oí un grito y lo vi bajo la rueda trasera del camión.
– El fue quien le atropello -gritaron muchos de los presentes.
– Yo no lo he tocado. Sólo he sido testigo del accidente.

Volvió el alboroto y el inspector gritó:

– Hablad con orden. -Luego, le preguntó al hombre-: ¿Ha visto el accidente en el momento en que se producía?
– No. Cuando me volví hacia el lado del que procedía el grito, vi la bicicleta bajo la rueda del camión.
– Pero ¿cómo fue a parar allí?
– No lo sé.
– ¿Y qué hizo usted?
– Paré el coche para ver lo que había sucedido y lo que se podía hacer; luego quise alcanzar al camión, pero vi a ésos corriendo hacia mí con bastones y piedras y me vi obligado a amenazarlos con la pistola.
– ¿Tiene licencia de armas?
– Sí, soy agente de cambio en Suez y viajo mucho.

El inspector se volvió hacia los campesinos y les preguntó:

– ¿Por qué le acusáis?
– Lo hemos visto con nuestros propios ojos y le hemos impedido huir -respondieron a gritos.
– ¡Embusteros! Vosotros no habéis visto nada.

El inspector le ordenó a un policía que permaneciera custodiando el lugar y a otro que avisara al fiscal. Luego, se dirigió con todos los presentes al puesto de policía para tomarles declaración.

Ali Musa, el acusado, sostuvo con firmeza su versión de los hechos, y lo mismo hicieron los campesinos. El primero repetía que a través de la investigación se descubriría la verdad. Se enteró de que la víctima, que se llamaba Iyad Al Gafari, era un vendedor ambulante que tenía diversos negocios con la mayor parte de los campesinos. Ali Musa preguntó:

– ¿Por qué me habría parado, si de verdad fuera culpable?

A lo que el inspector le respondió con frialdad:

– No todos los que atropellan a alguien huyen necesariamente.

Todos permanecieron esperando: los campesinos sentados en el suelo y Ali Musa en una silla, con permiso del inspector. El tiempo transcurría lento, pesado y penoso.

Finalizado el atestado, el inspector dejó de interesarse por los presentes, como si ya no tuviera nada que ver con el asunto, y se puso a leer el periódico para distraerse.

El hombre se preguntaba por qué los campesinos se empeñaban en acusarle, y lo que más le preocupaba era que parecían convencidos de su declaración, como si de verdad fueran sinceros. ¿Se habrían dejado engañar por las apariencias? Tal vez, como suele suceder, alguno había dado su versión de los hechos y los otros, instintivamente, le habían seguido. ¡Ah! La única esperanza era que Iyad Al Gafari se salvase: sólo él podía despertarlo de aquella pesadilla con una sola palabra.

Ali Musa le preguntó al inspector con delicadeza y esperanza:

– ¿Podemos preguntar cómo se encuentra el herido?

El inspector le miró con cara de pocos amigos; no obstante, llamó al hospital. Tras colgar, informó:

– Está en el quirófano. Ha tenido una fuerte hemorragia y el pronóstico es reservado.

Tras unos momentos de duda, Ali Musa preguntó:

– ¿Y cuándo vendrá el fiscal?
– Ya te enterarás cuando llegue.
– ¿Por qué alguien tiene que encontrarse en una situación así? -se preguntó Ali Musa en un tono muy bajo.
– Tal vez usted tenga la respuesta -replicó el inspector, y continuó leyendo el periódico.

Ali Musa recayó en aquel terrible estado de abandono, mirando aquel lugar con rencor. Aquellos campesinos deseaban que él fuera condenado, y el sentimiento era recíproco: si él pudiera condenarlos, también lo haría.

El inspector realizaba su trabajo como una máquina, y una fuerza ciega y desconocida parecía querer destruirlo inconscientemente. Había cometido muchos errores, pero era absurdo relacionar su estado de confusión con cualquier hipótesis lógica. Lanzó un suspiro y exclamó:

– ¡Ay, Dios mío!

Y más de una voz exclamó, por motivos opuestos:

– ¡Dios mío!

Visiblemente nervioso, les gritó:

– ¡No tenéis conciencia! Y ellos respondieron:
– Dios es testigo de lo que has hecho, miserable. El inspector levantó la vista del periódico y dijo enfadado:
– No voy a permitir eso. Ali, indignado, replicó:
– Si no fuera por las mentiras y los inventos, ahora estaría en mi casa tranquilamente.
– Si no fuera por tu irresponsabilidad, el pobre Iyad estaría en su casa tan tranquilo -le contestó uno de los hombres.

El inspector les lanzó una mirada que los hizo callar y, en medio de aquel silencio, la espera se hizo aún más penosa.

El tiempo pasaba tan lentamente que daba la impresión de que iba hacia atrás. Ali se sintió tan angustiado que se dirigió de nuevo al inspector y le preguntó con suma educación:

– Señor, no se puede imaginar lo que estoy pasando… ¿Puedo saber cuándo vendrá el fiscal?

El inspector, sin levantar la vista del periódico, respondió con malos modos:

– ¿Crees que tu caso es más importante que los demás?


No recordaba haber pasado en su vida por un trance tan doloroso. ¿Es que las esperanzas rotas, la hostilidad, por motivos inexplicables, de los campesinos y el cielo infinito, bajo el cual se había producido el accidente, no tenían la importancia suficiente?

Con el transcurso de las horas, se sintió terriblemente abatido. Sin tener en cuenta el riesgo que corría se dirigió de nuevo al inspector:

– Señor.
– ¿Es que no vas a callarte de una vez? -le interrumpió el otro, como si estuviera al acecho.
– Es que me siento muy angustiado.
– Si yo tuviera que compartir la angustia de todos los que han pasado por aquí, me habría muerto de pena el primer día de trabajo.
– ¿No sería posible, al menos, preguntar cómo se encuentra el herido?
– Informarán de cualquier novedad sin necesidad de que preguntemos.

«Mi vida depende de la tuya, Iyad. Las circunstancias pueden hacer caer en un error al fiscal, a pesar de su perspicacia. ¿El que acabe en la cárcel, sin culpa alguna, es algo sin importancia? Si fuera posible, sería mejor que me encogiera de hombros y sonriera con desprecio y estupidez. Antes, tenía ganas de llorar y ahora, casi tengo ganas de reírme.»

«¡Por Dios! Piensa en tus culpas pasadas para consolarte de esta situación, aunque no haya ninguna relación entre ellas. ¿Quién ha dicho que el caos se supera con el caos?»

Veo los ojos de esos campesinos a través de una lente negra impuesta durante siglos. Pero yo no soy responsable, o tal vez sí lo soy, inconscientemente. Estoy pensando, por primera vez en mi vida, y pensaré más detrás de los barrotes. Hoy he sabido algo que antes ignoraba y de lo que sólo había oído hablar: la casualidad, el destino, la fortuna, la intención, el trabajo, los campesinos, el inspector, el efendi, el viento estacional, el petróleo, el camión, la lectura de los periódicos en el puesto de policía, lo que es importante y lo que no lo es.

Es necesario volver a pensar en todas estas cosas, considerándolas de forma individual y relacionándolas entre sí. Es necesario comenzar por la primera letra del alfabeto para comprender y controlar todo, de forma que nada pueda parecer poco importante. La culpa no la tienen las calamidades sino la ignorancia.

Desde ahora, no debes someterte ni a la evidencia del sistema solar ni al lenguaje oculto de las estrellas. ¿Por qué temes al inspector que lee las esquelas fúnebres en los periódicos sin conmoverse?

– ¡Esto es intolerable! -exclamó con toda la potencia de su voz.

La cara del inspector asomó por encima del periódico con una mirada de desaprobación, pero él continuó con aspereza:

– ¡Usted no hace nada más que leer el periódico!
– ¿Quién eres tú para decirme eso?
– Lo que ha oído.
– ¿Es que no tienes miedo?
– No tengo miedo de nada.
– Si has perdido el control de los nervios, tengo medicinas para todos los males.
– Yo también tengo medicinas para todos los males.
– ¿Tú? -preguntó el inspector poniéndose de pie, furioso.
– Usted está retrasando la llegada del fiscal e impidiendo que la ley siga su curso.
– Te voy a meter en el calabozo.
– ¿Es que hay algo peor que este caos?
– ¿Te estás haciendo pasar por loco?

