Mohamed adoraba el mar

La aviación israelí mató a su hijo pequeño cuando jugaba al fútbol en la playa

Los Bakr se dedican a la pesca desde hace generaciones. Son una extensa familia de Gaza tocada por la dureza de faenar en el mar y vivir bajo ocupación. A seis de sus miembros los han matado las fuerzas israelís en 10 años de bloqueo marítimo, terrestre y aéreo impuesto por Israel con la ayuda de Egipto, que mantiene su frontera con Gaza casi permanentemente cerrada.

El último muerto fue Mohamed Majid Bakr, de 26 años. Pescaba en su barco el 15 de mayo cuando la marina israelí le disparó. «Quiso proteger el motor porque necesitaba el barco para trabajar. Le dieron en el pecho», explica su primo Ramiz Bakr.

El Ejército israelí alegó que Mohamed Majid y sus acompañantes habían sobrepasado el límite de 6 millas náuticas en las que Israel permite pescar en Gaza. Pero los supervivientes del ataque lo niegan. Ramiz asegura que «los israelíes disparan cuando falta media milla para llegar al límite». Y añade que en abril Israel anunció que la zona permitida se ampliaría de seis a nueve millas hasta junio, como pasó en el 2016.

«El año pasado los israelís me arrestaron en el mar y me confiscaron el barco. Les dije que habían anunciado la extensión de la zona de pesca. Me preguntaron: ‘¿Quién te ha dicho eso?’ Nos lo había comunicado la Sociedad de Pescadores, a la que informa el Ministerio de Agricultura palestino, al que avisa Israel», relata Ramiz.

Aún no ha recuperado su barco –ni otro confiscado antes– y eso le impide obtener los ingresos necesarios para alimentar a los nueve hijos que aún viven con él y su esposa, Salwa.

La pareja tuvo 12 vástagos, pero a uno de ellos, Mohamed, lo mató la aviación israelí el 16 de julio del 2014, en la ofensiva militar Margen Protector. Mohamed y sus primos Ismail, Ahed y Zakariyah tenían entre 9 y 11 años. Jugaban a fútbol en la playa cuando les lanzaron dos misiles que acabaron con su vida e hirieron a otros niños, entre ellos Sayed, hermano de Mohamed, que ahora tiene 15 años. Las bombas no lo mataron, pero destrozaron su vida.

«Mi hijo no está bien psicológicamente, aunque recibió tratamiento en Italia a través de una oenegé. Sigue sin querer ir al colegio y tiene miedo», cuenta Salwa en su humilde casa, donde la electricidad llega ocho horas al día.

Sayed va con su madre a diario al cementerio que mira al Mediterráneo donde está enterrado su hermano y se sienta junto a su tumba. Salwa acaricia la lápida. «Mohamed adoraba el mar», recuerda.

Por Ana Alba
Con información de:El Periódico 

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