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Fardús – Naguib Mahfuz

Todo se movía sin control y los muros laterales parecían oscilar. Pero lo más extraño era la ausencia de luces, como si se las hubiera tragado la oscuridad; era extraordinario aquel silencio, como si la calle estuviera inmersa en el sueño.




O el recuerdo engaña, induciendo a error e inventando cosas sin fundamento, o el mundo cambia con tal fuerza que no tiene piedad con los recuerdos.

No obstante, al hombre no se le pasaba por la cabeza volver hacia atrás pero tampoco le abandonaba aquel deseo ardiente, aquella nostalgia por un periodo de vida definitivamente pasado, que no tenía retorno. Pero ¿no era aquel cambio peor de lo que cabía suponer? ¿Qué significaban aquellos camiones parados aquí y allá? ¿Dónde estaban los numerosos cafés y las tabernas? ¿Y las luces que acompañaban el majestuoso caminar de las mujeres con sus vistosas joyas y sus vestidos provocadores?

«Habla, ya sea con alegría o con tristeza, pero no te quedes ahí inmóvil, como si no me conocieras.»

Ahí están las arcadas, a ambos lados, escasamente iluminadas, y no hay nada que merezca la pena ver o escuchar. ¿Qué ha sucedido? Ahí están las escaleras que conducen al camino, pero ¿dónde está el policía? No hay ni una garganta que cante ni una cuerda que emita un sonido, y no se oye ni un insulto.

¿Dónde estaba el viejo farmacéutico de mala fama, y su bodega, donde se podía encontrar respuesta a todas las necesidades? ¿Dónde estaba? Ni un chiste, ni un grito, ninguna disputa ni amenaza de riña, ningún ruido de pasos, nadie que pidiera ayuda, ninguna cara extraña ni nadie vomitando, bailando o intentando suicidarse. Nadie en desacuerdo con las cuentas, ningún ratero, ningún estafador ni ningún alcahuete. Ningún bastón en alto ni ninguna silla volando por los aires. No había más que camiones y tabernas cerradas, y una oscuridad casi absoluta, con unas cuantas farolas alejadas entre sí.

En el comienzo de la calle, vio un pequeño café y se dirigió hacia él como una exhalación: tal vez ése fuera el único punto de encuentro entre el pasado y el presente.

Se sentó en el mismo sitio de antaño, y tal vez hasta en la misma silla. Pero era evidente que ni el camarero ni el dueño del local eran los mismos.

Desde su sitio, no vio nada que mereciera la pena, pero en el ambiente había algo indefinido, como una advertencia.

– ¿Dónde está la gente del barrio? -le preguntó al camarero, que estaba frente a él.
– En sus casas -respondió el joven, que se esperaba otra pregunta.
– Por la calle no he visto a nadie, ni tampoco luces.

El joven sonrió, y el hombre pensó que había exagerado, pero las facciones del joven eran muy irritantes.

– ¿Qué quiere tomar? -le preguntó el joven.
– Un coñac.

El camarero no pudo contener la sonrisa. Confuso ante la petición de un coñac, sin aperitivos, dijo:

– Café…, té…, canela…, narguile
– He dicho un coñac.
– No tenemos.
– Pero yo lo he tomado aquí muchas veces.
– En los barrios populares no hay permiso para venderlo.

O aquel joven era tonto, o tenía una mente muy retorcida.

– ¿Y quién es el cantante del café?
– ¿Qué cantante? No hay ningún cantante.

Le indicó al joven que se marchara. Pronto descubriría el misterio. Le hubiera gustado discutir con el dueño del café, pero una mujer apareció en la calle. Venía por el lado de la escalera, envuelta en su melaya pero con el rostro descubierto, y lo distrajo de sus pensamientos.

Ella era el verdadero punto de encuentro, no aquel café en ruinas. En todo el barrio, sólo había una mujer que caminara envuelta en su melaya. Fardús. Sólo Fardús, ninguna otra mujer del barrio.

Cuando se acercó, él sonrió. Iba a proponerle que se sentara a su lado pero ella siguió su camino sin prestarle atención. Sus altos tacones producían un ruido especial al caminar sobre el suelo empedrado. Quizá no le había visto, porque no era posible que se hubiera olvidado de su larga relación, las alegrías, las tristezas y las conversaciones que se prolongaban hasta el alba.

