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El funeral – Ahmad Yamani

El funeral

Chimo ha muerto esta mañana.
Chimo no era mi amigo,
pero ha muerto.
Hablaba como quién salda una vieja deuda a las palabras,
que estaban a punto de abandonarle.
Me pondré el abrigo negro e iré al funeral
y cuando vuelva me sonreiré a mí mismo;
hoy ha muerto Chimo,
uno de mis conocidos,
y ya no soy un forastero en este país.

Ahmad Yamani
(Egipto 1970)

©2018-paginasarabes®

A las cinco – Ahmad Yamani

A las cinco

Ni cuervo ni mosca ni pájaros se posan en la ventana. En la ventana solo se posa una flor marchita que cayó del piso de arriba, y ahí se queda toda la tarde. Yo la observo bajo una luz que hace que los ojos sangren. En la pared hay un cuadro de Klimt en el que se apaga la vida de colores alegres ante el mensajero de la muerte que mira con aire de superioridad una montaña de cuerpos palpitantes, con sus cabezas inclinadas. En realidad, todos están muertos, incluso antes de que el ángel los apuñale con su lanza. Pongo la flor entre el esqueleto del ángel y las criaturas coloridas, pero la flor resulta molesta y falla como puente. ¿No se marchitó, también? La llevo al ojo vacío del ángel y allí se siente más cómoda. Pero la flor no se creó para llenar los ojos vacíos. La flor fue creada para llenar el balcón del piso de arriba, y ahora está muerta. La verdad es que se dirigió a mí porque estaba muerta; llegó a mi ventana, donde no se posan ni cuervo ni mosca ni pájaros.

Ahmad Yamani

©2017-paginasarabes®

El amor – Ahmad Yamani

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El amor

El amor
era un solo golpe sin hacha
ni mano.
Era un balde de agua fría
donde nadan la cabeza y los pies.
Y era una cama en un hospital
y la sangre que goteaba de la habitación al baño.
El amor
era el vómito en las casas de los amigos
que corrían aquí y allá
buscando la esperanza de sobrevivir.
El amor
era hiriente como una espina en una rosa
en un jardín mojado en una casa abandonada
donde vivió un hombre solitario
y fue enterrado en una de sus habitaciones.
El amor
era la habitación.
Era el zapato que no pareció del hombre.
Era la cortina desgastada
que cubría un poco sus restos.
El amor
era la criada, del hombre solitario,
quien golpeaba a los niños intrusos
y se iba a llorar sola
más sola que el dueño de la casa.
El amor
era el momento en que golpeaba a los chicos
que subían a los árboles de morera
en el jardín abandonado.
El amor
nunca ha sido el árbol de morera.
El amor
era ella
con su cara redonda y sus ojos distraídos
ella que era una vez.
El amor
era un salto desde el décimo piso
era fragmentación en el camino
y las gotas de sangre de la acera a la ambulancia.

El amor
era el delgado cuerpo que fue arrojado una vez desde el coche
era el coche que chocaba contra la farola.
El amor
era el armario cerrado
en la habitación cerrada
en la casa cerrada del abuelo.
El amor
era el cigarrillo encendido
del guardia de la casa del abuelo.
El amor
era el ladrón que iba a robar la casa del abuelo.
El amor
era la señora enferma
era el pánico de su cuerpo marchito,
sus ojos,
y los alimentos cocidos que le llevaban
El amor
era el hacha que golpeaba.
El amor
era la mano que sostenía el hacha.

Ahmad Yamani

©2016-paginasarabes®

El grito – Ahmad Yamani

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El grito

Mi hermana gritó en la noche:
¡Llevadme a casa de mi hermano!
Y allí gritó la misma noche:
¡No, no, devolvedme a casa de mi padre!
La devolvieron
y, cuando estuvo a punto de gritar de nuevo,
la noche ya había pasado
y los hombres fueron al trabajo.

Mi hermana gritó en la noche:
¡Llevadme a casa de mi padre!
La llevaron
y allí gritó:
¡No, no, devolvedme a casa de mi marido!
La devolvieron
y, cuando estuvo a punto de gritar de nuevo,
la noche ya había pasado
y los hombres fueron al trabajo.

Mi hermana hace años que no grita ya.
Simplemente, camina por la calle,
echa un vistazo a cada casa que ve
y sueña que está gritando en la noche
que se la lleven y la devuelvan,
en un recorrido sin principio ni fin.

Por este camino anduvo,
y vio un cadáver tirado en la cuneta
con un agujero en el pecho por el que la sangre se escapaba a borbotones.
Rápidamente,
hizo una pasta con saliva y polvo
y tapó el agujero.
El cadáver respiró
y se puso de pie en forma de esqueleto,
le dio un beso y regresó a su lugar.

Mi hermana gritó en la noche:
¡Llevadme al camino!
Gritó, y la noche se estaba yendo,
y los hombres van al trabajo.

