Leo Viktor Frobenius,un espía por amor al arte

Leo Frobenius
Leo Frobenius

Una fría noche de 1915, en plena I Guerra Mundial, un extraño grupo vestido a la usanza árabe subió clandestinamente a bordo del navío francés Desaix en el puerto de Massawa, Eritrea, accediendo al barco a través de las letrinas. «Tras permanecer en dicho escondite tan poco romántico, llegaron a cubierta por un agujero cuya utilidad sería difícil describir sin recurrir al lenguaje soez», informaría después un despacho del embajador británico en Roma. Los servicios secretos de media Europa sabían ya a esas alturas que el etnólogo y arqueólogo alemán Leo Frobenius trataba de cruzar de incógnito el Mar Rojo con una misión secreta: soliviantar a tribus africanas contra los enemigos de Alemania.

Frobenius, posiblemente el agente secreto más torpe de la época, no logró llegar a Etiopía. Embarcó en un crucero de lujo alemán, el «Christian X», sin duda más acorde a sus gustos aristocráticos, y regresó a Alemania para volver a intentar reiteradamente viajes a Arabia, en compañía de bailarines exóticos, y a Egipto, donde fue detenido por «ladrón» y «embaucador». Pero lo que movía estas esperpénticas expediciones no era precisamente su patriotismo bélico. Lo que Frobenius perseguía era, sirviéndose de su actividad como espía, seguir ampliando su obsesiva recopilación de material sobre el arte paleolítico, una colección cuyos principales elementos exhibe el Museo Martin-Gropuis de Berlín.

Leo Viktor Frobenius (1873-1938), discípulo de Ratzel y profesor de la Universidad de Fráncfort, realizó 12 expediciones a África entre 1904 y 1935. Además de abundante material etnográfico que se convirtió en la base de la teoría del Kulturkreis, que contempla la cultura como un organismo vivo que se desarrolla de acuerdo a sus propias leyes biológicas, realizó reproducciones de obras hoy perdidas de valor incalculable. Una vez llegados a Alemania, sus testimonios materiales de la creatividad arcaica, tan en contradicción con la teoría evolutiva y con el creciente racismo, encontraron dificultades institucionales que Frobenius iba sorteando gracias a peripecias burocráticas y académicas con las administraciones de Guillermo II, la República de Weimar e incluso del Tercer Reich. En 1937, año de la exposición «Arte Degenerado» en Alemania, consiguió financiación oficial para exponer varios de sus hallazgos en Nueva York.

Acuarela de Elisabeth Mannsfeld (1999). Copia de «Procesión» (Zimbabue, 8000-2000 a.C.)- Instituto Frobenius
Acuarela de Elisabeth Mannsfeld (1999). Copia de «Procesión» (Zimbabue, 8000-2000 a.C.)- Instituto Frobenius

El arte del pre-tiempo

«Hoy es bastante evidente que la difusión de este arte prehistórico influyó poderosamente sobre las vanguardias y sobre todo el arte del siglo XX», afirma el comisario de la exposición «El arte del pre-tiempo», Richard Kuba, «y a la vista de estas obras creo que podemos afirmar que los estudios etnológicos que las calificaron como meras manifestaciones de una cultura chamánica negaban la evidencia de que tienen un valor estético innegable. Son arte, un arte que data de hasta 38.000 años de antigüedad». «Estas imágenes demostraron en una Europa pagada de sí misma que el hombre prehistórico no era un ser brutal y sin brillo. África, hasta ese momento un continente ahistórico, comenzó a ser considerado por los estudiosos como la cuna de la civilización y eso supuso un gran giro cultural», anota el director del Instituto Frobenius, Karl-Heinz Kohl.

A menudo Frobenius vendió material recogido en anteriores expediciones para financiar las siguientes, era una especie de adicto a la exploración que apenas soportaba el apodo de «Lawrence de Arabia alemán». Su ficha en los anales del espionaje británico aseguraba que «su reputación científica es tan mediocre como la honorabilidad de su conducta», pero las muestras de arte paleolítico que por primera vez en 50 años se exponen ahora en Berlín sobrepasan esas anotaciones de los espías enemigos y constituyen el primer capítulo de la Historia del Arte que se estudia en todos los colegios.

Por Rosalía Sánchez
Con información de ABC

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