El hombre salió del café para seguirla. Ella se dirigió hacia la tercera puerta de la calle, la empujó y entró. Él apretó el paso y entró detrás de la mujer.





Se acercó a ella en el pasadizo, cuya única luz en la oscuridad que lo envolvía era un leve resplandor que provenía de la calle y que penetraba a través de la puerta entreabierta.

– ¿Quién eres? -preguntó la mujer dándose la vuelta.
– Soy yo -respondió él con seguridad.
– ¿Quién eres? -repitió ella con seriedad y prudencia.
– El que tiene esta voz. ¿No te acuerdas?
– No.
– ¡Fardús!
– ¡Márchate!
– ¡Fardús!
– Fardús está en tu imaginación, descarado. Él se rió y dijo:
– Tú eres Fardús. Yo conozco tus trucos.

Alargó la mano para cogerla del brazo, pero la mujer se soltó y gritó enfadada; luego le dio un puñetazo en la cara. Él se quedó aturdido. Se oyeron pasos por la escalera y un gran estrépito por detrás de las paredes. Luego aparecieron unas caras furiosas a la luz de una lámpara que sostenía la mujer. El hombre exclamó asustado:

– ¿Qué está pasando? Yo soy un cliente. Lo rodearon y le abofetearon, gritando:
– ¡Ladrón!
– Dejad que me explique,
– Habla, cobarde.
– Soy un cliente.
– ¡Un cliente! ¿Quién te ha dicho que nuestra casa es un café?

Continuaron golpeándolo hasta que él gritó. Entonces, acercaron la lámpara a su rostro para verlo mejor.

– ¡Es un efendi!
– ¡Es un anciano!
– ¡Es un borracho!
– Vamos a dejar que se explique sin golpearlo -dijo uno de ellos-. ¿Por qué has venido aquí?
– ¡Por Dios! Soy un cliente, y pagaré hasta el último céntimo.

Siguieron golpeándolo violentamente hasta que cayó al suelo. Entonces, uno de ellos aconsejó que no continuaran pegándole, ya que podría morir. Luego, corrieron a llamar a la policía.
El hombre se quedó tirado en el suelo susurrando:

– Que Dios te perdone, Fardús.

Todos los presentes estaban de pie ante el inspector de policía. Tras escuchar su versión de los hechos, el inspector le preguntó al hombre:

– ¿Qué tienes tú que decir?

El hombre tenía la cara demacrada y arrugada, hinchada e inexpresiva. Además, se le había caído el tarbush de la cabeza, dejando al descubierto su gran calva. La corbata le colgaba del cuello de la camisa desgarrada, la chaqueta negra estaba cubierta de cal y polvo, y sus mandíbulas parecían bailar alrededor de la boca desdentada. Con voz fatigada, dijo:

– Sus afirmaciones son una prueba de su culpa. Me han tratado brutalmente sin motivo alguno. Solicito que me vea un médico urgentemente.
– Estás tan borracho que hasta te puedes morir por eso.
– Pero yo no me he metido con nadie.
– Has molestado a la señora.
– No, simplemente la he seguido hasta su casa, según la costumbre.
– ¿La costumbre?
– Sí, como cualquier hombre.
– ¿Y con qué derecho?
– Con legítimo derecho. Usted es una persona competente.
– Habla, no me hagas perder el tiempo.
– Yo la he invitado con la intención de pagarle la cuenta, y ella me ha golpeado.
– ¿Mantienes esa versión?
– Claro. Yo no soy un ladrón ni un maleante, sólo soy un antiguo cliente.
– ¿Cliente?
– Sí, pero no lo hacía por diversión ni por libertinaje, sino por prestar un servicio a la sociedad.
– ¡Increíble!
– He estudiado la situación de la mujer en este barrio, y mi trabajo ha sido valorado y apreciado.
– ¿Y quién te encomendó hacer todo eso?
– Es un deber humanitario que llevé a cabo espontáneamente, sin que nadie me lo encomendara.
– No te creas que vas a poder engañar a nadie con tu vergonzosa borrachera.

El hombre sonrió de forma insulsa y dio unas palmadas, luego miró a los presentes y se desplomó.

