Palestina: Una reflexión

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Siempre he pensado que una de las claves de la capacidad de resistencia del pueblo palestino es la cohesión de su entramado social, la fortaleza de sus vínculos de solidaridad interna y su hondo sentido de la dignidad.

Pese a la sistemática destrucción de sus instituciones y su economía, pese a la miseria a la que se ven condenados, pese a los bombardeos, las deportaciones, las demoliciones de casas y las matanzas, no hay niños de la calle abandonados a su suerte, en las ciudades y en los pueblos de Palestina. Ésa es una forma de resistencia.

Por eso la humillación y el aislamiento son elementos esenciales en la estrategia del ocupante. El muro que atraviesa y circunda las localidades de Cisjordania, no se levanta sólo para separar a palestinos de israelíes sino a palestinos de palestinos; y los puestos de control, más de quinientos, que hay en las carreteras de Cisjordania, no están ahí para impedir el paso a territorio israelí, sino para hacer imposible que un palestino de Nablus se encuentre con sus familiares de Jenín, que el estudiante que vive en Ramalla asista a la universidad de Bir Zeit, que los habitantes de Belén, Ramalla, Kalkilia, Bilin, Hebrón… acudan a Jerusalén ni siquiera para orar en la mezquita.

El objetivo último de la ocupación es romper las redes de convivencia que se tejen en el discurrir de la vida cotidiana, deshacer la urdimbre familiar y social que protege de la adversidad y sustenta la capacidad de resistencia de la población ocupada…

Teresa Aranguren

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