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El poder de las metáforas: Averroes

2016 puede ser considerado, sin lugar a dudas, el año borgiano.

En 2016 se cumplieron 30 años de la muerte de quien fue el máximo exponente de la literatura en español en el siglo XX y mucha tinta ya ha sido escrita sobre su obra y su legado. La contribución de Borges a nuestro idioma es infinita, y ya ha sido puesta en evidencia por varios medios españoles y argentinos a lo largo de este año. Luego de Cervantes – de quien también en este año se conmemoran 400 años de su deceso – no cabe duda de que Borges es quien mejor supo jugar con el español para inventar mundos. El escritor argentino no solo nos legó piezas bellas sino también metáforas poderosas para comprender el mundo en su totalidad. No se malinterprete esta afirmación: de ninguna manera se podría decir que Borges quiso comprender la realidad por medio del arte. Nada sería más falso. La literatura fantástica borgiana desdeñaba la realidad y nunca quiso copiarla ni deformarla. Su objetivo siempre fue crear mundos, personajes y episodios puramente ficcionales.

En este sentido, la ciencia y la literatura de Borges nos proveen de la misma herramienta. Los conceptos, modelos causales y demás de la ciencia no son sino ficciones que siguen esquemas formales y lógicos que nos permiten aprehender distintos fenómenos de la realidad. A pesar de ser fantástica, en la literatura borgiana no hay un rastro de irracionalidad. La coherencia interna es uno de los elementos que hace a Borges tan magnífico. Así, lo que podemos encontrar en ambos con modelos que nos permiten acercarnos de lo que ellos pretende abstraerse: la realidad.




Uno de los episodios más curiosos que Borges inventó fue La busca de Averroes. Este cuento, contenido en El Aleph, narra la historia de Averroes que fracasa en su intento de comprender la Poética de Aristóteles. Borges afirma que, al estar encerrado en el Islam, Averroes no fue capaz de comprender el significado de la tragedia y la comedia por ser el teatro algo lejano a la cultura árabe. Lo que Borges evidencia con esta poderosa metáfora es que la traducción, contrariamente a lo que se cree comúnmente, no consiste en sustituir palabras de un idioma a otro. No existen significantes que sean sinónimos absolutos y la equivalencia de los significados es una idea muy discutible. Ciertamente pueden existir equivalentes desde un punto de vista estrictamente lingüístico pero nunca desde un punto de vista cultural. En cualquier traducción, lo que se pone en evidencia no es únicamente la relación entre dos lenguas sino principalmente entre dos culturas.

Es hora de ir un paso más allá. Sería ingenuo pensar que únicamente el lenguaje comunica. Toda práctica humana está empapada de significados y significantes. Observar a otra persona es comunicarnos por medio de símbolos. Cuando veo el escenario mundial actual, lo único que pienso es en Averroes. El Brexit y la imposibilidad de integración en los distintos continentes, el triunfo de Trump, la fuerza de los partidos fascistas y nacionalistas en Francia y el resto de Europa, los hate crimes y los crímenes religiosos, la fuerza de ISIS, la migración y los guettos en varias ciudades del mundo, etc.,  no hacen sino demostrarnos la estrechez de nuestras supuestas prácticas interculturales y tolerantes, y la necesidad de ampliar las definiciones existentes de lo humano, la libertad y la justicia.

Tomemos como ejemplo el problema de los refugiados en Europa que se puede entender mejor si se lo piensa desde este cuento borgeano. Es innegable que casi todos los refugiados proceden de una cultura que es incompatible con las ideas occidentales en cuanto a los derechos humanos. Así como Averroes no pudo comprender las voces tragedia y comedia, a los occidentales, encerrados en los parámetros de la democracia liberal, les es imposible entender y tolerar muchas prácticas de los refugiados que forman parte de la vida cotidiana de los musulmanes. De igual forma, los refugiados, encerrados en el Islam, no soportan las imágenes blasfemas que los occidentales consideran como parte de sus libertades. En el uso de la burka, las mujeres occidentales no pueden ver más que subordinación y es comprensible que, luego de decenios de lucha feminista, rechacen categóricamente esto y les sea imposible “mantenerse calladas”. De forma equivalente, los musulmanes encuentran en el estilo de vida occidental, en la homosexualidad, en el libertinaje y en varias prácticas consumistas, amenazas contra la forma de vida por la que ellos han luchado por varios años.

¿Qué hacer? Los derechos humanos y un marco de tolerancia, tal como lo concibe Occidente, es una vía que debe dejar de ser transitada. Enmarcar a la tolerancia en los límites de los derechos humanos tal como se concibe a partir de la democracia liberal y occidental no hace sino agravar la situación. Lo que se necesita es dejar de traducir prácticas de otros en marcos culturales ajenos. Averroes nos demostró que esto impide cualquier forma de traducción y comprensión. Los principios culturales son inconmensurables y el marco de los derechos humanos no puede contener a la Humanidad. Las voces humano, libertad  y justicia deben ser más amplias y abarcadoras para intentar evitar la traducción. Los derechos humanos deben dejar de lado su germen occidental y volverse más universales para, en lugar de traducir todo a  supuestos significantes universales, comprenderlos en su especificidad.




Quizá al encontrar un marco más amplio para la comprensión de lo humano, la lucha dejará de ser contra prácticas que atentan contra el estilo de vida propio y los ideales por los que las distintas culturas han luchado. Es posible que la lucha se enfoque ya no contra prácticas occidentales profanas y blasfemas (desde la visión musulmana), o contra prácticas musulmanas antidemocráticas (desde la visión democrática liberal) sino contra el sistema capitalista actual que destruye todo lo que encuentra a su paso y es lo que realmente nos quita Humanidad.

