Jesús, el hijo del hombre 2

Cleoba Al-Batruni

 

Cleoba Al-Batruni
Cleoba Al-Batruni

 

La Ley y los Profetas

 

Cuando Jesús habló se acalló el universo para oírlo. Sus palabras no eran para nuestra pobre inteligencia, sino para los elementos y sedimentos con que Dios creó la Tierra.

Habló con la mar, esa madre de pecho inmenso que nos dio la luz; habló con la montaña, nuestra hermana mayor, cuya cima es una promesa y una esperanza; habló con los ángeles que habitan detrás de la mar y la montaña, a quienes hemos confiado nuestros sueños antes de secarse el lodo que hay en nosotros, por los rayos del sol.

Sus palabras aún están reunidas en nuestra memoria, abriendo caminos a nuestros ideales. Esas palabras fueron sencillas, alegres y placenteras. La melodía de su voz resonaba como el agua serena sobre la tierra seca. Una vez alzó sus manos al cielo; sus dedos parecieron como ramas de sicómoro, y dijo con fuerte voz:

-Os hablaron muchos profetas de la antigüedad, cuyas palabras todavía pueblan vuestros oídos, mas yo digo que os vaciaréis de todo lo que habéis escuchado.

Esa frase de Jesús: «mas yo os digo», no la pronunció ningún hombre de los nuestros ni de ningún otro pueblo del mundo. Una legión de serafines la transportó al pasar por el firmamento de Judea. Tomaba los preceptos de la ley y de los profetas, una y más veces, y después agregaba: «mas yo os digo».

Palabras ardientes, palabras que son como olas del mar y que no pudieron conocer las costas de nuestros pensamientos: «mas yo os digo».

Esas palabras son astros luminosos que iluminan la pobreza del alma, y, ¡cuántas almas velan esperando la luz de ese amanecer!

Quien pretenda comentar los sermones de Jesús, debe poseer su Verbo o el eco de su Verbo, mas yo no tengo, desgraciadamente, lo uno ni lo otro, por eso os pido perdón si no comienzo con algún relato que no sabría terminar, por cuanto el final no está en mis labios; mis palabras son una canción de amor que está en la brisa.

 

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