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El judaísmo y la Antigua Roma

Saulo de Tarso

Saulo de Tarso, el fundador intelectual del Cristianismo, era un judío separado de la tradición, que denuncia la Ley como algo penoso y «transforma una fe despreciada y perseguida en una religión mundial»1; las más antiguas comunidades cristianas estaban constituidas por judíos de Alejandría, Cirene, Siria y Cilicia.




Se ha observado que «a través de las formas primeras, precatólicas del cristianismo, mientras que el Imperio romano estaba ya animado de todo tipo de cultos impuros asiático-semíticos, el espíritu judaico se puso efectivamente a la cabeza de una gran insurrección de Oriente contra Occidente, de los shudra contra los aria, de la espiritualidad mezclada el Sur pelasgo y prehelénico contra la espiritualidad olímpica y urania de las razas superiores conquistadoras» 2; una confirmación de esto se tiene en el hecho de que fue el África semítica -la misma región donde se estableció, en otro tiempo, el foco antiromano de la fenicia Cartago– quien produjo los más famosos retóricos y apologetas de la superstitio nova ac malefica (Suetonio), no menos que el principal doctor de la Iglesia de la antigüedad: Tertuliano, Minucio Félix, Cipriano, Comodiano, Arnobio, Lactancio, Agustín eran, de hecho, semitas de África.

El hecho de que el cristianismo descienda del judaísmo de la decadencia es visible también en la obra específica que la nueva religión acomete en el terreno político y social 3. La secta cristiana, en realidad, se sitúa en la línea del profetismo que había anunciado la revancha de los «humildes, los pobres y los desheredados» (anavim ebionim) sobre las civilizaciones «inicuas y orgullosas», se relaciona con el ideal profético de «nivelación general que hará desaparecer todas las distinciones de clase y finalizará con la creación de una sociedad uniforme, donde serán eliminados cualquier privilegio»4.

Además, desarrollando la antítesis judaica entre «espíritu» y «materia», entre «más allá» y «más acá», el cristianismo concibió la oposición bien conocida entre civitas Dei y civitas Diaboli. El mundo es impuro, el Estado es obra del demonio, el imperio la creación del orgullo y la soberbia.




«Todo lo armonioso de la sociedad romana es declarado culpable: su resistencia a las exigencias yavhicas, sus tradiciones, su modo de vida constituyen otras tantas ofensas a las leyes del socialismo celeste. Culpable, debe ser castigada, es decir, destruida» 5. Y en consecuencia las anatemas antipaganas de la literatura cristiana primitiva recuperan los temas y el tono del profetismo judío, incitan a la lucha de clases 6, anuncian la inminencia de la venganza, se extienden en imprecaciones contra Roma: la «gran prostituta», la «nueva Babilonia«.

Desconocen la sacralidad del imperium y rechazan sacrificar ante su símbolo viviente, los galileos atacaron los fundamentos de la concepción tradicional que confería a la fides una sanción divina y un valor religioso. La unidad de la autoridad espiritual y del poder civil, unidad que Roma había establecido en el principio imperial, fue sacudida desde la base, mientras que el «Rey de los judíos» proclamaba la separación del César y del Dios y anunciaba un Reino que excluía «este mundo» de sus fronteras.

«La tragedia del pueblo judío consistió en el hecho de que es precisamente cuando la Biblia y la ética judaica empezaron a difundirse en el mundo (con la cristianización del Imperio, NdT), cuando los judíos fueron excluidos de la sociedad de los hombres y el odio marcó siempre con su peso toda aportación espiritual procedente de ellos… El pueblo de Cristo, aquel que había enseñado el sufrimiento, se convirtió en el Cristo de los pueblos» 7.




En realidad, si la cristianización del Estado comportó un régimen jurídico de neta separación entre cristianos y judíos, e implícitamente la inferioridad declarada de estos últimos, una discriminación precisa no puede jamás completamente realizada, hasta tal punto que no fueron raros, en los siglos que siguieron a la caída de Roma, ver a judíos propietarios de esclavos cristianos 8.

