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Censura periodística en Palestina ocupada – Principio de la Intifada

La avenida Dizengoff, a cuatro cuadras de la costa, bien puede ser la avenida Santa Fe de Buenos Aires o la Gran Vía madrileña. Vidrieras, fiebre de consumo, automóviles en doble fila con esposas ansiosas que volverán en cinco minutos, shoppings, jovencitas que se pavonean deseadas como fetiches.

La gente que camina devorando vidrieras aprendió aquí el hebreo, pero le canta a sus hijos canciones de cuna en inglés o ruso, y quizá sueñe en idish. El servicio militar parece haberse convertido en la única experiencia común de esta sociedad que se maquilla a la europea.

La guerra, entonces, sólo aparece en los bares cuando los adolescentes llegan vestidos de fajina y ordenan su ametralladora sobre la mesa. Piden una hamburguesa y revisan el seguro. No hay accidentes. De haberlos, sólo con dos UZI destrabadas, que cayeran al suelo por casualidad, podría haber mas de quince muertos. Nunca ha ocurrido. Las meseras ondulan por el local, toman el pedido y le dan la espalda a la metralleta, seducidas por la costumbre.

El cuarenta por ciento de estos jóvenes ve con simpatía al Gush Emunim (Bloque de la Fe, una organización ultraderechista y racista); sólo un 23% adhiere a Shalom Ajshav (Paz Ahora) y un 49% cree -según una encuesta preparada por la Dra. Mina Tzemaj para el Comité Judío Norteamericano– que los árabes mienten cuando hablan de lograr una paz genuina. Una cuarta parte de estos jóvenes ha pensado en irse del país. Pero ahora, cuando desenvuelven su hamburguesa Mac Davis y miran alrededor buscando un premio -pueden ganar desde una bolsa de papas fritas hasta una motocicleta – sólo piensan que esto es Occidente y que esa niña, la mesera del buzo gris, quizá quiera pasar la noche con un patriota.


Raspo mi tarjeta de premio y gano una Mac Davis de pollo. Es tonto, pero me alegra; nunca he ganado nada ni en una kermesse escolar. –Israel es así -asegura Celso– es el país de las grandes oportunidades. Lo insulto y le ofrezco la mitad. Después caminamos hasta el Ministerio de Defensa. El trámite para acreditarse y trabajar en los territorios es relativamente simple. De allí a la Oficina de Censura Militar.

-Pero ahí dice Club de la Prensa.
-Si, es acá.
-No puede ser. Debe ser al lado.
-Es acá. Los periodistas y la censura funcionan en el mismo edificio.

No puede negarse el costado práctico. Llegamos resoplando al cuarto piso, y un teniente nos saluda en medio de un bostezo. Murmura ante los formularios, los sella e imparte instrucciones. Pregunta si quiero recorrer alguna zona con una patrulla israelí. Decimos que no, que tal vez, que más adelante. Es mejor entrar solos a las ciudades árabes.

-No me quiero sentir un conquistador -dice Celso, que sufrió seis meses de prisión militar por haber publicado su diario de guerra en la Folha de Sao Paulo, mientras cumplía el servicio en Hebrón.

A esta oficina acuden los editores de todos los diarios. La censura funciona por un acuerdo previo, y cualquier noticia referida a los territorios ocupados debe ser revisada antes de su publicación. En el caso de las fotografías, los reporteros deben copiar contactos antes de su publicación. En la planta baja del edificio hay un restaurante, y allí los corresponsales extranjeros matan el tiempo jugando a las cartas y contando hazañas. Aquí la guerra es simplemente una aventura individual.

Al otro lado de la calle está el edificio del MAPAM. Allí debo pasar en limpio una larga lista de entrevistas con políticos, intelectuales y periodistas. En el tercer piso me encuentro con Latif Dori. Dirige la Comisión Árabe del partido. Dori será nuestro contacto con palestinos de los territorios. Los árabes guardan confianza y respeto hacia este judío iraquí que desde hace años trabaja a favor de la paz.

-No, no tuve sorpresas con la revuelta -asegura-. Sí me sorprendió que hubiera tardado tanto. Los que llevan la bandera de la revuelta son los jóvenes que nacieron durante la ocupación, los Shaba. Ellos no tienen nada que perder. Sólo las cadenas.

La historia que detalla Latif mientras insiste en invitar caramelos de menta, no ha pasado por el tamiz de la censura. La solidaridad se ha reforzado en los territorios: los propietarios dejaron de cobrar los alquileres, los comerciantes olvidaron las deudas y muchos hombres de negocios locales aseguran que la revuelta les devolvió el orgullo nacional. La guerra de las piedras ya lleva cien muertos, mas de tres meses de huelga general y once comunicados de la Comisión Nacional de la Revuelta, que son cumplidos al pie de la letra.

En este tercer piso del centro de Tel Aviv, la guerra comienza a dibujarse como un espejo roto. Latif asegura que el conflicto comenzó el 9 de diciembre, con un choque circunstancial entre un camión del ejército israelí y un automóvil que transportaba trabajadores palestinos. Esa fue la gota que se extendió como una mancha de aceite. En las próximas semanas, en Gaza, trataré de reconstruir el comienzo de la guerra de las piedras. Celso se preocupa por la suerte del abogado detenido anoche en la Universidad. Dori devuelve un gesto de resignación y ensaya una respuesta:

-Se mantienen las mismas leyes del mandato británico. Pueden detener sin juicio previo, y lo hacen en cantidad. En la primera sesión de la Knesset, al fundarse el Estado, Beguin dijo, refiriéndose a esa legislación -que él mismo había sufrido- que se trataba de leyes nazis. El resto del diálogo se pierde en consultas prácticas: será difícil dormir en Gaza, hay un hotel pero nadie puede garantizarnos un mínimo de seguridad. Es mejor entrar por la mañana y salir a la media tarde. Salimos de la oficina con una pequeña lista de teléfonos y una cita retrasada.


Abraham Allon, funcionario de la Histadrut es quien espera en un restaurante de la calle Dizengoff. Lleva folletos de la central sindical y habla castellano con fluidez.

-¿Argentino?
-¿Usted también?

Allon dedica una introducción de quince minutos a detallar los logros de su central sindical, controlada por los laboristas y uno de los holdings empresarios más importantes del país. Un par de preguntas respecto de los territorios lo desilusionan:

-¿Usted quería hablar con los árabes? Mire, nosotros no vamos a arrodillarnos ante chicos de trece años que nos tiren piedras.

Los dos terminamos el postre con ansiedad y, por último, intercambiamos tarjetas y sonrisas congeladas.

Por J. Lanata

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