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Dos poemas – Bahia Awah

bahia_awah
Bahia Mahmud Awah,escritor y poeta saharaui
Jeroglíficos del exilio

 En mi infancia como pastorcito
de dromedarios,
escuchaba decir:
“la gacela muere en su sequía”.
En años de destierro
he ido descifrando
ancestrales jeroglíficos
como un verso suelto,
anónimo,
sobreviviendo
siglos de olvido.

Pobre, y rico, de mi condición saharaui,
así se lo digo, poeta hispano,
como Machado,
como Lorca,
como Neruda
como Badi
o como Beibuh.
Poeta antimonárquico y guerrillero,
por la libertad, un día alegre
morirá mi corazón soberano.

Ella es de Damasco

 A la hermosa dama La Alhambra

Quiero escribirte estos versos desde el otoño
de Granada.
Quiero escribirte en esta primavera
de Damasco.
Quiero escribirte estas letras de oro
incrustadas ocho siglos en tus costillas
de Anisatun arabiya .

Quiero escribirte desde los ancestrales
jardines de El Yasmín ,
fragantes de rosas,
adornados con tulipanes de Estambul.

Quiero escribirte que acudo con mi cristiana
para rezar por tu dormida alma
que reposa entre
las árabes pestañas de Granada.

Quiero rezarte los versículos del Corán,
los libros de la Biblia,
la palabra de Abraham y Moisés.

Quiero que tu alma descanse eterna
en las erguidas
torres de El Generalife,
en la Puerta de la Justicia,
en la Sala del Meswar,
en el Patio de los Arrayanes.

Quiero que tu alma perdure
en la Sala de Las Dos Hermanas,
en la Torre de Las Damas
y en el Patio de Los Leones.

Quiero escribirte que sigues siendo
la radiante mujer
de Damasco
que pretendí en La Torre de La Cautiva,
en tiempos del Reino Nazarí de Granada.

Quiero escribirte que cuando entré
por la Puerta de Las Granadas,
exclamé ¡Bismilah arrahmani arrahim! …
imploré ¡Santo Dios mío!

Quiero escribirte que se me agotan las palabras
como se me concluyeron entonces,
rezando por tu alma los sesenta capítulos
del libro sagrado.

Y ultimo escribiendo en estas milenarias hojas,
desde el mesonaje del Albaicín.
Eres la única mujer que los siglos amaron
hasta la saciedad.

Quiero escribirte estas letras de oro
incrustadas ocho siglos en tus costillas
de Anisatun arabiya.

Bahia Mahmud Awah

Escritor y poeta saharaui,nació en 1960 en Tiris, región sur del Sahara Occidental, entonces Sahara Español. La invasión de su país por Marruecos le llevó al exilio argelino y posteriormente partió a Cuba junto con otros jóvenes saharauis donde estudió durante siete años, becado por el gobierno cubano. Allí se licenció en Telecomunicaciones. De vuelta a los campamentos de refugiados saharauis trabajó durante varios años en el departamento de emisiones en español en la Radio Nacional Saharaui. Es miembro fundador de la Generación de la Amistad Saharaui. Forma parte del Asociación de Antropología, de la Universidad Autónoma de Madrid, Antropología en Acción. Desde 2010 Profesor Honorario en Antropología Social, Facultad de Filosofía y Letras, UAM.

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El deyar y la montaña

Ilustración _de _Roberto _Maján
Ilustración de Roberto Maján

Aquella mañana, todo estaba en calma, el cielo limpio, la arena intacta, las piedras relucientes, los árboles y arbustos verdes y olorosos, era como si el mundo acabase de nacer. No había huellas, ni señales, solo un paisaje inexplorado, desconocido.

La tormenta de arena, Errih (1), había borrado todas las huellas, no dejó rastro alguno sobre la tierra.

Si se pronuncia su nombre, decía mi abuela, hay que poner los dedos en el suelo, mirar hacia el cielo y rogarle a Dios que la aleje y la mande por otros senderos. Ella, decía, es una creación maléfica, oscura, pertenece a los innombrables, a los dueños de las tinieblas y el tormento.