Por C. Mutti


Notas:

  1. J. EVOLA, Tre aspetti…, op. cit., pág. 22.
  2. Es sobre todo en este terreno, según Marx, donde se manifiesta la marca judía del cristianismo: «El judaísmo -escribe Marx- alcanzó su apogeo con la perfección de la sociedad burguesa; pero la sociedad burguesa no ha alcanzado su perfección más que en el mundo cristiano. No es más que bajo el reino del cristianismo, quien exterioriza todas las relaciones nacionales, naturales, morales y teóricas del hombre, que la sociedad burguesa podía separarse completamente de la vía del Estado, desgarrar todos los lazos genéricos del hombre y colocar en su lugar el egoísmo, la necesidad egoísta, descomponer el mundo de los hombres en un mundo de individuos, atomísticos, hostiles unos a otros. El cristianismo ha nacido del judaísmo; y ha terminado por remitirse al judaísmo. Por definición, el cristiano fue el judío teorizante; el judío es, en consecuencia, el cristiano práctico y el cristiano práctico se ha vuelto judío» (K.MARX, La question juive, op. cit., pág. 54).
  3. G. WALTER, Les origines du communisme, París 1931. Se lee en el Libro de Enoch, bastante difundido entre los cristianos del siglo I: «El Hijo del Hombre expulsará a los reyes y a los poderosos de sus lechos, y a los fuertes de sus tronos; destrozará los reinos de los fuertes… Derribará los tronos de los Reyes y su poder. Hará bajar el rostro de los fuertes y los cubrirá de vergüenza…» (Enoch, XLVI, 4-6). Jeremías maldiciendo dice: «Sepáralos como se hace con las bestias pequeñas del ganado para el matadero y destínalos para la carnicería» (Jer., XII, 3). Y Amós amenazaba así a las mujeres de los poderosos, a las que llamaba «vacas de Basan»: «Adonai Iavhé ha jurado por su santidad que llegará el día para vosotros, en que se os levantará con arpones y vuestra posteridad con anzuelos de pesca» (Amos, IV, 2). El judío Isidoro Loeb ha encontrado huellas de este deseo social en los Salmos igualmente; mejor, según él el único verdadero problema de los Salmos es la lucha del pobre contra el malvado (Litterature des pauvres dans la Bible, París, 1892).
  4. A. DE BENOIST, Presentación del libro de Louis Rougier: El conflicto del cristianismo primitivo y de la civilización antigua, Ed. Thor, Barcelona, 1988, pág. 25).
  5. Cfr. SANTIAGO, V, 1-6: «!Os toca a vosotros los ricos! ¡Llorad y gritad a causa de las desgracias que vienen sobre vosotros… Habéis amasado en los últimos días! El salario que habéis hurtado a los obreros que han trabajado en vuestros campos, he aquí que grita, y los clamores de los que han trabajado para vosotros han llegado a los oídos del Señor de los Ejércitos, etc….» [NdT]. En el período igualitario introducido por el cristianismo: «El ciclo igualitario llega así a su fin. Según el proceso clásico del desarrollo y de la degradación de los ciclos, el tema igualitario ha pasado, en nuestra cultura, del estadio de mito, (igualdad ante Dios) al estadio de ideología (igualdad ante los hombres), luego al estadio de pretensión «científica» (afirmación del hecho igualitario): del cristianismo a la democracia, luego al socialismo y al marxismo. El gran reproche que se le puede hacer al cristianismo es haber inaugurado el ciclo igualitario, introduciendo en el pensamiento europeo una antropología revolucionaria, con carácter universalista y totalitario». (R. DE HERTE, La question religieuse, «Elements», n 17-18) [NdT].
  6. N. BENTWICH, Op. cit., pág. 22.
  7. Casi todos los judíos nombrados en las cartas de Gregorio el Grande aparecen como poseedores de esclavos cristianos: «…en Nápoles, en Luni, en Sicilia, donde Joses Nasas compra esclavos cristianos burlándose de los rigores de la Ley; en Galia, la reina Brunehilde tolera tal escándalo sin intervenir. La Galia del siglo VI debía constituir, en realidad, un medio particularmente favorable para los judíos, ya que un tal Basilio consiguió fácilmente burlar las disposiciones en vigor en este terreno, presentando sus esclavos cristianos como perteneciendo a sus hijos conversos; mientras que un tal Domingo, cristiano, se lamentada que cuatro de sus hermanos, reducidos a la esclavitud por los judíos, estuvieran todavía a su servicio en Narbona» (R. MORGHEN, Medioevo christiano, Bari, 1970, pág. 135).
  8. La «larga tradición comercial» de los judíos es reconocida, aunque de forma contradictoria, por R. FINZI (Per un’interpretazione materialistica della questione ebraica, en L. POLIAKOV, Storia dell’antisemitismo, Florencia, 1974; vol. I, pág. XX). Cfr. además sobre esta «larga tradición», A. LEON, Il marxismo e la questione ebraica, Roma 1968, cáp. I y II.

