El imperio, la polarización y el espionaje

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El imperio, la polarización y el espionaje

La impotencia del mundo para protegerse del espionaje estadunidense confirma que el viejo imperio no cambia su naturaleza ni algunos de sus métodos predilectos. Quienes creyeron que la extinción del socialismo soviético vendría a ser algo así como el «fin de la historia», el advenimiento de una era de entendimiento universal bajo los paradigmas de la democracia y el mercado, se equivocaron de medio a medio, no sólo por cuanto las contradicciones de fondo de la sociedad capitalista siguieron sin resolverse, sino porque a éstas se añadieron otras que habían permanecido soterradas y estallaron con la globalización.

En ese disputado proceso de ajuste y renovación de las instituciones de la guerra fría (que no significa la creación de un «nuevo orden internacional») se canta premonitoriamente la muerte de los estados nacionales, cuyas fronteras caen junto con la expansión del comercio, los capitales y los ríos humanos de emigrantes en busca de cualquier empleo, pero en ese esquema, Estados Unidos se reserva para sí el lugar privilegiado de ser la potencia hegemónica, un super Estado nacional cuyas responsabilidades internacionales también suelen decidirse en función de los asuntos domésticos. Aunque se asegura que les está llegando la hora de la decadencia, lo cierto es que sus líderes (de cualquier partido) no dudan en identificar su propia ideología, sus propios intereses nacionales con los de la humanidad entera, aunque cada día este designio imperial sea cada vez más cuestionado.

Al estallar la última crisis, luego del aventurerismo belicista de Bush, la sociedad estadunidense impuso un cambio de rumbo e hizo saltar las ataduras del prejuicio racial eligiendo al primer presidente negro, armado con un programa liberal que lo acercaba a las ideas del viejo New Deal. Muy pronto, nombrado premio Nobel, despertó entre los «perdedores» de la revolución neoliberal la esperanza de realizar por fin la gran reforma del capitalismo mundializado. Pero la situación siguió otra deriva, fuera del curso optimista profetizado en esos días.

Más allá de las discusiones sobre las tácticas de Obama para superar los efectos perniciosos de la crisis, se hizo evidente que la sociedad estadunidense estaba cruzada por una fractura de orden ideológico capaz de poner en riesgo la viabilidad misma de las reformas necesarias. La desmesura de los ataques al reformismo presidencial, su desprecio por la racionalidad y el extremismo de sus posturas probaron que la potencia hegemónica está enferma a consecuencia de un viejo mal incubado a través de su propia historia de tanto mirarse en el espejo como el único país «libre». Esta «cruzada», como la ha llamado el presidente, es el mayor acto de resistencia conservadora realizada jamás (descontando, por supuesto, la ofensiva del totalitarismo fascista en los años 30 del siglo pasado). Ahí está, al parecer, uno de los mayores motivos de preocupación para la sociedad en su conjunto. A pesar de la reciente victoria de Obama sobre los republicanos, es un hecho alarmante la persistencia del racismo, la intolerancia religiosa y, en general, la creencia en la misión salvadora de ese país que augura futuras tormentas cargadas de odio.

Tiene razón Joaquín Estefanía al señalar que la polarización «gigantesca» de la clase política, en particular «la brutal contorsión de una parte de los republicanos hacia posiciones de extrema derecha, aún no ha terminado de dar sus peores frutos», pues si no le importa dañar a su propio país (cerrando el gobierno), qué no le tendrán preparado a sus amistosos aliados al sur del río Bravo si sus intereses entraran en conflicto. Es en esta tesitura que deben rexaminarse las relaciones con Estados Unidos, así como la encarnizada lucha por el poder emprendida por la derecha en ese país. Ciertamente, la necesidad de establecer lazos productivos y respetuosos es imprescindible para ambos estados, dados los grados de integración e influencia mutua.

Pero México no puede hacer como si dichas realidades no pesaran o fueran inocuas, y debe apreciarlas desde la óptica de su propia soberanía, sin estridencias demagógicas, sin retórica desgastada, pero sin olvidar, como dijo aquí Tarik Alí, que «el imperio estadunidense no ha terminado; ahí está y es fuerte». Conviene que lo recuerde la izquierda, pero es obligatorio que lo entiendan los responsables del Estado. Es hasta cierto punto ridículo que el ex presidente Calderón, tan cercano a Estados Unidos, sea ahora la víctima de un espionaje que además de ilegal parece innecesario. México no puede quedarse como si nada, pero tampoco se trata de reditar sin más el viejo nacionalismo, sino de retomar y relaborar con absoluta seriedad y rigor la idea de que la política exterior se basa en principios y no en ocurrencias que luego se pagan caro. La cancillería debe aprender, por lo menos, a elevar la voz.

P.S. La reforma energética o, mejor dicho, la pretensión de eliminar el contenido de los artículos 27 y 28 constitucionales, tiene que verse a la luz de esta problemática. No es una mera cuestión «técnica», aunque así se repita machaconamente en la propaganda oficial. México debe valorar el sentido que para el futuro tendría la privatización que se pretende, pero no podrá hacerlo con rigor ni hacerse cargo sin una visión del entorno global, sin defender el derecho que le asiste para usar el patrimonio que es de la nación. No se olvide.

Por Adolfo Sánchez Rebolledo

Con información de la : La Jornada

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