Fardús – Naguib Mahfuz

Todo se movía sin control y los muros laterales parecían oscilar. Pero lo más extraño era la ausencia de luces, como si se las hubiera tragado la oscuridad; era extraordinario aquel silencio, como si la calle estuviera inmersa en el sueño.

O el recuerdo engaña, induciendo a error e inventando cosas sin fundamento, o el mundo cambia con tal fuerza que no tiene piedad con los recuerdos.

No obstante, al hombre no se le pasaba por la cabeza volver hacia atrás pero tampoco le abandonaba aquel deseo ardiente, aquella nostalgia por un periodo de vida definitivamente pasado, que no tenía retorno. Pero ¿no era aquel cambio peor de lo que cabía suponer? ¿Qué significaban aquellos camiones parados aquí y allá? ¿Dónde estaban los numerosos cafés y las tabernas? ¿Y las luces que acompañaban el majestuoso caminar de las mujeres con sus vistosas joyas y sus vestidos provocadores?

«Habla, ya sea con alegría o con tristeza, pero no te quedes ahí inmóvil, como si no me conocieras.»

Ahí están las arcadas, a ambos lados, escasamente iluminadas, y no hay nada que merezca la pena ver o escuchar. ¿Qué ha sucedido? Ahí están las escaleras que conducen al camino, pero ¿dónde está el policía? No hay ni una garganta que cante ni una cuerda que emita un sonido, y no se oye ni un insulto.

¿Dónde estaba el viejo farmacéutico de mala fama, y su bodega, donde se podía encontrar respuesta a todas las necesidades? ¿Dónde estaba? Ni un chiste, ni un grito, ninguna disputa ni amenaza de riña, ningún ruido de pasos, nadie que pidiera ayuda, ninguna cara extraña ni nadie vomitando, bailando o intentando suicidarse. Nadie en desacuerdo con las cuentas, ningún ratero, ningún estafador ni ningún alcahuete. Ningún bastón en alto ni ninguna silla volando por los aires. No había más que camiones y tabernas cerradas, y una oscuridad casi absoluta, con unas cuantas farolas alejadas entre sí.

En el comienzo de la calle, vio un pequeño café y se dirigió hacia él como una exhalación: tal vez ése fuera el único punto de encuentro entre el pasado y el presente.

Se sentó en el mismo sitio de antaño, y tal vez hasta en la misma silla. Pero era evidente que ni el camarero ni el dueño del local eran los mismos.

Desde su sitio, no vio nada que mereciera la pena, pero en el ambiente había algo indefinido, como una advertencia.

– ¿Dónde está la gente del barrio? -le preguntó al camarero, que estaba frente a él.
– En sus casas -respondió el joven, que se esperaba otra pregunta.
– Por la calle no he visto a nadie, ni tampoco luces.

El joven sonrió, y el hombre pensó que había exagerado, pero las facciones del joven eran muy irritantes.

– ¿Qué quiere tomar? -le preguntó el joven.
– Un coñac.

El camarero no pudo contener la sonrisa. Confuso ante la petición de un coñac, sin aperitivos, dijo:

– Café…, té…, canela…, narguile
– He dicho un coñac.
– No tenemos.
– Pero yo lo he tomado aquí muchas veces.
– En los barrios populares no hay permiso para venderlo.

O aquel joven era tonto, o tenía una mente muy retorcida.

– ¿Y quién es el cantante del café?
– ¿Qué cantante? No hay ningún cantante.

Le indicó al joven que se marchara. Pronto descubriría el misterio. Le hubiera gustado discutir con el dueño del café, pero una mujer apareció en la calle. Venía por el lado de la escalera, envuelta en su melaya pero con el rostro descubierto, y lo distrajo de sus pensamientos.

Ella era el verdadero punto de encuentro, no aquel café en ruinas. En todo el barrio, sólo había una mujer que caminara envuelta en su melaya. Fardús. Sólo Fardús, ninguna otra mujer del barrio.

Cuando se acercó, él sonrió. Iba a proponerle que se sentara a su lado pero ella siguió su camino sin prestarle atención. Sus altos tacones producían un ruido especial al caminar sobre el suelo empedrado. Quizá no le había visto, porque no era posible que se hubiera olvidado de su larga relación, las alegrías, las tristezas y las conversaciones que se prolongaban hasta el alba.

El hombre salió del café para seguirla. Ella se dirigió hacia la tercera puerta de la calle, la empujó y entró. Él apretó el paso y entró detrás de la mujer.


Se acercó a ella en el pasadizo, cuya única luz en la oscuridad que lo envolvía era un leve resplandor que provenía de la calle y que penetraba a través de la puerta entreabierta.