Cuando abrió los ojos, se encontró tendido en un lecho, en una pequeña habitación blanca que olía a medicinas. Transcurrieron algunos minutos antes de que tomara conciencia de quién era y dónde se encontraba. En un momento dado, entró un hombre al que nunca había visto: tenía un aspecto respetable, como de persona que ocupara un cargo oficial. Dijo que era comisario de policía, y el hombre le miró con estupor.

El comisario le dijo que le conocía desde hacía mucho tiempo y que recordaba su actividad, cuando escribía en los periódicos y en las revistas.

– Yo era uno de sus más fervientes lectores.
– Es un placer -susurró el hombre, palpándose la frente y el mentón.
– Le reconocí en la comisaría, cuando estaba inconsciente, y ordené que le asistieran como era debido. Espero que se encuentre mejor.
– Creo que sí. Pero no tengo ni idea de lo que me ha pasado.
– Es una triste historia. Ya la recordará en su momento.

Los ojos del hombre reflejaron inquietud. El comisario continuó:

– Primero déjeme que le lea el acta.
– ¿El acta?

El comisario leyó el acta con paciencia y claridad. Él lo seguía serio y con asombro. Sin duda, en aquella horrenda aventura cualquier cosa sería suficiente para culparlo.

– ¿Cómo sucedió? -le preguntó el comisario.
– No lo sé -susurró con tristeza y preocupación.
– Es cierto que estaba en estado de embriaguez, pero no es suficiente.

Ante su silencio, el comisario añadió:

– El inspector de policía ha sospechado de algo más peligroso que la embriaguez y me ha pedido permiso para realizar un análisis gástrico.
– ¡No!
– Pero no ha hecho falta.
– No sé cómo agradecérselo. El comisario sonrió y dijo:
– Yo seguía sus interesantes estudios. ¿Cómo ha podido suceder esto?- Está claro que he perdido la cabeza -respondió el hombre, suspirando.
– Pero ha agredido a una mujer en su propia casa, y eso aumenta la culpa.
– No me lo puedo creer.
– Va a tener serias dificultades para llegar a un acuerdo con la mujer y su familia.
– ¡Qué triste destino!
– Es un episodio muy particular. Espero que no salga publicado en la prensa.

Al escuchar la palabra «prensa», el hombre suspiró. Dijo que había sido un destacado periodista antes de retirarse, hacía quince años. Luego regresó a su pueblo, anciano y sin ninguna actividad a la que dedicarse. Durante un periodo de tiempo vivió en completo ocio, y después le asaltó un vivo deseo de visitar El Cairo. Fue a la taberna, como en el pasado, y luego sus pasos lo condujeron, como de costumbre, por aquel camino.





– Pero usted debería ser el primero en saber que en el barrio ya no hay prostitución, y también cuándo fue erradicada.
– Lo había olvidado por completo. Perdí el juicio.
– Y pasó lo que pasó.
– Pasó lo que pasó.

El comisario se rió de forma tranquilizadora, dándole a entender que había hecho todo lo posible por ayudarlo, y empezó a elogiar su voluminoso libro sobre la prostitución y las prostitutas.

– Fue una gira maravillosa -dijo el hombre-. Para escribir ese libro visité muchos países orientales y occidentales, recopilando una verdadera enciclopedia.
– Usted exigía que se erradicara la prostitución y que se tratara a las prostitutas con humanidad.
– La abolición de la prostitución fue una victoria personal, hasta el punto de que mis colegas organizaron una fiesta en mi honor en el hotel Sheperd.
– Sí, ya me acuerdo. Pero ¿por qué dejó el periodismo?
– La prostitución era la cuestión esencial a la que había dedicado toda mi capacidad de escritura, tratando la historia y sus variadas formas, las víctimas y lo que las rodea. La abolición era mi objetivo. Cuando lo conseguí, me di cuenta de que ya no había nada que me resultara interesante.
– Pero ¿y su gran capacidad para escribir? Quiero decir que la prostitución no era sino uno de los innumerables problemas que existían.
– Ya no tenía ganas de escribir. Habían desaparecido de forma extraña. Era como si se hubieran roto los vínculos entre las cosas y yo…
– La verdad es que…

Pero el hombre le interrumpió, molesto:

– Mi actividad de escritor se abolió al mismo tiempo que la prostitución. Ambas se desvanecieron. Me quedé sin argumento, sin trabajo, sin entusiasmo y sin objetivos. Así que volví a mi pueblo, y rápidamente caí en el olvido.

