Desfigurada,el testimonio de Rania al-Baz

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Cuando contaba con poco más de veinte años, Rania al-Baz ya se había convertido en uno de los rostros más conocidos y apreciados de su país natal, Arabia Saudí. Como presentadora de un programa llamado El reino esta mañana en la televisión estatal, se cubría siempre el cabello con un hijab, cumpliendo las normas, sin embargo, su rostro permanecía descubierto y escogía pañuelos de cabeza de vistoso colorido para taparse el cuidado peinado. Para cientos de miles de mujeres saudíes, se convirtió en una persona admirable, envidiable y desafiante y, por consiguiente, en una implícita amenaza para una sociedad en la que la mujer está obligada a cubrirse, a la que no se le permite conducir, votar o participar en la vida política, salir de casa sin acompañante, viajar sin la autorización de su padre o marido ni montar un negocio sin un patrocinador masculino.

Entonces, de manera repentina, el 3 de abril de 2004, Baz desapareció de la pequeña pantalla. Cuando reapareció dos semanas más tarde, todos los periódicos mostraban su rostro, difícilmente reconocible. Su marido la había atacado salvajemente, golpeando su rostro contra el suelo de mármol de su casa hasta provocarle 13 fracturas. Estaba deshaciéndose de lo que creía ser el cuerpo sin vida de su esposa cuando ésta mostró señales de vida y, preso del pánico, la llevó hasta un hospital.

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Durante los días que Baz estuvo en coma, luchando por su vida, su padre tomó fotografías de aquel rostro desfigurado de manera tan grotesca. Y, una vez recuperada, decidió permitir la publicación de las fotografías, haciendo así algo que ninguna otra mujer del reino había osado. Por supuesto, sus moratones no tenían nada de particular: Baz había sido una víctima más de los crímenes más comunes y menos castigados del mundo. Sin embargo, especialmente en un país como Arabia Saudí, Baz había hecho añicos el muro de silencio levantado sobre la violencia doméstica. Las imágenes de su cruelmente magullado e hinchado rostro sacudieron el país y al mundo entero, arrojando un desagradable aunque deslumbrante dardo sobre el abuso que sufren las mujeres bajo la máscara del dogmatismo religioso saudí. Además Baz logró el divorcio, algo prácticamente imposible en Arabia Saudí, donde el que reclama el divorcio suele ser el marido, y ganó la custodia de sus hijos desafiando, una vez más, todos los precedentes.

Quince meses después de la agresión que a punto estuvo de costarle la vida, Baz viajó por unos días a París.Ibamos a reunirnos en Yeda, donde reside, pero ella prefirió hablar fuera de Arabia Saudí para sentirse más segura. Esa noche no llevaba el hijab; se había maquillado cuidadosamente y lucía un peinado perfecto. «Me encanta París. Es una ciudad para enamorados».Ella y su ex marido, Mohammed al-Fallatta, viajaron aquí en su luna de miel. «Al principio» recuerda, «no podíamos estar separados. Estaba perdidamente enamorado de mí».

LO PEOR DE DOS MUNDOS

Tras 12 operaciones, Baz logró recuperar su belleza, en todo caso, las pocas cicatrices que le quedan son contundentes pero no desfiguran su rostro. Da un sorbo a su copa de St Emilion y recalca ser una musulmana devota. «Nada de esto tiene que ver con la religión, es una cuestión de sociedad. Lo que me ocurrió a mí le ocurre a mujeres de todo el mundo y, en Arabia Saudí, multiplicado por diez. Es una sociedad que reúne lo peor de todos los mundos. Tenemos una sociedad reservada y cerrada como rige el sistema tribal beduino, mezclada con Givenchy y la invasión de la tecnología occidental. Seguimos las tradiciones de los beduinos equipados con la última tecnología. Y, después, tenemos a los que detestan todo lo americano u occidental. Pero el mundo sólo ve un país árabe, lleno de petrodólares».

Siendo una adolescente llena de vida que creció en un sistema así, dice haber sufrido una frustración cercana a la depresión. Su padre, Yahya, era el propietario de una extensa cadena de hoteles que contaba con importantes contactos políticos y comerciales. Baz recibió una buena educación, pero su efervescencia natural se veía mermada, por lo que la sociedad esperaba de una joven saudí consciente de sus deberes. Se refugió en su querido tío Hasan, con quien se entretenía haciendo teatro improvisado con una grabadora. «Un día me dijo: ‘¡Rania! ¡Tu voz! ¡Deberías salir en la tele!’».