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Mató el cristianismo al imperio romano?

Los favoritos del Emperador Honorio , por John William Waterhouse (1883)
Los favoritos del Emperador Honorio , por John William Waterhouse (1883)


En su relato de las guerras contra los persas, Herodoto atribuye el éxito de las pequeñas ciudades griegas frente al poderoso Imperio iranio a la «superioridad intelectual» de sus compatriotas. ¿Habría explicado igualmente su decadencia por su «inferioridad»?

La cuestión de saber por qué desaparecen las culturas y se derrumban los imperios ha acuciado siempre a historiadores y filósofos. En 1441, Leonardo Bruni hablaba de la vacillatio del Imperio romano; su contradictor, Flavio Biondo, prefería el término inclinatio (que resumía, para el hombre del Renacimiento, el abandono de las antiguas costumbres).

El debate estaba ya planteado: ¿fue destruido el Imperio o se derrumbó solo? Para Spengler, las alternancias que se dan en la historia son efecto de una fatalidad. Las causas identificables de una decadencia son solo causas segundas. Acentúan, aceleran un proceso, pero sólo pueden intervenir cuando ese proceso se ha iniciado. Aunque también cabe pensar que ninguna necesidad interna fija un final a las culturas: cuando mueren, es porque alguien las mata.

Conocida es la opinión de André Piganiol: «La civilización romana no murió de muerte natural. Fue asesinada.» (L’Empire chrétien,1947).

En este caso, la responsabilidad de los «asesinos» es completa. No obstante, podemos admitir que sólo estructuras ya muy debilitadas, carentes de energía, se abandonan al golpe que las hiere, al enemigo en acecho.

Voltaire, que fue, tras Maquiavelo, uno de los primeros en hablar de ciclos históricos, decía que el Imperio romano había caído simplemente porque existía, «dado que todo debe tener un fin» (Diccionario filosófico, 1764).

No nos consta si la caída de Roma era o no irremediable, ni los factores que contribuyeron a provocarla, pero nos preguntamos que responsabilidad tiene en esa caída el naciente cristianismo.

El cristianismo, «religión oriental por sus orígenes y sus caracteres fundamentales» (Guignebert), se infiltró en la Europa antigua de modo casi subrepticio. El Imperio romano, tolerante por naturaleza, no le prestó atención durante mucho tiempo. En la Vida de los doce Césares, de Suetonio, leemos a propósito de un acto de Claudio:

«Expulsó de Roma los judíos, que estaban en continua efervescencia por instigación de un tal Crestos.»