Ali se levantó desafiante, con la mirada perdida. El inspector llamó al policía; pero en aquel momento sonó el teléfono. El inspector levantó el auricular, escuchó durante algunos minutos y luego colgó. Miró a Ali con rencor y, reprimiendo una sonrisa maliciosa, dijo:

– La víctima ha muerto a consecuencia de las graves heridas.

Ali Musa palideció y sostuvo la mirada maliciosa del otro. Luego, poseído por una ira loca, gritó con voz trémula:

– La ley todavía no se ha pronunciado. Esperaré…

Naguib Mahfuz

©2018-paginasarabes®

El Barman – Naguib Mahfuz

En cualquier caso, tu rostro estaba siempre presente en los momentos más felices de mi vida.

Estabas apoyado con el codo del brazo izquierdo y la palma de la mano derecha en la mesa de mármol blanco, mirando a tu alrededor, como si esperases a alguien, y sonriendo constantemente. De vez en cuando, cogías una gran bayeta amarilla y limpiabas el mostrador con cuidado, luego volvías a tu sitio. Detrás de ti, en cuatro estanterías, se alineaban botellas de bebidas alcohólicas de todo tipo, como reposando adormiladas, llenas de líquido amarillo, marrón y rojo. No había ninguna semejanza o comparación entre su apariencia suave y tranquila y el fermento interior lleno de fuerza oculta e inspiración explosiva…

La cabeza, grande y redonda, el cabello negro con la raya al medio, las cejas pobladas y separadas, el espeso bigote, curvado como un arco, el amplio y fuerte mentón, los grandes y brillantes ojos azules, la nariz aguileña…, todo ello te hacía ser el rey del café-bar África.

A veces, salíamos de nuestras oficinas en el ministerio e íbamos al África a tomar café. Y no era raro que habláramos de ti, sin tú saberlo. Una vez, estando con unos compañeros, les pregunté:

– ¿Cómo habrán escogido a este barman? Un amigo, que tenía cierta experiencia, respondió mirándome con admiración:
– Quizá empezó como camarero, pero fue elegido con mucho cuidado.

Otro añadió:

– Ganan un sueldo fabuloso.
– Su conocimiento de la psicología humana es sorprendente.
– Y en cultura general es un profesor, en todo el sentido de la palabra.
– ¿No ves cómo habla, cómo se ríe y cómo discute?
– Por eso, los que vienen desde hace tiempo son, ante todo, clientes del barman.

El lo es todo. Todo en él es original, hasta su nombre: VasiliadisVasiliadis. Escucha qué bien suena al oído.

Le miré con respeto y me apresuré a tributarle esa forma de admiración característica, en general, de la adolescencia.


Su amistad era preciosa para mí, por eso me sentía feliz cada vez que me recibía con una cálida y radiante sonrisa que hacía disipar mis preocupaciones. Los días de fiesta por la tarde, mi joven amigo me invitaba a ir al local antes de que comenzaran las veladas. ¡Y qué veladas! En cuanto me sentaba a la barra, él extendía la mano hacia la botella de Dewar’s y me servía un poco en el curvado vaso; luego contemplaba los gestos que yo hacía al beber y me preguntaba con interés:

– ¿Dónde vas a ir esta tarde?

Yo le respondía que al cine, al teatro o a algún club nocturno, y él replicaba:

– Todo eso está muy bien cuando se es joven.
– Juventud…, juventud -decía yo riendo-. ¿Por qué esa constante exaltación de la juventud? ¿Es que cada etapa de la vida no tiene sus propios valores?
– Tú menosprecias la juventud porque eres joven. Pero piensa detenidamente en el valor del tesoro que tienes en tu corazón.
– No exageres, Vasiliadis. La vida no consiste sólo en energía, no se puede medir únicamente en horas y minutos.
– Entonces, ¿qué es la vida?
– Por encima de todo, Vasiliadis, es dinero.
– El dinero es muy importante, pero la juventud lo es más. El aspecto…
– Olvídate de mi aspecto -le interrumpí-. ¿Qué sabes tú acerca de un modesto funcionario de aquel siniestro ministerio cuya entrada puedes ver desde tu sitio, detrás de la barra? Los deseos son numerosos pero las posibilidades escasas, por tanto, no me hables de juventud…
– ¿Y tú sabes cómo era el propietario de este café cuando emigró a Egipto?
– Llegó pobre y acabado, pero luego se abrió camino en un mundo distinto del ministerio y el funcionariado, con todos los ascensos y los aumentos de sueldo congelados por tiempo indefinido. ¿Qué le queda a la juventud?
– Lo que hoy está bloqueado, mañana puede moverse. Nada permanece tal cual. Toma otra copa.

Mientras me llenaba el vaso, empecé a creer en Vasiliadis y a aprobar su lógica. Luego, me despedí de él con más afecto.

Una mañana de un día de fiesta, regresando de Al Qarafa, encontré en casa una invitación de Vasiliadis y me puse muy contento. Por la tarde, me senté junto a él y le dije:

– Éste es un día de bebida, flores y buenos pensamientos.

Me llenó el vaso y me regaló un clavel y una sonrisa. Todo me pareció tan agradable que hasta me olvidé del propio Vasiliadis y empecé a recitar en voz baja:

Hasta que el secreto te ha herido
has ocultado tu amor.
Crueles han sido tus censores.

– ¿Es una poesía? -preguntó.
– Sí-contesté riéndome,
– Explícame el significado.

Empecé a explicarle palabra por palabra y él me escuchó sonriendo. Luego dijo:

– Es verdaderamente bello. Pero ¿tú eres un enamorado o un poeta?
– Un enamorado -le respondí en un tono de confesión.
– Verdaderamente bello, mas ¿por qué aludes a la ocultación y a la crueldad?
– Así es el amor en nuestro país.
– El amor significa hablar, amar y gozar con la persona amada.
– Así era para los griegos.
– Y para los romanos… para todos.
– ¡Por Dios, Vasiliadis! Gobierna tú el mundo -exclamé con entusiasmo.
– Tú eres un joven fuerte y bien educado. Cualquier chica puede quererte, pero no ocultes nada porque si no, ¿cómo puede la amada saber que la amas? Y no te preocupes por los reproches que te puedan hacer las personas injustas…, toma.

Me llenó de nuevo el vaso y yo creí en sus palabras, recuperando la fe perdida. Luego, me marché con el corazón lleno de gratitud.

«Los días pasan pero el cabello no se te vuelve blanco, Vasiliadis, ni tus ojos pierden el brillo.»


Una noche, le pregunté mirándole con estupor:

– ¿Qué haces para conservar la juventud?
– Tener amigos como tú -respondió con una inteligente sonrisa.
– Tus palabras son siempre agradables -le dije, tomando el vaso.
– ¿Cómo está tu hijo? -me preguntó con amabilidad.
– Va mejor. Y parece que viene otro de camino.
– ¡Enhorabuena! Es el momento de tener hijos. Tú eres un hombre respetable; sólo tienes un defecto: en seguida te quejas.
– La verdad es que la vida no me satisface.
– ¿Cómo puedes decir eso, si eres un funcionario respetable, además de esposo y padre?
– Me refiero al país y a la vida política, aunque tal vez a ti no te interesen esas cosas.
– Sólo desde la distancia. Desde mi sitio, detrás de la barra, he visto muchas manifestaciones y he oído muchos gritos. He visto a la policía persiguiendo a los estudiantes y la llegada de camiones militares y ambulancias, muchas… muchas veces. Pero ¿por qué sois tan impacientes?
– Éste es un país desafortunado, Vasiliadis.
– Así es la política en todos los países. En el mío, Grecia, se ha vertido mucha sangre. No te pongas triste, piensa dónde estabas ayer y dónde estás hoy. Aquí brindarás por las victorias futuras y yo te recordaré este momento. Toma…

Llenó mi vaso de nuevo. Los rasgos de mi rostro se relajaron y, no sé por qué razón, me sentí alegre. Me marché, deseando que nuestra amistad durase siempre.

