El loro enjaulado – Cuento Sufí

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Un comerciante poseía un loro lleno de cualidades. Un día decidió viajar a la India y preguntó a todos qué regalo querían que les trajese del viaje. Cuando hizo esta pregunta al loro, éste respondió:

«En la India hay muchos loros. Ve a verlos por mí. Descríbeles mi situación, esta jaula. Diles: «Mi loro piensa en vosotros, lleno de nostalgia. Os saluda. ¿Es justo que él esté prisionero mientras que vosotros voláis en este jardín de rosas? Os pide que penséis en él cuando revoloteáis, alegres, entre las flores».»

Al llegar a la India, el comerciante fue a un lugar en el que había loros. Pero, cuando les transmitía los saludos de su propio loro, uno de los pájaros cayó a tierra, sin vida. El comerciante quedó muy asombrado y se dijo:

«Esto es muy extraño. He causado la muerte de un loro. No habría debido transmitir este mensaje.»

Después, cuando hubo terminado sus compras, volvió a su casa, con el corazón lleno de alegría. Distribuyó los regalos prometidos a sus servidores y a sus mujeres. El loro le pidió:

«Cuéntame lo que has visto para que yo también me alegre.»

A estas palabras, el comerciante se puso a lamentarse y a expresar su pena.

«Dime lo que ha pasado, insistió el ave. ¿Cuál es la causa de tu pesar?»

El comerciante respondió:

«Cuando transmití tus palabras a tus amigos, uno de ellos cayó al suelo, sin vida. Por eso estoy triste.»

En aquel instante, el loro del comerciante cayó inanimado, también él, en su jaula. El comerciante, lleno de tristeza, exclamó:

«¡Oh, loro mío de suave lenguaje! ¡Oh, amigo mío! ¿Qué ha sucedido? Eras un ave tal que ni Salomón había conocido nunca una semejante. ¡He perdido mi tesoro!»

Tras un largo llanto, el comerciante abrió la jaula y lanzó al loro por la ventana. Inmediatamente, éste salió volando y fue a posarse en la rama de un árbol. El comerciante, aún más asombrado, le dijo:

«¡Explícame lo que pasa!»

El loro respondió:

«Ese loro que viste en la India me ha explicado el medio de salir de la prisión. Con su ejemplo me ha dado un consejo. Ha querido decirme: «Estás prisionero porque hablas. Hazte, pues, el muerto» ¡Adiós, oh amo mío! Ahora me voy. También tú, un día, llegarás a tu patria.»

El comerciante le dijo:

«¡Dios te salve! También tú me has guiado. Esta aventura me basta pues mi espíritu y mi alma han sacado partido de estos acontecimientos.»

Por Yalal Al-Din Rumi

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