Los dos hombres se intercambiaron una larga mirada; luego el comisario sonrió y dijo:

– Cuando yo era subteniente, el barrio formaba parte de mi zona. Le veía a usted muy a menudo en el café El Arabi.
– Era parte de mi trabajo.
– Pero usted…, quiero decir…, se divertía y jugaba…
– Sí. Era el corazón que escuchaba los sufrimientos al final de la noche. -Le pareció que el comisario sentía cierto embarazo al recordar el pasado; no obstante, continuó-: Es como si formáramos parte del mal que combatimos.

Extendió la mano hacia el comisario y, estrechándole la suya, concluyó:

– Espero que, gracias a usted, pueda regresar a mi pueblo bien protegido. Ya no me volveré a alejar de allí mientras viva.

Naguib Mahfuz

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El Acusado – Naguib Mahfuz

Iba solo en su pequeño coche, sin otra distracción que la velocidad: volaba sobre el asfalto que, separando en dos partes el desierto, conducía a Suez.

La monotonía del paisaje aumentaba su sensación de soledad, sin que apareciera ningún elemento nuevo en aquel viaje de ida y vuelta que se veía obligado a realizar una vez a la semana.

Aquel día, divisó a lo lejos un gran camión y, decidido a alcanzarlo, aumentó la velocidad de su Ramsés.

Era un camión cisterna, grande como una locomotora, en cuya parte posterior iba agarrado un ciclista que, sin sentirse fatigado, daba alguna que otra patada a la rueda izquierda mientras cantaba.

¿De dónde vendría el ciclista y adonde iría? ¿Podría haber recorrido todo aquel trayecto en bicicleta si no hubiera encontrado un vehículo que tirase de él?

El hombre sonrió con admiración y miró al ciclista con lástima. Pasaron cerca de unas colinas situadas a la derecha de la carretera, tras las cuales se extendía un gran maizal rodeado de un terreno de pasto para las cabras.

El hombre redujo instintivamente la velocidad para gozar del fresco verdor y, de pronto, un grito rasgó el silencio. Asustado, miró hacia delante y vio cómo la rueda del camión arrollaba a la bicicleta y al ciclista, y continuaba su camino como si tal cosa.

El hombre gritó aterrado y continuó dando gritos para llamar la atención del conductor del camión. Se detuvo a unos dos metros de la bicicleta y salió del coche sin pensarlo y sin dejar de dar gritos al camionero.


Se acercó, temeroso, al lugar del accidente y vio el cuerpo tendido sobre el costado izquierdo, con el brazo derecho de piel morena extendido a su lado y la pequeña mano, cubierta de contusiones y heridas, asomando por la camisa de media manga llena de polvo. De la cara, no se veía más que la mejilla derecha, y las piernas, dentro de un pantalón gris hecho jirones y empapado de sangre, continuaban sujetas a la bicicleta, que tenía las ruedas aplastadas, los radios doblados y un lado del manillar roto.

La víctima, que aparentaba como veinte años, respiraba profunda e irregularmente. Al verlo, la cara del hombre se contrajo y le dirigió una mirada triste y compasiva, pero sin saber qué hacer. Se sentía impotente en medio de aquella soledad. Desechó la idea de llevarlo en su coche, temiendo que pudieran implicarle en el accidente. Cuando por fin logró salir de su perplejidad, decidió seguir al camión que había causado el accidente. Tal vez por el camino encontrara un puesto de vigilancia o de control para denunciar el caso.

Volvió a su coche y, cuando se disponía a entrar, oyó una voz, mejor dicho, muchas voces, que le gritaban:

– ¡Quieto, no te muevas!

Se dio la vuelta y vio a un grupo de campesinos que corrían hacia él desde la zona de cultivo. Algunos iban provistos de bastones y otros de piedras.

El hombre, sin atreverse a entrar al vehículo por miedo a que le lapidaran, se volvió hacia ellos temblando por la crítica situación en la que se encontraba.

Ante aquellos rostros airados y agresivos, perdió cualquier esperanza de poder explicarse. Extendió rápidamente la mano hacia la guantera, sacó una pistola y, apuntándolos, gritó con voz temblorosa:

– Quedaos donde estáis.

