Puertas abiertas a la poesía libanesa

Portada de la edición cubana de la antología Allí donde el río se incendia.
Portada de la edición cubana de la antología Allí donde el río se incendia.

Poco se sabe en Cuba de la oleada de poetas contemporáneos libaneses que se suman con notable éxito al movimiento poético del or­be. Para acercarnos a un fenómeno que todo amante de la poesía debe conocer ve la luz Allí donde el río se incendia, una antología de la Co­lección Sur que recoge el decir de 38  líricos cuyas piezas  harán eco en quienes repasen sus páginas.

Se habla de una etapa de experimentación, ruptura e invención en el mundo poético árabe, bajo el abrigo del surrealismo occidental, que liberó al poema de su estructura clásica y de su expresión manida que comenzó con la modernización de la prosa del eminente escritor Gibran Khalil Gibrán (1883-1931). Ese periodo tuvo como tribuna la revista de vanguardia Shiir, una publicación de la década del 50  fundada por el poeta sirio libanés Yussef Al Khal en la que vieron la luz textos transgresores de Ounsi El Hage, Chawki Abi Chakra, Ado­nis, y Fouad Rifka, por solo citar algunos.

No fue en vano la batalla desplegada por esa generación de bardos, conscientes de que era preciso em­prender el vuelo efectuando raigales transformaciones en las formas, temas y lenguajes y para lo que defendieron desde diferentes géneros esa irreverente postura futurista de la que hoy se saborean dulcísimos frutos.

No solo la presencia de temas esen­ciales e inherentes al género —aunque muchos no abordados en la lírica árabe—, sino el modo en que estos se asumen, podrían ser al menos las más rápidas impresiones que deja en el lector la primera ojeada dirigida al libro.

Aun estando consciente el lector de que la depuración de los preceptos clásicos caracteriza a esta nueva expresión —por lo que pudiera ser difícil despojarse de las viejas normas— se sorprenderá sin duda al toparse con un verso fresco y audaz en el que se ponen al trasluz  francos diálogos del individuo consigo mis­mo, algunos colindantes con el resquemor y las reclamaciones más im­perantes.

Nada de sumisiones ni aplazamientos propios para ceder a adoraciones donde no esté en primer pla­no el hombre, genéricamente ha­blando; nada de medias frases para nombrar las cosas que el poeta ha escogido como centro de su inspiración. Una poesía vital y coetánea de altísimos quilates, punzante para los reclamos de todo tipo, honda para los sentires más íntimos.

Allí están tratados con marcada originalidad los temas más urgentes como el amor —también el desa­mor y el erotismo—; la angustia existencial; la fugacidad —y hasta la demora— del tiempo; la muerte y sus correspondientes filosofías; pe­ro queda espacio además para discurrir  en torno a los temas ecológicos, el error, la inconformidad… y a dicotomías raigales siempre latentes, como el bien y el mal, el ayer y el futuro, y la tristísima apariencia no solo de las cosas.

El convite amoroso adopta un lenguaje cuya elegancia contribuye a que la expresión sustente su esencia carnal:

Después de una guerra tierna / contra tu paisaje, / el descubrimiento cayó en mí / y me volví como una luz que se bebe a sí mis­ma. (Ahmad Farhat, 1950).

En otros casos el erotismo se afianza a la mocedad temprana de la ocasión en que el tiempo y no necesariamente quien lo vive, es joven:

Todavía hay en el cuerpo / bastante espacio para una muerte / (…) Entonces ven, mujer del vino, (…) antes de que el lugar pierda su olor antiguo / y que el aire descubra todo el incendio.

La soledad, expresada con las interrogantes a las que convoca ese estado, adopta metáforas harto ve­rosímiles:

Por qué cuando subimos al vagón con nuestros pequeños bártulos / —libros y maletas y vi­no— / no ponemos una mesa / ni si­quiera una conversación / antes de que nos sorprendan las paradas siguientes?/Hamzé Abboud,1949).

Son muchos los buenos ejemplos y más las satisfacciones que la lectura de esta selección poética dejará en el público lector. De emotivas revueltas pudieran definirse los gustos que dejan poemas como el que citaremos para cerrar estas líneas, del poeta Ghassan Jawad, (1976). Pero la verdadera ganancia está en palparlos haciéndolos nuestros —si se puede—  como sucede con toda buena poesía.

La puerta / no es para entrar / ni siquiera para salir. / No es para que colmemos su rectángulo con cuerpos / ni para que la encadenemos con candados / ni para que la coloreemos con la madera. / La puerta es un ejercicio para desaparecer.

Por  Madeleine Sautié
Con información de Granma

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