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Dos poemas – Badr Shakir Al-Sayyab

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Vivimos en un mundo sombrío cual pavorosa pesadilla. La poesía, reflejo de la vida, se alza aterrada al descubrir que los tentáculos del espantoso pulpo de los siete pecados cubren al espíritu hasta asfixiarlo.

Pero mientras haya vida, la esperanza de salvarse sigue latiendo, la esperanza de que el espíritu renazca de nuevo…

OSCURECER

Cuando aparta la luz
que arroja la hoguera
de tu cara la tiniebla
y murmura la oscuridad
sus sombríos gemidos
sobre tu cara,
susurran tus ojos
toda la tristeza de los tiempos,
todas sus fiestas,
las alegrías de sus nacimientos,
las algarabías de las ofrendas,
¡sus flores y sus vinos!
Luz y tiniebla:
leyenda grabada sobre las rocas.
Cuántas veces se protegió con el fuego
de un fiero león
y cuántas veces espantó a los tigres
el hombre de aquellas épocas
¡con la luz y el fuego!
¡Apaga nuestra lámpara! ¡Apágala!
Apaguemos el horno
y ocultemos allí el pan
para que no hagan regresar las rocas
una leyenda de fuego que sigue girando
hasta convertirse su principio
en nuestro final. La noche de las tumbas
es su principio.
Quedémonos en la oscuridad
para que no nos vean los tigres
que rondan en las sombras
esperando expulsar a los vivos
de un bosque en el cielo
con las rocas y el fuego
y ¡mancillar las tumbas!

EL CANTO DE LA LLUVIA

Tus ojos son dos bosques de palmeras al alba
o dos almenas de las que se va alejando la luna.
Tus ojos, cuando sonríen, echan hojas las vides
y bailan las luces… cual lunas en un río
que estremeciera el remo débilmente al alba.
Se diría que en sus profundidades brillaran las estrellas.
Se ahogan en nieblas de una tristeza transparente
como el mar sobre el cual la tarde extiende sus manos
llevando el calor del invierno, el temblor del otoño
la muerte, el nacimiento, la oscuridad, la luz.
Despiertan todo mi espíritu el temblor del llanto
y una embriaguez salvaje que abraza al cielo
como el delirio del niño cuando teme a la luna.
Se diría que el arco iris bebiera de las nubes
y gota a gota se fundiera en la lluvia…,
parlotearan los niños en los lechos de las vides
e hiciera cosquillas al silencio de los pájaros en los árboles
el canto de la lluvia…
Lluvia…
Lluvia…
Lluvia…
Bosteza la tarde y las nubes aún siguen
goteando sus pesadas lágrimas.
Al igual que un niño que balbucea antes de dormir
porque su madre, se despertó hace un año
y no la encontró, después de insistir
le dijeron: «mañana volverá…»
Sin duda volverá.
Aunque los amigos murmuren que ella está aquí
junto a la colina, durmiendo el sueño de las tumbas,
comiendo a puñados de su tierra, bebiendo la lluvia.
Al igual que un pescador triste recoge las redes,
maldice las aguas y el destino
y esparce la canción mientras se oculta la luna.
Lluvia…
Lluvia…
¿Sabes qué tristeza suscita la lluvia,
cómo sollozan los canales cuando se derrama,
qué perdido se siente el que está solo?
Sin fin, como la sangre derramada, como los hambrientos,
como el amor, como los niños, como los muertos, ¡es la lluvia!
Tus pupilas me rodean con la lluvia
y a través de las olas del golfo peinan los relámpagos
las costas de Iraq con estrellas y madreperlas
como si desearan la salida del sol
pero la noche extiende sobre ellas un manto de sangre.
Grito al Golfo: «¡Golfo,
tú, que das perlas, madreperlas y muerte!
Regresa el eco
como si gimiese:
«¡Golfo,
tú, que das madreperlas y muerte…!»
Casi puedo oír a Iraq atesorar truenos,
apilar relámpagos en las llanuras y los montes,
cuando arrancan su sello los hombres
y los vientos no dejan de Thamud
un solo resto en el valle.
Casi puedo oír a las palmeras beber lluvia,
oír a las aldeas gemir, a los emigrantes
luchar con remos y velas
contra los temporales del golfo y los truenos cantando:
«Lluvia…
Lluvia…
Lluvia…
En Iraq hay hambre
y la época de la cosecha esparce los granos
para que se sacien los cuervos y las langostas
mientras pulveriza los graneros y las piedras
una muela que gira en los campos… A su alrededor,
hombres.
Lluvia…
Lluvia…
Lluvia…
¡Cuántas lágrimas derramamos la noche de la partida!
Después nos distrajimos por temor a hacernos reproches, con la lluvia…
Lluvia…
Lluvia…
Desde que éramos pequeños, estaba el cielo
cubierto en invierno
y caía a cántaros la lluvia.
Cada año, cuando la tierra se cubría de hierba, sentíamos hambre,
no pasó un solo año en Iraq que no hubiese hambre.
Lluvia…
Lluvia…
Lluvia…
En cada gota de lluvia
hay un brote rojo o amarillo, de los jardines de las flores.
Cada lágrima de los hambrientos y los desnudos,
cada gota derramada de la sangre de los esclavos
es una sonrisa que espera una nueva boca
o un pezón que se sonrosa sobre la boca del nacido
en un mundo joven del mañana, ¡dador de vida!
Lluvia…
Lluvia…
Lluvia…
Se cubrirá de hierba Iraq con la lluvia…»
Grito al Golfo: «¡Golfo,
tú que das perlas, madreperlas y muerte!»
Regresa el eco
como si gimiese:
«¡Golfo,
tú, que das madreperlas y muerte…!»
Esparce el golfo parte de sus grandes tesoros
sobre las arenas: espuma de salobre, madreperlas,
fragmentos de huesos de un miserable ahogado
emigrante que sigue bebiendo la muerte
del fondo del golfo y de su abismo.
En Iraq mil víboras beben el néctar
de una flor que el Éufrates alimenta con rocío.
Oigo al eco
sonar en el golfo:
«Lluvia…
Lluvia…
Lluvia…
En cada gota de lluvia
hay un brote rojo o amarillo de los jardines de las flores.
Cada lágrima de los hambrientos y los desnudos,
cada gota derramada de la sangre de los esclavos
es una sonrisa esperando una nueva boca
o un pezón sonrosado sobre la boca de un niño
en el mundo joven del mañana, ¡dador de vida!
Y llueve a cántaros…

Badr Shakir Al-Sayyab
Traducción:Carolina Fraile Conde

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