Jesuitas:quintaesencia del Apocalipsis

C. Maucourt. La expulsión de los jesuitas de España (1767)
C. Maucourt. La expulsión de los jesuitas de España (1767)

Los hijos pueden acusar a sus padres del crimen de herejía,
aunque sepan que por ello hayan de morir los acusados en
la hoguera… Y no sólo pueden negarles hasta el alimento si
tratan de apartarlos de la fe católica, sino que también
pueden darles muerte con toda justicia.
(Precepto jesuítico).

P. ESTEBAN FAGÚNEZ:
Praecepta Decalogi, Lugduni, 1640.

Veamos, pues, esta regla de conducta, y entérense de ella los cristianos piadosos:

Si lo manda Dios es lícito matar a un inocente, robar y fornicar; porque Dios es Señor de vida y muerte y de todas las cosas, y debemos por lo tanto cumplir sus órdenes.(14)

El religioso que temporáneamente se despoja del hábito con algún propósito criminal, no comete pecado abominable ni tampoco incurre en pena de excomunión.(15)

¿Está obligado un juez a restituir el estipendio que recibió por dictar sentencia? Si se lo dieron con intento de que fallase injustamente, es muy probable que se pueda quedar con él, pues tal es el sentir de cincuenta y ocho tratadistas.(16)

El pontífice Clemente XIV suprimió la Compañía de Jesús el 23 de Julio de 1773, y sin embargo la restableció Pío VII el 7 de Agosto de 1814.

Compararemos la preceptiva moral de los jesuitas con la de los místicos y fraternidades de la antigüedad, a fin de que el lector pueda juzgar imparcialmente entre ambos extremos.

El rabino Jehoshua-ben-Chananea (26) declaró que había operado milagros por virtud del libro del Sepher Yetzireh, y retaba a cuantos no lo creyeran (17).

Simón el Mago era indudablemente discípulo de los tanaímes de Samaria, y la fama adquirida con sus prodigios, que le valieron el sobrenombre de “gran poder de Dios”, es prueba elocuente de la sabiduría de sus maestros. Ningún cristiano aventajaba a Simón en virtud taumatúrgica, a pesar de las calumniosas imputaciones contra él lanzadas por los compiladores de los Hechos de los apóstoles. Es desde todo punto ridícula la leyenda de que habiéndose elevado Simón en el aire, cayóse de pronto por ruegos de San Pedro y se quebró las piernas en la caída.

En vez de impetrar de Dios el fracaso de su rival, hubiera debido el apóstol pedir el auxilio necesario para prevalecer taumatúrgicamente contra Simón y sobrepujarle en prodigios, pues lograra con ello manifestar más fácilmente la superioridad de su poder y convertir millones de gentiles y judíos al cristianismo.

La posteridad sólo conoce un aspecto de esta leyenda, y seguramente que de favorecer la fortuna a los discípulos de Simón diría hoy la historia que fue Pedro el perniquebrado, si no supiéramos que este apóstol tenía bastante prudencia para no presentarse en Roma. según confiesan varios historiadores eclesiásticos, ningún apóstol aventajó a Simón en “maravillas sobrenaturales”; pero las gentes piadosas replicarán diciendo que esto demuestra precisamente que Simón actuaba por obra del diablo.

Acusaron a Simón de blasfemia contra el Espíritu Santo, porque lo consideraba en el femenino aspecto de Mente matriz de todas las cosas, sin advertir que el mismo concepto expresa el Libro de Enoch cuando contrapone al “Hijo del Hombre” el “Hijo de la Mujer”, así como el apócrifo Evangelio de los hebreos, cuando dice que Jesús reconocía el aspecto femenino del Espíritu Santo en la expresión: mi Madre, el santo Pneuma. El mismo concepto exponen corrientemente el Código de los nazarenos, el Zohar y los Libros de Hermes.

Pero las blasfemias de Simón y de todos los herejes, ¿qué son comparadas con las de los jesuitas que de tal suerte han dominado al pontificado y al orbe católico? Oigámoslos de nuevo:

Haced lo que vuestra conciencia os represente por bueno y lícito, pero si por invencible error creéis que os manda Dios mentir y blasfemar, blasfemad.

No hagáis lo que repugne a vuestra conciencia, y si por invencible error creéis que Dios prohibe tributarle culto, dejad el culto de Dios (18).

Obedeced los dictados de vuestra conciencia, sin importar que sean invenciblemente erróneos, de modo que si creéis que os está mandada una mentira, mentid (19).