A medida que pasaba el tiempo, aumentaba mi admiración por su extraordinaria vitalidad. Aunque le observaba meticulosamente, no encontraba ninguna señal del paso de los años. Sus ojos brillaban como el cristal, sin el menor síntoma de debilidad. ¿De dónde sacaba aquella fuerza renovadora?

– ¿Tú bebes mucho, Vasiliadis?
– No, amigo mío, sólo un vaso antes de comer.
– ¿Y en la cena?
– Mi cena consiste en yogur, lechuga y una manzana.
– ¿Y no tienes preocupaciones?
– Como todo el mundo. Pero no me dejo vencer por la tristeza, como la mayor parte de la gente.

Observó que yo había dejado mi asiento habitual para sentarme detrás del biombo que separaba el café del rincón en el que se tomaban bebidas alcohólicas.

– Veo que prefieres permanecer escondido. Riéndome, le respondí:
– Mi hijo es todavía joven, y una vez le vi pasar con algunos amigos por delante del café.
– ¡Es increíble que un padre tenga miedo de su hijo!
– Mis hijos me preocupan mucho.
– ¿Por qué? Tú eres un buen hombre.
– Apenas coincidimos en nada, ya sean opiniones o gustos. La verdad es que me siento como un extraño.
– ¿Y por qué quieres que sean como tú?
– En nuestra época… El me interrumpió:
– ¿Quieres decir cuando todas las promociones y los ascensos estaban congelados? No pude contener la risa.
– Entonces, ¿a que no te molesta la rebeldía de los hijos? -Y tras una breve pausa añadió-: Aprende de ellos, si puedes. Toma.
Alcé el vaso brindando:
– ¡Por la rebelión y la desobediencia!

A pesar de que uno mismo es el último en darse cuenta del efecto del tiempo en su persona, había signos indiscutibles que me convencían del gran cambio que se había producido en mí, mientras que no observaba ninguno en Vasiliadis.

Una noche, fui a verle. Me miró preocupado y yo adiviné el motivo. Mientras me servía una copa, me comentó:
– Te noto distinto.
– Ayer me jubilaron -respondí bajando la cabeza.
– ¡Bravo! -exclamó él tendiéndome la mano.
– ¿Por qué me felicitas, Vasiliadis?
– Porque has terminado un viaje con éxito para iniciar otro.
– ¿Qué otro?
– La vida comienza a los sesenta años.
– ¿En el café África?
– Hasta ahora, sólo te preocupabas de los detalles de la vida -dijo meneando la cabeza-. A partir de ahora, te preocuparás sólo de las cosas esenciales.

– La verdad es que me he sentido completamente anulado.
– Lo mismo dijiste una vez a propósito de la juventud.
– No tengo a nadie conmigo, excepto a mi mujer, y si no fuese por el sentido del deber, ninguno de mis hijos vendría a verme.
– Piensa sólo en una cosa: cómo disfrutar de la vida después de los sesenta años.
– Pero ¿a esa edad queda algo de la vida?
– La vida vieja se ha terminado pero la nueva todavía no se ha iniciado.
– A veces siento vértigo -dije desmoralizado-, y me parece que nada merece la pena.
– Tienes buena salud y muchos amigos. Además, la vida aquí ya no transcurre con la monotonía de antes.
– Siento una profunda tristeza interior que sólo espera la ocasión de aflorar a la superficie.
– Pero no puedes borrar las experiencias felices de tu vida pasada y presente.
– Parece que lo único que sabes decir son cosas agradables.
– Tenemos todavía muchos días por delante para encontrarnos, hablar e intercambiar afecto.
– Que se haga la voluntad de Dios.
– Puedes visitar de nuevo el parque zoológico, el acuario, los monumentos… Toma, bebe.

Me llenó el vaso y pensé que Vasiliadis era un tesoro.


Un día, mientras me preparaba para recibir el mes del Ramadán, tuve un cólico nefrítico. Mis hijos vinieron a verme y también los amigos, y pasamos el rato hablando de enfermedades y de política.

Una mañana, mi mujer me dijo que un extranjero quería verme. Unos minutos después, Vasiliadis me abrazaba efusivamente, y su espeso bigote me rozaba la boca y la mejilla. Era la primera vez que le veía con traje y sombrero. Me dijo riendo:

– El bar está triste sin tu risa. Yo le respondí, palpándome la parte baja de la espalda:
– ¡El dichoso cólico! Que Dios te proteja, Vasiliadis.
– Es sólo una dolencia pasajera. Tengo que confesarte que, sin ti, Vasiliadis no vale nada.
– ¿Y qué valgo yo sin ti, querido amigo?
– ¿Cuándo volverás con nosotros?
– Tal vez a finales de semana. ¿Dónde está la juventud?, dime, ¿dónde?- Ya te he dicho que es una dolencia pasajera y que pronto continuaremos con nuestra buena vida.

La verdad es que su visita me dio más ánimo que la de mis hijos. La noche que regresé al África me abrazó en presencia de todos y yo alcé mi vaso diciendo:

– ¡A la salud de Vasiliadis, símbolo del amor y la lealtad!

Le conté que había soñado que la muerte había venido a visitarme, y él me respondió:

– No creas en esas cosas. La muerte sólo viene una vez y, cuando lo hace, le sigue la mayor de las felicidades.

– Hablas como si supieras lo que ocurre después de la muerte.
– ¿De dónde has venido? -me preguntó con confianza-. ¿No se parece la oscuridad de la que has venido a la oscuridad a la que irás después de una larga vida? De las primeras tinieblas fue posible que surgiera la vida. Así pues, nada impide que la vida continúe en las segundas tinieblas.
– ¡Bravo, Vasiliadis! -exclamé embriagado-. Hablas como un santo.

Un día, estaba dando un largo paseo entre jardines y monumentos, y me senté en un lugar solitario, bajo los rayos espléndidos del sol.

Pero nada impide la realidad: perdí la consciencia durante no sé cuánto tiempo. Cuando volví en mí, me encontré tendido en el lecho, como un muerto. Pensé que era el fin, pero mi apego a la vida no disminuyó.

– Vasiliadis te manda saludos -me dijo un amigo que vino a visitarme.

Los párpados se me contrajeron debido al interés que por primera vez sentía por algo desde que estaba postrado en el lecho.

– ¿Sabe él cómo me encuentro? -le pregunté.
– Sí. Algunos amigos le han informado y se ha puesto muy triste.

Tras marcharse mi amigo, le dije a mi mujer:

– Si viene el extranjero, hazle pasar inmediatamente.

Era un ser extraordinario y pensé que renovaría mi vida con su increíble magia.

Cada vez que sonaba el timbre, los párpados se me contraían y me preparaba para el encuentro, pero Vasiliadis no venía. Me preguntaba qué podía haberle pasado, pero no encontraba una respuesta satisfactoria. Empecé a sentirme angustiado, y un día le dije a un amigo:

– Vasiliadis no ha venido a visitarme.
– Está muy ocupado -dijo el hombre, como disculpándole.
– Pero la última vez que estuve enfermo vino en seguida a verme.

El hombre permaneció en silencio, y yo le dije, afectado:

– Hazle saber que estoy disgustado.

Pensé que por fin vendría, a pesar de sus ocupaciones. Esperé mucho tiempo en vano, y la tristeza empezó a transformarse en enfado. Me convencí de que había dejado de interesarse por mí al saber que mi fin se acercaba. ¡El muy falso! Su pretendida amistad no era más que habilidad profesional.