A los 19 años, echando mano de sus contactos, su padre le consiguió una audición para la televisión. «Me dieron el trabajo por casualidad», declara. «Las pocas mujeres que trabajaban en la televisión saudí eran muy mayores y se cubrían siempre con el velo. No creo que les interesase una mujer joven y bonita en televisión, todavía hoy me pregunto por qué me contrataron’».

«Tenía dos posibilidades: vivir como una típica saudí obediente o vivir la vida como me diese la gana, como quisiese vivirla. Incluso antes de mi accidente (así es como se refiere a la agresión de su marido), ya me había decantado por el segundo camino.»

En 1998, Rania conoció y contrajo matrimonio con Fallatta, un cantante al que conoció en un plató de televisión. No se trataba de un matrimonio acordado, fue un flechazo. A los días de embriagadora felicidad e inseparabilidad le siguieron unos momentos en los que prosperaba la carrera de Baz, mientras que la de él caía en picado. Fallatta empezó a mostrarse violento con ella con cierta asiduidad, nos cuenta, aunque se resistía a pasar a la acción, abandonarle o denunciarle, por miedo a perder la custodia de sus tres hijos pequeños, tal y como suele suceder en los casos de divorcio saudíes. «Una vez se me ocurrió quejarme ante mi abuela», cuenta Baz. «Dije: ‘Soy como la criada de su casa.’ A lo que contestó sin pestañear: ‘Tú lo has dicho, eres su criada’».

En la noche del 12 de abril del año pasado, Fallatta volvió a casa y se encontró a su mujer al teléfono. «Se ha llegado a insinuar que yo tenía un amante, para justificar lo que me hizo», declara Baz, «pero no era cierto. Era una amiga y, cuando él entró, colgué. Estuvimos hablando y se puso violento. Era un hombre violento y posesivo que se creía importante».

Le suplicó que no le pegase, pero le dio un puñetazo en la cara. «No voy a pegarte, voy a matarte», le gritó. Entonces empezó a aporrearle la cabeza, boca abajo, contra el suelo, ante la mirada de un criado y de su hijo de cinco años. Al mismo tiempo, la estrangulaba, reduciendo la fuerza algunos instantes para hacerle citar el testimonio de fe de Shahadah tres veces, tal y como manda el Islam que se debe hacer antes de morir: «No hay más Dios que Allâh y Muhammad es su Profeta.» Obediente, así rezaba Baz hasta que quedó inconsciente.

Entonces Fallatta se duchó, se cambió de ropa y metió en el coche lo que creyó ser el cuerpo sin vida de su esposa. Se fue en un aparente intento de quemar su cadáver. No obstante, cuando ella empezó a recobrar el conocimiento, él se asustó y la llevó al hospital de Bugshan, diciendo que habían tenido un accidente de tráfico y que tenía que regresar urgentemente al lugar del siniestro para rescatar a las demás personas implicadas.

LA REPUTACION

«Estuve cuatro días en coma», cuenta Baz, «un tiempo en el que mi padre no se separó de mi cabecera, negándose a creerse esa historia del accidente: ‘¿Por qué el resto del cuerpo no está magullado?’, se preguntaba. Era obvio lo que había ocurrido. Cuando desperté, supe que mi padre había hecho fotografías y que las había guardado. Quería publicarlas para que mi marido fuese condenado. En un principio me mostré reticente, era mi marido. Pensaba que debía aceptar mi debilidad. Me preocupaba mi carrera, mis hijos, mi futuro, mi reputación». Pero, entonces, los compañeros de trabajo de Baz empezaron a visitarla. «Vieron cómo me había dejado la cara. Estaban de acuerdo con mi padre en que debía publicar las fotos y denunciar a mi marido».

«En ese momento se me presentaba el gran dilema. Durante toda mi trayectoria profesional en televisión había estado intentando que las personas, las mujeres en especial, hablasen de su día a día. Y, ahora que me había pasado esto, ¿no iba a hablar sobre ello? ¿Acaso puedo contar las historias de los demás pero no la mía? Así que decidí contar la verdad, a cualquier precio. De alguna manera, quería ser como un escaparate de lo que, en la actualidad, están sufriendo las mujeres en mi país. No me quedaba más opción que sacarlo todo a la luz. De esta manera, me convertí en portavoz. En el momento en el que describes lo que está ocurriendo en ese país, te conviertes en una portavoz».

La respuesta a su decisión de sacar a relucir la verdad fue memorable. Los columnistas del periódico Arab News, que se publica en inglés, bautizaron a Baz como «la pionera» y describieron su decisión como «un furor en esta sociedad reservada». Una princesa de la familia real saudí se hizo cargo de todos sus gastos médicos. Sin embargo, los mensajes de aliento se mezclaban con las murmuraciones de los que pensaban que una mujer no debería trabajar en televisión y que, tal vez, no debería sorprenderle lo que le ocurrió. Algunos periódicos expresaban su asombro por que «una mujer engañase a su marido». «Se criticó un poco lo que hice, pero nadie quería hablar del tema. Nadie quería destapar la caja de Pandora. Como en todo lo demás, la sociedad saudí se muestra reacia a expresarse abiertamente, eso sólo se hace a puerta cerrada».