Con cierta inquietud, se dio cuenta inmediatamente de que su actitud le había hecho perder la esperanza de poder explicar lo sucedido a aquellos hombres, pero no había tenido tiempo de reflexionar.

Los campesinos aminoraron la marcha y luego se detuvieron a unos diez metros, con la mirada ardiente de ira, debido a la impotencia que sentían ante la pistola.

Bajo los rayos del sol, los rostros aparecían oscuros, ajados y graves; las manos agarraban los bastones y las piedras, y los gruesos pies descalzos se aferraban al asfalto.

Entonces uno de ellos dijo:

– ¿Quieres matarnos como a él?- Yo no lo he matado, ni siquiera le he tocado. Ha sido el camión cisterna.
– No, ha sido tu coche.
– Pero si no lo habéis visto…
– Lo hemos visto todo.
– Me estáis impidiendo que alcance el camión que ha causado el accidente.
– Tú lo único que quieres es huir.

La cólera de los campesinos aumentaba y el temor del hombre crecía en la misma proporción. Le aterraba la idea de verse obligado a disparar y matar a alguien; eso le pondría en una situación crítica de la que sería imposible escapar. ¿Cómo podía librarse de aquella pesadilla? ¿Sería un sueño?

– Creedme, yo no lo he tocado. He visto con mis propios ojos cómo lo arrollaba el camión.
– Has sido tú quien lo ha atropellado.
– Habría que ir al hospital más cercano.
– ¡Vaya ocurrencia!
– ¿Y al puesto de policía?
– ¡Peor!
– Entonces, os pido que os tranquilicéis, y la verdad resplandecerá.
– No huyas y la verdad aparecerá.
– ¡Por Dios! ¿Por qué os empeñáis en ese embuste?
– Y tú, ¿por qué le has matado?

¡Qué infierno de dificultades y mentiras! ¿Cuándo se terminará esta espera infernal, el sufrimiento lento, el miedo y el pensamiento febril? ¡Por qué se habría parado! ¿Cómo iba a resplandecer la verdad? El conductor del camión cisterna ni siquiera se había enterado de lo ocurrido. No había la menor esperanza de que la situación fuera sólo un sueño aterrador.

El joven que yacía en el suelo emitió una especie de estertor, seguido de un prolongado gemido. Después enmudeció. Uno de los campesinos exclamó:

– Dios te castigará.
– Dios castigará al autor del hecho -repliqué.
– Tú has sido el autor.
– Yo lo único que he hecho ha sido pararme.
– Creías que estabas solo…
– Al contrario, pensaba en socorrerlo.
– ¡Socorrerlo!
– Es inútil hablar con vosotros.
– Completamente.


Si les daba la espalda un instante, lo lapidarían. No podía librarse de aquella tortura ni tenía posibilidad de alcanzar el camión. Él era la única víctima, sin esperanza de escapatoria. ¡Qué horror! ¿Cuál sería la responsabilidad que determinarían y el castigo que le impondrían? ¿Se salvaría el pobre muchacho? La mirada del hombre mostraba desesperación y la de los campesinos un rencor tenaz.

De pronto, aparecieron dos coches en el horizonte y, cuando los vio acercarse, el hombre respiró tranquilo. Una ambulancia y un coche de policía llegaban al lugar del accidente. Los enfermeros, rodeados por los presentes, se dirigieron inmediatamente hacia la bicicleta, liberaron con delicadeza las piernas de la víctima y transportaron al herido a la ambulancia con mucho cuidado. Luego, se fueron por donde habían llegado.

Los policías alejaron a los presentes de la bicicleta mientras un inspector examinaba en silencio el lugar del accidente. Luego, se dirigió al hombre y le preguntó:

– ¿Ha sido usted?

Los campesinos gritaron que sí, pero el inspector los mandó callar con un gesto de la mano y observó con atención al hombre. Éste respondió:

– No. Yo circulaba detrás del camión cisterna y el chico iba en su bicicleta, agarrado a la parte posterior. En un momento dado, oí un grito y lo vi bajo la rueda trasera del camión.
– El fue quien le atropello -gritaron muchos de los presentes.
– Yo no lo he tocado. Sólo he sido testigo del accidente.

