Serpiente del Nilo

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Ella era el último miembro de una raza solitaria y sutil. Era una flor que Alejandría había tardado trescientos años en producir y que la eternidad no puede marchitar. Y se abrió ante un soldado romano, sencillo pero inteligente…

Y dijo la mujer:
-Maldito sea Amor, que me asesina. Teñid de muerte el Nilo. Poned luto a las nubes.  Convertid Egipto en un sepulcro.  Y así se hizo. Y el espanto fue descendiendo por el río. Y la muerte se instaló en las  orillas. Y cayó el infierno sobre el universo.  Cumplida la orden, una densa nube negra entoldó los cielos en los que jamás hay  nubes. Por lo insólita, dijérase el velo de una diosa traicionera. Dijérase sangre podrida  goteando sobre los frondosos palmerales, las forestas de papiros, los huertos y jardines  que un día fueron fértiles.

Una galera real bogaba con majestuosa lentitud en busca de los confines más remotos  del reino; allí donde éste se pierde en los desiertos que corren en busca de las selvas  ignotas, donde dicen que nace el río santo.

La negrura llegaba acompañada por himnos tan tristes como el día. Era la incesante  percusión de cien timbales doloridos. Era el batir de cien remos en las aguas, tan tristes  a su vez que también se habían vuelto negras.

Las riberas se llenaron de campesinos procedentes de los villorrios más próximos. Llegaban formando procesión, y en sus arrugados rostros, en sus arrugas surcadas por el sol de muchos siglos, el asombro alternaba con el miedo.Se arrojaban al suelo,  escondían la cabeza entre las cañas, se golpeaban el pecho con piedras afiladas y  frotaban sus ojos con fango, como se viene haciendo desde los tiempos más remotos cuando muere un monarca o la naturaleza rompe su curso inexorable porque los dioses no están satisfechos.



La nube negra se posaba sobre todos los colores del paisaje, tan sensible en los  albores del mes de Atir, cuando la luz ya no llega agobiada por los flagelos del estío. Los  palmerales y los trigales, los bosques de sicomoros, las mimosas, los hibiscos, las yedras  que trepaban por los palacios, todo cuanto ayer fue un despliegue de esplendoroso  colorido quedaba encerrado en aquel color único, manto siniestro que los campesinos,  aterrados, no podían reconocer. Pues ignoraban la clase de perfumes de cuya mezcla  brotaba. Perfumes que esparcían por doquier los esclavos negros de la nave.

¡Perfumes de las noches de Alejandría! Emanaciones entremezcladas de sándalo, de almizcle y ambarina; esencias de incienso, pachulí y la mirra que adormece los sentidos; fluctuaciones de heliotropo y azucenas combinadas con el zumo aceitoso que destilan las gardenias cuando han rozado el sexo de una virgen nabatea.

Al contacto con el aire, la mezcla lo teñía de luto. Y así emponzoñadas, las auras calan sobre los campesinos como una condena. La noche más pavorosa se adueñaba del día. Y todos lo interpretaron como un augurio del final del universo, según se anuncia en las inscripciones de los templos antiguos.

Los campesinos acogieron la catástrofe salmodiando cantos mortuorios aprendidos en  los grandes funerales y transmitidos de una generación a otra. Y cuando los esclavos que esparcían los perfumes descansaban un instante, la nube artificial se diluía. Y en medio de una breve pausa, semejante a un amanecer, surgían como un consuelo las familiares aguas del Nilo y, surcándolas, una soberbia proa en forma de papiro. Y sobre las estrías rosicler que el avance abría en la corriente, emergía la embarcación de Cleopatra Séptima.

¡Navegaba hacia la matriz de Egipto, la suprema majestad de Alejandría! Entonces descubrieron los campesinos que la famosa embarcación iba de luto. Negras eran las velas, negra la cubierta, enteramente negros los mascarones y hasta los regios estandartes. ¿No anunciaba todo ello algún lúgubre prodigio? Hasta ayer fue una nave suntuosa, más brillante aún que todo el oro de las minas del Sinaí, más deslumbrante que todos los colores de las columnas del templo de Amón. Fue igual que un cofre repleto de riquezas y hoy era urna para restos de difuntos. Surcó los mares hasta la misma Roma, y hoy parecía un cuervo viejo que sólo aspirase a morir en la ignota soledad de los desiertos.

¿Qué orden pronunciada en la lejana Alejandría destruyó el donaire de aquella galera, disimulándolo bajo un disfraz tan negro como la nube que aplastaba los azules del Nilo? Había sido un grito de Cleopatra. Lo pronunció con los brazos en alto cual si invocase a todas las diosas de la venganza, fuesen griegas o egipcias:



-¡Muerte sobre mi amor ingrato! Que pongan luto a mi galera como pusieron oro cuando fui a su encuentro. Los tesoros de Egipto deslumbraron su codicia. Que el luto de Egipto sepulte para siempre su recuerdo. Luto en mi nave, ministros. Luto en los cielos. Y en el propio Nilo, luto.

Por Terenci Moix.

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