Estados Unidos : ¿En nombre de quién?

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Estados Unidos : ¿En nombre de quién?

El estado de la política formal en Estados Unidos se puede resumir más o menos así: que una democracia de, por y para los ricos es una pobre democracia.

Es difícil –aunque aún lo logran– aplicar la palabra democracia cuando la cúpula política que supuestamente obra en nombre del pueblo es reprobada por ese pueblo.

El índice de aprobación que goza el Congreso está entre los más bajos en la historia, alcanza en promedio (de varias encuestas nacionales) sólo 12.3 por ciento, por 77.3 por ciento de desaprobación. El Congreso ya es más bien material para comediantes, y son frecuentes las bromas para identificar quién goza de menos aprobación que la Legislatura.

Tan baja es la percepción pública del Congreso que ya casi nadie cree que vale la pena realizar actos de protesta en el Capitolio. «El Congreso, parece, ha llegado a ser tan patético que hasta los manifestantes ya no se molestan en presentarse ahí», reportó el Washington Post.

Del lado del Ejecutivo, el presidente Barack Obama registra el peor índice de aprobación desde que llegó a la Casa Blanca. Cada día hay más expresiones críticas de las bases que fueron claves en llevar a Obama a la presidencia, con inmigrantes y latinos, estudiantes, organizaciones antiguerra, y figuras liberales y progresistas que expresan cada vez más críticas contra quien hace pocos años les prometió un «cambio» para bien de las mayorías y las mejores causas y con ello generó gran esperanza y apoyo.

Maureen Dowd, columnista liberal del New York Times, escribió que «el candidato extraordinario resulta ser un hombre de lo más ordinario», y resulta que él, «quien fue electo como el político más excitante en la historia estadunidense», ahora evade toda movida audaz.

Cornel West, el reconocido filósofo político e intelectual público (y afroestadunidense), quien después de Harvard y Princeton ahora es profesor en Union Theological Seminary, comentó sobre Obama en entrevista con Salon: “se presentó como un progresista y resultó falsificado. Acabamos con una presidencia de Wall Street, una presidencia de drones… es otro oportunista neoliberal”.

West afirmó que el «sistema político es disfuncional. Nuestros líderes son cada vez más comprados con soborno legalizado y corrupción normalizada…» Agregó que la secuela de Obama será «un Estados Unidos en depresión pos-traumática, porque los niveles de desilusión son muy profundos».

Por otro lado, Kareem Abdul-Jabbar, legendario campeón basquetbolista y ahora comentarista social, tal vez ofreció uno de los análisis más sorprendentes sobre los incidentes en Ferguson, Misuri, donde, afirmó en un artículo de opinión en la revista Time, que en el fondo esto «no sólo es otro acto de racismo sistémico, sino lo otro que también es: guerra de clases». (Es posible que ésta fue la primera vez que esa revista – con su larga historia oficialista y anticomunista– imprimió las palabras «guerra de clases»).

Abdul-Jabbar argumenta que un enfoque sólo racial oculta el tema más grande de que la violencia policiaca no sólo se aplica a víctimas por el color de la piel, sino a los que padecen «una aflicción» aún peor: «ser pobre». Indica que según el Censo, hay 50 millones de pobres en este país, y que si estos jamás se juntaran serían una amenaza política y ante eso «es crucial que aquellos en el 1 por ciento más rico mantengan fracturados a los pobres con distracciones emocionales como inmigración, aborto y control de armas para que nunca se detengan a contemplar por qué han sido tan atropellados por tanto tiempo».

El economista premio Nobel Joseph Stiglitz diagnosticó el estado de la democracia estadunidense en un artículo reciente en el New York Times: «El sistema político estadunidense está desbordado por el dinero. La desigualdad económica se traduce en desigualdad política, y desigualdad política genera creciente desigualdad económica». Argumenta que la desigualdad no es algo inevitable, sino que se logra a través de los que controlan la política, porque «ellos diseñan las reglas del juego para asegurar este resultado».

Stiglitz, al describir el peor nivel de desigualdad económica desde la Gran Depresión, y cómo los ricos han incrementado cuatro veces su porción de la riqueza nacional desde 1980, mientras los ingresos medios están más bajos que hace 25 años, subraya que «el problema de la desigualdad no es tanto un asunto económico técnico. Realmente es un problema de políticas prácticas». Concluye que «hemos localizado la raíz básica del problema: las inequidades políticas que han mercantilizado y corrompido nuestra democracia».

Indica que sólo con la participación directa de los ciudadanos se puede “restaurar un Estados Unidos más justo, y sólo podrán hacer eso si entienden la profundidad y dimensión de ese desafío… La desigualdad cada vez más amplia y profunda no es generada por leyes económicas inmutables, sino por las leyes que nosotros mismos hemos escrito”.

Pero los ciudadanos –tal vez como función de más de una década de guerras y subordinación a un aparato de seguridad nacional que, bajo la llamada «guerra contra el terrorismo», obligó al pueblo ceder las libertades que supuestamente son el fundamento del país– parecen poco conscientes de sus derechos en una democracia. El First Amendment Center realiza sondeos anuales sobre las libertades constitucionales y según su último estudio, sólo el 1 por ciento podía nombrar el derecho constitucional de hacer una petición al gobierno para reparar agravios; sólo un 7 por ciento pudo nombrar el derecho a la asamblea pacífica, y sólo 14 por ciento podía nombrar la libertad de prensa (aunque no todo es tan terrible: 68 por ciento pudo nombrar la libertad de expresión y 29 por ciento la libertad de religión).

O sea, para enriquecer la democracia, hay que empobrecer a los ricos; o por lo menos anular su control de la política. Pero para lograr eso, los ciudadanos tendrán que rescatar su democracia exigiendo sus derechos básicos y establecer en nombre de quién se gobierna aquí.

David Brooks
Con información de : La Jornada

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