Mi amigo vino a visitarme por tercera vez cuando me encontraba entre la vida y la muerte. Me oyó susurrar el rítmico nombre de Vasiliadis con pena y me dijo, acercándose a mí:

– Vasiliadis descansa en paz.
– ¡No! -grité, a pesar de mi debilidad.
– Eso dijimos todos. No podíamos dar crédito a nuestros ojos cuando le vimos desplomarse detrás de la barra del bar. Un momento antes, había estado charlando y riéndose, erguido como una estatua. Pero, por el amor de Dios, dime cómo es posible que un hombre tan fuerte como él se muera, si no es de un golpe fatal.

Naguib Mahfuz


©2018-paginasarabes®

El vacío – Naguib Mahfuz

Caballeros árabes en el ataque – Adolf Schreyer (1869)

Sería un enfrentamiento violento, salvaje, para satisfacer la sed de venganza alimentada durante veinte años de resignación e impaciente espera. Los ojos del hombre brillaban de ira mientras caminaba rodeado por sus secuaces, todos ellos provistos de bastones para golpear a sus enemigos. Mientras el grupo continuaba su camino, algunos se unieron con cestos llenos de piedras y guijarros. Los hombres avanzaron hacia la desierta montaña decididos a luchar. ¡Tu fin se avecina, Shardaha!

De vez en cuando, un barrendero o un sepulturero miraban el extraño cortejo, centrando su atención en el hombre que parecía el cabecilla de la banda, preguntándose con curiosidad, estupor y desaprobación quién sería ese nuevo jefe al que nunca habían visto.

… ¡Bien pronto le conoceréis y le recordaréis para siempre, moscas del universo!

El sol, al ocaso, proyectaba su luz incandescente sobre los turbantes bordados, y soplaba un fuerte viento del desierto que quemaba los rostros de la gente y esparcía melancolía y odio en el ambiente.

Alguien de la banda le preguntó al hombre al oído:

– Jefe Sharshara, ¿se encuentra Shardaha en el camino de la montaña?

– No. Para llegar tenemos que pasar por el barrio de Al Gawwala.

– Entonces, correrá la noticia de que vamos hacia allí y tu enemigo te estará esperando. Sharshara frunció el ceño y dijo:

– Nuestro deseo es demasiado fuerte: con astucia podemos obtener la victoria, pero no satisfacer la sed de venganza.


«Veinte años en el destierro, manteniendo siempre la sed de venganza, lejos de la vida nocturna de El Cairo, en los ignotos puertos de Alejandría. La única motivación de tu vida es la venganza. Comida, bebida, dinero, mujeres, cielo, tierra…, todo ha estado inmerso en nubes, y los sentimientos se han concentrado en el doloroso proceso de preparación, siendo la venganza su único pensamiento. El amor, la seguridad el dinero…, todo cuanto poseías lo has sacrificado en los preparativos del terrible día. De este modo, la flor de la vida se fundió en el horno del rencor, el odio y el dolor. No estabas satisfecho con tu lenta pero constante superioridad sobre los trabajadores del puerto. No obtenías un fruto auténtico de tu victoria sobre los Yafars en los combates de Kum y Dikka. ¡Qué fácil era vivir como un matón respetado por todos y adoptar Alejandría como lugar de residencia con el nombre de Sharshara resonando bajo el cielo! Pero lo único que tus ojos inyectados en sangre ven en el mundo es a Shardaha en su estrecho camino, su zigzagueante y empinada callejuela y su bravuconería despótica y odiosa. Lahluba, ¡maldito seas!»

El desierto camino de la montaña se terminó en la puerta de la ciudad, y el grupo la cruzó dirigiéndose al poblado barrio de Al Gawwala. Sharshara, con un tono autoritario y duro como un golpe de hacha en una piedra, ordenó:

– No habléis con nadie.

Al paso del cortejo, todos los que estaban en las tabernas y en los cafés se quedaron mirando al nuevo cabecilla; luego empezaron a sentir inquietud y miedo.

– Pensarán que venimos con intención de hacerles daño -dijo uno del grupo.

Sharshara miró las caras pálidas de los que los observaban y dijo en voz alta:

– Hombres, venimos en son de paz. Los hombres se tranquilizaron y saludaron a los recién llegados.

– Buscamos Shardaha -aclaró, mirando de forma significativa al compañero que había hablado anteriormente.

Luego, continuó su camino agitando su amenazador bastón y pensando: «No cesan de mirarte con curiosidad, como si no hubieras nacido en este barrio, en pleno Shardaha. Pero parece que lo único que la gente recuerda es a las víctimas y a los criminales.»

A los veinte años, había trabajado en una fábrica, y su afición favorita era jugar a las canicas bajo una morera. Era huérfano y no tenía adonde ir, pero podía dormir en la propia fábrica gracias a la caridad de Amm Zahra, el propietario. La primera vez que llevó aceite de linaza a casa de Lahluba, éste le dio un golpe en la nuca a modo de saludo. Y Zainab, ¡qué bella era!

Si no hubiera sido por el tirano de Shardaha, ella sería mi esposa desde hace veinte años. El tuvo ocasión de pedir su mano antes que tú, pero no se fijó en ella hasta la noche de bodas. Los clubs quedaron destrozados, el músico huyó y los instrumentos musicales se hicieron añicos. Tú permaneciste inmóvil como un objeto o una parte del mobiliario. No es que fueras débil o cobarde sino que la lucha estaba por encima de tus posibilidades. Te tiraron al suelo y empezaron a darte patadas. Luego él se rió de forma odiosa y dijo con sarcasmo:

«-Bienvenido sea el esposo del aceite de linaza.»

Mi galabeya nueva había sido desgarrada, el turbante se había perdido y me habían robado los ahorros de toda la vida. Entonces dije:

»-Yo soy de Shardaha, señor. Todos somos tus hombres y estamos bajo tu protección.

»Él me golpeó en la nuca, como para darme a entender su benevolencia, y preguntó a sus hombres con sarcasmo:

»-¿Qué creéis que debo hacer con él?

»-Yo soy tu servidor, señor, pero déjame marchar…

»-¿Te está esperando tu esposa?

»-Sí, señor. Y quiero mi dinero. La galabeya no me preocupa tanto.

»Te agarró de los pelos y te empujó hacia él; luego dijo con un tono nuevo, serio e intimidatorio:

»-¡Sharshara!

»-A sus órdenes, señor.

«-Repúdiala.

«-¿Qué?

»-Te ordeno que la repudies, que repudies a tu esposa ahora…

«-Pero…

»-Es bella, pero la vida aún lo es más.

»-Pero si me he casado con ella esta tarde…

»-Y esta noche te divorciarás. Estas cosas es mejor hacerlas rápido.

«Lanzó lamentos de desesperación y el otro le dio una fuerte patada. En unos momentos le despojaron de su ropa y, de un golpe en la nuca, lo arrojaron al suelo. Luego le golpearon con una vara hasta que perdió el conocimiento. A continuación, le arrojaron a la cara orina de caballo. El hombre le ordenó:

«-¡Repúdiala!


»Sharshara lloró de dolor y humillación pero no pronunció ni una sola palabra. El otro dijo en un tono irónico:

«-Nadie te reclamará la parte aplazada de la dote. 1

«Uno de los hombres le zarandeó con fuerza diciendo:

»-Da gracias a Dios y muestra gratitud a tu señor.

»Dolor, humillación y pérdida de la esposa. Y ahora, el olor de las droguerías de Gawwala me hace retornar al pasado, incluso más que mi presencia física, los antiguos campos de juego y el rostro de Zainab que había amado desde que tenía diez años.

»Durante veinte años, mi corazón sólo había sentido rencor, mientras que hasta entonces únicamente sentía amor y diversión. Dentro de poco no lamentaré las cosas que he perdido en la vida. Cuando te tenga bajo mis pies, Lahluba, y te diga: «¡Repúdiala!», recuperaré veinte años de mi vida perdidos en el infierno. También encontraré cierto consuelo por el dinero que he gastado en este empeño, el dinero conseguido con trabajo, robo, pillaje y la exposición a toda clase de peligros.»

