Jesús, el hijo del hombre 2

De Salomé a una amiga suya

 

Salomé
Salomé

 

Un deseo no realizado

 

Era como el álamo que reluce bañado por el sol. Era como lago entre cerros solitarios al asomarse el sol. Era como nieve sobre las cimas de las montañas, muy blanca a los rayos del sol.

Era como todas esas cosas y por eso lo amé. Pero temía sentarme en su presencia, porque mis pies no podían soportar el peso de mi amor, para estrechar los suyos contra mi pecho.

Yo trataba de decirle: «Maté a tu amigo en un momento de pasión frenética que abrasaba mi alma; ¿quieres perdonar mi crimen? Ya que eres misericordioso y que te apiadas, desata las cadenas de mi juventud y líbrala de la ignorancia ciega de mi acto, para así poder caminar libre en tu Luz Mayor».

Confío en que me habrá perdonado, cuando para danzar pedí la cabeza de su amigo. Estoy convencida que en mí habría hallado tema para sus enseñanzas, por cuanto no había en el mundo un valle de hambre sin haberlo pasado, ni un desierto de sed que Él no haya atravesado.

Era como el bello álamo y como los lagos entre los cerros, y como la nieve de las montañas del Líbano. ¡Cuánto ansiaba aplacar la sed de mis labios entre los pliegues de su túnica!

Pero estaba muy lejos de mí, y yo tenía temor y vergüenza, tanto, que mi madre me prohibía ir a verlo. ¡Cuántas veces me tentaba el deseo de seguirlo! Y cada vez que pasaba- por nuestra casa mi corazón se conmovía ante su belleza. Mi madre fruncía su entrecejo con desprecio y me exhortaba a retirarme de la puerta, exclamando:

-¿Quién será ése, sino otro comedor de langostas del desierto? ¡Si será burlón y traidor! Un subversivo vividor, que no tiene otra ocupación que incitar al pueblo a rebelarse y despojarnos de nuestro cetro y nuestro trono, y traer a los coyotes de su tierra maldita a aullar en nuestros palacios y sentarse en nuestros sitiales. Vete y cubre tu cara ante la luz de hoy y espera el día en que su cabeza caerá, pero no sobre tu bandeja.

Todo eso dijo mi madre, pero mi espíritu no quiso retener ninguna de sus palabras, porque o en secreto lo amaba y ese amor circundaba mi sueño con llamas. Y ahora que ya pasó el día, y con él una cosa gigantesca que en mí había, quién sabe si no ha muerto en mí la juventud, pues yo no puedo vivir más en este mundo, después de haber visto morir, en él, al dios de la juventud.

 

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