En conjunto, el mundo grecolatino permaneció en un principio cerrado a la predicación. El elogio de la debilidad, de la pobreza, de la «locura», le parecía algo insensato. En consecuencia, los primeros centros de propaganda cristiana se instalaron en Antioquia, en Éfeso, en Tesalónica y en Corinto. En estas grandes ciudades, en las que esclavos, artesanos e inmigrantes se mezclaban con los mercaderes, todo era objeto de compra y venta, y predicadores e iluminados, en número cada vez mayor, rivalizaban en seducir a unas abigarradas e inquietas muchedumbres, fue donde los primeros apóstoles encontraron terreno abonado.

A. Causse, que fue profesor en la facultad de teología protestante de la Universidad de Estrasburgo, escribe:

«Si los apóstoles predicaban el Evangelio en las plazuelas de los pueblos no era sólo por una sabia política misionera, sino porque la nueva religión era acogida más favorablemente en esos medios nuevos que por las viejas razas apegadas a su pasado y a su suelo.

Los verdaderos griegos iban a permanecer durante mucho tiempo ajenos y hostiles al cristianismo. Los atenienses habían acogido a Pablo con una indiferencia irónica: «¡Ya nos lo contarás otro día!», y habrían de transcurrir muchos años antes de que los viejos romanos abandonasen su aristocrático desprecio por aquella detestable superstición.

La primera Iglesia de Roma era muy poco latina, y en ella apenas se hablaba el griego. Pero los sirios, los asiáticos y toda la muchedumbre de los graeculi recibían con entusiasmo el mensaje cristiano» (Essai sur le conflit du christianisme primitif et de la civilisation, Ernest Leroux, 1920).

J. B. S. Haldane, que consideraba el fanatismo como una de las «cuatro invenciones verdaderamente importantes hechas entre el año 3000 antes de nuestra era y el 1400» (The Inequality of Man, Famous Books, Nueva York, 1938), atribuía su paternidad al judeocristianismo.

Yavé, el dios de los desiertos de Arabia, es un dios solitario y celoso, exclusivo y cruel, que preconiza la intolerancia y el odio. «¿No odio, ¡oh Yavé!, a los que te aborrecen y me enardezco contra tus enemigos? Los aborrezco y los tengo por enemigos.» (Salmo 139,21 y 22).

Jeremías implora: «Les darás su merecido, ¡oh Yavé!…, y ¡tu maldición será con ellos! Los perseguirás con ira y los exterminarás de debajo del cielo.» (Lamentaciones, 111, 64-66).

«De cierto, ¡oh Dios!, harás morir al impío.» (Salmo 139, 19).

«Y por tu misericordia disiparás a mis enemigos, y destruirás a todos los adversarios de mi alma…» (Salmo 143, 12).

La Sabiduría, que personifica lo infinitamente bueno, amenaza: «También yo me reiré de vuestro infortunio, me mofaré cuando sobrevenga vuestro espanto.» (Prov.I, 26).

El Deuteronomio habla de la suerte que debe reservarse a los “idólatras”: «Si tu hermano, hijo de tu madre, tu hija, o la mujer que descansa en tu seno, o el amigo tuyo, que es como tú mismo, te incitara en secreto diciendo: «¡Vamos y sirvamos a otros dioses!» que no conoces…, antes le habrás de matar; tu mano descargará en él primeramente para hacerle morir, y después la mano de todo el pueblo. Cuando oigas que en una de las ciudades que Yavé te concede para habitar se dice que han surgido hombres indignos que han seducido a sus conciudadanos diciendo: » ¡Vamos y sirvamos a otros dioses!» que no conoces, indagarás, y si ves que es cierta tal abominación, herirás a filo de espada a los habitantes de esa ciudad; la consagrarás al exterminio, así como a cuanto en ella exista. Juntarás todo su botín en medio de su plaza y quemarás en el fuego totalmente la ciudad y toda su presa a honra de Yavé, tu Dios. Así quedará convertida en perpetuo montón de ruinas, sin ser reedificada…» (Deut. XIII).



En el Evangelio, Jesús dice, cuando vienen a prenderle: «…porque todos los que tomen espada, a espada perecerán.» (Mateo XXVI, 52).

