Musa,Jehuda y la mano que echa los dados …

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… Me alegro -dijo Musa‑ de que por lo menos por esta noche hayas prohibido a tu Ibn Omar que te reclame la rápida elaboración de un tratado internacional o la orden de partida de una flota comercial. Lástima que sean tan poco frecuentes las horas en las que puedo disfrutar tan tranquilamente de tu amistad. Constantemente estás alabando la paz, pero a ti mismo te concedes muy pocos minutos de la misma.

‑Si me concediera más -contestó Jehuda‑, los demás no tendrían ninguna.

Musa miró a su amigo con ojos serenos, escrutadores y sonrientes.

‑Vas muy deprisa, querido Jehuda –dijo-, y sigues corriendo. Me temo que huyes de tu alma, ella no puede alcanzarte. A menudo has alcanzado el objetivo con tus correrías. Pero no olvides que a veces te has quedado sin aliento.

Y más tarde dijo:

‑Hay muy pocos que lleguen a comprenderlo: No vivimos, sino que somos vividos. Hace mucho tiempo que he aprendido que no soy yo la mano que echa los dados, sino el dado. Me temo que tú no llegarás a comprenderlo nunca, pero precisamente por eso te quiero y soy tu amigo … (LF).

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