Cuando apareció a lo lejos el túnel que conducía a Shardaha, se dirigió a sus hombres diciendo:

– Arremeted contra los hombres de Lahluba y dejad en paz al resto.

No dudó ni un momento de que la noticia de su incursión habría llegado a Shardaha antes que él, y dentro de poco se encontraría cara a cara con Lahluba. Sólo le separaba de su objetivo un pequeño túnel.

Condujo a sus hombres con cautela, pero en la entrada del túnel no encontraron a nadie. Entraron todos a la vez empuñando sus bastones y lanzando terribles gritos, mas la calle estaba vacía: la gente se había refugiado en las casas y en las tabernas. La calle de Shardaha se extendía solitaria hasta el espacio abierto que limitaba con el desierto. Uno de sus acompañantes le susurró al oído;

– Es una trampa…, una trampa, señor Abu Al Abbás.

– Lahluba no utiliza trampas -dijo Sharshara con extrañeza, y gritó-: ¡

Lahluba! ¡Da la cara, cobarde!

Pero nadie respondió ni salió a la calle. Miró al frente, con actitud acechante y desconcertada, recibiendo una asfixiante bocanada de aire caliente. ¿Cómo soltaría el lastre de veinte años de odio y rencor? Vio la pequeña y arqueada puerta de la fábrica cerrada y se dirigió hacia ella con precaución. Dio un golpe con el bastón y, desde dentro, una voz temblorosa suplicó:

– ¡No me hagas daño!

Sharshara respondió en tono triunfal:

– Amm Zahra, sal y no te pasará nada.

La cara del anciano apareció por un ventanuco situado encima de la puerta, mirando alrededor con su vista débil.

– No tengas miedo, nadie quiere hacerte daño. ¿No te acuerdas de mí?

El anciano se le quedó mirando; luego le preguntó desconcertado:

– ¿Quién eres? ¡Que Dios te proteja!

– ¿Te has olvidado del joven que trabajaba para ti? El hombre abrió los ojos, sorprendido, y exclamó:

– ¡ Sharshara! Por el Libro Sagrado, Sharshara en carne y hueso.

El anciano abrió la puerta inmediatamente y corrió hacia él con los brazos abiertos, ocultando el temor que sentía en su interior. Se abrazaron. Sharshara esperó con paciencia hasta que el anciano terminó de darle la bienvenida, y luego le preguntó:

– ¿Dónde está Lahluba? ¿Por qué no ha venido a defender su barrio?

– ¡Lahluba!

– ¿Dónde está ese cobarde camorrista?

El anciano suspiró y levantó la cabeza, mostrando su cuello delgado con prominentes venas, luego dijo:

– ¿No lo sabes, hijo? Lahluba murió hace tiempo.

– ¡No! -gritó Sharshara desde lo más profundo de su corazón, tambaleándose como si hubiera recibido un golpe.

– Es la verdad, hijo.

– No, no. Tú chocheas -dijo Sharshara con voz terrible.

– De verdad que murió -aseguró el anciano, retrocediendo un paso por el miedo.

Sharshara se vino abajo. Entonces el anciano continuó:

– Hará unos cinco años.

«¡Ah! ¿Por qué todos los seres desaparecen y no queda más que el polvo?»

– Créeme, está muerto. Le invitaron a un banquete en casa de su hermana y comió cuscús. Él y muchos de sus hombres murieron envenenados.


Respiraba con dificultad, como si el aire estuviera cargado de ladrillos. Se sintió sumergido en lo más profundo de la tierra, sin saber qué quedaba de él en la superficie. Miró a Amm Zahra con impotencia y murmuró:

– Entonces ¿Lahluba ha muerto?

– Sí, y el resto de sus hombres se han dispersado por temor a que los capturaran.

– ¿No ha quedado ninguno?

– Ninguno, gracias a Dios.

De pronto, Sharshara exclamó con voz atronadora:

– ¡Lahluba, cobarde! ¿Por qué has muerto, cobarde?

El anciano, alarmado por la violencia del tono, intentó calmarlo diciendo:

– Tranquilízate, y da gracias a Dios. Sharshara hizo un movimiento para dirigirse a sus hombres, pero de pronto se detuvo y preguntó:

– ¿Y qué sabes de Zainab?

– ¿Zainab? -preguntó a su vez el anciano, desorientado.

– Anciano, ¿te has olvidado de la esposa que me obligaron a repudiar el mismo día de la boda?

– Ah, sí… Ella ahora vende huevos en el barrio de Al Gahsh.

Decepcionado y derrotado, miró a sus hombres, el grupo en el que había gastado la vida, el dinero y la paciencia. Se sentía como si hubiera estado dando palos de ciego.

– Esperadme en la montaña-les ordenó con mal humor.

Los observó con frialdad mientras desaparecían en el túnel uno tras otro. ¿Se reuniría con ellos? ¿Cuándo y por qué? ¿Regresaría por la calle de Gawwala o por el descampado? ¿Y Zainab?…

Sí, Zainab. Por ella había quemado veinte años de su vida. ¿De verdad había sido por ella? «No llegarás a ella pasando sobre el tirano derrotado, como te habías imaginado. Ya está muerto, y no sirve de nada profanar las tumbas. ¡Qué horrible es el vacío! Ahora, ella está en su tienda; ella, y nadie más. ¡Quién se iba a imaginar que nos encontraríamos de una forma tan clandestina y embarazosa!»

Se sentó en un café tan pequeño como una celda y empezó a mirar la tienda, llena de clientes. Allí estaba, una mujer extraña llena de grasa y experiencia de la vida. Los años habían hecho madurar sus inocentes facciones. Iba vestida de negro de la cabeza a los pies, pero su rostro conservaba gran parte de su antigua belleza.

Regateaba y discutía con los clientes, mostrándose unas veces simpática y otras peleona, como una auténtica experta en el comercio. «Ahí está, si la quieres. Puedes tenerla sin peleas, pero también sin honor. Ya no podrás pisarle el pecho a Lahluba y ordenarle que la repudie. ¡Qué horrible es el vacío!»

No podía apartar los ojos de ella. Los recuerdos se vertieron sobre él, haciéndole sentir extrañeza, melancolía y una indecisión desesperante. No tenía idea de lo que iba a hacer. Había creído que Zainab lo era todo en la vida. Pero ¿dónde estaba ella ahora?

Se produjo el ocaso, como si fuera el fin de la existencia, y los clientes empezaron a marcharse. Por fin, Zainab se sentó en una pequeña silla de paja y comenzó a fumar un cigarrillo. Para huir de la confusión, él decidió acudir a su lado. Se puso delante de ella y le dijo:

– Buenas tardes, señora.

Zainab alzó los ojos, pintados de kohl, y le miró. Continuó fumando, sin reconocerle, y le preguntó:

– ¿Desea algo?

– No, gracias.

Ella le volvió a mirar con repentino interés y los ojos de ambos se encontraron. La mujer alzó las cejas y esbozó una sonrisa.

– ¡Soy yo! -exclamó él.

– ¡Sharshara!

– En persona, pero al cabo de veinte años.

– ¡Toda una vida!

– Ha sido como una enfermedad.

– Gracias a Dios estás bien. Pero ¿dónde te habías metido?

– En el territorio de Dios.

– ¿Qué tal el trabajo, la familia y los hijos?

No tengo nada de eso.

– ¡Al fin has vuelto a Shardaha!

– En vano.

Ella le miró con curiosidad y duda.

– Me ha precedido la muerte -dijo él lleno de cólera.

– Ya todo ha pasado -susurró ella, inquieta.

– La esperanza está sepultada con él.

– Ya todo ha pasado -repitió. Se intercambiaron una larga mirada; luego él le preguntó:

– Y tú, ¿cómo estás?

Señalando hacia las cajas de huevos, Zainab respondió:

– Como puedes ver, de maravilla.

Tras un momento de duda, él le preguntó:

– ¿Y no… no te has vuelto a casar?

– Mis hijos ya son mayores.

Era una respuesta sin sentido, una excusa similar a una trampa. ¿De qué servía el regreso, si antes no recuperaba el honor perdido? ¡Qué terrible es el vacío!