Pero antes había afirmado: «No penséis que he venido a traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de casa.» (Mateo X, 34-36).

También había pronunciado la frase que es divisa de todos los totalitarismos: «El que no es conmigo, contra mí es.» (Mateo XII, 30).

La Iglesia primitiva aplicará escrupulosamente tales consignas. Incrédulos y paganos son infrahombres a los ojos de los apóstoles. San Pedro los compara a «animales irracionales, nacidos para presa y destrucción» (2 Pedro II, 12).

Jerónimo aconseja al cristiano converso patear el cuerpo de su madre si ésta trata de impedirle que la abandone para siempre a fin de seguir la enseñanza de Cristo.

En el año 345, Fermicus Maternus hace de la matanza un deber: «La ley prohíbe, santísimos emperadores, perdonar ni al hijo ni al hermano. Obliga a castigar a la mujer que amamos tiernamente y a hundirle el hierro en el seno. Pone las armas en la mano y manda volverlas contra los amigos más íntimos…»

En adelante, la práctica evangélica de la caridad estará estrictamente subordinada al grado de adhesión a misterios y dogmas. Europa será evangelizada por el hierro y el fuego. Herejes, cismáticos, librepensadores y paganos serán, renovando el gesto de Poncio Pilato, entregados al brazo secular para ser sometidos a suplicio y muerte. La denuncia se verá recompensada con la atribución de los bienes de las víctimas y de sus familias.

Los «que habiendo entendido el juicio de Dios…-había escrito san Pablo-, son dignos de muerte» (Romanos, I, 32).

Tomás de Aquino precisa: «El hereje debe ser quemado.»

Uno de los cánones adoptados en el Concilio de Letrán declara: «No son homicidas quienes matan herejes» (Homicidas non esse qui heretici trucidant).

Por la bula Ad extirpenda, la Iglesia autorizará la tortura. Y, en 1864, Pío IX proclamará todavía en el Syllabus: «Anatema sea quien diga que la Iglesia no tiene derecho a emplear la fuerza, que no tiene ningún poder temporal directo o indirecto.» (XXIV).



Voltaire, que sabía sumar, había hecho la cuenta de las víctimas de la intolerancia religiosa desde los comienzos del cristianismo hasta su época. Teniendo en cuenta las exageraciones y descontando mucho en beneficio de la duda, halló un total de 9.718.000 personas que habían perdido la vida ad majorem Dei gloriam. Junto a esa cifra, el número de cristianos muertos en Roma bajo el signo de la palma (símbolo del martirio y la resurrección gloriosa en el cristianismo primitivo) resulta insignificante. (¿Quizás los descendientes de aquellos mártires tendremos el derecho a exigir una compensación pecunaria y un trozo de tierra ajena para fundar nuestro feudo y así sentir que se ha hecho justicia a nuestro propio «holocausto»?).

«Gibbon cree poder afirmar -escribe Louis Rougier- que el número de mártires en toda la extensión del Imperio romano, a lo largo de tres siglos, no llegó al de los protestantes ejecutados en un solo reinado y exclusivamente en las provincias de los Países Bajos, donde, según Grocio, más de cien mil súbditos de Carlos V murieron a manos del verdugo.

Por conjeturales que sean estos cálculos, puede afirmarse que el número de mártires cristianos es pequeño comparado con las víctimas de la Iglesia durante quince siglos: destrucción del paganismo bajo los emperadores cristianos, lucha contra los arrianos, los donatistas, los nestorianos, los monofisitas, los iconoclastas, los maniqueos, los cátaros y los albigenses, Inquisición española, guerras de religión, dragonadas de Luis XIV…

Ante tales excesos, podemos preguntarnos, con Bouché-Leclercq, «si los beneficios del cristianismo (por grandes que sean) no se han visto de sobra compensados por la intolerancia religiosa que tomó del judaísmo para difundirla por el mundo»…»(Celse contre les chrétiens, Copernic, 1977).

Por Alain D.B.

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