Pero es nuestro sino, es nuestra vida: hermosamente dura.

Inexplicable belleza que un día aparece radiante y otro, de repente, se esfuma.

Es nuestra vida, donde se juntan dos ingredientes que los seres humanos necesitan para sobrevivir, amor y paciencia. Si no puedes amar la aridez yerma de la inmensidad de un espejismo, ni no tienes paciencia para esperar que llegue la sombra o que amaine la tormenta, entonces éste no es tu mundo.

La arena forma parte del ser, de la piel, está en los ojos, en el pelo, en el pan de cada día. Somos también de arena, porque corre por nuestras venas, anida en nuestros pulmones y cicatriza nuestras heridas y además, de algún modo, un poco también, somos tormenta.

Las huellas del deyar (2) y de su camello eran el único signo de que había alguien sobre la faz de la tierra.

Se encaminaron hacia la montaña, que a lo lejos, oteaba los cuatro puntos cardinales. La mañana era fresca y luminosa y la montaña se alzaba sobre el horizonte, como si estuviese suspendida en el aire, flotando sobre una alfombra de plata.

A mediodía estaban a los pies de la montaña y sin bajarse del camello el deyar preguntó:

Por Alláh !Oh, Turarin (3)! Decidme
si sabes de unas camellas Ashar (4)
que hace, tal vez, uno o dos días ante
tu indeleble mirada tuvieron que pasar.

Y la montaña respondió:
¡Oh, deyar! Por favor, detente,
acércate y pregúnteme por lajbar (5)
Pero te juro por el Señor que bajo
este cielo me construyó de piedra,
que no he oído nada sobre tus
extraviadas camellas ¡Oh, deyar!

El dromedario es un símbolo de libertad, es el dueño de la inmensidad, señor de la distancia; por eso, a veces, se aparta, quién sabe buscando qué caminos, persiguiendo qué aromas, siguiendo qué rastros. Debe ser que el instinto aconseja, que el sentido ordena: moverse, caminar, ir en busca del horizonte…aunque la tormenta de arena muchas veces tiene la culpa, porque confunde, aleja, desorienta.

Cuando “se pierde” un camello y no es posible dar con sus rastro, ni tener noticias de su paradero, el dueño lo espera en el pozo, donde acostumbra beber. Cuando aprieta el calor y el dromedario necesita agua, vuelve siempre al pozo, al abrevadero donde aplacó su última sed.

Pero no siempre se puede esperar a que el camello regrese, no siempre el dromedario encuentra a su deyar, y más, cuando se trata de camellas preñadas. Es, entonces, cuando el deyar comienza su labor de búsqueda, de investigación, haciendo un exhaustivo análisis de las señales que se manifiestan entre el cielo y la tierra, un indicio, una huella que lo lleve al objetivo, aunque sólo sea una osamenta. Una rama de acacia quebrada, una retahíla de bosta, o el graznido de un cuervo en la lejanía, aunque sólo lleve al esqueleto de un dromedario vencido por la sequía.

La montaña no tenía las respuestas que buscaba, sin embargo, el deyar, se quedó toda la tarde a su lado, mirando la soledad, buscando los signos de un pasado que siempre se restablece, se repite; una marca en la memoria que nunca desaparece.

El deyar recuerda su primera ausencia, sus primeros pasos, sus alegrías y sus derrotas. Siempre vuelve la mirada hacia un pasado sin edad, cuando partió por primera vez siguiendo el rastro de un dromedario, porque su destino es un continuo viaje entre el principio y el final.

Se despidió y se fue a preguntar a otras montañas, a los pozos, a los cauces de ríos secos y las viajeras dunas por sus camellas ashar.

Notas:
1) Errih: tormenta de arena.
2) Deyar: buscador de camellos
3) Turarin: conocida montaña del Sahara Occidental.
4) Ashar: nombre que reciben las camellas durante los cuatro primeros meses   de  gestación.
5) Lajbar: noticias, información.

Por Mohamed Salem Abdelfatah, Ebnu
Miembro del grupo de escritores la Gerenación de la Amistad Saharaui.
Con información de : El País

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