Con una acusación inicial de intento de asesinato reducida a agresión grave, Fallatta fue condenado a 300 azotes y seis meses de prisión. En un principio se negó a aceptar la demanda de divorcio. En Arabia Saudí todavía resulta inaudito que una mujer se divorcie de su marido. Dijo que Baz era una «madre inepta» pero, aún así, un tribunal le obligó a respetar el proceso. Como parte del acuerdo, su sentencia se vio reducida a la mitad después de que Baz le perdonase públicamente y renunciase a un juicio de compensación. El perdón, confirma ahora, «sólo era un medio para asegurarme la custodia de mis hijos», un logro asombroso para una mujer divorciada en Arabe Saudí.

La consecuencia de su decisión es que Baz es admirada por unos, repudiada por otros. Ella esperaba volver a trabajar en cuanto se recuperase, pero descubrió que ya no era bienvenida en televisión. «Eso me destrozó», declara. Pensó en comenzar algún negocio o en dejar el país y probar suerte en occidente.

«Me siento totalmente ajena a mi país y mi sociedad, por cómo es y por lo que hice. A veces resulta doloroso. Podría haberles dado un futuro mejor a mis hijos si me hubiese callado. Vivo con una especie de temor y lucha interior. Tengo que encontrar un equilibrio entre mi hogar y mi posición, contando mi historia para atraer la atención internacional. A veces me pegunto: ‘¿Quién soy yo para ir contando mi historia de esta manera?’».

A pesar de todas sus dudas, Baz ha retado a la cultura del silencio en su país ante la violencia contra la mujer. «En nuestro país, si una mujer acude a la policía o a algún miembro de la familia y se queja de malos tratos en manos de su marido, le dicen que sea paciente, que los hombres son así. ¿Qué dirán los vecinos? ¿Qué dirán tus familiares y amigos? No hagas nada o se divorciará de ti, serás una divorciada, una ramera, echarás por tierra tu futuro. De manera que, cuando una mujer sufre tales abusos, se produce una mezcla de humillación y orgullo. Teme contar lo que le ocurre, teme que la critiquen. Quiere mantener su imagen de mujer perfecta».

«Eso es precisamente lo que tenemos que conseguir que cambie entre las mujeres. Tenemos que cambiar nosotras, tenemos que abrirles los ojos a las que piensan que es normal que su marido les pegue y que deben permanecer calladas en público».

Gracias en gran parte a la postura adoptada por Baz, la universidad King Saud de Riad realizó el primer estudio sobre violencia doméstica en Arabia Saudí. Dicho estudio destapó una terrorífica cultura de mujeres maltratadas, siempre calladas, un 90% de las cuales había visto cómo sus madres también habían sido maltratadas. «Rania se ha convertido en un icono», declara su abogado, Omar al-Khouli, que trabaja con la delegación local del Comité Nacional de los Derechos Humanos. «El suyo fue el primer caso del comité y ahora son cada vez más las mujeres que reivindican sus derechos, y no sólo sobre violencia doméstica, sino sobre todo el sistema discriminatorio de nuestra sociedad».

HOMBRES INMUNES

«Lo crucial», señala Baz, «es que la estructura de la sociedad, el hecho de que las mujeres no puedan conducir ni viajar sin autorización, por ejemplo, otorga una sensación de poder al hombre. Y ese poder se encuentra directamente ligado a la violencia. Crea una sensación de inmunidad; de poder obrar con absoluta libertad sin temor a represalias. El meollo no es la violencia en sí, sino la inmunidad de la que goza el hombre, la idea de que los hombres pueden hacer lo que quieran».

Baz viajó a París para ver al editor de sus memorias. Cuando nos encontramos, en sus manos llevaba un grueso manuscrito árabe, algo destartalado, escrito en tinta roja. «El libro en sí es otro gran paso que he decidido dar. El hecho de publicar un libro sobre todo lo que ha pasado puede traer consecuencias mucho más graves para mí en Arabia Saudí. Sí, me preocupan esas consecuencias. Toda esta situación es muy delicada. Cuando el libro vea la luz, se volverá a desatar la polémica sobre lo que hice»,contaba.

«Puede que al final pierda la lucha. Pero, por lo menos, no acepté las cosas como son».

Por Ed Vulliamy
Con información de The Guardian

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