Un ingeniero sirio mateando junto al lago austral

Llegó para un posgrado en el Instituto Balseiro y se quedó a trabajar en el Invap. La guerra lo separó de su familia, que sigue en Damasco.

Llegó para cursar un posgrado en el Balseiro. Consiguió trabajo en Invap y por ahora se queda ©Alfredo Leiva
Llegó para cursar un posgrado en el Balseiro. Consiguió trabajo en Invap y por ahora se queda ©Alfredo Leiva

Cuando a Hisham le dijeron de continuar sus estudios en Bariloche tuvo que buscar en internet. Lo único cercano a la cultura argentina que tenía era el mate y tal vez a Messi, por verlo en televisión. De la Patagonia no tenía noción; del cerro Catedral, las montañas y los lagos del Parque Nahuel Huapi que rodean esta ciudad tampoco. Y todo eso ahora es parte de su vida cotidiana.

Hisham tiene una sonrisa amplia y un español casi perfecto aunque por momentos le cuesta encontrar la palabra adecuada. Se esfuerza. Se esfuerza mucho para hablar y aprendió de oído de su entorno y de escuchar en la calle a la gente porque no encontró profesor que enseñe español a quienes hablan el árabe.

Un mes antes de que se desatara la guerra civil en su país, Siria, en febrero de 2011, Hisham Abdul Hai emprendió viaje rumbo a la lejana Bariloche. Llegó con un compañero de la Comisión Nacional de Energía Atómica de Siria, donde trabajaba hacía pocos meses. El organismo logró dos cupos para que él y otro joven ingeniero realicen su maestría en Ingeniería Nuclear en el Instituto Balseiro.

Hisham es habitué de una cervecería donde todos lo conocen por el apodo de "Mandala" ©Alfredo Leiva
Hisham es habitué de una cervecería donde todos lo conocen por el apodo de «Mandala» ©Alfredo Leiva

«La experiencia en el Instituto Balseiro fue muy dura, hay que llevar la carrera al día, las cursadas fueron dictadas en inglés y hasta la tesis tuve toda la carrera en inglés. Eso me facilitó el aprendizaje porque no hablaba español», recordó este ingeniero nuclear de 29 años que desde hace dos trabaja en el área de Seguridad Nuclear de Invap.

Hisham se quedó sin su compañero sirio en tres meses ya que el otro regresó: no pudo estar al día con los estudios. Entonces continuó solo con el primer año muy dedicado al estudio, en principio residiendo en el mismo complejo del Balseiro y más adelante en un departamento que alquiló en el barrio Melipal. Su sustento era una beca de la Comisión de Energía Atómica de Siria.

«Vivía un poco alejado, no tenía gente para practicar el español así que me mudé al centro, donde encontré más gente para charlar y aprender. Sé que no es totalmente perfecto, pero hablo español, que es muy necesario para la vida en la ciudad», admitió.

Ahora asiste habitualmente a una cervecería donde es conocido como «Mandala», el sobrenombre que allí una vez le impusieron y con el que se hizo popular aunque a Hisham no le agrade demasiado.

Prefiere no hablar de la guerra y de la política en su país ©Alfredo Leiva
Prefiere no hablar de la guerra y de la política en su país ©Alfredo Leiva

Le gusta entrenar en el gimnasio, ir al cine, salir a cenar, en invierno esquía en el Catedral ya que aprendió a deslizarse en las tablas el año pasado y lo adoptó como una gran pasión, mientras que en verano encontró el gusto por el trekking y ya conoce varios refugios de montaña. «Mi preferido es Laguna Negra, es largo el camino pero vale la pena ir hasta allá», señaló.

«En Bariloche la cultura es distinta a la nuestra principalmente en la religión, en la cultura árabe o islámica la gente habla de religión todo el tiempo, acá no es así, cada uno tiene su creencia y generalmente no se habla de eso. Esto ayuda porque la religión siempre genera problemas con los amigos», dijo Hisham, que encontró en este rincón de la Patagonia una comunidad musulmana que se reúne habitualmente en una mezquita de Mallín Ahogado, en la zona de El Bolsón.

©Alfredo Leiva
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También encontró en estas latitudes una mayor afición por el mate. «En Siria tomamos mate y sabemos que lo importamos de Argentina». La leyenda cuenta que los sirios y libaneses que migraron a la Argentina en la década del 30 y regresaron, con su equipaje llevaron el mate y la yerba.

«Se consume mate en las provincias de la costa y cuando se hace el servicio militar los chicos de todas las regiones se juntan y comparten». La yerba que se vende en su país es importada de Argentina. Se dice que Siria es el principal comprador de yerba mate aunque se ofrece con etiquetas de marcas domésticas.

Como su hermano, a Hisham le tocará hacer el servicio militar cuando regrese a Siria. Es obligatorio y tiene tiempo hasta los 45 años para alistarse, ya que el gobierno permite retrasarlo cuando los jóvenes ingresan a la universidad o emigran del país.

Es el mayor de su familia, que sigue asentada en Damasco, la capital siria. Tiene dos hermanos varones y dos mujeres, una de ellas se casó el año pasado. Y desde la lejanía supo hace tres años que su hermano menor, que por entonces tenía 16 años, fue capturado cuando regresaba del colegio y hasta hoy permanece desaparecido.

Hisham prefiere no hablar de política, es un tema complejo en su país, que vive hace cuatro años en guerra y recrudeció con la intervención de Rusia en apoyo al presidente Bashar al-Assad.

«Hay que volver pero como el país está en guerra no tengo ganas de hacerlo por ahora. Quiero ver a mi familia, nunca más volví, es imposible con la guerra, con el peligro que hay allí no podés vivir, si salís de tu casa no sabés si vas a volver», dijo Hisham con la mirada perdida como si repasara mentalmente aquel lugar que dejó cuando reinaba la calma.

Por corto tiempo, solo un mes, Hisham no vivió el conflicto bélico. «Me fui en febrero y en marzo se desató la guerra» recordó. «Nadie sabía que la guerra iba a ocurrir en Siria, se pensaba imposible pero empezó como una rebelión como en Egipto o Libia y hoy es una guerra».

Por Soledad Maradona
Con información de Río Negro

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