Hijos de la ira

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Hijos de la ira – Dámaso Alonso (22 de octubre 1898 – 25 de enero 1990)

La guerra civil ha acabado hace cinco años. El silencio que envuelve a España es aterrador. Nadie es capaz de pronunciarse en torno a las atrocidades que se sufrieron y se siguen sufriendo. Es el año 1944 y en el panorama literario aparece un libro con algo más de dos docenas de poemas. Se llama Hijos de la ira y ha salido de la mano de Dámaso Alonso, quien declara que es “un libro de protesta escrito cuando en España nadie protestaba. Es un libro de protesta y de indagación. Es una protesta universal, cósmica, que incluye, claro está, esas otras iras parciales”.

Dámaso escribe el libro “lleno de asco ante la estéril injusticia del mundo y la total desilusión de ser hombre”, rompiendo los moldes estróficos y rítmicos fijos que afloraban en la revista Garcilaso. Irrumpe con fuerza el verso libre, pero con el predominio de los versos endecasílabos y heptasílabos a lo largo de todas las composiciones. La repetición de estructuras sintácticas, la anáfora, los paralelismos o el uso de la aliteración serán elementos cruciales para crear el ritmo del poema

El Modernismo se ha extinguido y la exquisitez en las formas deja paso al lenguaje vulgar que hiere y mortifica. No tenemos más que abrir el librito por el primer poema y ahí está; desgarrador, certero: “A veces en la noche yo me revuelvo y me / incorporo en este nicho en el que hace / cuarenta y cinco años que me pudro…”

Estamos asistiendo al nacimiento de una nueva estética, ayudado por Sombra del paraíso, de Vicente Aleixandre, y por la aparición de la revista Espadaña, ambas del mismo año, 1944. Hijos de la ira viene a ser algo así como el diario íntimo de una generación, marcada por la angustia vital. Qué lejos quedaban aquellos días de celebración con motivo del centenario de Góngora en Sevilla, qué lejos aquel viaje en tren cargado de ingenios. Y qué cerca el exilio y la muerte.

Por todo esto era absolutamente necesario protestar y es Hijos de la ira la que inicia la poesía de posguerra. Marca el comienzo de la revolución de la forma y del contenido, convirtiéndose en el libro más importante en la formación de las generaciones más jóvenes, en palabras de Miguel F. Flys. Lo seguirán poetas como Blas de Otero, José Agustín Goytisolo, José Ángel Valente o Ángel González. Fanny Rubio acierta al afirmar que Dámaso ha trabajado en esta obra con formas no agotadas de creación y, por ello, propone y seguirá proponiendo al lector y al crítico de hoy nuevas formulaciones.

Rompe las barreras entre prosa y verso y aparecen unos versos largos, morosos, casi narrativos, auténticos versículos bíblicos; fruto de una severa formación filológica. La obra intenta ahuyentar a los monstruos y por ello tiene los ojos puestos en Dios, “preguntándole por qué se pudre lentamente su alma”. El mundo y la vida son realidades sin sentido y el único capaz de revelárselo es un dios enigmático, una presencia invisible, pero único capaz de decirle “qué significan / estos monstruos que me rodean / y este espanto íntimo que hacia ti gime en la noche”.

Hijos de la ira nos revela al teórico, al poeta y al hombre; quizás más al hombre, porque nos duele. “Hombre, / melancólico grito, / ¡oh solitario y triste / garlador!: ¿dices algo, tienes algo / que decir a los hombres o a los cielos? / ¿Y no es esa amargura / de tu grito, la densa pesadilla / del monólogo eterno y sin respuesta…?”

Por Lidia Ballester

Con información de : La Columnata

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