La fe inconquistable de la mujer sirofenicia

En el relato del primer viaje de Jesús a Tiro y Sidón (Mateo 15:21–28; Marcos 7:24–30), se narra un encuentro transformador entre Cristo y una mujer gentil, madre desesperada por la liberación de su hija de un espíritu inmundo.
Este episodio, situado en suelo fenicio —zona gentil—, rompe barreras culturales y teológicas, destacando la universalidad de la fe.
Jesús, buscando intimidad con sus discípulos para prepararlos ante su futura muerte, es interrumpido por la insistente súplica de esta mujer sirofenicia.
Aunque inicialmente parece rechazarla («No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos»), su respuesta humilde y sagaz («aun los perrillos comen de las migajas») revela una fe perseverante que Jesús elogia: «¡Grande es tu fe!». La hija es sanada, demostrando que la gracia divina trasciende fronteras étnicas.
El diálogo, cargado de simbolismo, cuestiona los prejuicios de la época: «los hijos» (judíos) y «perrillos» (gentiles) reflejan tensiones entre la misión inicial de Jesús y su alcance universal.
La mujer, al aceptar su posición secundaria sin renunciar a su clamor, personifica una fe que vence el desánimo.
Jesús aprovecha este momento para enseñar a sus discípulos que la verdadera fe no se rinde ante obstáculos ni exclusiones.
Este relato resuena como un llamado a la persistencia espiritual.
En un mundo donde las interrupciones suelen verse como molestias, la historia invita a verlas como oportunidades divinas.
La fe de la sirofenicia, junto a la del centurión romano (Mateo 8:10), subraya que la devoción genuina no depende de linaje, sino de humildad y tenacidad.
Para el creyente moderno, el texto desafía a mantener una fe activa incluso cuando las respuestas tardan o las circunstancias parecen adversas.
Como Jesús enseñó: a veces, las migajas de la fe pueden mover montañas.
Notas:
La Mujer sirofenicia
Designación que en (Marcos 7:26) «La mujer era griega, y sirofenicia de nación; y le rogaba que echase fuera de su hija al demonio».
Se aplica a una mujer no israelita de las regiones de Tiro y Sidón.
El adjetivo “sirofenicia”, que combina “siria” y “fenicia”, probablemente se originó por haber sido Fenicia parte de la provincia romana de Siria.
A la mujer sirofenicia también se la llama una kja·na·nái·a (literalmente, “cananea”; traducido “fenicia” en NM), pues los primeros habitantes de Fenicia descendían de Canaán y con el tiempo el término “Canaán” llegó a referirse principalmente a Fenicia.
(Mateo 15:22) «Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio».
El que se la llamase “griega” probablemente indica que era de ascendencia griega.
(Marcos 7:26) «La mujer era griega, y sirofenicia de nación; y le rogaba que echase fuera de su hija al demonio».
Se distinguía entre los fenicios de Siria y los fenicios de Libia, estos últimos originarios de África del norte (Marcos 7:26) «La mujer era griega, y sirofenicia de nación; y le rogaba que echase fuera de su hija al demonio».
(Mateo 15:22) «Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio». Donde la mujer recibe el apelativo de cananea).
Hacia el fin del siglo II d.C., la provincia de Siria fue dividida entre la Gran Siria y la Siria fenicia.
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