Volvió el alboroto y el inspector gritó:

– Hablad con orden. -Luego, le preguntó al hombre-: ¿Ha visto el accidente en el momento en que se producía?
– No. Cuando me volví hacia el lado del que procedía el grito, vi la bicicleta bajo la rueda del camión.
– Pero ¿cómo fue a parar allí?
– No lo sé.
– ¿Y qué hizo usted?
– Paré el coche para ver lo que había sucedido y lo que se podía hacer; luego quise alcanzar al camión, pero vi a ésos corriendo hacia mí con bastones y piedras y me vi obligado a amenazarlos con la pistola.
– ¿Tiene licencia de armas?
– Sí, soy agente de cambio en Suez y viajo mucho.

El inspector se volvió hacia los campesinos y les preguntó:

– ¿Por qué le acusáis?
– Lo hemos visto con nuestros propios ojos y le hemos impedido huir -respondieron a gritos.
– ¡Embusteros! Vosotros no habéis visto nada.

El inspector le ordenó a un policía que permaneciera custodiando el lugar y a otro que avisara al fiscal. Luego, se dirigió con todos los presentes al puesto de policía para tomarles declaración.

Ali Musa, el acusado, sostuvo con firmeza su versión de los hechos, y lo mismo hicieron los campesinos. El primero repetía que a través de la investigación se descubriría la verdad. Se enteró de que la víctima, que se llamaba Iyad Al Gafari, era un vendedor ambulante que tenía diversos negocios con la mayor parte de los campesinos. Ali Musa preguntó:

– ¿Por qué me habría parado, si de verdad fuera culpable?

A lo que el inspector le respondió con frialdad:

– No todos los que atropellan a alguien huyen necesariamente.

Todos permanecieron esperando: los campesinos sentados en el suelo y Ali Musa en una silla, con permiso del inspector. El tiempo transcurría lento, pesado y penoso.

Finalizado el atestado, el inspector dejó de interesarse por los presentes, como si ya no tuviera nada que ver con el asunto, y se puso a leer el periódico para distraerse.

El hombre se preguntaba por qué los campesinos se empeñaban en acusarle, y lo que más le preocupaba era que parecían convencidos de su declaración, como si de verdad fueran sinceros. ¿Se habrían dejado engañar por las apariencias? Tal vez, como suele suceder, alguno había dado su versión de los hechos y los otros, instintivamente, le habían seguido. ¡Ah! La única esperanza era que Iyad Al Gafari se salvase: sólo él podía despertarlo de aquella pesadilla con una sola palabra.

Ali Musa le preguntó al inspector con delicadeza y esperanza:

– ¿Podemos preguntar cómo se encuentra el herido?

El inspector le miró con cara de pocos amigos; no obstante, llamó al hospital. Tras colgar, informó:

– Está en el quirófano. Ha tenido una fuerte hemorragia y el pronóstico es reservado.

Tras unos momentos de duda, Ali Musa preguntó:

– ¿Y cuándo vendrá el fiscal?
– Ya te enterarás cuando llegue.
– ¿Por qué alguien tiene que encontrarse en una situación así? -se preguntó Ali Musa en un tono muy bajo.
– Tal vez usted tenga la respuesta -replicó el inspector, y continuó leyendo el periódico.

Ali Musa recayó en aquel terrible estado de abandono, mirando aquel lugar con rencor. Aquellos campesinos deseaban que él fuera condenado, y el sentimiento era recíproco: si él pudiera condenarlos, también lo haría.

El inspector realizaba su trabajo como una máquina, y una fuerza ciega y desconocida parecía querer destruirlo inconscientemente. Había cometido muchos errores, pero era absurdo relacionar su estado de confusión con cualquier hipótesis lógica. Lanzó un suspiro y exclamó:

– ¡Ay, Dios mío!

Y más de una voz exclamó, por motivos opuestos:

– ¡Dios mío!

Visiblemente nervioso, les gritó:

– ¡No tenéis conciencia! Y ellos respondieron:
– Dios es testigo de lo que has hecho, miserable. El inspector levantó la vista del periódico y dijo enfadado:
– No voy a permitir eso. Ali, indignado, replicó:
– Si no fuera por las mentiras y los inventos, ahora estaría en mi casa tranquilamente.
– Si no fuera por tu irresponsabilidad, el pobre Iyad estaría en su casa tan tranquilo -le contestó uno de los hombres.

El inspector les lanzó una mirada que los hizo callar y, en medio de aquel silencio, la espera se hizo aún más penosa.