– ¿Quién eres? -preguntó la mujer dándose la vuelta.
– Soy yo -respondió él con seguridad.
– ¿Quién eres? -repitió ella con seriedad y prudencia.
– El que tiene esta voz. ¿No te acuerdas?
– No.
– ¡Fardús!
– ¡Márchate!
– ¡Fardús!
– Fardús está en tu imaginación, descarado. Él se rió y dijo:
– Tú eres Fardús. Yo conozco tus trucos.

Alargó la mano para cogerla del brazo, pero la mujer se soltó y gritó enfadada; luego le dio un puñetazo en la cara. Él se quedó aturdido. Se oyeron pasos por la escalera y un gran estrépito por detrás de las paredes. Luego aparecieron unas caras furiosas a la luz de una lámpara que sostenía la mujer. El hombre exclamó asustado:

– ¿Qué está pasando? Yo soy un cliente. Lo rodearon y le abofetearon, gritando:
– ¡Ladrón!
– Dejad que me explique,
– Habla, cobarde.
– Soy un cliente.
– ¡Un cliente! ¿Quién te ha dicho que nuestra casa es un café?

Continuaron golpeándolo hasta que él gritó. Entonces, acercaron la lámpara a su rostro para verlo mejor.

– ¡Es un efendi!
– ¡Es un anciano!
– ¡Es un borracho!
– Vamos a dejar que se explique sin golpearlo -dijo uno de ellos-. ¿Por qué has venido aquí?
– ¡Por Dios! Soy un cliente, y pagaré hasta el último céntimo.

Siguieron golpeándolo violentamente hasta que cayó al suelo. Entonces, uno de ellos aconsejó que no continuaran pegándole, ya que podría morir. Luego, corrieron a llamar a la policía.
El hombre se quedó tirado en el suelo susurrando:

– Que Dios te perdone, Fardús.

Todos los presentes estaban de pie ante el inspector de policía. Tras escuchar su versión de los hechos, el inspector le preguntó al hombre:

– ¿Qué tienes tú que decir?

El hombre tenía la cara demacrada y arrugada, hinchada e inexpresiva. Además, se le había caído el tarbush de la cabeza, dejando al descubierto su gran calva. La corbata le colgaba del cuello de la camisa desgarrada, la chaqueta negra estaba cubierta de cal y polvo, y sus mandíbulas parecían bailar alrededor de la boca desdentada. Con voz fatigada, dijo:

– Sus afirmaciones son una prueba de su culpa. Me han tratado brutalmente sin motivo alguno. Solicito que me vea un médico urgentemente.
– Estás tan borracho que hasta te puedes morir por eso.
– Pero yo no me he metido con nadie.
– Has molestado a la señora.
– No, simplemente la he seguido hasta su casa, según la costumbre.
– ¿La costumbre?
– Sí, como cualquier hombre.
– ¿Y con qué derecho?
– Con legítimo derecho. Usted es una persona competente.
– Habla, no me hagas perder el tiempo.
– Yo la he invitado con la intención de pagarle la cuenta, y ella me ha golpeado.
– ¿Mantienes esa versión?
– Claro. Yo no soy un ladrón ni un maleante, sólo soy un antiguo cliente.
– ¿Cliente?
– Sí, pero no lo hacía por diversión ni por libertinaje, sino por prestar un servicio a la sociedad.
– ¡Increíble!
– He estudiado la situación de la mujer en este barrio, y mi trabajo ha sido valorado y apreciado.
– ¿Y quién te encomendó hacer todo eso?
– Es un deber humanitario que llevé a cabo espontáneamente, sin que nadie me lo encomendara.
– No te creas que vas a poder engañar a nadie con tu vergonzosa borrachera.

El hombre sonrió de forma insulsa y dio unas palmadas, luego miró a los presentes y se desplomó.

Cuando abrió los ojos, se encontró tendido en un lecho, en una pequeña habitación blanca que olía a medicinas. Transcurrieron algunos minutos antes de que tomara conciencia de quién era y dónde se encontraba. En un momento dado, entró un hombre al que nunca había visto: tenía un aspecto respetable, como de persona que ocupara un cargo oficial. Dijo que era comisario de policía, y el hombre le miró con estupor.

El comisario le dijo que le conocía desde hacía mucho tiempo y que recordaba su actividad, cuando escribía en los periódicos y en las revistas.

