Jesús, el hijo del hombre 2

Naaman Al-Gadarini

 

Naaman Al-Gadarini
Naaman Al-Gadarini

 

La muerte de Esteban

 

Sus apóstoles se dispersaron porque Él les vaticinó, antes de ser crucificado, que sufrirían mucho. Sus enemigos los cazaban como a gamos y los acosaban como a zorros del monte. Mas, el carcaj del cazador aún sigue lleno de dardos; y cuando eran cogidos por el enemigo y conducidos a la muerte, se alegraban mucho. Sus caras cobraban el esplendor y la frescura de las novias en el momento de sus bodas. También en su Testamento les legó la alegría.

Tenía yo un amigo del norte llamado Esteban, que fue apresado y apedreado en medio de la plaza pública por haber predicado en nombre de Jesús. Al morir, abrió sus brazos sobre el suelo, porque quiso morir igual que su Maestro. Eran sus brazos dos alas de paloma presta a volar, y antes de extinguirse el brillo de sus ojos vi una celestial sonrisa en sus labios. ¡Qué parecida fue aquella sonrisa a la brisa que corre al final del Invierno, anunciando la llegada de la Primavera!

¿Cómo puedo describir aquella sonrisa? Me parece que Esteban quería decirme en aquel momento: “Sábelo, amigo mío, que si en la otra vida me apedrean otros seres en la plaza de su ciudad no dejaré de predicar y anunciar Su nombre por la Verdad y la Razón que Él poseía, y por la Razón y la Verdad que hoy tengo”.

Entre el público que se divertía con el martirio de Esteban, divisé a un hombre que observaba, lleno de contento, las piedras que caían como lluvia sobre aquél; ese hombre se llamaba Saúl de Tarso (Schaol El-Tarsosi), y fue él quien lo entregó a los clérigos, a los romanos y a la muchedumbre, para eliminarlo.

Saúl era calvo y de corta estatura, sus hombros tenían una joroba y no había armonía en las líneas de su cuerpo. Yo no podía quererlo. Me dicen que hoy predica en nombre de Jesús desde las azoteas; mas es difícil de creer. El sepulcro no puede impedir el avance de Jesús sobre el campamento de sus enemigos, para dominar su brutalidad y rendir a sus jefes. Sea como fuere, yo no lo quiero a ese hombre de Tarso, no obstante los buenos informes que me dan sobre la transformación que se operó en él después de la muerte de Esteban. Dicen que se calmó su cólera y fue derrotado en su viaje a Damasco. Ese hombre no puede ser nunca un discípulo leal, porque su cabeza es más grande que su corazón.

A pesar de todo esto, puede ser que yerre en mi juicio, pues confieso que a menudo me he equivocado al opinar sobre los hombres.

 

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