– Siéntate -le dijo ella, señalando hacia una silla vacía en una esquina de la tienda.

Su voz era dulce, como el pasado, pero ahora no quedaba más que polvo.

– Otro día -respondió Sharshara con amargura. Luego, tras dudarlo, le estrechó la mano y se marchó. La ocasión no volvería a repetirse. Se sintió igual que veinte años atrás, pero ahora la esperanza no estaba enterrada. Desechó la idea de ir a la montaña pasando por Al Gawwala: no quería ver a nadie ni que le vieran. Y se dirigió al descampado.


Naguib Mahfuz


Notas:

  1. Parte de la dote que el esposo debe pagar únicamente si se consuma el matrimonio. (N. de la T.)

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Amina y los cuidados de su Señor – Naguib Mahfuz

… Cuando el hombre llegó a su altura, ella le precedió alzando la lámpara y él la siguió murmurando:

—¡Buenas noches, Amina!

—¡Buenas noches, señor! —dijo en voz baja, revelando cortesía y sumisión.

A los pocos segundos, la habitación los acogió. Amina se dirigió hacia la mesita para colocar en ella la lámpara, mientras el señor colgaba el bastón del borde de la rejilla de la cama y se quitaba el tarbúsh, que dejó sobre el almohadón que había en medio del sofá. Luego, la mujer se le acercó para quitarle la ropa. Así, de pie, parecía de elevada estatura, ancho de hombros, fornido, con un gran vientre compacto, totalmente cubierto por una yubba y un caftán, de una prestancia y soltura que denotaban magnanimidad y un gran sentido del bienestar. Su cabello negro, planchado a partir de la raya hacia ambos lados de la cabeza, no estaba muy cuidado, pero su solitario, con un gran brillante incrustado, y su gran reloj de oro confirmaban dichas cualidades. Su rostro ovalado, terso y expresivo, de rasgos bien definidos, revelaba, en suma, personalidad y belleza en sus enormes ojos azules; en su nariz grande y altiva que, a pesar de su tamaño, estaba en armonía con la longitud de su rostro; en su boca ancha, de labios carnosos, y en su bigote negro, poblado y de puntas retorcidas con una precisión insuperable.

Cuando la mujer se le acercó, extendió los brazos para que le quitara la yubba, que ella dobló cuidadosamente y colocó acto seguido sobre el sofá. Después, le desató la banda del caftán, se lo quitó y se puso a plegarlo con el mismo esmero, para dejarlo sobre la yubba, mientras el señor se ponía la galabiyya y el bonete blanco, se estiraba bostezando y se sentaba en el sofá con las piernas extendidas y la coronilla apoyada contra la pared. La mujer acabó de arreglar la ropa, se sentó a sus pies y empezó a quitarle los zapatos y los calcetines. Cuando su pie derecho quedó al descubierto apareció el primer defecto de aquel cuerpo tan imponente y bello: su dedo meñique, corroído por la acción repetida de la cuchilla sobre un callo recalcitrante.

Amina se ausentó de la habitación unos minutos, y volvió luego con un barreño y una jarra. Colocó el barreño junto a los pies del hombre y se detuvo atenta con la jarra en alto, al tiempo que el señor se enderezaba en su asiento y le tendía las manos. Ella dejó caer el agua mientras él se lavaba el rostro, se frotaba la cabeza y se enjuagaba abundantemente. Tomó después la toalla del respaldo del sofá y empezó a secarse la cabeza, el rostro y las manos, mientras la mujer recogía el barreño y se lo llevaba al cuarto de aseo.

Éste era el último de los servicios que ella hacía en la gran casa y que desempeñaba desde hacía un cuarto de siglo con un celo jamás menguado por el cansancio; por el contrario, ponía en ello la misma alegría y deleite, el mismo entusiasmo con que realizaba las otras tareas domésticas desde antes de salir el sol hasta que se ponía, y que la habían hecho acreedora al apodo de «la abeja» que le dieron sus vecinas por su perseverancia y actividad incesantes.

Volvió a la habitación y cerró la puerta. Sacó de debajo de la cama un pequeño puf, que colocó delante del sofá, y se sentó en él con las piernas cruzadas como si no hubiera pensado nunca en el derecho de sentarse decorosamente a su lado. El tiempo iba transcurriendo y ella permanecía en silencio hasta que él la invitara a hablar. El señor se apoyó en el respaldo del sofá. Parecía cansado tras su larga velada. Le pesaban los párpados, en cuyos bordes aparecía un desacostumbrado enrojecimiento por efecto de la bebida, y empezó a dar grandes resoplidos cargados de los vapores del alcohol.

Aunque se daba al vino cada noche y lo bebía sin tino hasta la embriaguez, no se resolvía a volver a casa hasta que sus huellas habían desaparecido y recuperaba el dominio de sí mismo, celoso como era de su dignidad y de esa apariencia de la que le gustaba hacer gala en ella. Su esposa era la única persona de la familia con quien se encontraba tras la velada, pero no percibía de las huellas de la borrachera otra cosa que su olor, ni observaba en su conducta ninguna anomalía sospechosa, salvo la que había surgido al principio de su matrimonio y que ella había fingido ignorar.

Al contrario de lo que pudiera esperarse, a ella la enloquecía acompañarlo en aquel rato, por su predisposición a charlar y a explayarse sobre sus asuntos, cosa que escasas veces conseguía en los momentos de total sobriedad. A pesar de todo, ella misma recordaba cómo se sobresaltó el día en que se dio cuenta de que volvía bebido de su juerga. El vino trajo a su imaginación la brutalidad, la locura y, lo que aún era más horrible, la transgresión de la religión que aquél llevaba aparejadas. Sintió asco y se apoderó de ella el terror, y cada vez que volvía sufría un dolor insoportable.

Conforme fueron pasando los días y las noches fue advirtiendo que el señor, al regresar de su velada, era más amable que en cualquier otro momento, pues se despojaba de su severidad y bajaba su vigilancia, a la vez que daba rienda suelta a la conversación. Y así, ella se mostraba afable y se sentía segura, sin olvidarse de rogar a Dios que lo guardara de pecar y lo perdonara. ¡Cómo había deseado ver en él esa relativa dulzura cuando gritaba, estando sobrio! ¡Y cómo se asombraba ante ese extravío que lo volvía más agradable, y que hacía que ella se debatiera largo tiempo entre la aversión religiosa heredada que sentía hacia aquello y la paz y la tranquilidad que le proporcionaba! Pero enterró sus pensamientos en lo más profundo de su alma, y los ocultó como quien no se atreve a reconocerlos más que ante sí mismo…

Naguib Mahfuz

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La devota esposa y los Ifrits – Naguib Mahfuz

La celosía estaba situada frente a la fuente de Bayn el-Qasrayn, y bajo ella se encontraba la calle de el-Nahhasín, que bajaba hacia el sur, con la de Bayn el-Qasrayn que subía hacia el norte. La calleja de la izquierda era estrecha y sinuosa y estaba envuelta en una oscuridad que se hacía más densa en los lugares más altos, adonde daban las ventanas de las casas dormidas, y se difuminaba en las partes más bajas a causa de las luces procedentes de los faros de los coches y de los rótulos luminosos situados en los cafés y en algunas tiendas que permanecían en vela hasta que despuntaba el alba. A la derecha, la calle estaba envuelta en sombras, ya que en esa zona no se encontraban los cafés sino las grandes tiendas que cerraban temprano sus puertas.

Sólo detuvo la mirada ante los minaretes de Qalawún y Barquq, que relucían como fantasmas de gigantes, despiertos bajo la brillante luz de las estrellas. Era un panorama al que sus ojos estaban acostumbrados desde hacía un cuarto de siglo y del que nunca se cansaba —quizá porque a lo largo de su vida, y a pesar de su monotonía, nunca había conocido el aburrimiento—; por el contrario, había encontrado en él al amigo y compañero para sus horas de soledad, del que se había visto privada durante tanto tiempo. Esto fue antes de que sus hijos llegaran al mundo, ya que aquella gran casa, con su patio polvoriento, su pozo profundo, sus pisos y sus amplias habitaciones de techos altos, sólo la había albergado a ella durante la mayor parte del día y de la noche.