– Yo era uno de sus más fervientes lectores.
– Es un placer -susurró el hombre, palpándose la frente y el mentón.
– Le reconocí en la comisaría, cuando estaba inconsciente, y ordené que le asistieran como era debido. Espero que se encuentre mejor.
– Creo que sí. Pero no tengo ni idea de lo que me ha pasado.
– Es una triste historia. Ya la recordará en su momento.

Los ojos del hombre reflejaron inquietud. El comisario continuó:

– Primero déjeme que le lea el acta.
– ¿El acta?

El comisario leyó el acta con paciencia y claridad. Él lo seguía serio y con asombro. Sin duda, en aquella horrenda aventura cualquier cosa sería suficiente para culparlo.

– ¿Cómo sucedió? -le preguntó el comisario.
– No lo sé -susurró con tristeza y preocupación.
– Es cierto que estaba en estado de embriaguez, pero no es suficiente.

Ante su silencio, el comisario añadió:

– El inspector de policía ha sospechado de algo más peligroso que la embriaguez y me ha pedido permiso para realizar un análisis gástrico.
– ¡No!
– Pero no ha hecho falta.
– No sé cómo agradecérselo. El comisario sonrió y dijo:
– Yo seguía sus interesantes estudios. ¿Cómo ha podido suceder esto?- Está claro que he perdido la cabeza -respondió el hombre, suspirando.
– Pero ha agredido a una mujer en su propia casa, y eso aumenta la culpa.
– No me lo puedo creer.
– Va a tener serias dificultades para llegar a un acuerdo con la mujer y su familia.
– ¡Qué triste destino!
– Es un episodio muy particular. Espero que no salga publicado en la prensa.

Al escuchar la palabra «prensa», el hombre suspiró. Dijo que había sido un destacado periodista antes de retirarse, hacía quince años. Luego regresó a su pueblo, anciano y sin ninguna actividad a la que dedicarse. Durante un periodo de tiempo vivió en completo ocio, y después le asaltó un vivo deseo de visitar El Cairo. Fue a la taberna, como en el pasado, y luego sus pasos lo condujeron, como de costumbre, por aquel camino.


– Pero usted debería ser el primero en saber que en el barrio ya no hay prostitución, y también cuándo fue erradicada.
– Lo había olvidado por completo. Perdí el juicio.
– Y pasó lo que pasó.
– Pasó lo que pasó.

El comisario se rió de forma tranquilizadora, dándole a entender que había hecho todo lo posible por ayudarlo, y empezó a elogiar su voluminoso libro sobre la prostitución y las prostitutas.

– Fue una gira maravillosa -dijo el hombre-. Para escribir ese libro visité muchos países orientales y occidentales, recopilando una verdadera enciclopedia.
– Usted exigía que se erradicara la prostitución y que se tratara a las prostitutas con humanidad.
– La abolición de la prostitución fue una victoria personal, hasta el punto de que mis colegas organizaron una fiesta en mi honor en el hotel Sheperd.
– Sí, ya me acuerdo. Pero ¿por qué dejó el periodismo?
– La prostitución era la cuestión esencial a la que había dedicado toda mi capacidad de escritura, tratando la historia y sus variadas formas, las víctimas y lo que las rodea. La abolición era mi objetivo. Cuando lo conseguí, me di cuenta de que ya no había nada que me resultara interesante.
– Pero ¿y su gran capacidad para escribir? Quiero decir que la prostitución no era sino uno de los innumerables problemas que existían.
– Ya no tenía ganas de escribir. Habían desaparecido de forma extraña. Era como si se hubieran roto los vínculos entre las cosas y yo…
– La verdad es que…

Pero el hombre le interrumpió, molesto:

– Mi actividad de escritor se abolió al mismo tiempo que la prostitución. Ambas se desvanecieron. Me quedé sin argumento, sin trabajo, sin entusiasmo y sin objetivos. Así que volví a mi pueblo, y rápidamente caí en el olvido.

Los dos hombres se intercambiaron una larga mirada; luego el comisario sonrió y dijo:

– Cuando yo era subteniente, el barrio formaba parte de mi zona. Le veía a usted muy a menudo en el café El Arabi.
– Era parte de mi trabajo.
– Pero usted…, quiero decir…, se divertía y jugaba…
– Sí. Era el corazón que escuchaba los sufrimientos al final de la noche. -Le pareció que el comisario sentía cierto embarazo al recordar el pasado; no obstante, continuó-: Es como si formáramos parte del mal que combatimos.

Extendió la mano hacia el comisario y, estrechándole la suya, concluyó:

– Espero que, gracias a usted, pueda regresar a mi pueblo bien protegido. Ya no me volveré a alejar de allí mientras viva.

Naguib Mahfuz

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