Borges como siempre tiene algo que decir aun cuando no esto no haya estado en sus planes. Averroes nos demuestra que la interculturalidad debe dejar de ser practicada como Europa y la democracia liberal han pretendido. Ni desde el Corán, ni desde la democracia liberal ni desde la Biblia lograremos comprendernos. Esto no significa que debamos dejar de lado nuestras convicciones y creencias, y adoptar ajenas al momento de interactuar. Lo único que demuestra es la urgencia de imaginar nuevas formas de interacción en las que los otros no sean leídos desde los principios culturales propios sin tener que caer en los principios culturales ajenos ni en una suerte de relativismo inútil. Las bases de la humanidad en común debe anclarse en cada cultura y, al mismo tiempo, trascenderla. Es posible que el propio Borges rechazara esta solución, pues en El idioma analítico de John Wilkins afirma la imposibilidad de crear un idioma. Sin embargo, en el mismo ensayo reconoce el carácter arbitrario de todo idioma lo que nos lleva a afirmar que ni la libertad, ni lo humano, ni la soberanía ni la dignidad designan entes inmutables y a mantener nuestra esperanza.

Por Ignacio Dávila Espinoza
Con información de La República

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Mi padre fue emigrante-Andrés Sabella

Yo soy hijo de emigrante. Mi padre nació el 19 de febrero de 1878, de troncos florentinos, en Jerusalén. De niño, anduvo entre calles santas y no resistió la tentación de tocar las campanas del Santo Sepulcro. Era uno de sus orgullos de hombre. Soñaba con ser arquitecto. Pero la pobreza no es compañía feliz y debió emigrar hacia alguna parte del mundo: el azar lo detuvo en Antofagasta y el azar le acercó a un comerciante en joyas, a quien, luego, por trabajo tenaz, continuó. Lo primero que hizo mi padre al sucederle, fue variar el nombre del negocio. Se llamaba Joyería Alemana. El nuevo título era una confirmación de amor a la tierra que lo acogía: Joyería Americana.

Nunca fue hombre de expectaciones. Añoraba los crepúsculos de Tierra Santa, pero concluyó por enamorarse de los atardeceres metálicos del Norte:

-Lo más bello que la vida me entregó –confesaba, sin mentir cortesías- fue la suerte de tirarme, desde un velero, a Antofagasta. Aquí, me hice hombre. Aquí, aprendí lo que sólo en estas tierras se aprende: a vivir en vigilia de coraje.

Se fue llenando de ahijadas y ahijados. “El turquito de la joyería” no demoró en hablar español, en escribirlo, al punto que, de repente, deseando redactar en árabe, se detenía, preguntándose cómo hacerlo, correctamente. Leyó algunos libros. No muchos. El primer “Quijote” de mi vida lo miré en una edición Sopena que guardaba. Ya de viejo, leyó “Ron” de Blaise Cendrars, mientras me cuidaba de en lo que pudo ser agonía, en el antiguo Hospital de San Vicente de Paul en Santiago. El doctor Julio Dittborn le preguntó que le parecía: -Es un hombre y eso bastará para leerlo de nuevo.

Con Julio éramos devotos del novelista de las verdaderas aventuras. Una tarde, viéndolo tristón, Julio le interrogó por la causa de su abatimiento… Mi padre le replicó, lejanos los ojos: -¡Cómo estará la pobrecita!

Creyó Dittborn que sería alguna mujer a la que evocaba:

-No, no, doctor –se apresuró mi padre- La pobrecita es Antofagasta, tan distante, tan olvidada, con sed y sin luz, allá, en la punta del desierto…

Estas palabras determinaron mi resolución de vivir y morir con “la pobrecita”. Y si de morir hablamos, mi padre se estaba lavando las manos, cuando un coágulo de sangre al cerebro aniquiló sus 75 años. Dios lo recibió satisfecho: las manos de mi padre no llevaron una mancha a las suyas.


Andrés Sabella fue uno de los escritores más importantes del Norte Grande, título de una de sus obras y que dio origen a la actual denominación de esa zona geográfica.

Escritor polifacético, dueño de una vastísima producción artística, que abarca prácticamente todos los géneros literarios: poesía, cuento, novela, ensayo, teatro, crónica. Fue además periodista, dibujante, charlista ameno e impulsor de cuanta actividad cultural se realizó durante medio siglo en Antofagasta, ciudad en la que nació el 13 de diciembre de 1912, y donde residió la mayor parte de su vida.

Era hijo de Andrés Sabella, un joyero palestino, nacido en Jerusalén, y de doña Carmela Galvez, originaria de Copiapó.

Hombre vital y exultante, desplegó ilimitados esfuerzos por difundir la cultura, donde quiera que se le solicitaba. A fines de agosto de 1989 fue invitado a dictar conferencias en Iquique. Allí falleció inesperadamente el 26 de ese mes debido a un paro cardíaco. El Norte Grande se vistió de luto. Sus restos fueron trasladados a la Catedral de Iquique y posteriormente a la catedral de Antofagasta, donde todo un pueblo lloró su muerte.

Numerosos homenajes le rindieron en todas partes, especialmente en su tierra natal. Hoy existe una placa en la plaza Petronila Giusti de Antofagasta, una de las principales calles fue bautizada como Avenida Andrés Sabella.

A las pocas semanas de su desaparecimiento. El Instituto Chileno – Árabe de Cultura de Santiago le rindió un emotivo homenaje. Sus restos se encuentran en un mausoleo del Cementerio General de Antofagasta.

En julio de 2012 a iniciativa del senador Carlos Cantero y por aprobación unánime del Congreso Nacional de Chile, el aeropuerto pasó a denominarse «Aeropuerto Andrés Sabella»  en homenaje al poeta.

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