Ahmad Yamani

©2016-paginasarabes®

El libro – Ahmad Yamani

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¿Por qué no puede leer lo que escribo?
¿Por qué espera ella en la puerta
hasta que alguien pase
y le dé unas palabras?
Esas extrañas y misteriosas palabras.
Sin embargo, ella escucha y sonríe
como si estuviera allí conmigo
a las cinco de la mañana,
como si su mano
reubicara algunas de las palabras,
arrancándolas de los lugares equivocados,
y luego se va a dormir.
Pero ¿cómo es que no puede
leer lo que sus propias manos habían escrito ayer?
¿Cómo es que no puede abrir el balcón
por la mañana
recibiendo el sol
con una copia del libro en la mano izquierda,
que lee atentamente,
haciendo guiños a las vecinas,
señalando a su hijo, el creador de las palabras,
blandiendo el libro ante sus rostros
cinco veces
mientras murmura
palabras extrañas y misteriosas?

Ahmad Yamani

©2015-paginasarabes®

Ahmad Yamani,un poeta de otros mundos

Dicen las enciclopedias que la poesía es la manifestación más antigua de la literatura árabe y que en el siglo VII ya aparece estructurada. El Islam vino después. Refugio de Huesos es un poemario que sabe a verdad. Una lectura también recomendada para los veranos, más allá del turisteo de la literatura. Este poemario son palabras mayores. Una delicia para los sentidos. Un irreductible espacio indomable para soñar.

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Para quienes creemos que la poesía es revelación del tránsito por la vida, misterio  presentido y puesto en palabras. Para quienes pensamos que la poesía es lo más cercano a la religión, y hacemos de la patria que es la infancia, nunca sepultada del todo por el acontecer asustadizo del mundo adulto, la edad del origen y  la misma edad del tiempo. La poesía es el tiempo. Y es el espacio.

La poesía existirá mientras haya un ser que cante la vida o una luz que cruce los abismos, mientras que un cuerpo pase sobre la línea iluminada entre dos oscuridades. Porque la poesía es el verbo. Es la luz. Es la vida.        

Ahmad Yamani es licenciado en Filología Árabe por la Universidad de Cairo, y trabaja para Radio Exterior de España, país donde reside desde hace 14 años. Ha traducido entre otros a los americanos Rubén Darío, César Vallejo, el portugués  Fernando Pessoa, el brasileño Carlos Drummond de Andrade  o los españoles Miguel Casado y José Ángel Valente. En 1991 ganó el premio “Rimbaud” -en homenaje al poeta francés- galardón concedido por el Ministerio de Cultura Egipcio y el Ministerio de Cultura Francés. En 2010 obtuvo el premio internacional “Beirut 39”, como uno de los mejores escritores árabes en el certamen organizado por el Hay Festival. Y por último ha sido reconocido con el premio Poetas de Otros Mundos, creado por el poeta Ángel Guinda y la editorial Olifante. El primer premiado fue el chileno Theodoro Elssaca, y este año en septiembre lo recibió el peruano Leo Zelada.

Tuve conocimiento de la existencia del poeta Ahmad  Yamani a través  de la traducción que había realizado para El Libro del Perdón, escrito por su paisano el egipcio Ali Al-dimshawy, publicado en la antología Los Poetas de la Senda, en cuyas páginas podemos leer:

“La madre ¿Quién es esa mujer que me alimenta de sus lunas, para no sentir jamás, pendiendo del Corán de mi bolsillo para que no me pierda? Mi madre me agobió con su amor y después se fue”.

La fuerza magnética con que escribe el creador Ali, es reproducida sin almibaramientos en la traducción por lo que podemos deducir que el poeta y el traductor se funden en una hermosa creación insobornable. Como dice el poeta José Sarría en el libro Hijos de la travesía,  siete poetas árabes actuales.

La poesía del egipcio Ahmad Yamani, supone un novedoso descubrimiento creativo, por ser la suya una poesía con una propuesta estética de elevado  riesgo, creando una iconografía muy personal (como el largo poema, de corte onírico, La utopía de las tumbas).

“Dios tiende su sombra sobre el hoyo en el que nos encontramos, y nos deja demorarnos en el sueño”.

Este poema es el primer grano de las arenas que terminarán formando las dunas de un desierto que es el cuerpo de Ahmad. Tierra donde vive, piel regada por las aguas que son los poemas de Yamani.

“EL FUNERAL. Chimo ha muerto esta mañana. Chimo no era mi amigo, pero ha muerto. Hablaba como quien salda una vieja deuda a las palabras, que estaban a punto de abandonarle. Me pondré el abrigo negro e iré al funeral. Y, cuando vuelva, me sonreiré a mí mismo; hoy ha muerto Chimo, uno de mis conocidos, y ya no soy un forastero en este país”.

La poesía nos salva de ser esclavos de la miserable crueldad del mundo, nos hace ir hacia la belleza que es la única patria posible. La  poesía es el canto de la belleza. No tiene fronteras. No tiene enemigos. Nos ayuda a ser espíritus libres, a soñar sin descanso, imaginar mundos y volar en territorios prohibidos, donde cantar la verdad en toda su crudeza es un riesgo.

Por Chema Rubio
Con información de Madrid press

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