Cuando se casó era todavía una niña, aún no había cumplido catorce años, pero pronto, tras el fallecimiento de sus suegros, se había visto a sí misma como dueña y señora de la gran casa. La ayudaba entonces en las faenas cotidianas una mujer anciana que la abandonaba a la caída de la noche para irse a dormir a la habitación del horno, situada en el patio, y la dejaba sola en el mundo de las tinieblas, poblado de espíritus y fantasmas. Dormitaba un rato y se despertaba otro, así hasta que su venerado marido regresaba de la larga velada.

Para tranquilizarse, solía recorrer las habitaciones acompañada por su criada, sujetando con la mano la lámpara ante ella y lanzando miradas escrutadoras y asustadas a los rincones. Luego las iba cerrando con cuidado una tras otra, empezando por la planta baja y terminando en el piso alto. Mientras tanto, recitaba las azoras del Corán que se sabía de memoria para expulsar a los demonios. Cuando llegaba a su habitación cerraba la puerta y se echaba en la cama, sin dejar de rezar hasta que la invadía el sueño.

Tan grande había sido su miedo a la noche en la primera época pasada en aquella casa, que seguía teniendo la idea, ella que conocía mucho mejor el mundo de los genios que el de los hombres, de que no vivía sola allí y que los demonios no podían extraviarse mucho tiempo por aquellas habitaciones antiguas, amplias y vacías. Quizás ellos se habían refugiado en éstas antes de que ella fuera llevada a la casa e incluso antes de haber visto la luz del día. ¡Cuántas veces los había oído susurrar en sus oídos y había despertado con el fuego de su aliento! El único consuelo era recitar la fátiha y la azora del Eterno o correr velozmente hacia la celosía para echar una ojeada a través de sus aberturas hacia las luces de los vehículos y de los cafés, afinando el oído para captar una risa o una tos que le hicieran recuperar el aliento.

Después vinieron los hijos, uno tras otro, pero al ser tan pequeños y tiernos no disiparon su terror ni le trajeron la tranquilidad; por el contrario, su miedo se reduplicaba por ese sentimiento de ternura que sentía hacia ellos y por la inquietud de que les sobreviniera algún mal. Los estrechaba en sus brazos a la vez que los cubría con grandes muestras de afecto, y los envolvía, tanto en la vigilia como en el sueño, con una coraza de azoras, amuletos, hechizos y talismanes. Pero no saboreaba la verdadera tranquilidad hasta que el ausente regresaba de la velada.

No era extraño que, mientras estaba a solas con su hijo pequeño durmiéndolo y acariciándolo, lo estrechara de repente contra su pecho, y después, petrificada de terror e inquietud, elevara la voz, gritando como si se dirigiera a alguien presente: «¡Aléjate de nosotros, éste no es tu sitio! ¡Nosotros somos buenos musulmanes!». E inmediatamente recitaba la azora del Eterno con fervor. Con el paso del tiempo y la prolongada convivencia con los espíritus, sus temores se aligeraron mucho y se fue tranquilizando hasta llegar a bromear con ellos, los cuales, por su parte, jamás le causaron mal.

Si oía el ruido de alguno que rondara por allí, decía elevando la voz con valentía: «¿No vas a respetar a los siervos del Señor? Dios está entre tú y nosotros, así que ¡aléjate de aquí de una vez!». De todos modos, ella no conocía la verdadera tranquilidad hasta que regresaba el ausente. Sin duda, la sola presencia de éste en la casa, despierto o dormido, era para ella una garantía de tranquilidad de espíritu, ya estuvieran las puertas abiertas o cerradas y la lámpara encendida o apagada.

Una vez, en su primer año de convivencia, se le había ocurrido manifestar una especie de protesta educada ante su continuo trasnochar. Como respuesta él la cogió por las orejas y le dijo elevando la voz en tono tajante: «Yo soy un hombre, el señor absoluto, y no acepto ninguna observación sobre mi conducta. Lo único que tú tienes que hacer es obedecerme, y ten cuidado, no me obligues a corregirte».

De esta lección y otras que siguieron ella había aprendido que podía hacer cualquier cosa, incluso frecuentar a los ifrits, salvo encolerizarlo, y que le debía una obediencia incondicional; y así lo cumplió; se dedicó a obedecerle con tal abnegación que llegó a aborrecer hacerle cualquier reproche a su costumbre de trasnochar, incluso en su fuero interno. Se convenció a sí misma de que la verdadera hombría, el despotismo y las veladas prolongadas hasta más de medianoche eran atributos indispensables de una misma esencia.

Con el paso de los días ella cambió; se enorgullecía de todo lo que procedía de él, tanto si la alegraba como si la entristecía. Y siguió cumpliendo con todos los requisitos de la esposa amante, sumisa y resignada; ni un solo día se había sentido desgraciada por haber escogido la seguridad y la entrega. Y si en algún momento quería sacar a la luz los recuerdos de su vida, sólo aparecían ante ella el bien y la felicidad, y cuando surgían los miedos y las tristezas eran como siluetas vacías que no merecían más que una sonrisa compasiva. ¿Acaso no había convivido con este esposo y sus defectos durante un cuarto de siglo, y de su relación habían florecido unos hijos que eran la alegría de su vida, un hogar rebosante de bien y bendición, y una existencia fértil y feliz? Por supuesto.

Y en cuanto al trastorno que le producían los ifrits, ella sabía salir indemne noche tras noche, ya que ninguno de ellos había extendido su mano con malas intenciones hacia ella ni hacia ninguno de sus hijos, salvo lo que pudiera entenderse como bromas y chistes. No tenía motivos para quejarse, sino para dar gracias a Dios, que con sus palabras tranquilizaba su corazón y con su misericordia dirigía el camino de su vida.

Incluso esa hora de espera, a pesar de que la sacaba de las delicias del sueño y le exigía tanta disponibilidad, ella la consideraba digna de marcar el final del día y la amaba en lo más profundo de su corazón, ya que se había convertido en una parte inseparable de su vida, incluida entre sus numerosos recuerdos. Había sido y seguía siendo el símbolo vivo del afecto a su marido y de su entrega para hacerlo feliz y para hacerle sentir noche tras noche esa entrega y ese afecto. Todo ello la llenó de satisfacción allí, de pie en la celosía, mientras lanzaba su mirada de un lado a otro, a través de los orificios, hacia la fuente de Bayn el-Qasrayn, la desviación de el-Juranfísh, el portón del baño del sultán y los minaretes; también la dejó vagar entre las casas reunidas sin orden ni simetría a ambos lados de la calle, como si fueran un batallón del ejército en una parada de descanso para aliviarse de una dura disciplina.

Sonrió ante aquel panorama que tanto amaba, aquella calle que permanecía en vela hasta que despuntaba el alba, mientras que las otras calles, barrios y callejuelas dormían. ¡Cuánto la había distraído en su insomnio, la había entretenido en su soledad y había disipado sus temores esa calle que la noche no transformaba hasta que envolvía al vecindario en un silencio profundo, de manera que creaba un ambiente en el que sus voces se elevaran y se hicieran patentes como si fueran sombras que llenaran los rincones del cuadro y dotaran a la imagen de profundidad y nitidez! Por eso, la risa resonaba allí como si anduviera suelta por la habitación; cuando se escuchaba la charla habitual ella distinguía cada una de sus palabras, cuando alguien emitía una tos ruda llegaba hasta ella incluso su último resoplido, que más bien parecía un gemido, y cuando se elevaba la voz del camarero anunciando «tamira mojada», como si fuera la llamada del almuédano, se decía a sí misma con alegría: «¡Dios…, esta gente, incluso a esta hora, pide más tamiral».