Si un católico cree invenciblemente que está prohibido el culto de las imágenes y las adora, no tendrá Jesucristo más remedio que decirle: Apártate de mí, maldito, porque adoraste mi imagen. Así tampoco es absurdo suponer que Jesucristo pueda decir: Ven, bendito, porque mentiste, creído de que yo te mandaba mentir (20).

Cuando en 1606 fueron expulsados de Venecia los jesuitas, se sublevó contra ellos violentamente el sentimiento popular. La multitud siguió tras los expulsados hasta el embarcadero, despidiéndoles con gritos de: ¡id enhoramala! Según comenta Michelet, de quien tomamos estos datos, aquel grito no cesó de resonar en los dos siglos siguientes: en Bohemia el año 1618; en la India el de 1623, y en toda la cristiandad en 1773.

¿Cómo es posible, pues, acusar de impiedad a Simón el Mago si obedecía los invencibles dictados de su conciencia? ¿Y bajo qué aspecto han sido los herejes y los mismos infieles de peor especie que los jesuitas?

Por nuestra parte inferiremos de todo esto que es más que evidente que al más solemne embustero del mundo se le puede escapar tal o cual verdad en determinados momentos de su vida. Ejemplo de ello son los autores jesuitas, hasta el punto de que es fácil advertir de dónde salieron los anatemas del concilio ecuménico de 1870 contra ciertas herejías y la definición de nuevos dogmas, cuyos inspiradores eran quienes menos creían en ellos. La historia no sabe todavía que el octogenario Pío IX, engreído de su recientemente definida infalibilidad, es eco fidelísimo de los jesuitas. Así dice Michelet:

Un tembloroso valetudinario se ve levantado sobre el pavés del Vaticano. Todo queda absorbido y limitado en él… Durante quince siglos la cristiandad había estado sometida al yugo espiritual de la Iglesia, pero esto no bastaba, pues les era necesario que el mundo entero se doblegase bajo la mano de un solo dueño. Pero como mis palabras serían demasiado débiles, tomaré las del obispo de París, cuando en pleno concilio de Trento decía que:

“Los jesuitas han querido convertir a la esposa de Cristo en la concubina esclava de los caprichos de un hombre (21).

Los jesuitas se salieron con la suya. Desde la definición de la infalibilidad, la Iglesia es un ciego instrumento y el Papa un agente servil de la Compañía de Jesús. ¿Hasta cuándo? Mientras les llega el fin, pueden los cristianos sinceros recordar las proféticas lamentaciones de Hermes Trismegisto sobre su propio país, en que decía:

¡Ay, hijo mío! Día llegará en que los sagrados jeroglíficos parezcan ídolos, porque el mundo tomará por dioses los emblemas de la ciencia y acusará al glorioso Egipto de haber adorado monstruos infernales. Pero quienes de este modo nos calumnian adorarán a la muerte en lugar de la vida, y a la locura en vez de la sabiduría. Abominarán del amor y de la fecundidad, llenarán sus templos de huesos de muerto que llamarán reliquias, y malograrán su juventud en soledad y llanto. Sus vírgenes preferirán ser monjas a ser esposas y se consumirán en el dolor, porque los hombres habrán profanado con menosprecio los sagrados misterios de Isis (22).

La profecía de Hermes es mucho más diáfana que las de Isaías, que facilitaron pretexto para calificar de demonios a los dioses gentilicios. Pero los hechos suelen tener mayor consistencia que la más robusta fe. Todo cuanto los judíos sabían lo aprendieron de pueblos más antiguos. Los magos caldeos les enseñaron la doctrina secreta durante la cautividad de Babilonia.(HPB)

Citas:

14. Pedro Alagona: Compendio de la Suma teológica de Sto. Tomás de Aquino,cuestión 94
15. Antonio Escobar: Teología moral,tomo I,libro III,sec. 2,probl.44,núms. 212 y 213. Lugduni,1562 (Ed. Bibl. Acad. Cant)
16. J.B. Taberna: Sinopsis de teología práctica,parte II,tra. 2,c. 31
17. Franck cita del Talmud babilónico a otros dos taumaturgos,los rabinos Chanina y Oshoi – Ver: Talmud del Sanhedrin de Jerusalén,c7,etc
18. Casnedi: Crisis teológica. Ulyssipone,1711.Tomo I, disp. 6, sec. 2, S1, nº 59
19. Id,íd,íd,nº 78
20. Id,íd,íd, sec.5, S1, nº 165
21. Michelet: Los jesuitas
22. Champollion: Hermes Trismegisto, XXVII

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