El tiempo pasaba tan lentamente que daba la impresión de que iba hacia atrás. Ali se sintió tan angustiado que se dirigió de nuevo al inspector y le preguntó con suma educación:

– Señor, no se puede imaginar lo que estoy pasando… ¿Puedo saber cuándo vendrá el fiscal?

El inspector, sin levantar la vista del periódico, respondió con malos modos:

– ¿Crees que tu caso es más importante que los demás?


No recordaba haber pasado en su vida por un trance tan doloroso. ¿Es que las esperanzas rotas, la hostilidad, por motivos inexplicables, de los campesinos y el cielo infinito, bajo el cual se había producido el accidente, no tenían la importancia suficiente?

Con el transcurso de las horas, se sintió terriblemente abatido. Sin tener en cuenta el riesgo que corría se dirigió de nuevo al inspector:

– Señor.
– ¿Es que no vas a callarte de una vez? -le interrumpió el otro, como si estuviera al acecho.
– Es que me siento muy angustiado.
– Si yo tuviera que compartir la angustia de todos los que han pasado por aquí, me habría muerto de pena el primer día de trabajo.
– ¿No sería posible, al menos, preguntar cómo se encuentra el herido?
– Informarán de cualquier novedad sin necesidad de que preguntemos.

«Mi vida depende de la tuya, Iyad. Las circunstancias pueden hacer caer en un error al fiscal, a pesar de su perspicacia. ¿El que acabe en la cárcel, sin culpa alguna, es algo sin importancia? Si fuera posible, sería mejor que me encogiera de hombros y sonriera con desprecio y estupidez. Antes, tenía ganas de llorar y ahora, casi tengo ganas de reírme.»

«¡Por Dios! Piensa en tus culpas pasadas para consolarte de esta situación, aunque no haya ninguna relación entre ellas. ¿Quién ha dicho que el caos se supera con el caos?»

Veo los ojos de esos campesinos a través de una lente negra impuesta durante siglos. Pero yo no soy responsable, o tal vez sí lo soy, inconscientemente. Estoy pensando, por primera vez en mi vida, y pensaré más detrás de los barrotes. Hoy he sabido algo que antes ignoraba y de lo que sólo había oído hablar: la casualidad, el destino, la fortuna, la intención, el trabajo, los campesinos, el inspector, el efendi, el viento estacional, el petróleo, el camión, la lectura de los periódicos en el puesto de policía, lo que es importante y lo que no lo es.

Es necesario volver a pensar en todas estas cosas, considerándolas de forma individual y relacionándolas entre sí. Es necesario comenzar por la primera letra del alfabeto para comprender y controlar todo, de forma que nada pueda parecer poco importante. La culpa no la tienen las calamidades sino la ignorancia.

Desde ahora, no debes someterte ni a la evidencia del sistema solar ni al lenguaje oculto de las estrellas. ¿Por qué temes al inspector que lee las esquelas fúnebres en los periódicos sin conmoverse?

– ¡Esto es intolerable! -exclamó con toda la potencia de su voz.

La cara del inspector asomó por encima del periódico con una mirada de desaprobación, pero él continuó con aspereza:

– ¡Usted no hace nada más que leer el periódico!
– ¿Quién eres tú para decirme eso?
– Lo que ha oído.
– ¿Es que no tienes miedo?
– No tengo miedo de nada.
– Si has perdido el control de los nervios, tengo medicinas para todos los males.
– Yo también tengo medicinas para todos los males.
– ¿Tú? -preguntó el inspector poniéndose de pie, furioso.
– Usted está retrasando la llegada del fiscal e impidiendo que la ley siga su curso.
– Te voy a meter en el calabozo.
– ¿Es que hay algo peor que este caos?
– ¿Te estás haciendo pasar por loco?

Ali se levantó desafiante, con la mirada perdida. El inspector llamó al policía; pero en aquel momento sonó el teléfono. El inspector levantó el auricular, escuchó durante algunos minutos y luego colgó. Miró a Ali con rencor y, reprimiendo una sonrisa maliciosa, dijo:

– La víctima ha muerto a consecuencia de las graves heridas.

Ali Musa palideció y sostuvo la mirada maliciosa del otro. Luego, poseído por una ira loca, gritó con voz trémula:

– La ley todavía no se ha pronunciado. Esperaré…

Naguib Mahfuz

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