Después sus voces le hacían recordar a su marido ausente y decía: «¿Dónde estará mi señor a estas horas…? y ¿qué estará haciendo? ¡Que la paz lo acompañe en todas sus acciones!». Le habían dicho una vez que un hombre como el señor Ahmad Abd el-Gawwad, con su riqueza, su fuerza y su belleza, con sus continuas veladas, no podía carecer de mujeres en su vida. En su día sintió el veneno de los celos y la dominó una inmensa tristeza, pero como no tenía valor para hablar con él de lo que le habían dicho, fue con la pena a su madre. Ésta comenzó a calmar su ánimo con las más dulces palabras que pudo encontrar y luego le dijo: «Él se ha casado contigo tras haber repudiado a su primera esposa, y podía haberla recuperado si hubiera querido, o casarse no sólo contigo sino con dos, tres o cuatro más, ya que su padre se casó varias veces. ¡Agradece a Dios que él te haya conservado como única esposa!».

A pesar de que las palabras de su madre no habían conseguido calmar su tristeza cuando ésta era más intensa, con el paso de los días reconoció la gran verdad que había en ellas. Y aunque fuera cierto lo que se decía, quizá formara parte de las cualidades de la hombría, como las veladas y el despotismo; en todo caso, un mal aislado era mejor que muchos males, y no le resultaba fácil permitir que una murmuración estropeara su vida grata y llena de felicidad y bienestar. Después de todo, quizá lo que se decía no fueran más que imaginaciones o mentiras.

Ella se dio cuenta de que la única postura que podía adoptar ante los celos, al igual que ante las penalidades que se cruzaban en el camino de su vida, era resignarse, como si se tratara de una sentencia inapelable. No encontró mejor medio de defenderse que hacer acopio de paciencia y pedir ayuda a su capacidad de resistencia personal, su único refugio para tratar de vencer lo que tanto odiaba. De este modo, los celos y lo que los suscitaba, así como los aspectos del carácter de su marido, y la compañía de los ifrits, se convirtieron en algo soportable.

Observó la calle, prestando oído a las tertulias nocturnas, hasta que le pareció oír el ruido de unos cascos. Volvió la cabeza hacia el-Nahhasín y vio un coche de caballos que se acercaba lentamente, con sus luces brillando en la oscuridad. Lanzó un suspiro de alivio y murmuró: «¡Por fin!». Era el coche de uno de los amigos del señor que lo traía a la puerta de su casa tras la juerga, para seguir, como de costumbre, hacia el-Juranfísh, llevando a su dueño y a un grupo de amigos que vivían en aquel barrio. El coche se detuvo ante la casa, y se oyó la voz de su marido que decía a gritos, riendo:

—¡Que Dios os proteja!

Naguib Mahfuz

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Al despertar… – Naguib Mahfuz

Frederick Arthur Bridgman – La Siesta (1878)

…Cuando se despabiló un poco, se acurrucó sobre la cama con la cabeza apoyada en las manos, deseando juguetear con esos deliciosos pensamientos que endulzan las visiones del despertar. Pero, como su padre, se había despertado con un gran peso en la cabeza que le estropeaba su ensoñación. Se imaginó a Zannuba, la tañedora de laúd, sin que le hiciera sentir lo mismo que cuando estaba lúcido, aunque en sus labios brilló una sonrisa.

En la habitación contigua, Jadiga no había necesitado los golpes de la masa para saltar de la cama. Era la que más se parecía a la madre en la vitalidad y el pronto despertar. En cuanto a Aisha, se despertaba normalmente con la sacudida que su hermana imprimía a la cama al levantarse y deslizarse hasta el suelo con intencionada brusquedad, provocando con ello una discusión y una pelea que, a fuerza de repetirse, se había convertido en una especie de juego cruel. Cuando se despertaba del todo y dejaban de chincharse, no se levantaba, sino que se entregaba largo rato a uno de los ensueños del despertar feliz, antes de abandonar la cama.

Después, la vida avanzaba lentamente invadiendo todo el primer piso, se abrieron las ventanas y se precipitó la luz hacia el interior, recibiendo después el aire que llevaba el traqueteo de las ruedas de los suarés, las voces de los obreros y las llamadas del vendedor de balüa. Reinó un vaivén continuo entre los dos dormitorios y el baño, y aparecieron Yasín, con su carne prieta y envuelto en una amplia galabiyya, y Fahmi, alto y delgado, que, exceptuando su delgadez, era el vivo retrato de su padre. Las dos chicas bajaron al patio para reunirse con su madre en el horno; en sus rasgos había tales diferencias como raramente se encuentran en el seno de una misma familia: Jadiga era morena y sus facciones no guardaban armonía; Aisha era rubia, e irradiaba una aureola de belleza.

A pesar de que el señor estaba solo en el piso de arriba, Amina no olvidaba atender a sus necesidades. Así, él encontró sobre la mesita un platillo lleno de al-holva para refrescarse el aliento. Fue hacia el baño y le llegó el aroma perfumado del incienso. Allí encontró sobre una silla la ropa limpia y ordenada con cuidado. Se lavó con agua fría como solía hacer cada mañana, manteniéndose fiel a esta costumbre ya fuera invierno o verano, y regresó a su habitación con vitalidad y actividad renovadas. Tomó la alfombrilla de la oración, que estaba plegada sobre el respaldo del diván, y la extendió para cumplir el precepto de la mañana. Rezó con un rostro sumiso, diferente de aquel, sonriente y radiante, con el que recibía a sus amigos, y también del otro, enérgico y decidido, con el que se dirigía a su familia. Éste era un rostro apacible, de cuyas facciones, relajadas y suavizadas por la devoción, el afecto y la solicitud de perdón, emanaban la piedad, el amor y la esperanza.

Él no rezaba de forma mecánica: recitación, puesta en pie y prosternación, sino que su oración era hecha con gran sentimiento y llevada a cabo con el mismo entusiasmo que lo sacudía al volcarse en todos los demás aspectos de la vida, como el trabajo, sacrificándose por él; la amistad, excediéndose en ella; el amor, derritiéndose de pasión, y la bebida, emborrachándose y ahogándose en ella, fiel y sinceramente en toda ocasión. Así, la plegaria era un pretexto espiritual para conocer a fondo la grandeza del Señor. Cuando terminaba su oración se sentaba con las piernas cruzadas y extendía las manos, rogando a Dios que lo protegiera, lo perdonara y bendijera su descendencia y su negocio.

La madre terminó de hacer el desayuno y dejó que las chicas prepararan la bandeja. Subió a la habitación de los hermanos, donde se encontró con que Kamal aún no se había despertado. Se acercó a él sonriendo y posó la palma de la mano sobre su frente, recitando la fátiha. Empezó a llamarlo y a sacudirlo con dulzura hasta que abrió los ojos, y no lo dejó hasta que salió de la cama. Fahmi entró en la habitación y al verla le sonrió y le dio los buenos días. Ella le devolvió el saludo diciendo mientras destellaba en sus ojos una mirada de amor:

—¡Buenos días, luz de mis ojos!

Y con la misma dulzura dio los buenos días a Yasín, «el hijo de su marido», que le respondió con el amor que le merecía la mujer que ocupaba en su corazón el lugar de una madre digna de este nombre. Cuando Jadiga regresó del horno, Fahmi y Yasín, sobre todo Yasín, la recibieron con las bromas que solían gastarle. El motivo era tanto su físico desagradable como su lengua afilada, a pesar de la influencia que ejercía sobre sus dos hermanos al cuidar de sus asuntos con una excelente habilidad de la que raramente gozaba Aisha, la cual aparecía en el seno de la familia como el símbolo de la belleza, fresca, atractiva y carente de utilidad. Yasín la abordó diciendo:

—Estábamos hablando de ti, Jadiga, y comentábamos que si todas las mujeres se te parecieran, los hombres no padecerían mal de amores.

—Y si los hombres se parecieran a ti —saltó ella —, ninguno tendría quebraderos de cabeza.

En ese momento la madre llamó:

—¡Señores, el desayuno está listo!…

Naguib Mahfuz

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